Patria querida, dame un canciller

Pablo Quirno, el peor ministro de Relaciones Exteriores desde 1983

Quirno y Milei. Ignorancia profesional, frivolidad tuitera y claudicación ante intereses financieros internacionales.

 

A mediados de los años ‘80, en una Buenos Aires que transitaba los primeros años de la primavera democrática, los paredones de la ciudad se vieron inundados por una frase que condensaba la admiración de una parte de la militancia política y sindical peronistas hacia el entonces joven mandatario peruano: “Ay patria querida: dame un Presidente como Alan García”.

Aquella consigna no era solo un eslogan, sino que representaba el anhelo de una conducción audaz frente a los desafíos de la deuda externa y la integración regional, en sintonía con la labor del Grupo de Apoyo a Contadora que el entonces líder aprista —quien volvería a ser Presidente del Perú en 2006, ya transformado en referente del neoliberalismo— compartió con el Presidente argentino, Raúl Alfonsín. Hoy, ante el espectáculo degradante de nuestra política exterior, el ruego ciudadano bien podría parafrasear aquel grafiti histórico, pero con una urgencia mucho más modesta: “Patria querida, dame, al menos, un canciller”.

La gestión de Pablo Quirno al frente del Palacio San Martín no admite matices: se ha consolidado ya como la peor gestión de un ministro de Relaciones Exteriores de la etapa democrática iniciada en 1983. No se trata meramente de una apreciación subjetiva basada en discrepancias ideológicas, sino del resultado de una evaluación técnica de sus actos, que exhiben una sorprendente combinación de ignorancia profesional, frivolidad tuitera y claudicación ante intereses financieros internacionales. Quirno no conduce una diplomacia; encabeza un proceso de desmantelamiento sistemático de las capacidades soberanas del Estado argentino.

 

Que pase el siguiente…

Para comprender el abismo donde se encuentra la diplomacia argentina es necesario observar la inédita rotación de sus titulares. En apenas dos años de gestión de La Libertad Avanza, la Argentina ha tenido tres cancilleres: Diana Mondino, Gerardo Werthein y ahora Pablo Quirno. Este recambio frenético contrasta con la estabilidad que caracterizó a los gobiernos democráticos previos, donde la política exterior era entendida como un área que requería horizontes temporales extensos para garantizar la calidad y adaptabilidad de las políticas públicas.

Basta recordar que, entre 1983 y 2013, solo tres ministros (Dante Caputo con Alfonsín, Guido Di Tella con Menem y Jorge Taiana con los Kirchner) concentraron el 63% de la permanencia total en el cargo [1], permitiendo una acumulación de experiencia y memoria institucional que hoy parece un recuerdo lejano. Actualmente, la Cancillería ha pasado a ser un “fusible” más en un gobierno que ostenta el récord de despedir a un funcionario cada cinco días en promedio.

Esta alta rotación, marcada por internas feroces, desconfianza y sospechas de deslealtad ideológica, imposibilita la consolidación de equipos estables y condena a la Argentina a una improvisación permanente que erosiona nuestra credibilidad ante el mundo.

 

Desprecio por Malvinas

Uno de los puntos más críticos de la gestión Quirno reside en su abordaje de la “cuestión Malvinas”. Recientemente, el canciller protagonizó un intercambio vergonzoso en redes sociales con habitantes de las islas y cuentas que responden a la administración colonial británica. Ante la provocación de un isleño que lo invitó a visitar el archipiélago como “turista”, Quirno respondió, en inglés: “I would love to come and spend a week!” (¡Me encantaría ir a pasar una semana!).

 

 

Este hecho, calificado de “irresponsable” y “frívolo” por los centros de ex combatientes, no es un desliz coloquial, sino una convalidación de la narrativa británica. Al aceptar el marco de una visita turística y el empleo de la denominación colonial “Falklands”, Quirno degrada un conflicto de soberanía bilateral —reconocido por la Resolución 2065/1965 de la ONU— a una mera relación entre particulares, ignorando que las Malvinas son territorio argentino usurpado.

Este papelón diplomático se suma a antecedentes igual de alarmantes: a poco de asumir, la Cancillería de Quirno debió retirar un nuevo logo institucional que omitía a las Islas Malvinas y a la Antártida del mapa del mundo. Este proceso de desmalvinización fáctica, sumado a las declaraciones del propio Presidente Milei ante el diario británico The Telegraph —donde afirmó que las islas deben ser argentinas solo “cuando los isleños lo deseen”, avalando un derecho de autodeterminación que la ONU rechaza—, sitúa al actual canciller como el principal responsable de debilitar el reclamo soberano histórico de nuestra nación.

En cuanto a la logorrea tuitera del ministro, cabe destacar que a la falta de profesionalismo se suma una degradación del lenguaje institucional que rompe con cualquier tradición de decoro en el Palacio San Martín. El pasado 5 de abril, en un gesto de servilismo que pretendía ser un elogio, Quirno posteó en la red X respecto a la participación de Luis Caputo en el programa de Luis Majul: “Todavía no empezó el horario de protección al menor y el Ministro @LuisCaputoAR se pasea desnudo con Majul”.

 

 

 

Esta verborragia, que buscaba celebrar la defensa que hizo el ministro de Economía sobre los cuestionados créditos hipotecarios otorgados por el Banco Nación a funcionarios oficialistas, no es un hecho aislado, sino que confirma la conversión de la conducción de la diplomacia argentina en un escenario de chicanas de bajo nivel no acordes a la investidura del cargo.

 

Terraplanismo diplomático, Grossi agradecido

La impericia de Quirno ha logrado, además, poner en contra de la Argentina a todo el bloque de naciones africanas y caribeñas, socios históricos e imprescindibles en nuestro reclamo por Malvinas. El motivo fue el reciente e insólito voto en las Naciones Unidas contra una resolución, impulsada por Ghana, que definía a la esclavitud racializada como un crimen de lesa humanidad. La Argentina fue uno de los únicos tres países en el mundo (junto a Estados Unidos e Israel) en oponerse a una reivindicación que es el tema prioritario para 55 Estados de la Unión Africana.

 

 

La respuesta de Quirno ante las advertencias de los diplomáticos de carrera sobre las consecuencias de este voto fue elocuente de su desprecio por el multilateralismo: “Nuestros socios son Estados Unidos e Israel, no África ni el Tercer Mundo”. Este seguidismo dogmático al eje Washington-Tel Aviv, anudado a una cosmovisión “terraplanista” de los foros internacionales, ha debilitado la candidatura del argentino Rafael Grossi para la Secretaría General de la ONU.

A pesar de que la Cancillería creó una unidad especial para promover a Grossi, su postulación es hoy percibida como un lastre debido a la política exterior de Milei. Los países africanos, que representan el 28% de la Asamblea General, ya analizan desplazar su apoyo hacia la ex Presidenta chilena Michelle Bachelet. Quirno, posiblemente a contramano de sus intenciones de ver a Grossi coronado como Secretario General, parece sacrificar una oportunidad histórica para la diplomacia argentina en el altar de una “occidentalización dogmática” que nos aísla de las mayorías globales y, lo que es peor, nos aleja de aliados en temas estratégicos en todos los ámbitos multilaterales.

 

La era Quirno

En orden a visualizar la magnitud del descalabro, resulta propicio repasar cronológicamente los hitos de una gestión marcada por los desatinos:

  • Octubre de 2025: Pablo Quirno, ex director del JP Morgan con 17 años de trayectoria en dicha banca, asume sorpresivamente la Cancillería con el respaldo explícito de Jamie Dimon. Apenas dos días antes de su nombramiento, el actual canciller —quien venía desempeñándose como secretario de Finanzas del Ministerio de Economía— había anunciado que el JP Morgan actuaría como asesor financiero para una recompra de bonos de 16.300 millones de dólares, asegurando jugosas comisiones para sus antiguos empleadores, en un claro conflicto de intereses que define el tono de su gestión.
  • Diciembre de 2025: en su primer paso en falso, el Ministerio de Quirno publica un logo institucional con un planisferio que borra a las Islas Malvinas y la Antártida. El logo debió ser retirado a los pocos minutos ante la ola de indignación en redes sociales, revelando una gestión que no tiene en su mapa —literal ni simbólicamente— los intereses soberanos del país.
  • Enero de 2026: se denuncia la peor crisis logística en décadas del Programa Antártico Argentino. Bajo la mirada de Quirno, se impulsa el desguace de la Dirección Nacional del Antártico (DNA) para transferir sus bases y presupuesto al ámbito militar, poniendo en riesgo el carácter científico de la presencia argentina y “jugando al fleje” con la violación del Tratado Antártico. A esto se suma el papelón del despiste de un avión de la empresa Mirgor (de Nicky Caputo), que expuso los riesgos que trae aparejada la delegación de funciones estratégicas del Estado en esquemas privados sin control efectivo.

 

El avión despistado. Foto: Minuto Fueguino.

 

  • Enero de 2026: el gobierno argentino emite un comunicado que pide apresuradamente que Edmundo González Urrutia asuma la presidencia de Venezuela tras la captura estadounidense de Nicolás Maduro, reconociendo el liderazgo de María Corina Machado. Sin embargo, la ansiedad del canciller debió morigerarse cuando Donald Trump descartó a Machado y negoció la transición directamente con Delcy Rodríguez, demostrando que la Cancillería argentina estaba totalmente al margen de los movimientos de su propio “señor feudal”.
  • Febrero de 2026: se hace público que la Cancillería otorgó un contrato directo de casi 113 millones de pesos a la Asociación Argentina de Cultura Inglesa (AACI), dirigida por María Josefina Roulliet, esposa del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger. Bajo la excusa de enseñar inglés a diplomáticos que ya dominan el idioma, Quirno financia con fondos públicos a la familia de un colega de gabinete, traicionando el relato de austeridad libertaria.
  • Marzo de 2026: el gobierno argentino, a través de su canciller Quirno, oficializa su salida de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Bajo argumentos ideológicos sobre las “cuarentenas eternas” y una supuesta defensa de la soberanía sanitaria, la política exterior de Milei aísla al país de los mecanismos de coordinación y financiamiento ante futuras pandemias, dejando a la salud pública a la intemperie.
  • Marzo de 2026: como se anticipó, la Argentina vota en la ONU contra la resolución que califica la trata de esclavos como crimen de lesa humanidad. El embajador ante la Unión Africana debió pedir disculpas en Adis Abeba (Etiopía), admitiendo que “no fue su decisión” sino una orden directa de Quirno, quebrando décadas de una alianza estratégica con el continente africano con externalidades positivas en torno a la “cuestión Malvinas”.
  • Abril de 2026: como hemos detallado más arriba, en un intercambio por la red social X, Quirno acepta la invitación de un isleño para visitar las Malvinas como turista. De este modo, convalida el nombre "Falklands", ignora la usurpación y afirma que “no hay razón para no confiar” en la administración colonial, provocando el repudio de ex combatientes y de la dirigencia opositora.

 

La guerra en Medio Oriente

Mientras la geopolítica global se sacude por la guerra en Medio Oriente, el Presidente Milei y el canciller Quirno han decidido abandonar cualquier vestigio de prudencia estratégica para sumergirse en una alianza tan entusiasta como peligrosa. La Argentina ha decidido hacer propia una guerra ajena, con una sobreactuación ideológica que nos sitúa en una zona de riesgo por asociación sin precedentes.

La escalada de tensiones alcanzó puntos críticos el pasado 31 de marzo, cuando se oficializó la declaración del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán como organización terrorista. La respuesta de Teherán no se hizo esperar: a través del oficialista Tehran Times, voceros iraníes advirtieron sobre una “respuesta proporcionada” a esta enemistad, calificando la medida de “insulto injustificable”. Lejos de buscar la desescalada, la Cancillería argentina redobló la apuesta declarando “persona non grata” al encargado de negocios iraní, Mohsen Soltani Tehrani, ordenando su expulsión del país en 48 horas.

Este alineamiento automático, donde Milei se declara orgulloso de ser el mandatario “más sionista del mundo”, ignora las advertencias más elementales del realismo político. Mientras el gobierno alimenta versiones sobre el envío de apoyo militar al Golfo Pérsico —un escenario que remite al fantasma del “Menem lo hizo” en 1990—, la realidad de nuestros medios navales es de una obsolescencia absoluta. Enviar corbetas y destructores —cuyos sensores y sistemas de armas no se encuentran aptos operativamente para un teatro de operaciones en el que deberían enfrentar drones y misiles— no sería una misión de paz, sino un suicidio estratégico.

 

Una sociedad prudente frente a un gobierno temerario

Lo más alarmante es que este rumbo de colisión choca frontalmente con la voluntad de la ciudadanía. Según un reciente estudio de opinión pública, cuyos resultados fueron divulgados por Federico Zapata (consultora Escenarios), los argentinos procesan la guerra con una prudencia estratégica que el gobierno desprecia. Un abrumador 72% de los argentinos prefiere que el país mantenga la neutralidad en el conflicto de Medio Oriente, frente a un escaso 16% que apoya el alineamiento con Estados Unidos e Israel.

La sociedad expresa un “realismo material”: la guerra no se vive como una epopeya ideológica, sino a través del impacto en el costo de vida. Para el 61% de los consultados, el conflicto afecta la economía a través del aumento de los combustibles y la energía. Existe, además, una profunda ansiedad global: el 50% de la población considera probable que el conflicto derive en una guerra mundial y un 60% se muestra angustiado por el eventual uso de armas nucleares. Esta percepción de riesgo sistémico desmiente la idea de que el alineamiento irrestricto de Milei traiga seguridad; por el contrario, el 63% cree que la postura del gobierno aumenta el riesgo de sufrir atentados terroristas en suelo argentino.

El estudio revela además una intuición sobre la redistribución del poder global: la sociedad percibe que el mundo está cambiando antes de que el gobierno lo acepte. Un 36% ya prevé que China será la principal potencia mundial en la próxima década, casi duplicando a quienes apuestan por la continuidad de la dominación estadounidense (21%). Mientras Milei y Quirno se abrazan a un orden unipolar que ya no existe, la opinión pública argentina demuestra ser más pragmática y consciente de la transición hegemónica global, priorizando la gestión del riesgo sobre la épica del alineamiento ciego.

 

 

El desafío de una política exterior profesional

La Argentina asiste a la demolición de su patrimonio diplomático a manos de una “élite colaboradora” que ha decidido convertir al país —según la clásica fórmula de Juan Carlos Puig [2]— en un “apéndice del aparato gubernativo” estadounidense. Pablo Quirno, con su linaje financiero y su lógica de banquero de inversión, representa la consumación de lo que hemos denominado una “desnacionalización estratégica”.

Seguir por esta senda de genuflexión no es solo un error táctico; es una claudicación que compromete los intereses vitales de las futuras generaciones. La política exterior argentina necesita recuperar urgentemente el realismo y la prudencia, entendidos como la ponderación racional de las consecuencias de nuestros actos. El Palacio San Martín debe dejar de ser una sucursal de Wall Street gestionada por “lenguaraces” de las redes sociales y volver a ser la casa de la diplomacia profesional. De lo contrario, la historia recordará a Pablo Quirno no solo como el peor canciller de nuestra democracia, sino como el ejecutor de una renuncia definitiva a nuestro destino como nación soberana.

 

 

 

 

* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).

 

[1] Ver Tokatlian, J. G. y Merke, F. (2014). Instituciones y actores de la política exterior como política pública. En Acuña, C. (Comp.), Dilemas del Estado Argentino. Política Exterior, económica y de infraestructura en el Siglo XXI (pp. 245-293). Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.
[2] Puig, J. C. (1980). Doctrinas internacionales y autonomía latinoamericana. Caracas: Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Universidad Simón Bolívar, p. 149.

 

 

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