En los tiempos que corren, de profunda desesperanza, uno está tentado a gritarle a los actuales líderes de estas neo monarquías que desgobiernan al mundo y a los países: ¡si es que no se han dado cuenta de que las condiciones materiales de vida y el progreso tecnológico permitirían al mundo entero vivir muy bien, en paz y hasta con un espíritu fraterno! En lo que a mí respecta, lo creo. Sin embargo, el pesimismo se propaga a la velocidad de la luz a causa de una oscuridad creciente y arrolladora. Del enfriamiento del corazón humano, del que intento dar cuenta en algunos de mis escritos.
La amenaza es constante y el discurso raya la esquizofrenia, la bipolaridad severa, el narcisismo. Es patológico, según cualquier definición corriente de este término.
Las recientes publicaciones del Presidente Donald Trump, donde un día amenaza con aniquilar a toda una civilización y después se publica a sí mismo como Cristo, y en una nueva foto con Jesucristo (ambas hechas con IA), es un ejemplo patético de tal situación.
Pero no es el único. Netanyahu es capaz de aniquilar cientos de miles de inocentes y afirmar que su ejército “es el más moral del mundo”, a pesar de toda evidencia en contra. Por caso, en la nota publicada en el periódico Haaretz por Yoel Elizur el 23 de diciembre de 2024 titulada “Cuando sales de Israel y entras en Gaza, eres Dios”. Una mirada al interior de la mente de los soldados de las Fuerzas Armadas de Israel que cometen crímenes de guerra, se describen con crudeza actos de insania e inmoralidad absoluta. Entre otras cosas, dicho autor relata un episodio en el que un soldado describe la muerte de un niño durante una operación y un acto de humillación posterior, presentado como ilustración del grado de brutalización y despersonalización que pueden producirse en el contexto descrito. Una evidencia del daño psicológico y ético que estas conductas generan tanto en las víctimas como en los propios soldados, reforzando el argumento central sobre la lesión moral y la responsabilidad del clima político y de mando. ¿Un soldado israelí puede romper con furia una talla de Jesucristo en el Líbano (ver BBC Mundo) y a pesar de ello ser moral? No se ha visto al Papa alentar antisemitismo ni, hasta donde lo sé, promover un odio atroz. Pero ello es visto como signo de debilidad, no de amor o de razón.
Pero en esta turbulencia de odios imparables, basta con que se califiquen las acusaciones de los crímenes de guerra como “mentiras hipócritas” y “libelos antisemitas”, como suele hacer Netanyahu, para que amplios sectores que defienden la democracia y el derecho a la vida queden expuestos y hasta se los persiga o se induzca a ello. Lo asombroso es que mucha gente no se percata de lo que esto significa para el futuro de la humanidad.
Este regreso a la “ética del Lejano Oeste” es emulado tanto por Trump como por Netanyahu, en los hechos y en las palabras. La conquista de territorios está a la orden del día, cosa que también concierne a la guerra ruso-ucraniana, a Putin, pero también a Zelensky. Algunas posiciones de Trump sobre Groenlandia, el Golfo de Méjico, etcétera, no requieren de mucha explicación, como tampoco lo merecen los ataques contra Irán para habilitar el fuego contra El Líbano en esta cuestión de extender las fronteras.
Los abrazos, elogios, premios y títulos honoríficos que ha recibido nuestro Presidente, por ser un fiel servidor de Trump y Netanyahu, se inscriben en nuestro caso como una alianza respaldada internamente por un conjunto de actores que ven en ello el resguardo férreo de sus propios intereses, pero también bajo la amenaza pragmática de que sin esta alianza la fuga de divisas sería formidable y por lo tanto el caos interno una consecuencia previsible, cuya responsabilidad sería una suerte de “crimen de guerra”. Crimen no cometido por el oficialismo sino por una horda de populistas que se niegan a aprender las lecciones de la historia de unos cien años ficcionados. Claro que, a su vez, ciertos sectores opositores no parecen tomar conciencia de que las lecciones de la historia que ellos propugnan tal vez no serían viables en este contexto de guerra del fin del mundo, sin un rotundo cambio del corazón humano.
Que esta lógica es perversa e inhumana no creo que haya quien lo niegue. Por supuesto, el elogio del modelo de país que se está instalando está repleto de baches y consecuencias negativas, tal como lo muestran muchas de las poco coherentes cifras del INDEC respecto a la caída de la confianza empresarial, del consumo, de la producción industrial, del empleo, de la construcción, de un estimador mensual de la actividad económica (EMAE) dibujado con tiza sobre un pizarrón repleto de manchas, etcétera. Lo cierto es que la desregulación ha culminado en abusos de las prestadoras de todo tipo de servicios privados y la reducción del gasto público, en un deterioro de la calidad de vida que pocas veces se ha visto.
Nadie a ciencia cierta sabe cómo terminará todo esto, más allá de los crecientes signos de corrupción que salen a la luz; más allá de que se rumorea que en los vuelos privados cuyo destino son los nuevos feudos intocables puede llegar dinero, armas, drogas, etcétera, cuyo control por parte del Estado es limitado por órdenes que emergen del mismo Estado en un país gobernado por odiadores del Estado y aplaudido por gente que ha perdido todo sentido común, del prójimo, del bien común y hasta del menor daño posible.
La era del autoritarismo está de moda y es tolerada (cuando no celebrada), pues por definición es una guerra contra el terrorismo, mote que aplica a un solo bando: el enemigo que ellos definen como tal. A pocos se les ocurre que es ni más ni menos que aquello que una vez se llamó “prepararse para la Era del Imperio Global”, cuestión discutida a inicios de este siglo que comenzaría a manifestarse con el 11-S [1] y hoy remata en el festejo de tener el ejército más poderoso del mundo, las armas más letales, y en una suerte de orgía de sangre y sed de ella.
El argumento del “espacio vital” para Israel y para Rusia emula al concepto que dio lugar a Hitler, mal que les pesen estas analogías, pues tanto para Rusia como para Israel, ellos serían los “desnazificadores”, mientras que este argumento para el caso de los Estados Unidos es un tanto exagerado habida cuenta de que su “espacio vital” parece amplio a pesar de su dependencia de insumos para esta nueva era tecnológica en la que se asume que debería defenderse del auge de China. Como si dando estos pasos de mano dura no se aproximaran más y más a lo más temido del modelo de esta última nación.
Otro aspecto para destacar es que, aunque en los hechos tanto la guerra contra Irán como el apoderamiento de Venezuela huelen a las viejas guerras por el petróleo, cabría la pregunta de si es para apoderarse de él (lo que descaradamente dice Trump, para tenerlo gratis), o forma parte de una deliberada acción de restricción de la oferta a fin de acompañar la transición energética, pues precios bajos del petróleo la lentifican. Claro que esto sería contradictorio con su odio a los defensores del combate al cambio climático, su poca afición por Europa, las instituciones democráticas y hasta por una OTAN que para él es tan tibia o moderada como lo es Meloni, el Papa y toda persona que se oponga a la osadía del más fuerte: el derecho de las bestias.
Pero esto no es todo. Todavía hay rondando en el aire denso que respira el mundo una cuestión de supuesta guerra religiosa, un apocalipsis. Tal es el análisis de Alexander Dugin, filósofo y estratega geopolítico ruso, ideólogo del neo-eurasianismo, conocido por su visión ultranacionalista, antiliberal y apocalíptica del enfrentamiento entre Rusia y Occidente, cuya hija Daria Dúguina, periodista y politóloga, murió el 20 de agosto de 2022 en un atentado con coche bomba cerca de Moscú, durante el primer año de la guerra ruso-ucraniana.
El análisis de este intelectual sobre la guerra en Medio Oriente describe un escenario abiertamente apocalíptico, marcado por el colapso del sentido de las palabras, la desinformación total y una violencia que describe como “cruda, brutal y casi infernal”. Según Dugin, ya no existen normas, acuerdos ni líneas rojas, y negociar —especialmente con Estados Unidos e Israel— puede ser incluso más peligroso que rechazar el diálogo, porque los compromisos se rompen en el mismo momento en que se firman.
El filósofo atribuye esta deriva extrema a la influencia de posiciones religiosas radicales en la dirigencia estadounidense, dominada —afirma— por fundamentalistas protestantes que creen estar viviendo el fin de los tiempos. Desde esa visión, el conflicto deja de ser político o geoestratégico y pasa a entenderse como una batalla final entre el bien y el mal, donde amplios grupos —musulmanes, iraníes, cristianos tradicionalistas, judíos humanistas e incluso protestantes moderados— son concebidos como enemigos en un marco casi escatológico.
Frente a este proyecto impregnado de mesianismo y sionismo, el citado autor contrapone a Irán como una sociedad forjada en la ética del sacrificio religioso chiita, inspirada en Karbala, dispuesta a aceptar la aniquilación material antes que la rendición espiritual. Esa lógica, sostiene, vuelve imposible su derrota por la fuerza y convierte el conflicto en una confrontación existencial sin salida negociada. El resultado es un mundo empujado hacia el caos: o un golpe devastador al orden multipolar emergente o una expansión de la violencia que fracture a Occidente desde dentro. En cualquiera de los casos, describe un presente y un futuro dominados por la lógica del fin de los tiempos, donde la brutalidad sustituye al lenguaje y la resistencia se impone como único horizonte [2].
¿Cómo no ser pesimista entonces? En verdad es un acto heroico el no serlo y el seguir sosteniendo que las condiciones materiales de vida y el progreso tecnológico permitirían al mundo entero vivir muy bien, en paz y hasta con un espíritu fraterno.
Creo interpretar que el Papa León XIV llamando a detener la guerra, exigiendo el cese de los conflictos, pidiendo “basta ya de la guerra” y de la “idolatría de la fuerza”, abogando por una “distribución equitativa de la riqueza” para enfrentar el aumento de la pobreza extrema, señalando que “la pobreza más grave es no conocer a Dios” y luchando contra la indiferencia y a favor de la justicia social, es sin duda más fiel a los Evangelios que estas criaturas un tanto fantásticas que creen servir a Dios, a la vez que predican mandamientos inexistentes o hasta se hallan sospechados a través de sus vínculos con Epstein del lado más oscuro de la vida, oscureciendo esa luz de lo divino que cada criatura tiene.
No hay que ser religioso para entender lo que estoy diciendo, pues nadie podrá explicarme jamás la ternura de un niño, el perfume de una rosa, la congoja frente al dolor, el sinsentido de la vida cuando el corazón se endurece, el sufrimiento cuando obramos mal. De eso se trata; de no menospreciar lo que el cuerpo le dice al alma humana: la experiencia del día a día, nuestro instinto de conservación inscrito en nuestras células y neuronas a través del largo camino que ha recorrido la vida. Una vida amenazada hoy por esta ola de odios imparables que solo cesarán si no caemos en las trampas de las polarizaciones que banalizan el mal al punto de no reconocer ya qué cosa son el bien y el mal.
* Roberto Kozulj es comunicador social, economista y escritor. Sus últimas obras son El Testigo, Ed. Diotima, 2026 y Una noósfera envenenada, Ed. Prometeo, 2026.
[1] Véase R. Kozulj, “¿Choque de civilizaciones o crisis de la civilización global? Problemática, desafíos y escenarios futuros”. Editorial Miño y Dávila en 2005 (1ª ed.).
[2] Sintetizado a partir de la publicación en la Revista Pacto, la cual no mantiene un archivo digital centralizado y estable; su contenido circula principalmente a través de republicaciones (blogs, redes sociales, sitios alternativos). En este caso, tomado aquí.
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