Los seres vivos registramos el tiempo como una progresión lineal, que lleva del pasado al futuro de forma irreversible, momento tras momento. En consecuencia, damos por sentado que las experiencias que nos formaron son parte de nuestro bagaje histórico, y por ende quedaron atrás. Lógica pura: lo que te convirtió en quien sos no puede formarte mañana, a no ser que metabolices el tiempo como el Johnny Carter de El perseguidor. Pero aquellos que, como el Johnny del relato de Cortázar, creemos que el tiempo es más flexible (o creativo, incluso) que la flecha que suele describirlo, sabemos que hay cosas que fueron sembradas allí, en el pasado, como bombas de sentido con espoleta de retardo: destinadas a estallar en fecha futura, cuando llegue el momento preciso, y ni un segundo antes.
Ben-Hur es de las primeras películas que vi en el cine. Se estrenó en el '59, pero la descubrí durante la segunda mitad de los '60. La iniciativa fue de mi madre. Lo recuerdo porque ella cubrió mis ojos cada vez que aparecían las leprosas Miriam y Tirzah, madre y hermana del protagonista. (Me aterraban porque, a juzgar por la reacción que tenían en la pantalla aquellos que las veían antes que yo, debían ser espantosas. Hoy pescás cosas más horripilantes en cualquier canal de noticias.) Lo cierto es que Ben-Hur me encantó. Volví a verla durante varios años en sucesión, ya solo, cada vez que la reponían en el Gaumont, único cine con pantalla para películas en 70 mm, lo más parecido al IMAX que existía entonces.

La reestrenaban en vísperas de cada Pascua, porque era una historia que se entrelazaba con la Pasión y Muerte de Jesús, y por eso se la consideraba una película "religiosa". No era esa la razón por la cual me gustaba, se imaginarán. Lo que me atraía eran las escenas de acción —la batalla en el mar, la carrera de cuadrigas— y, ante todo, el melodrama.
En el principio, Ben-Hur fue una novela popularísima, escrita por el general Lew Wallace, que combatió para el Norte durante la Guerra Civil de los Estados Unidos y llegó a ser gobernador de Nuevo México. Su primera edición data de 1880. Ben-Hur permaneció al tope de la lista de best-sellers de su país hasta 1936 —durante más de medio siglo—, fecha en que la desbancó Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell. Para entonces ya existían dos adaptaciones cinematográficas, ambas mudas: un corto de 1907 y el largo de 1925 que dirigió Fred Niblo y fue un exitazo, la película más popular de la Metro Goldwyn Mayer durante 25 años.
A mediados de los '50, lo que convenció a Hollywood de intentarlo nuevamente fue el fenómeno de la televisión, que había empezado a hipnotizar a las familias, persuadiéndolas de quedarse en casa. Por eso se abocaron a invertir en grandes producciones, la clase de espectáculos que no cabían en las pantallas hogareñas. Consecuentemente, favorecieron formatos como Cinemascope y 70 mm, para los que había que construir cines ad hoc o readaptar los preexistentes. Fue la era de los películones, donde se alternaban obras maestras de David Lean (El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago, entre el '57 y el '65), éxitos comerciales como Krakatoa, al este de Java (del '68, precursora del llamado "cine catástrofe") y bodrios como El Cid, que es del '61, me gustaba de chico y encontré intolerable, cuando volví a verla.

En este contexto, el Ben-Hur de Wyler rindió generosamente. Ganó once Oscars, récord aún imbatido. (Sólo la empardaron Titanic en el '97 y la tercera parte de El señor de los anillos en el 2003.) Cuando me enamoré de la película, todavía arrastraba ese aura que le concedieron la taquilla y las estatuitas doradas. Tanto se la ensalzó entonces, que con el tiempo inspiró una reacción adversa, lo que en inglés se llama backlash. Para los críticos jóvenes —y ni les cuento una vez que la Nouvelle Vague se jugó por el cine independiente y consagró a sus directores como "autores"—, Ben-Hur se convirtió en el paradigma de todo lo que estaba mal: pomposa, banal, reaccionaria — y ante todo, antigua.
Volví a verla hace pocos años, ahora en una excelente de copia de Blue-Ray, y me tranquilicé. No será Lawrence de Arabia ni justifica once Oscars pero es una buena película, que resistió el paso del tiempo. La carrera de cuadrigas sigue siendo una de las escenas de acción más espectaculares de la historia y luce como nunca, en estos tiempos de efectos digitales poco convincentes. Y su melodrama funciona todavía. Lo comprobé científicamente días atrás, cuando la vi una vez más con mis hijos varones. Uno de ellos, que no es precisamente un flojo, se emocionó ante el dolor del Ben-Hur que no puede reencontrarse con su madre y su hermana, porque ellas prefieren que las crea muertas antes que descubrirlas leprosas.
Leyendo sobre Lew Wallace descubrí un dato que explica muchas cosas. El tipo era fanático de El conde de Montecristo, la novela de Alejandro Dumas padre que se publicó en 1846. Como Montecristo, Ben-Hur es ante todo la historia de una venganza de larga gestación. El protagonista es un judío de familia patricia, Judah Ben-Hur. Alrededor del año 30 de nuestra era, su amigo de la infancia, el romano Messala, retorna a Jerusalén como tribuno y lugarteniente del nuevo gobernador, Valerio Grato. Messala quiere que Ben-Hur use su ascendiente sobre los locales para ayudarlo a cimentar el poderío romano. Pero Ben-Hur se niega a buchonear a los judíos que están en contra del colonizador. Y Messala aprovecha un accidente para convertir a su amigo en un ejemplo: lo culpa de algo que no hizo —atentar contra la vida de Grato—, lo condena a remar en las galeras (una ejecución dilatada, porque nadie sobrevivía a esa esclavitud durante mucho tiempo) y manda a Miriam y Tirza, que lo habían cuidado y querido durante su infancia, a las mazmorras, para olvidarse de ellas casi de inmediato. Es allí donde, malnutridas, se contagian lepra.

A partir de entonces, Ben-Hur intenta sobrevivir a las galeras porque quiere vengarse de Messala y recuperar a su familia. Lo ayuda la suerte (o la protección divina, como insinúa el relato) y vuelve a Jerusalén como un hombre libre y además rico, hijo adoptivo del cónsul Quinto Arrio. Ese es el contexto dramático en el cual tiene lugar la carrera de cuadrigas donde Ben-Hur compite con Messala, a sabiendas de que es común que alguien muera durante una de esas competencias.
Pero, a diferencia de Montecristo, el climax de la venganza ocurre mucho antes del final, ya que la carrera se consuma durante el primer tramo de la segunda parte. (Los películones tendían a ser largos, como los de ahora pero mejor organizados. Ben-Hur dura 212 minutos sin contar la obertura y el entreacto musicales. Poco después de la mitad había un intermedio que se agradecía, particularmente si eras de vejiga floja.) Por esa razón, el último tramo corre el riesgo de incurrir en un anticlimax. Que no se desmorone es un mérito no menor de Wyler & Co. Porque a esa altura la trama de venganza se desvanece, para convertir el film en algo que está en las antípodas del planteo narrativo inicial — en una historia que se desprende de la violencia para abrazar la misericordia y la esperanza.
Jesús, el de la cruz
Ahí es donde, se imaginarán, empieza a jugar la subrama religiosa. (No tan subtrama para los lectores de la novela, cuyo subtítulo es: A Tale of the Christ, o sea Una historia del Cristo.) La vida de Jesús transcurre en paralelo a la de Ben-Hur. De hecho, el film arranca con el censo romano y la Natividad en Belén. Treinta años después, un Ben-Hur encadenado cruza el desierto en dirección al puerto donde lo convertirán en galeote. A punto de morir de sed, quien le da de beber —a pesar de que eso supone desafiar al oficial romano a cargo de los condenados— es un carpintero joven que se apiada de él. Pocos años después, al verlo marchar hacia el Gólgota, Ben-Hur comprende que el hombre a punto de ser crucificado es el mismo que sació su sed cuando desfallecía. Y lo que ocurre entonces, cuando llega el climax de esa otra historia que dejó de estar soterrada y saltó al primer plano, cambia la vida de Ben-Hur — y el sentido de la película.

Por aquel entonces, durante mis visiones de Ben-Hur en el Gaumont, yo era un catoliquito en formación. Tomé la primera comunión en el '70, cuando tenía ocho años. Como el trasfondo religioso era lo que menos me interesaba, debo haber entendido apenas lo imprescindible para que la máquina dramática funcionase: que ante la presencia y la prédica de Jesús, Ben-Hur empezaba a creer en él y se convertía en cristiano. El resto lo comprendía intelectualmente, pero sin que adquiriese espesor en mi alma. Lo que significaba vivir en una ciudad militarmente ocupada, por ejemplo. Lo que significaba ser colonia de un imperio. Lo que significaba rebelarte políticamente. Lo que significaba romper con tu tradición y tu comunidad, para abrazar una fe nueva... y bancarte los riesgos que eso implicaba.
(Mi vieja se encargó de que lo entendiese, eventualmente. Se ve que ella también contaba con la plasticidad del tiempo que mencioné al principio. Tardé años en comprender que me llamaba así en honor al tribuno Marcellus Gallo, protagonista de El manto sagrado — otra película "religiosa" basada en un best-seller. Consigno, de paso, el detalle de que ese Marcelo era otro converso, que aceptaba morir como mártir en nombre de su nueva fe. Livianita, la carga que me endilgó mi madre.)
En esta oportunidad, mientras miraba Ben-Hur en compañía de mis hijos y su madre, se me ocurrió pensar por primera vez cuán excepcional fue el surgimiento de una fe como la cristiana —basada en el amor, en la empatía con los otros y el cuidado de los más débiles y hasta de los marginados—, en un contexto histórico como ese. Porque hablamos del período que todavía se conoce como Pax Romana, en pleno auge del Imperio, bajo la égida de Tiberio. La prosperidad económica y estabilidad social que garantizaba Roma en aquel tiempo superaba todo lo conocido. Y si aun así no te convencías de las ventajas de pertenecer, ahí estaba el poderío militar, para ponerte en tu lugar. Los alzamientos en las provincias eran sofocados de manera "rápida e impiadosa", según la historiadora de Princeton Mary T. Boatwright. El general Publio Quintilio Varo, que fungía por entonces como autoridad en Siria, acudió a Judea a sofocar una rebelión, ocupó Jerusalén y crucificó a 2.000 judíos en el año 4 A. C.

A la muerte de Herodes el Grande, el reino de Judea fue desmembrado en cuatro partes, en cumplimiento de la máxima romana divide et impera. Existían facciones nacionalistas que aspiraban a liberarse del imperio por las armas: los celotes, también conocidos como "la cuarta secta", para diferenciarlos de fariseos, saduceos y esenios. Según Joseph Klausner, autor de Jesús de Nazaret, su vida, su época, sus enseñanzas, los celotes eran los bolcheviques del momento, atentos a cualquier dinámica social o política que acelerase el fin. (De la dominación romana y hasta de la Historia, por vía del apocalipsis que se consideraba inminente.) Los esencios tendían al misticismo, una fuente en la que Jesús supo abrevar. Klausner sugiere que eran los socialistas de su época, desde que se organizaron como comunidad en base a principios utópicos: laboriosidad, propiedad en común, rechazo a la violencia. Los saduceos pertenecían a la minoría aristocrática. Y los fariseos constituían la mayoría del pueblo, eran algo así como nuestra clase media — a la que, por cierto, Jesús pertenecía.
En la práctica, la mayoría de los habitantes de Judea —fariseos, esenios y saduceos— se habían acomodado de uno u otro modo a la regla romana, porque el imperio era imperio pero no tonto y permitía a sus colonizados un margen equis de independencia, que rápidamente se traducía en conformidad. Aun así, el sustrato era de descontento. A su muerte, Herodes había dejado un legado que estaba lejos de cicatrizar: brutalidad militar, persecución política, crisis económica. En ese terreno, era fácil que germinasen las fantasías de liberación a través de la figura del Mesías que debía asomar en cualquier momento.
La Pax Romana conservó un orden relativo a partir de cuatro principios, tan simples como contundentes. Primero, el poder imperial, encarnado por las legiones, las naves de guerra y el despliegue de símbolos — la señalética del momento. Segundo, la violencia institucionalizada. (A falta de TV y películas en Cinemascope, abundaban los juicios públicos y las ejecuciones, concebidas como circo: te entretenían y amenazaban al mismo tiempo.) Tercero, el peso corruptor de dinero, que siempre trascendió las nacionalidades y las etnias. Y cuarto, la sagacidad política de Roma, al permitir que sus colonizados explotasen a otros a su vez y así se sintiesen superiores a la plebe y, por ende, al mando de al menos una parcela de poder. (No hay colonia eficiente sin cómplices locales.)
Tan pronto irrumpió en escena, Jesús lo descajetó todo. Por las dudas, aclaro que me refiero al hombre real, no al mito ni a la presunta versión humana de Dios. La existencia histórica de Jesús ya no se discute, desde que hay como mínimo catorce fuentes independientes que lo dan por real —algunas interesadas, como su propio hermano menor, Santiago, y el San Pablo de las Cartas, y otras insospechadas de cristianismo, como los historiadores Tácito y Josefo—, que dieron testimonio en las décadas que siguieron a la crucifixión. Una riqueza documental que movió al teólogo sueco Anders Runesson a decir que Jesús es de las figuras del Siglo I que han sido más documentadas, en un nivel "comparable al de Julio César y Herodes el Grande". Todavía se discuten infinidad de cosas, como el grado de fidelidad con el que los Evangelios reproducen su credo y enseñanzas. (Era inevitable un margen de imprecisión, aunque también hubo edición con objetivos político-doctrinales.) Pero lo que ya nadie se gasta en negar es que el tipo existió, y que fue crucificado.

La vida como paraíso
Todo sugiere que el mismo Jesús no tenía del todo claro quién era y qué misión quería llevar adelante. Los Evangelios sugieren que —diríamos hoy— fue recalculando, a medida que su prédica se difundía y generaba reacciones. Esa imprecisión, o si prefieren: deliberada ambigüedad, tornó inexorable que cada sector lo juzgase de acuerdo a su propio prisma. A los romanos no les movía el amperímetro, mientras se concentrase en hablar de un Reino que no era de este mundo — es decir, mientras no impulsase una rebelión política de cuño anti-imperial. Pero la sociedad de Judea lo juzgó de acuerdo a sus propias necesidades y temores.
A los celotes les convenía como profeta apocalíptico. A los esenios les cerraba como filósofo, el ascético vocero de un cambio social que, ante todo, inquietaba a los saduceos y a la jerarquía religiosa. A los fariseos les servía como una suerte de rabbi o maestro heterodoxo — una suerte de santón new age, con poderes curativos. Y todos sentían curiosidad respecto de su potencial como Mesías.
Jesús jugó con esas expectativas y fue malintepretado por todos. Su tendencia a expresarse a través de parábolas, aforismos y formulaciones misteriosas o crípticas —el crítico Harold Bloom lo llama "el poeta del acertijo", y en condición de tal, antecesor de Dante, Shakespeare, Cervantes, Kafka y Joyce— contribuyó al malentendido. Y como no le cerró a nadie por completo, se volvió una molestia. ¿Por qué se rodeaba de marginales, por qué curaba durante el shabbat, por qué tanto él como sus seguidores comían y bebían con el pueblo, en vez de ayunar y mortificarse?

Puede que las ideas que se le atribuyeron no reflejen a la perfección el pensamiento de aquel a quien Bloom llama "el Sócrates judío" y "el más grande de los genios judíos". Pero todas las versiones de esa prédica que sobrevivieron —incluyendo los Evangelios Apócrifos— coinciden en una serie de principios que llamaron la atención en su momento. La propuesta de una suerte de resistencia pasiva, que negaba a Roma autoridad sobre la vida espiritual de los ciudadanos. ("Al César, lo que es del César".) El desconocimiento de la jerarquía social del pueblo judío, empezando por la cabeza pero incluyendo a los fariseos, cuya hipocresía señaló duramente — como lo haría alguien de clase media pero de izquierda, con el sector social del que proviene y, por lo tanto, conoce demasiado. (Los acusaba de predicar el bien pero no practicarlo, de buscar la figuración, de poner freno al mosquito pero dejar pasar al camello — es decir, fijarse en la pelotudez mientras condonaban lo imperdonable. Si esto no es la clase media, la clase media, ¿dónde está?) También criticó a los ricos como esclavos de su riqueza y estableció como mandato el hacerse cargo de pobres, marginados y enfermos, responsabilidad de la que nadie estaba eximido.
Y en medio de todo esto brillaba la idea del amor, como columna vertebral de la vida personal, pero también de la social y política. Hoy suena a lugar común, pero hay que planteárselo. ¿Qué inspiró esa revelación, desde un suburbio del imperio donde el amor era ciencia-ficción —el del Antiguo Testamento estaba lejos de ser un dios de amor— y la vida era cruel: sumisión política y persecución del disenso, explotación económica, estructura social rígida, racismo, discriminación y descontento generalizado, al punto de tornar deseable la idea de un inminente fin del mundo? Ante un panorama así, lo que caía de maduro era que tarde o temprano estallase una rebelión popular. Pero lo que irrumpió fue lo inefable, lo inesperado. La idea de que, si no estabas en paz con tu propia alma —lo cual implicaba, por cierto, tratar con empatía a todo ser humano y no permanecer indiferente ante el sufrimiento ajeno–, ibas a andar a los tumbos por la vida y pasarías por ella con pena y sin gloria.
Suena a idea anti-política, porque parecía tender al anti-compromiso. Pero producía un profundo efecto porque, por el contrario, invitaba a un compromiso total, del cual lo político era apenas un aspecto, que fructificaba a su tiempo, por añadidura. Generaba una suerte de clic, de transformación tan instantánea como invisible a los ojos. De un momento para el otro, empezabas a considerar tu realidad de otro modo. El Imperio seguía siendo dueño de tu cuerpo, pero ya no de tu alma. Tu nueva comunidad ofrecía otra forma de participar de la sociedad, que ya no dependía de los condicionamientos que establecía la ortodoxia judía. Y ya no vivías aislado, pensando en tu beneficio personal, sino con esos otros que ahora eran tus hermanos, aunque no compartiesen sangre: hombres y mujeres, judíos y gentiles, blancos y negros, sanos y enfermos, vírgenes y putas. Algo parecido a lo que le ocurre a Ben-Hur y por ende a la novela y las películas que cuentan su historia: cuando te abrís a la posibilidad de vivir en el amor, en lugar de medirlo todo en términos de dinero, poder y figuración, la venganza pierde sentido y la existencia adquiere una dimensión insospechada, como le pasa a la oruga cuando descubre que no está condenada a ser larva eternamente.

Las nociones que Jesús introdujo en el circuito del pensamiento humano alentaron otra manera, radicalmente distinta, de ser y estar en este mundo. (Como también dice Bloom, uno no puede achacarle al pobre Cristo lo que los cristianos terminaron haciendo en su nombre.)
La novedad que trajo aparejada fue esencial a la forma en que la idea se difundió, y no sólo por Judea sino en buena parte del mundo. Hablamos de un tiempo de comunicaciones con tracción a sangre: cero tecnología, más allá de la que concernía al transporte y los instrumentos de escritura. Aun suponiendo que las comunidades cristianas de los orígenes estaban organizadísimas, el fenómeno no se explica sólo en términos de teoría comunicacional. Sugerir que era posible vivir de modo que concediese paz interior en este mundo, y por ende no postergase la felicidad hasta el arribo de las vacaciones definitivas en el Cielo, debe haber funcionado como un descubrimiento, un momento eureka (porque eureka significa: ¡lo encontré!). Y esa revelación contribuyó a que el cuento se contase, y se propagase, con velocidad y alcance inusuales.
Durante mi enésima visión de Ben-Hur pensé que, si en un tiempo de mierda como el de la Pax Romana floreció algo tan inesperado, todavía había margen para alentar esperanzas. Y eso, a pesar de que en tantos aspectos nuestro tiempo es igual de malo, o incluso peor que el de los Calígulas y los Nerones. (Escuchen esta frase, que reprodujo George Monbiot en The Guardian, y díganme si no aplica a ambas eras por igual: "Los pobres y la clase media pagan impuestos, los ricos pagan a los contadores, los muy ricos pagan a los abogados y los ultra-ricos le pagan a los políticos".) En aquella época, para que una idea prendiese debía ser buena sí o sí y contar con entusiastas difusores. Hoy somos pocos los que perseveramos en pos de ideas superadoras, porque nadie parece necesitarlas y por ende nadie las espera. ¿Existe alguien que esté atento, pendiente de la inspiración que podría dar pie a la próxima utopía?
(No me pregunten cuál sería, porque yo no soy un genio en términos bloomianos. Apenas intuyo que debe haber un modo de desacoplarse, al menos parcialmente, del sistema capitalista, para multiplicar comunidades que funcionen como pequeños paraísos a escala humana y articularlos entre sí, sin ofender al Gran Dios Dinero y evitar, así, incurrir en su ira.)
Mientras tanto, la tecnología actual permite a los poderosos machacar a la humanidad entera con la idea que más les convenga, por espantosa que sea. Durante el episodio de la serie The Boys que Prime subió esta semana, Homelander —un Superman perverso, al mando de la corporación que domina los Estados Unidos—, decide que quiere ser ungido Mesías y reflexiona: "¡Jesús hubiese matado para contar con un equipo de marketing como el nuestro!" Episodio filmado antes de que Trump difundiese su propia imagen, ataviado como Cristo. Otro villano muy real, el creador de la corporación Palantir, está haciendo lo que hace a partir de la hipótesis de que el fin de los tiempos está cerca. Creer o reventar: nuestro presente es tan apocalíptico como el que se cargó a Juan el Bautista. Las lenguas de fuego que vendrían del cielo ya no son metáfora: son tecnología made in USA, o —paradojalmente— made in Israel.

La cosa pinta tan negra, que está a punto caramelo para que alguien introduzca un concepto que lo dé vuelta todo — como lo hizo ese hombre llamado Jesús durante un deslumbrante momento, hasta que intervino su equipo de marketing y la cagó. Si algo sugiere la Historia que parió nuestra era, es que —parafraseando al Indio— la tiniebla más cerrada es el momento ideal para que un rayito de luz marque la diferencia. Cuando la realidad parece monolítica, inexpugnable, no hay que combatirla en sus términos, porque el poder juega sucio: si acepta una batalla es porque ya la amañó, antes de poner en movimiento al primer soldado. Lo cual debería disuadirnos de aceptar un intercambio de golpes con gente como esa — pero también, ojo, de pecar por precavidos. A la rueda de realidad no la girás presionando su eje: no es por el centro, no es con tibieza. Tenés que empujar por el borde, en los márgenes: allí donde, en términos sociales, mora el pueblo. Para mover la pesada rueda de la Historia, no hay que ser Sansón. Hace falta aplicar un módico de fuerza, en el punto apropiado.
Proponer política conservadora en un momento como este, competir por la cucarda al más moderno de los centristas, sólo garantiza que no cambie nada. "Los héroes del futuro —dijo Marcelo Colombo, obispo a cargo de la Conferencia Episcopal, ante buena parte de la plana política de este país— serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente, en el corazón de nuestra sociedad".
En Los hermanos Karamazov, Dostoievsky narra la muerte de un pariente del monje Zósima. El moribundo dice entonces: "Madre, no llores. La vida es un paraíso, y todos estamos en el paraíso, pero no queremos darnos cuenta, y si quisiésemos aceptarlo, mañana habría paraíso en el mundo entero". En otro pasaje, un asesino le dice a Zósima: "Si la gente comprendiese este pensamiento, el Reino de los Cielos vendría a ellos, ya no como sueño sino como realidad".
La vida podría ser un paraíso. ¿Qué duda cabe? Y a veces lo es todavía, cuando uno mira una película amada con su familia o corre por el mundo el aire de una idea revolucionaria.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí