Dos palabras

Con el reclamo “Cristina Libre” no alcanza, sin el reclamo no se puede

Foto: Luis Angeletti.

 

La discusión sobre el reclamo por la libertad de Cristina no debería banalizarse. No es una mera expresión del “internismo”, afirmación que con buenas intenciones suelen hacer aquellos que hablan desde una torre de marfil académica, olvidan la experiencia histórica o desconocen el proceso político argentino; una discusión subestimada por quienes consideran que el encierro y la pérdida de derechos políticos de Cristina es sólo un problema del kirchnerismo, no una cuestión clave para llevar a cabo la realización de un proyecto nacional-popular desde el gobierno del Estado, y encuadrada en la disputa por la conducción del peronismo que –a su vez– ha sido y es un aspecto crucial en la política argentina desde 1955.

Más allá de las formalidades, incluida la condición de presidenta del Partido Justicialista, Cristina es la conductora de amplios sectores del movimiento popular y democrático argentino que promueven transformaciones en favor de una mayoría de nuestro pueblo. Ese espacio tiene su motor principal en el sector más dinámico del peronismo, que se llama kirchnerismo; realidad que implica que las realizaciones en aquella línea serían una quimera con Cristina fuera de la arena política.

Las oligarquías locales y extranjeras lo han comprendido mejor que muchos compañeros; saben que CFK es –si no la única– la dirigente que mejor puede orientar y garantizar una nueva etapa de progreso popular: la mentada y falaz enunciación del “riesgo kuka” no es otra cosa que la confesión de que no sólo se está proscribiendo a la más importante política argentina, sino también, y sobre todo, se está vetando el proyecto que ella representa y supo ejecutar. Si alguien dudara de esta afirmación, haría bien en repasar declaraciones del embajador norteamericano Peter Lamelas y del ministro cipayo Luis Caputo, dos personajes representativos del bloque que –por ahora– tiene por mascarón de proa a Javier Milei. Se deduce entonces que, en estas condiciones, no se permitirá a ningún dirigente o grupo de dirigentes imponer un proyecto que devuelva derechos y recupere soberanía, lo que impone al campo popular la tarea –político/ideológica– de espabilar a quienes piensan que este estado de cosas puede cambiarse con el puro honestismo.

Respecto de quienes estuvieran convencidos de que se trata del asunto de una parcialidad, caben pocas conclusiones posibles: o están pensando que la realización de aquel proyecto no es posible y, en consecuencia, ha dejado de ser prioritaria, o que puede concretarse con Cristina presa y proscripta, o que semejante desafío está condicionado por especulaciones electorales y/o proyectos personales del tipo “si ganamos quiero ser el único artífice” o “plantear ‘Cristina Libre’ en campaña nos llevaría a perder la elección”. En particular, quienes no contemplan entre sus prioridades un proyecto nacional-popular pero actúan en nombre del peronismo, deberían explicitarlo y ofrecer una alternativa que se aparte –si es que tal cosa fuera posible– del neoliberalismo en cualquiera de sus formas, especialmente de la versión progresista que se ensayó y fracasó entre 2019 y 2023.

Por otra parte, creer que con la sola mención del reclamo se obtendrán la liberación de la ex Presidenta, la restitución de sus derechos políticos y la posibilidad de aplicar políticas favorables a los sectores populares, es no entender las fases sucesivas de un fenómeno que, después de años de implacables ataques –que incluyeron el intento por eliminarla físicamente–, la convirtió en rehén del bloque de poder mediante escandalosos procesos judiciales –por el momento cuestionados sólo por una minoría– que continúan torturándola. Para hacerlo más didáctico: creer que es suficiente decir con énfasis “Cristina libre” es como haber creído que con la sola enunciación “Perón vuelve” o “viva Perón, carajo” se iba a obtener el retorno del líder y el levantamiento de la proscripción del peronismo.

En síntesis, podría utilizarse un remedo de la tristemente célebre frase albertiana: con el reclamo “Cristina Libre” no alcanza, sin el reclamo no se puede. Es evidente que el tema debe ser debatido como un asunto determinante del proceso político futuro.

Se ha explicado en reiteradas oportunidades que el devenir que ha conducido a que el odio de clase de las oligarquías se haya masificado, ha conseguido modificar estructuralmente la configuración socio-económica argentina en beneficio de sus perpetradores. Esto significa que la liberación de CFK no se conseguirá sin la derrota político-ideológica de ese bloque dominante: la claridad y el compromiso de los militantes es el punto de partida, no el de llegada de la lucha política.

Para revertir el estado circunstancial de derrota popular que se da en el marco de la lucha de clases en la Argentina, claramente asumida por el gran capital –como se desprende de estas declaraciones de uno de sus generales, para quien “la Argentina tendría que tener un sistema político que fomente la gobernabilidad, la consistencia de una gobernabilidad donde la política tenga menos protagonismo”–, se requiere asumir la necesidad de una amplia movilización militante que encare el esclarecimiento de las causas de tan miserables condiciones materiales de vida de vastos sectores –algunos de los cuales prestaron su apoyo al proyecto oligárquico– y la formulación de medidas para superarlas, en vista de lo cual es decisivo expandir las capacidades de nuestras organizaciones políticas y/o sociales: aun perdiendo una elección, el régimen no perderá por inercia su poder de daño y veto. En otras palabras, podrán integrarse frentes electorales con o sin la inclusión del gatopardismo que ahora propone el inefable Miguel Pichetto y ganar una elección, pero sin una lucha política teóricamente concebida y cuidadosamente planificada no se logrará dar vuelta la taba.

No será una tarea sencilla: estamos ante la paradoja de que aquellas lastimosas condiciones de vida facilitan el rechazo al gobierno, pero anulan la capacidad y el tiempo para pensar de la mujer y el hombre que no saben cómo harán mañana para dar de comer a sus hijos, lo que impide la comprensión de lo que hay y lo que pasa debajo de la superficie de las cosas. Por eso mismo, la simple mención “Cristina Libre” como parte de la acción política, que en un proceso electoral implicaría el compromiso inequívoco con un programa que no requiere mayores explicaciones y su relegitimación en un eventual triunfo, será otra base de sustentación de la lucha política que viene: he aquí lo que convierte a esa consigna de dos palabras en condición necesaria para la verdadera victoria popular.

 

 

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