Si bien apenas tres de cada diez argentinos reconoce ascendencia indígena, los estudios efectuados por el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la UBA no dejan lugar a dudas: hay un ancestro perteneciente a algún pueblo originario en el 56% de la población. Vergonzante evidencia de un racismo activo, sostenido en un fervor negador de toda aquella referencia contraria a la fabulación acerca de orígenes respaldados por una blanca pureza descendida de los barcos. Base asimismo de segregación y aislamiento, disfraza una antigua justificación ideológica en el desprecio de clase. Sin pudor, descubre en el presunto hecho biológico el argumento de la superioridad de los sectores dominantes. Falsificado darwinismo social alcanza al conjunto del colectivo marrón a través de su histórico exponente: el cabecita negra.
Rastrear tamaña idea en los pueblos con población nativa invadidos por europeos a partir del siglo XV lleva sin escalas a la política del colonialismo y su soporte individual: el mito del buen salvaje. Si bien este último arraiga en la tradición aristotélica, lo que aquí importa es su impronta arraigada con el mismísimo arribo del invasor español y su mirada etnocéntrica. En resumen, la desnudez del indígena americano manifestaba no haber sido atravesada por el pecado original y, por ende, representar un estadio evolutivo inferior proclive a la servidumbre. El nativo, así, resultaba naturalmente inferior, bondadoso, sumiso, carente de codicia, maldad y, sobre todo, deseo. Convertidos en metrópolis capitalismo mediante, los imperios coloniales continuaron explotando la materia prima y la mano de obra barata de los territorios bajo su égida durante cinco siglos, bajo distintas modalidades. En esta parte del planeta, tras arrasar a la población nativa, primero con fuerzas propias, luego con locales, el colonialismo militar dio lugar al colonialismo de colonos. Asimismo formas híbridas como el neocolonialismo o el engendro perpetrado por la craneoteca estratégica castrense que en 1982 intentó extender el terrorismo de Estado a las islas del Atlántico Sur, logrando el proceso inverso con el retorno al colonialismo militar; esta vez con poderío nuclear, por cierto.

Con varianzas y salvedades, el modelo colonial logra extenderse por esos territorios hasta hoy, con ejemplares demasiado cercanos. Bajo el mismo cielo austral, en semejante latitud y extensión, la Patagonia argentina y el sur africano y oceánico guardan tantas modalidades originales como coincidencias históricas. Tales procesos resultan proclives a una suerte de historiografía comparada que el novelista argentino Fabián Martínez Siccardi (Río Gallegos, 1964) y el sudafricano John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), desarrollan en Un mal salvaje, a dos voces. Galardonado en 2013 con el premio literario expedido por el gran diario argentino el primero y por el Nobel en 2003 el segundo, construyen una reconstrucción sesgada tanto del colonialismo como de los genocidios perpetrados en sus respectivas tierras natales. Sus coincidencias resultan significativas, ya desde el mismo título. Acaso como sarcasmo o paralelismo histórico, el término salvaje alude desde su misma etimología al habitante de la selva, analogado a las fieras, expulsado a la naturaleza en oposición a la civilización; título preferencial de la dominación colonial.
El adjetivo mal, a su vez contrapuesto al “buen salvaje”, parece referir a esos pueblos “con vidas complejas y relaciones sofisticadas”, con el tiempo rebelados a la explotación mediante “esas incursiones indígenas (que) surgieron como respuesta a la violencia colonial” transformada en “una leyenda negra de violencia no provocada en manos de salvajes sedientos de sangre”, evocados por la figura del malón: “hombres indígenas a caballo que amenazan el tejido fundamental de la nación argentina ‘blanca’”. Edulcorada versión anticipatoria del sabatiano concepto de los dos demonios, no obstante a lo largo del libro desarrolla el eje de la crueldad ejecutada por el invasor.
La perspectiva reconocida por los autores coincide en ser ambos descendientes de poderosos latifundistas de la industria lanar, bondadosos con sus peonadas nativas. Siccardi, nostálgico de la estancia adquirida por sus abuelos en 1946, lindera al lago Cardiel, y el Premio Nobel de las cinco mil hectáreas —compradas en 1920 también por el abuelo— en el Karoo, ubicado en el centro de la hoy República de Sudáfrica, una meseta donde hasta su venta en 2020, “si uno era un Coetzee, tenía derecho a ser bienvenido”. Vínculo afianzado a partir de la estadía del sudafricano al frente de una cátedra literaria en la bonaerense Universidad Nacional de San Martín entre 2014 y 2019, confluyen ahora en este ensayo experimental. Entre la historia y la literatura, afianzado desde el comienzo del texto en el espejo evocativo de sendos trabajadores rurales, un chilota y un tehuelche en el caso del patagónico; un bosquimano y un mestizo khoi para el sudafricano, “un sobreviviente de un pasado precolonial perdido en el presente”. Referentes iniciáticos, con un océano de por medio, los indígenas combinan la idealización adaptativa transcultural con la conservación de presuntas acciones originarias. Coetzee testimonia el procedimiento llevado a cabo por el bosquimano a fin de castrar corderos recién nacidos: “Agarraba uno de la pata trasera, lo sujetaba en el suelo con la rodilla mientras el animal balaba desesperado y le abría un tajo en el escroto. Bajaba la cabeza, atrapaba los testículos con los dientes y se los arrancaba de un tirón. Parecían dos medusas pequeñas con venas rojas y azules”.

Formalizadas las conexiones, una vez bosquejadas las respectivas historias familiares, ambos inician lo que caracterizan como “un relato común, un ADN parecido: las historias de Sur”, mediante el libro “sobre la devastación que la llegada de los colonizadores y la formación de los Estados nacionales causaron a mujeres, hombres, niños y ancianos que vivían en estos territorios antes de la llegada de los invasores”. Historias de violencia en Sudáfrica, Namibia, Argentina y Australia, recuperando “memorias históricas muy dolorosas” donde se conectan “traumas del pasado con los problemas del presente: la discriminación, la marginación, el racismo y el eurocentrismo, profundamente arraigados en nuestras sociedades”. Con pertinaz corrección política, cada autor, a su turno, propone sendos recorridos cronológicos que han de resultar bastante conocidos para el lector local y suficientemente informativos para el de allende el océano Atlántico.
Con ese propósito, Siccardi y Coetzee recurren a fuentes históricas, antropológicas, etnográficas, sociológicas y sociales, publicaciones, archivos y documentales de distinto reigambre y actualidad. Tarea ardua, sin duda, en momento alguno procura escamotear limitaciones e improntas. Sin ir más lejos, al abordar el “proyecto de subyugación y conquista”, subrayan cómo las iglesias católica y protestantes “no siempre con fuerza y rara vez con éxito duradero, lograron interponerse entre los conquistadores y los conquistados”, cuando es conocido todo lo contrario; más la primera que las segundas. En consonancia y sin la cita referencial de rigor, aluden “a la definición de manual del genocidio, que pone énfasis en la intención consciente” del perpetrador, en favor de una difusa “adoptada por los estudiosos que conciben el genocidio en términos de estructura más que de intención”, ajena al programa político. En este marco no deja de llamar la atención cierta escasa referencia a los dos genocidios implementados en las respectivas latitudes que constituyen su objeto de estudio: El apartheid en Sudafrica y Namibia llevado a cabo por la minoría blanca entre 1948 y 1991, así como la dictadura eclesiástico- cívico- militar en la Argentina de 1976 a 1983, cuando sus efectos persisten hasta el presente.
FICHA TÉCNICA
Un mal salvaje
J. M. Coetzee y F. M. Siccardi

Buenos Aires, 2026
176 páginas
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí