Milei y la Danza de Shiva

Eludir la devastación cíclica, rechazando la toxina neoliberal

Estatua de Lord Shiva en la ciudad de Murudeshwar, en India.

 

Hacia 1976, el año del golpe de Estado que dio inicio al plan de negocios de la última dictadura cívico-militar, Jorge Luis Borges publicó Qué es el budismo, en colaboración con Alicia Jurado. Es un ensayo escrito con gracia y no exento de asombro que integró la Colección Esquemas de la Editorial Columna. La idea de los editores era que cada autor respondiera de forma amena a una pregunta sencilla (“Qué es”), referida a un sinfín de temas. El texto se basó en una conferencia que Borges había dado sobre el budismo, unos veinticinco años antes, en el Colegio Libre de Estudios Superiores de Buenos Aires. El interés por esa religión o, más bien, por esa forma de ver el mundo, surgió en Borges desde su infancia, gracias a lo que fue su gran ventana al universo: la biblioteca de su padre. Allí exploró ideas como la del tiempo no lineal, una concepción cercana a la visión budista de la existencia cíclica. En la misma biblioteca descubrió el Indostán, gracias a su pasión por Rudyard Kipling, escritor nacido en Bombay que “supo el hindi antes de saber el inglés y conservó, casi hasta el fin, la capacidad de pensar en ambos idiomas”. En muchos de sus cuentos (El inmortal, Ruinas circulares) no es difícil detectar aquella inspiración temprana: “En el Indostán, la doctrina de la transmigración implica una cosmología de infinitas aniquilaciones y creaciones periódicas”.

En aquel ensayo de 1976, Borges compara la cosmogonía budista con los asombros que nos depara la ciencia moderna, en particular la astronomía: “Imaginemos una montaña de piedra de dieciséis millas de altura; cada cien años la roza una tela finísima de Benares. Cuando ese roce haya gastado la alta montaña, no habrá pasado un kalpa. Notemos de paso que la astronomía moderna maneja cifras no menos vertiginosas”. Borges no es el único que relacionó esas cifras vertiginosas con la filosofía budista. En El tao de la física (The Tao of Physics, en el original), ensayo publicado un año antes de Qué es el budismo, el físico austríaco Fritjof Capra consideró que los conceptos de la física moderna (en particular la mecánica cuántica) implican una visión del mundo muy similar a la que plantea el hinduismo, el budismo y el taoísmo: “Estaba yo una tarde de verano sentado frente al océano, con el sol ya declinando. Observaba el movimiento de las olas y sentía al mismo tiempo el ritmo de mi respiración, cuando de pronto fui consciente de que todo lo que me rodeaba parecía estar enzarzado en una gigantesca danza cósmica. Como físico, sabía que la arena, las rocas, el agua y el aire que había a mi alrededor estaban formados por vibrantes moléculas y átomos y que estos, a su vez, se componían de partículas que interactuaban unas con otras, creando y destruyendo a otras partículas (...) y en ese momento supe que aquélla era la Danza de Shiva, el Señor de los Danzantes adorado por los hindúes”. Shiva, miembro de la tríada divina del hinduismo (que incluye a Brahma y Vishnu), es el destructor y transformador supremo que pulveriza el universo para permitir su renovación.

Para Borges, el budismo presenta, además, grandes ventajas prácticas con respecto a otras creencias: “Las otras religiones exigen mucho de nuestra credulidad. Si somos cristianos, debemos creer que una de las tres personas de la Divinidad condescendió a ser hombre y fue crucificado en Judea. Si somos musulmanes tenemos que creer que no hay otro dios que Dios y que Muhammad es su apóstol. Podemos ser buenos budistas y negar que el Buddha existió. O, mejor dicho, podemos pensar, debemos pensar que no es importante nuestra creencia en lo histórico: lo importante es creer en la Doctrina”. Más cerca de nuestra realidad efectiva que del universo infinito que siempre lo fascinó, Borges –escritor injustamente criticado por una supuesta falta de apego nacional– escribió: “El budismo exige mucho de nuestra fe. Es natural, ya que toda religión es un acto de fe. Así como la patria es un acto de fe. ¿Qué es, me he preguntado muchas veces, ser argentino? Ser argentino es sentir que somos argentinos. ¿Qué es ser budista? Ser budista es, no comprender, porque eso puede cumplirse en pocos minutos, sino sentir las cuatro nobles verdades y el óctuple camino”.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

La patria como un acto de fe es una gran definición. La nuestra, como las múltiples patrias del mundo, parte de un artificio que presupone cierta creencia o, al menos, cierta esperanza. En el caso de la Argentina, también exige una pasión suplementaria por padecer nuestro país de “infinitas aniquilaciones y creaciones periódicas”. Nuestro tiempo circular, según la visión budista, está jalonado de períodos de construcción, cuando gobierna el peronismo, y de devastación, cuando vuelve a gobernar la furia antiperonista, agitando el manual neoliberal. Los presentes calamitosos son ofrecidos como etapas necesarias hacia futuros tan venturosos como lejanos. Los entusiastas de Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, nos hablan ahora de “destrucción creativa”, un concepto acuñado por al economista austríaco Joseph Schumpeter para quien esa destrucción es el motor del capitalismo, que reemplaza tecnologías, empresas y productos obsoletos por nuevos más eficientes. Una especie de versión economicista de Shiva. El problema es que la variante local del schumpeterismo carece de parte creativa y, como Atila –el Azote de Dios– sólo deja tierra arrasada.

Según un informe de Fundar, desde la asunción de Javier Milei en diciembre de 2023 hasta abril de 2026 cerraron 24.180 empresas en nuestro país. La destrucción está, pero tiene poco de creativa.

Las políticas suicidas, que no implementan ninguna de las potencias industriales que Milei admira y promete emular si tan solo le otorgamos medio siglo de gobiernos ininterrumpidos, llevan al cierre de FATE, sin generar ninguna empresa “más eficiente”. De hecho, el ejemplo más citado por el equipo económico no es Alemania, Francia o Irlanda, sino Perú. Un país “con 70% de informalidad y una macro sana”, según la asombrosa afirmación de Santiago Bausili, socio y amigo del ministro Caputo –el Timbero con la Nuestra– y accesoriamente titular muy independiente del Banco Central. ¿Cómo podría tener “una macro sana” un país que mantiene a la enorme mayoría de sus ciudadanos fuera del sistema? Es otro de los grandes misterios del credo neoliberal.

De la misma forma que nos promete destrucción creativa y nos entrega sólo devastación, nuestra derecha, hoy extrema derecha, suele hablarnos de la necesidad del largo plazo y de la virtud de las políticas de Estado. Sin embargo, sus gobiernos destruyen consensos sostenidos e impulsan crisis sociales devastadoras que impiden la continuidad de sus políticas. Del lado opuesto de las alucinaciones neoliberales podemos ubicar a los gobiernos de Néstor Kirchner y CFK; una tenaz anomalía, al menos desde el retorno de la democracia. A la luz de nuestra historia reciente, el ciclo kirchnerista fue sin duda de largo plazo. Esa continuidad de doce años equivale en nuestro país a un kalpa, para retomar la vertiginosa unidad de medida citada por Borges. La originalidad de ese período de crecimiento con inclusión, que concluyó sin catástrofes terminales, sin muertes, hiperinflaciones o desempleo, lo hace aún más notable; extendiéndolo tal vez a dos kalpas. Sin embargo, ese dilatado ciclo exento de calamidades no genera ningún juicio favorable hacia el kirchnerismo por parte de la mayoría de los analistas económicos o políticos, que sigue apoyando el manual neoliberal no como la mejor opción sino como algo aún más contundente: la única posible. Las profecías que durante aquellos gobiernos anunciaban catástrofes inminentes pero siempre esquivas no sólo no impiden la construcción de otras nuevas sino que parecen confirmarlas. El “veranito”, el “gobierno por un año”, la “bomba de tiempo” que le iba a explotar a CFK apenas asumiera, el “fin de las reservas” o “la hiperinflación” a la vuelta de la esquina dejan lugar a otros deseos, disfrazados de análisis objetivos.

Hace algunos años, Edgardo Mocca escribió al respecto: “Las crisis políticas no son tsunamis que desata la naturaleza. Son producto de la acción –o la inacción– de hombres y mujeres. El anuncio de desgracias cuyas causas no se explicitan roza con la manifestación del deseo a favor de que efectivamente se produzcan”.

Nuestro establishment empresarial, que hoy apoya este modelo devastador aunque empieza a dudar sobre las chances de continuidad del títere que lo implementa, no es Shiva, ni tampoco apuesta al largo plazo. Su sueño no se mide en kalpas: es un capitalismo de saqueo inmediato, para lo cual históricamente ha prescindido del mercado y hoy parece incluso querer obviar la democracia electoral (la que genera el terrible “ruido electoral” denunciado por el actual equipo económico por “alejar inversiones”). Las repetidoras mediáticas del establishment nunca juzgan sus políticas por los resultados en el bienestar de las mayorías sino por sus intenciones, siempre angelicales, o por los futuros que prometen, siempre maravillosos.

El budismo define como meta final al nirvana, un estado espiritual de felicidad que permite salir del ciclo de reencarnaciones. Tal vez nuestro nirvana consista en eludir la devastación cíclica, rechazando por fin la toxina neoliberal y su falsa danza de Shiva que, a diferencia de la original, no tiene componente creativa y sólo pulveriza nuestro universo, dejando a siete ciudadanos de cada diez a la intemperie.

 

 

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