¿Tenemos derecho a la esperanza?

El drama de la inacción ante la pobreza, la guerra y la crueldad

 

Como mi familia circula en un auto viejo —no tenemos guita para un Tesla y tampoco compraríamos uno si la tuviésemos: parece un auto diseñado por el Súperman Bizarro—, todavía amenizamos los viajes escuchando CDs. Mi hijo más pequeño, a quien suelo llevar a la escuela, venía reclamándome un álbum en especial. Me refiero a What A Terrible World, What A Beautiful World (Qué mundo más terrible, qué mundo más bello), que es obra de una banda de Portland, Oregon, llamada The Decemberists.

Es probable que ustedes no hayan oído a The Decemberists, pero aun así me hayan oído mencionarlos. (Yo vendría a ser fundador de su Club de Fans en Argentina, además de presidente, jefe de prensa, vocal de la junta y socio Nº 00001. Como escucharon su música desde siempre —qué remedio les quedaba—, mis hijos también formarían parte del Club, en la categoría de Socios Junior.) Los Decemberists hacen un rock-pop acusticoide, con letras de nivel literario que suelen contar historias y, cuando quieren, son graciosas. (Una canción de ese álbum, Philomena, es una oda al cunnilingus. Otra se llama Más te vale que no despiertes al bebé.) Su líder es un gordito de anteojos con pinta de nerd que se llama Colin Meloy. Pero Meloy es algo más que un cantante y compositor. Esta semana se conoció el trailer de una película que se estrena en octubre y se llama Wildwood. Producida por Laika, el estudio de animación stop-motion que hizo ParaNorman y Coraline, Wildwood es la adaptación de una saga de novelas para público joven que Colin Meloy viene publicando desde 2011. Sí, Meloy es rockero y escritor. ¿Cómo no sentirme identificado?

 

Colin Meloy.

 

El álbum que mi hijo pedía y volvimos a escuchar se cierra con un tema que, paradójicamente, se llama Una canción para empezar (A Beginning Song). Es un himno construido sobre ritmo de marcha, parte de un subgénero que yo llamaría canción-testamento: una pieza que el autor utiliza como evaluación de su vida y que encapsula aquello que cree haber aprendido, durante su paso por este mundo. (Otro ejemplo de esta categoría sería Encuentro con un ángel amateur, del Indio Solari.) Meloy arranca dando algunas recomendaciones: "Concedete a vos mismo la posibilidad de calmar el motín que hay en tu mente... Documentá el mundo que existe dentro de tu piel... Empezá a remover cada ladrillo, hasta enfocarte en tu corazón". En el estribillo se cuestiona si tiene derecho a esperar y a desear algo más. Y en la coda considera una lista de cosas, preguntándose si habrán colaborado con su visión positiva, y por ende agradecida, de la vida:

¿Será la luz del sol?

¿Serán las sombras?

¿Será la calma?

¿Será la palabra?

¿Será el corazón que late?

¿Será el océano?

¿Serán los chicos? (Meloy tiene dos hijos varones.)

¿Serás vos,

mi dulce amor? (Meloy está casado con la artista visual Carson Ellis.)

¿Serás vos, así como la luz,

la brillante luz

que me rodea?

La he escuchado mil veces, como lo que es: una suerte de balance, concebido por un tipo al que le fue razonablemente bien en la vida. (Aunque no todo ha sido miel sobre hojuelas, como se decía antes. El hijo mayor de Meloy, Hank, padece un desorden del orden del autismo.)

Sin embargo, esta vez la escuché desde un lugar diferente. Tal vez porque lo hice desde un país que nunca ha estado peor, de 2015 —fecha del debut de la canción— a esta parte.

 

 

Lo que Meloy valora es lógico, proviniendo de alguien a quien nunca le faltó nada esencial y pudo cultivar su arte: la belleza de su entorno —los bosques de Oregon, el océano Pacífico—, la palabra que es semilla de sus creaciones, las emociones, los hijos, su pareja. O sea lo básico, aquello a lo que aspiramos todos: la posibilidad de disfrutar de los afectos, de desarrollar los talentos y habilidades personales, de valorar el mundo natural en que estamos inmersos. Pero, ¿qué pasa cuando la realidad interfiere y te despoja de lo elemental? ¿Cuando, lejos de hacer lo que te gustaría hacer y perfeccionarte en términos profesionales, ganás apenas para comer, en el mejor de los casos? ¿Cuando la carrera por la supervivencia impide disfrutar de tu familia, a la que no podés mantener? ¿Cuando la presión económica torna imposible que percibas la belleza del mundo, porque sólo mirás hacia abajo, en busca de una moneda?

No voy a criticar a Meloy por su éxito, ni por haber nacido en un país que ofrece un nivel de vida envidiable. (Eso sí: a costa de la explotación de medio mundo, dentro del cual nos contamos.) Pero la canción me hizo pensar en el derecho que asiste a todos, más allá de la peculiaridad de cada circunstancia, a disfrutar de esta experiencia que es la vida: comer bien, cuidar la salud, contar con un techo, progresar intelectual y materialmente, velar por tu familia, apreciar la cultura y la naturaleza. Si no podés hacer esas cosas, ¡aunque te quedes corto en una sola!, es porque se te privó de algo a lo que deberías haber accedido, por el simple hecho de nacer en este mundo. Porque la riqueza natural y la capacidad humana y tecnológica que hemos desarrollado durante siglos estarían en condiciones de garantizar una vida digna a todos y cada uno de los habitantes del planeta, si fuesen administradas de manera racional y con criterio ecuánime.

 

 

Trump y la elite económica visitaron China.

 

 

Pero eso no ocurre, y todos lo sabemos. Así como sabemos por qué las cosas están como están: porque existen personas que son la versión humana de un Pac-Man, a quienes el capitalismo permite operar prácticamente sin reglas. Tipos que embolsan todo el dinero que consiguen manotear, usando medios cuestionables —son los campeones mundiales de la evasión de impuestos— para acumular fortunas que no podrían gastar, ni aunque dispusiesen de mil vidas. Fíjense en la comitiva que acompañó a Trump a China esta semana: más de una docena de CEOs de empresas top, con una capitalización bursátil combinada que supera los 15 billones de dólares. El 1% de la especie tiene más guita que el 95%, lo cual significa que una ínfima parte de la humanidad vive en una burbuja que la aisla de las realidades con las que lidia el resto, mientras cada vez más gente carece de lo imprescindible. Los países del sur global acogen al 79% de la población, pero sólo acceden al 31% de la riqueza mundial.

Sobre el final de la canción, Meloy se interroga: "Si estuviese esperanzado, ¿debería estarlo?" Planteo necesario, en una situación como la actual. Porque no cae en la obvia de instar a la esperanza desde la ingenuidad, a lo Diego Torres, sino que se pregunta si, a esta altura de los hechos, nos asiste el derecho de alentar algo remotamente parecido al optimismo.

 

 

 

2 + 2 = 5

Esta semana vi una película de Asif Kapadia que está en HBO y se llama 2073. Kapadia es un cineasta inglés, de familia musulmana oriunda de la India. Se lo conoce por sus documentales, que dedicó a Ayrton Senna, Amy Winehouse y Maradona. Pero 2073 es una bestia peculiar: la mayor parte de su metraje es documental, sólo que organizado a partir de un esqueleto ficcional. En su relato, el planeta fue arrasado en el año 2036 por un incidente sobre el que no se proporcionan detalles, y al que se menciona como El Evento. Quien narra en off desde el año 2073 es una sobreviviente, que perdió el habla a causa de un trauma personal. La interpreta la actriz Samantha Morton y en la ficción se la conoce como Ghost, o sea Fantasma. A través de su mirada, vemos la rutina de los humanos que se salvaron del cataclismo: vivir en las profundidades, en condiciones de miseria, y sólo ascender a la superficie para buscar entre los despojos algo que ayude a sobrellevar un día más.

 

 

Mientras hace lo que puede, Fantasma se pregunta cómo fue que la humanidad llegó a una situación semejante. El contador retrocede entonces a los años previos al Evento apocalíptico del 2036, para dar paso a secuencias documentales que, se imaginarán, no pueden resultarnos más familiares. A partir del testimonio de personales reales —periodistas como la filipina María Ressa, la india (de la India) Rana Ayyub y la inglesa Carole Cadwalladr—, reconstruye las circunstancias que, según la ficción, nos llevaron al abismo. Y que pueden sintetizarse en la naturaleza cancerígena del sistema capitalista, que permite que algunas de sus células enloquezcan de modo que termina cargándose al organismo entero.

Kapadia detalla el rol de las nuevas corporaciones tecnológicas, casi siempre subsidiadas por el Estado, que vienen dedicándose a reventar las democracias por dentro. ¿Y cómo lo están haciendo? A través de las redes sociales que destruyeron el mínimo común denominador de realidad que, hasta hace no tanto, la humanidad compartía y hacía posible la convivencia. Según María Ressa, las redes tienen la capacidad de emitir "tantas mentiras, en crecimiento exponencial y a una velocidad tal, que nuestra capacidad de absorberlas y contraatacar se desvaneció". Allí aparecen personajes y entidades conocidas, como la consultora Cambridge Analytica, a la que recordamos por la campaña anti-Cristina que Macri financió en el 2015. Uno de sus representantes asoma en el film de Kapadia explicando algo que ya nos consta a muchos, pero lamentablemente no a los suficientes: que ganar una elección no pasa por explicar bien los hechos: "Se trata de emociones", dice el tipo, con total cinismo. ¿Y cómo manipulan las emociones? A partir de la data sobre nuestras características, predilecciones y fobias, que poseen en cantidad: "Esas compañías —dice alguien, refiriéndose a las corporaciones tecnológicas— se han convertido en sistemas de modificación de las conductas humanas".

A partir del poder que les confiere la información personal que nos extrajeron (entre otras razones, porque la cedimos voluntariamente), los dueños de estas corporaciones se convirtieron en "un conjunto de nuevos reyes, a los que no votó nadie", dice la abogada de derechos humanos Cori Crider. De hecho, el mundo se ha reorganizado alrededor de estas tecno-monarquías. ¿Y cómo gobiernan los tecno-señores, si no cuentan con territorios físicos? A través de "líderes populistas de estilo autoritario". Y a modo de ejemplo se inserta allí la imagen de Milei con su motosierra. (Que aparece en la película no una, sino dos veces.)

 

El director Asif Kapadia.

 

Lo escalofriante es que Kapadia construye un futuro distópico sin recurrir a efectos especiales ni animación digital y sin construir sets, sino usando locaciones que ya están arruinadas. Para contar el apocalipsis del que hoy nos separarían apenas diez años, usa imágenes reales, de noticiero — de catástrofes con las cuales convivimos a diario. Por eso muestra a los súper villanos del mundo actual —las células cancerígenas del capitalismo—, en su nube inaccesible y explicando sueños delirantes dignos del Dr. No: me refiero a Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y Peter Thiel, el dueño de Palantir, que días atrás anduvo chichoneando con Milei y el Puto Catoto y aparentemente planea instalarse, o al menos sentar una base para su familia, en Buenos Aires.

También usa imágenes de genocidios actuales. Algunos conocidos, como el de Gaza —que sigue siendo perpetrado por Israel y los Estados Unidos, con la colaboración de cómplices europeos— y el de Rodrigo Duterte en Filipinas, que fue detenido el año pasado por Interpol, a pedido de la Corte Penal Internacional, acusado de producir desapariciones, asesinatos selectivos y exterminio de familias en situación vulnerable; y otros menos difundidos, como el del pueblo uigur, de fe musulmana, que está siendo asesinado o en su defecto "reeducado" por el gobierno chino, a la mejor manera de George Orwell. Del mismo modo usa imágenes documentales de catástrofes de las que arrasan el mundo natural cada vez más seguido: los incendios de bosques y selvas, casi siempre provocados por el hombre en busca de rédito económico; los deshielos a causa del calentamiento y las inundaciones que devoran terreno.

No es una buena película, 2073. La mezcla de elementos ficcionales con la realidad presente no termina de cuajar, en términos dramáticos. Si sólo de cine se tratase, me parecen superiores ensayos visuales como Exterminate All the Brutes (2021) de Raoul Peck, del que ya he hablado largamente. (La obra más reciente de Raoul Peck, Orwell: 2 + 2 = 5, coincide con Kapadia en usar ese elemento de la novela 1984 —la reeducación de los ciudadanos para que crean la verdad no es lo que las matemáticas o la ciencia o el periodismo dicen que es, sino lo que el poder dictamina—, para ilustrar el modo en que nuestros pensamientos y por ende nuestras conductas son manipuladas por los tecno-monarcas.) Pero tampoco se puede negar el efecto demoledor que produce el film de Kapadia, por el mero hecho de articular los fenómenos mencionados —el control de las mentes por medios tecnológicos, el ascenso del autoritarismo, la destrucción del planeta a causa de su explotación irracional— para mostrarlos como lo que constituyen en conjunto: la receta ideal para el apocalipsis que está a la vuelta de la esquina.

 

Fantasma (Samantha Morton) en "2073".

 

La advertencia que 2073 formula la expresa mejor que nadie George Monbiot, el periodista y activista político inglés a quien mencioné aquí más de una vez. (La última fue hace semanas, cuando reproduje esta idea suya cuya verdad experimentamos a diario en carne propia: "Los pobres y la clase media pagan impuestos, los ricos pagan a los contadores, los muy ricos pagan a los abogados y los ultra-ricos le pagan a los políticos".)

Lo que dice Monbiot en 2073 es lo siguiente: "Si permitimos que los dictadores, billonarios y las corporaciones privadas sigan ganando poder, vamos a ser testigos del colapso de casi todas las formas de vida sobre la Tierra. Nuestro deber, como gente a la que le importa otra gente, es oponernos a aquellos a quienes no les importa nadie que no sean ellos mismos. Si no hacemos nada, nos enfrentamos a la extinción en masa".

 

 

 

Hagamos lío

"Si estuviese esperanzado, ¿debería estarlo?"

Esa es la pregunta que lanza Colin Meloy en la canción de la que hablaba. La respuesta corta y concreta —y más aún después de ver algo como 2073— sería: no. No deberíamos estar esperanzados. Porque el ascenso de las corporaciones tecnológicas no concluyó. Siguen en alza, todavía no se han topado con techo alguno. (Los poderes nacionales y regionales están siendo ineficaces a la hora de crear e instrumentar leyes que les pongan límite.) En consecuencia, continúa fluyendo el dinero y el apoyo comunicacional que brindan a los líderes autoritarios: Trump, Kast, Bukele, Milei. Uno siente alivio cuando la película de Kapadia incluye en esa lista al húngaro Orbán, porque piensa: Al menos este no molestará más. Pero en paralelo ve el tiempo que Kapadia dedica al inglés Nigel Farage, del partido Reform UK, y entonces piensa: Uh, este es uno de los que todavía está por venir.

 

El derechista inglés Nigel Farage: ¿Lombroso tenía razón?

 

Pero lo que más desesperanza inspira no es lo que esa gente hace, sino lo que nosotros no hacemos. Eso es lo que dice 2073 al comienzo y al final: "Nadie dijo o hizo nada para detenerlos". Por supuesto que se trata de una exageración. Somos muchos y muchas los que decimos lo que creemos que hay que decir y militamos en la calle, en la academia, en los medios. Pero, evidentemente, somos menos de los que seríamos necesarios, y lo que decimos y hacemos no estaría siendo todo lo elocuente que haría falta, porque de otro modo las cosas serían diferentes. (¡Al menos un poco!)

Cuando éramos chicos, nuestros padres abrumaban con recomendaciones para que no nos expusiésemos a ciertos peligros y, como adolescentes que éramos, nos exponíamos igual. Escribir sobre estas cosas se le parece un poco. Uno siente que está diciendo cosas que ya dijo mil veces, repitiendo datos que además están a la vista de todo el mundo, para que el resultado sea el mismo que afligía a nuestros padres. Sólo que en este caso uno no se dirige a pibes sino a gente grande que desoye advertencias, como si nunca hubiese superado la condición de teenager. El drama es que ya no se trata de que bebas de más y te la dés en la pera, o de que te contagies una venérea. Se trata de que, si seguís pelotudeando como si no pasara nada, tanto vos como tus afectos van a morir antes de tiempo, o a verse reducidos a una servidumbre propia de una Nueva Edad Media.

 

El historiador Howard Zinn.

 

"Históricamente —escribió Howard Zinn—, las cosa más terribles, como el genocidio y la esclavitud, no han resultado de la desobediencia civil, sino de la obediencia. ...Nuestro problema es que la gente del mundo entero obedece el dictado de ciertos líderes... Millones han sido asesinados por culpa de esta obediencia... Nuestro problema es que, ante la pobreza y el hambre y la estupidez y la guerra y la crueldad, la gente es obediente. Nuestro problema es que la gente obedece mientras las cárceles están llenas de ladronzuelos y los grandes ladrones manejan el país".

Ese es el gran drama del presente, por encima de la avaricia de los que no piensan más que en sí mismos. Que el común de la gente baje la cabeza y tolere lo que debería ser intolerable. Que las desgracias inconmensurables que aquejan a los que están lejos —en Gaza, en el Líbano—, convenzan a nuestro pueblo de que los males que están cerca no son tan terribles y por eso se los aguante, aunque se trate de claras injusticias. Que la inercia predomine y sean millones los que sigan adelante como si no ocurriese nada raro, cuando el collar de hierro del garrote vil ajusta sus cuellos cada vez más — y no pinta que vaya a parar.

No sé ustedes, pero a partir de la gente que frecuento y me rodea, vengo percibiendo la más fenomenal depreciación de la calidad de vida del último medio siglo. Y no me refiero tan sólo a la gente que empezó a vivir en la calle, a comer salteado o a caminar horas para llegar al trabajo. Hablo también de profesionales que, una vez terminado su horario en el puesto calificado en que vienen desempeñándose, hacen otro turno como choferes de Uber, personal administrativo, ciclistas o motoqueros de delivery y repartidores de Mercado Libre. Gente que no hace ese esfuerzo extra para ahorrar, porque aspira a cambiar de casa o de auto o planea flor de vacaciones: lo hace para llegar a fin de mes y frenar la bola de nieve de las deudas que acumula. Y aun así sacan tiempo y energía de donde no los hay y hacen lo imposible para no sucumbir a la desesperación o a la locura.

 

 

¿No sería más provechoso redirigir esos esfuerzos a la obtención de una mejora en la vida de todos, en vez de quemarlos en la supervivencia individual? No faltará quien piense que esto no ocurre porque esos planes de progreso general brillan por su ausencia. Pero eso no es del todo cierto. Estamos rengos en materia de grandes utopías, de miradas a largo plazo. Pero planes para el corto y mediano plazo hay a montones. Lo difícil es arrancar al común de la gente de su marasmo, del dominio mesmérico que ejercen redes y medios sobre sus atribuladas mentes. Una de las cosas más tristes de este tiempo es la existencia de personas que están siendo empujadas a vivir en condiciones inhumanas y aun así defienden a este gobierno, porque los convencieron de que es mejor sufrir que resignarse a que venga otro gobierno peronista — como si el peronismo fuese una plaga zombie u otra pandemia o Satán instalando su reino entre nosotros.

Se la hacen difícil hasta a Zohran Mamdani, el nuevo alcalde de Nueva York, que hasta ahora viene haciendo casi todo bien. El tipo es joven de verdad —34 pirulos—, carismático, con sentido del humor y gran manejo de las redes. (A su lado, la mayoría de los políticos argentinos parecen formados en Academias De la Rúa.) En apenas cuatro meses y monedas, se encargó de que los parapoliciales de ICE no pudieran hacer nada en Nueva York sin orden judicial; aumentó los impuestos a los ricos; bajó el déficit de la ciudad a cero: anunció una inversión de 122 palos verdes y la contratación de 1.000 maestros adicionales en las escuelas públicas; comprometió financiación sistemática para bibliotecas y parques; destinó 250 palos verdes a la infraestructura de la ciudad y está cerca de anunciar escolaridad gratuita para los más pequeñitos. (Igualito a Jorge Macri. ...Ah, ¿no?) Y sin embargo, hay gente que rechaza estas medidas aun cuando la beneficien, simplemente porque redes y medios de derecha las califican como socialistas. Si estás muriendo de sed, ¿cómo vas a rechazar una botella de agua porque no te gusta el envase? El daño que redes y medios han producido en millones de mentes es lisa y llanamente trágico.

 

Zohran Mamdani: si no te arremangás...

 

Entonces: a pesar de la sumisión inexplicable de tantos, de la obediencia que se rinde a tipos sin más autoridad que la del dinero, de que nadie se rebela ante lo intolerable, ¿deberíamos alentar alguna esperanza?

El historiador Howard Zinn (1922-2010) lo explicó de un modo que me representa. "Estar esperanzado en tiempos horribles no es apenas una tontería romántica. Es una posición que se funda en el hecho de que la historia humana no es sólo una de crueldad, sino también de compasión, sacrificio, coraje y amabilidad. Lo que elegimos enfatizar de esta historia compleja determinará nuestras vidas. Si sólo vemos lo peor, eso destruirá nuestra capacidad de hacer algo. Si recordamos esos tiempos y lugares —de los cuales hubo tantos— en que la gente se comportó magníficamente, eso nos dará energía para actuar, y como mínimo la posibilidad de hacer girar este mundo en una dirección diferente. Y si actuamos, aunque más no sea en una medida humilde, no hará falta que esperemos a que llegue un gran futuro utópico. El futuro es una infinita sucesión de presentes, y vivir hoy como pensamos que los humanos deberían vivir, en desafío a todo lo malo que nos rodea, es en sí mismo una maravillosa victoria".

Así que, si me lo permiten, voy a perseverar en lo mío. Que pasa por desobedecer, pero además por instar a quien quiera oírme a sumarse a la desobediencia que merece un gobierno como este, que se caga en las leyes y hambrea a su pueblo. Yo no tengo la menor intención de cruzarme de brazos, a la espera de que empiece el Show del Apocalipsis. Y tampoco pienso dejar de compartir música con mis hijos y de atender a sus deseos, en la medida de mis posibilidades. Si somos muchos los que decidimos vivir no del modo al que nos compelen sino del modo en que nos creemos llamados a vivir, su futuro puede ser mejor que el que vaticina la película de Kapadia. Cuya frase final dice, esperanzada a pesar de todo: "Puede que todavía no sea demasiado tarde para vos".

 

 

 

 

 

 

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