El poder es un maple de huevos

La mujer que hizo funcionar el Estado para cuidar y reparar

 

La primera que me habló de la serie La fiscal fue Dolores Reyes, la autora de la novela Cometierra. "Tenés que verla", me emplazó. La sumé a mi lista mental, eso sí: bajo el ítem que denomino Relatos para los que hay que reunir coraje, porque su tema estremece.

La serie documental de Netflix describe la tarea de Sayuri Herrera Román, primera responsable de la Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio en México, entre 2020 y 2024. (Allá le dicen así: femi-ni-cidio, con una sílaba extra.) El hecho de que México haya ungido a una Presidenta admirable (me refiero a Claudia Sheinbaum) no morigera la triste fama que el país supo ganarse en materia de violencia contra las mujeres. Desde hace décadas, uno dice México y piensa en muchas cosas, agradables en su mayoría; pero una de ellas es siempre Ciudad Juárez, donde asesinaron a más de 700 mujeres —incluyendo niñas y adolescentes— entre el '91 y el año 2012. Una demencia criminal que, además de periodismo y denuncias a granel, inspiró series, películas y novelas como 2666, de Roberto Bolaño. Todavía hoy, en México matan a 10 mujeres cada día — estadística espeluznante.

 

Paula Mónaco Felipe.

 

Hace una semana, Luciana Bertoia entrevistó a Paula Mónaco Felipe en el programa de radio de El Cohete A La Luna. Habló con ella en su carácter de hija de dos de los desaparecidos que el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó hace nada en Córdoba: Luis Mónaco y Ester Felipe, a quienes secuestraron cuando su hija tenía apenas 25 días de vida, o sea al despuntar el '78. Paula desarrolló su carrera en México, donde se exilió parte de su familia. Allí ganó dos veces el Premio Nacional de Periodismo y escribió el libro Ayotzinapa, horas eternas, que narra otra desaparición: la de los 43 estudiantes de la escuela Normal Isidro Burgos, ocurrida en el año 2014, al norte del estado de Guerrero.

Escuché a Paula en el estudio de la radio y, sobre el final, cuando mencionó La fiscal, entendí lo que se me estaba escapando: que ella, además ser hija de víctimas del genocidio argentino, era una de las directoras de la serie. Como el dato salió a luz a último momento, no tuve margen para preguntarle al respecto. Pero me conmovió la noción de la víctima dedicada a exponer la historia de otro tipo de víctimas y a sensibilizar sobre sus circunstancias. Algo que debería sonar natural, porque uno asume que toda persona que sufrió cierto daño empatizará con otras víctimas y se ocupará de que nadie más sufra algo parecido, en la medida de sus posibilidades. Sin embargo, lo que más se hace notar en el mundo de hoy es la actitud contraria. Gente como Netanyahu y su ministro Ben-Gvir abusan de su condición de descendientes de un pueblo victimizado, esgrimiéndola como justificación para tornarse victimarios. Y mientras agreden y matan, gozan, porque son perversos. Esta semana se difundió un video donde Ben-Gvir humilla a una mujer de la flotilla humanitaria y después sonríe, satisfecho, como el cerdo impune que es. A una mujer, leyeron bien. La obliga a hocicar contra el suelo, a sus pies, entornado por los patovicas y soldados que lo acompañan, dondequiera que va — porque, como todos los de su calaña, es un cagón.

En esa circunstancia, entendí que correspondía sacar la serie del freezer y hacerle caso a Dolores, que es lo que, en términos generales, debería hacer cualquier persona inteligente.

 

 

La fiscal es un documental de tres capítulos, que co-dirigieron Paula Mónaco Felipe y el mexicano Miguel Tovar. Cuenta la llegada de Sayuri a la Fiscalía: sus orígenes como activista universitaria —se la ve participando de la legendaria protesta del '99—, su decisión de dedicarse a la ley y su desempeño como abogada en el juicio que siguió a un femicidio de gran repercusión — el de Lesvy Berlín Osorio, asesinada en el campus de la Universidad Autónoma en 2017. Allí Sayuri, por entonces de 35 años, contrarió la versión oficial de la UNAM y de las autoridades de México DF y terminó ganando el caso. (Un retrato de Lesvy sigue acompañándola, desde el escritorio y la función que ocupe.)

A partir de entonces, el relato gira sobre alguno de los casos que Sayuri y su equipo llevaron a la Justicia. El asesinato de Joana Esmeralda Trejo Oroñez a manos de su marido, una bestia ensimismada —uno ve sus imágenes y reconsidera las ideas de Lombroso— que no toleró la disolución del vínculo que ella reclamaba. El asesinato de Karen Itzel Rodríguez, también víctima de su marido en complicidad con sus suegros. (El testimonio del hijito en común, testigo del crimen, es devastador.) El asesinato de Yrma Lydya Gamboa Giménez, una cantante en ascenso, a quien su marido —casi 60 años mayor— baleó en el privado de un restaurant de la colonia Del Valle. El asesinato de Ariadna Fernández López Díaz, que su victimario quiso hacer pasar por muerte natural, en complicidad con la policía y el Poder Judicial del estado de Morelos.

El nombre de la fiscal no es mexicano sino oriundo de otra cultura de tradición machista: la de Japón, en cuya lengua sayuri significa "pequeño lirio". Quien lo porta es una mujer a quien el apelativo le sienta bien: joven, amable y educada, que en su sencillez —es hija de campesinos— no se diferencia de las víctimas para quienes busca justicia. (Otro aporte de Netflix al tema es la serie Las muertas, a partir de la novela que el también mexicano Jorge Ibargüengoitia publicó en el '77, inspirado por la historia de las hermanas González Valenzuela, explotadoras y asesinas de prostitutas.) Sayuri ganó el concurso para ocupar la flamante Fiscalía y, de ese modo, se insertó en la bizantina estructura del Poder Judicial mexicano, tan machista como el nuestro. (Ya que estamos, recuerden que nuestra Corte Suprema está compuesta por tres tipos, uno de los cuales, además, apaña a su hijo abogado, denunciado por su ex esposa por violencia de género contra ella y la pequeña hija en común.) A partir de entonces, con la ayuda de un equipo y recursos modestos, sacó adelante casos que en otro momento hubiesen tenido destino de archivo.

 

Sayuri Herrera Román.

 

El femicidio es de esos raros delitos que podrían prevenirse, mediante una educación y una socialización que purguen a la comunidad del machismo y de la violencia que trae aparejada. La mayoría de los culpables son hombres con los que las víctimas tenían vínculos. Pero una fiscalía no puede hacer nada para disminuir la violencia machista. Esa es una tarea larga y magna, que sólo puede acometer el Estado a pedido de su sociedad. Gente como Sayuri y sus investigadores llegan siempre tarde, a llorar sobre la leche ya derramada. Aun así, entienden mejor que nadie el grado de reparación simbólica y emocional que produce un fallo condenatorio.

"La justicia para una —dice Sayuri— se siente como justicia para todas, y la injusticia se siente de la misma manera".

 

 

 

Un vientito

Paula Mónaco Felipe y Miguel Tovar le echaron el ojo a Sayuri en 2014, cuando la abogada representaba a víctimas de Ayotzinapa. Les sorprendió la noticia de que había ganado el concurso para liderar la Fiscalía, ya que esa clase de puestos suelen nombrarse a dedo. Paula escribió entonces un primer artículo sobre Sayuri, junto a una colega —Wendy Selene Pérez—, que fue publicado por la revista Gatopardo. Allí describían las dificultades iniciales: por ejemplo, el hecho de que la Fiscalía no tenía oficina propia, funcionaba en un pasillo de la consagrada a Homicidios.

Pronto surgió la iniciativa de hacer un registro audiovisual de lo que a todas luces pintaba como una experiencia atípica: "Una mujer joven, feminista, activista y decidida como ella... Uno pensaba que no la iban a dejar trabajar, y que pronto se frustraría", contó Paula a Germán Arrascaeta, del medio La Voz. "Pero ella es una persona fuera de serie, y logró ir tejiendo relaciones dentro de la fiscalía para convencer a quien se podía convencer. Fue construyendo un equipo, llevándose a personas del movimiento social y a mujeres activistas. Logró mover la oxidada maquinaria del Estado. Eso generó un documento muy poderoso sobre lo que es posible y lo que deberían hacer los servidores públicos".

 

Sayuri, en su época de militante universitaria.

 

La fiscal es exactamente eso que Paula describe: un testimonio valiosísimo sobre "el intento excepcional de transformar una estructura desde adentro". Sin llamar la atención sobre su forma, el relato describe los procesos que jalonan la tarea de la Fiscalía: las reuniones internas, las investigaciones in situ, la instancia judicial. Y como se instala en medio de la realidad como una parte más de ella —la relación de las cámaras con los protagonistas se vuelve familiar y por ende fluida—, logra algo muy difícil, que es narrar lo verdadero casi en tiempo real, con recursos propios de la ficción.

Si bien su materia emparenta la serie al popular subgénero del true crime —documentales sobre crímenes reales—, La fiscal nunca pierde de vista su cometido: minimiza el morbo que rodea los homicidios y se concentra en la dimensión política de lo que está registrando — un intento puntual, acaso quijotesco, de empezar a reparar, aunque más no sea en ínfima medida, la deuda del Estado mexicano con su pueblo, en materia de derechos humanos. (Hablamos de un país donde, a pesar de que formalmente se vive en democracia, desaparecieron 130.000 personas en los últimos 20 años.)

De ahí el esfuerzo por des-cosificar a las víctimas, por re-humanizarlas, por hacer reaparecer lo desaparecido. En La fiscal participa también el fotógrafo cordobés Gabriel Orge, autor de la serie visual llamada, precisamente, Apareciendo, un ejercicio en video-mapping mediante el cual proyectó imágenes de víctimas sobre superficies urbanas. En este caso, Orge hizo lo mismo con la imagen de las cuatro mujeres cuyo crimen se describe. Al finalizar el tratamiento de los casos judiciales, la familias y los amigos de cada víctima se reunieron en un lugar donde ellas fueron felices, a contemplar la proyección del rostro de la persona que ya no está. De ese modo, La fiscal no sólo documenta lo que pasa: también interviene en la realidad, produciendo un pequeño ritual, una ceremonia de reparación.

 

 

Pero por supuesto, cuando lidiás con la vida real, siempre hay contratiempos. Parientes de las víctimas que protestan, en reclamo de lo que consideran que se les debe aún. ("Lo que falta por hacer", admite Sayuri.) Funcionarios de los que ella depende pero no facilitan el trabajo, sino que lo traban, lo dificultan. "No tenía el apoyo de mi Coordinadora de Género, quien era mi superior inmediato", recuerda. "Nos impedía gestionar una telefonía, realizar un cateo... En alguna ocasión me llamó a su oficina para gritar, para violentar, para decirme 'no entiendo, ¿qué es lo que tú quieres?' ¿Por qué no obedeces, por qué no te sometes, por qué no quieres crecer en esta institución?" Este tramo de la historia tuvo final feliz, porque la Fiscal General terminó desplazando a la Coordinadora y poniendo allí a Sayuri, en el cargo que desempeña hasta hoy.

El documental elige no adentrarse en la vida privada de la abogada, con una única excepción, que se justifica a sí misma. En paralelo con sus primeros tiempos al frente de la Fiscalía, Sayuri decidió iniciar los trámites para adoptar a una criatura, que además terminó siendo una niña. La adopción es una decisión trascendental en cualquier circunstancia, pero en la situación de Sayuri entrañaba un salto extra. Alguien que lidia a diario con la violencia de género y sus consecuencias tiene que ser muy especial para animarse a criar a otra mujer, en un mundo como este. Despedirte de tu hijita por las mañanas e ir a la oficina a sumergirte en las historias de chicas asesinadas por sus maridos, novios, amigos, colegas, y además escuchar y contener a familias destrozadas —empezando por las madres de las víctimas—, significa tragar amargura cada día y vivir en constante temor por el futuro. Por eso la decisión de Sayuri de convertirse en madre es coherente con su activismo y su desempeño profesional: en todos esos casos, se trata de una opción por la esperanza, a pesar de la evidencia que la realidad refriega en nuestras caras, llamándonos al desánimo y al cinismo.

En paralelo, Paula Mónaco Felipe tomó la misma decisión. La hija de padres asesinados por la dictadura tiene un hijo adolescente con su compañero y colega, Miguel Tovar. Y ese hijo —y por extensión, su generación— es una de las razones por las cuales Paula y Miguel hicieron La fiscal.

"Nos parece importante acercar insumos a los más jóvenes", me dijo a través de WhatsApp, con delicioso acento mexicordobés. "Porque ellos son los que están empezando a vivir su vida afectiva y necesitan pensar, evaluar, para decidir cuáles son los parámetros de la vida en relación con los otros. El deseo es que el documental funcione como ventana por la que se cuele un viento que te mueva, que te sacuda. Eso: que sirva como un vientito".

 

 

 

 

Un oasis de conciencia

Virginia Woolf escribió lo siguiente, en una de las páginas de su Orlando: "Nadie objeta que una mujer piense, siempre y cuando esté pensando en un hombre".

El machismo es un mal endémico de la humanidad. La violencia de género es su expresión más extrema, pero su ponzoña contamina nuestras vidas por entero, del principio al fin. En ese sentido, la actitud que Ben-Gvir adoptó y difundió a través del video es la expresión simbólica de un orden que muchos hombres consideran ideal, aun hoy: la mujer prosternada a sus pies y ellos reafirmando su autoridad, que para colmo pretenden indiscutible, con la complicidad de otros machos que los ayudan a imponer su ventaja numérica y su fuerza física.

En este edición de El Cohete se incluye un artículo de Julián Axat que cuenta un caso paradigmático: el de la argentina María Duba de Moracich, que hace un siglo —durante aquellos Años Veinte— se animó a pedir el divorcio: primero a su esposo y también, dada su negativa, ante la Justicia. (Por aquel entonces, el gobierno de Yrigoyen había presentado un proyecto al Congreso para legalizar la disolución del vínculo matrimonial.) Hoy divorciarse es lo más normal del mundo, pero que en aquel momento Cosme Moracich, marido de María, apeló a dos médicos, con la intención de encerrar a María en un neuropsiquiátrico. La historia terminó bien, porque María recuperó su libertad al cabo de siete meses. Pero lo que importa es que las instituciones de la época estaban convencidas de que una mujer que deseaba divorciarse era una enferma, víctima de un mal llamado "alienación moral" — ese fue el diagnóstico que le encajaron.

"La psiquiatría funcionaba como una prolongación científica del orden patriarcal", dice Julián. De hecho, todas las instituciones han sido creadas a partir de una cosmovisión machista: desde la religión y la ley hasta la maternidad misma. Tan naturalizado está el asunto, que a pesar de la docencia descontaminante que las feministas practican desde hace décadas, todavía hay cosas que se nos escapan, a pesar de ocurrir de forma flagrante, delante de nuestras narices. Pensaba, por ejemplo, en el sustrato machista de los juicios que se le sustancian a Cristina.

 

 

Hagamos el esfuerzo de abstraernos un rato de los elementos propios de un caso judicial —me refiero a los estrictamente legales—, para enfocarnos en la puesta en escena del drama. ¿Los jueces? Todos tipos. ¿Los otros participantes de las causas, los testigos — incluídos aquellos que declararon falsedades, bajo presión de esos tristes ejemplares del género masculino llamados Bonadío y Stornelli? Todos tipos. Las únicas voces femeninas son las de la abogada Eli Gómez Alcorta, que defiende a Roberto Baratta, y de la fiscal Fabiana León, de la causa Cuadernos. (A quien se vio desencajada, mientras el portero del edificio de Cristina, a quien la fiscalía misma llevó al estrado, confesaba que mintió para perjudicarla porque Extorsionelli & Co. amenazaron a sus hijas — más mujeres en la mira, qué sorpresa.) Resulta indiscutible: los juicios que le entablan a Cristina tienen más olor a huevo que un vestuario, después de un partido con alargue y penales. Entre las estructuras del poder real y un maple, la diferencia es casi inexistente.

Podrán decir que la composición de los tribunales refleja una disparidad en materia de género que el Poder Judicial sigue sin saldar. Pero en realidad es mucho más que eso. Los juicios a Cristina son una expresión cabal del entero sistema de poder en este país — que es machista en un 98%. Jueces, fiscales y defensores. Empresarios. Funcionarios. ¡Todos tipos! Y en el banquillo de los acusados, una mujer. Es imposible exagerar el carácter arquetípico de la narrativa en curso. Vivimos en medio de un cuento de hadas: el pueblo manejado por las instituciones al mando de los hombres, y la mujer que representa un riesgo encerrada en una torre, y además amordazada.

Hubo dos episodios, esta semana, que subrayaron involuntariamente la consistencia en el machismo de nuestro sistema de poder. Uno fue la bravata que se le escapó a Macri, cuando llegaba a la Universidad Austral para participar de una charla. Un periodista lo interceptó en la entrada y lo confrontó con una declaración de Martín Menem, alias Rufus, según la cual una candidatura de Macri en el '27 dividiría a la derecha y sería funcional al kirchnerismo. A lo que Mugricio respondió, en su mejor estilo de cajetilla sobrador: "Preguntale a Cristina si favorecimos al kirchnerismo".

Al incluirse en primera persona del plural, entre aquellos que, lejos de favorecer al kirchnerismo, lo perjudicaron, Macri se adjudicó la co-autoría de la prisión de Cristina. Lo que dijo en esencia es: "Nosotros —yo, y los funcionarios del Poder Judicial que me responden— la metimos presa. ¿Cómo se te puede ocurrir que beneficiamos al kirchnerismo?" Ahí está, en toda su dudosa gloria, la cofradía testicular que detenta el poder real en la Argentina de hoy. El empresario evasor de impuestos y vampiro del Estado, que devino político y se niega a aceptar su ocaso. Los fiscales y jueces que tiene comprados. Los medios que instalan su relato. (Aquí, otra vez: ¿quiénes son los mandamases de los medios comerciales más influyentes? Tipos. Todos tipos.) En su mente purulenta, Macri se ve a sí mismo como Ben-Gvir: con Cristina prosternada a sus pies, mientras él ríe y se cachondea con los Lucianis, Stornellis, Magnettos, Haddades y Saguieres.

 

El perverso ministro Ben-Gvir, en acción.

 

El otro episodio deriva de los audios cochinos de Milei que se filtraron en estos días. Apegándome a la línea virtuosa que propone La fiscal, no voy a hacerme cargo del morbo que inspiran esas expresiones, que no constituyen delito en sí mismas. Pero es válido interpretar la mentalidad que las verbalizó. Me refiero a una persona que, en situación de concebir una fantasía sexual, imagina su sexo como arma contundente, al estilo de una maza; útil para destrozar el rostro de su partner, que a continuación propone reconstruir, usando su semen como pegamento.

¿Qué clase de cabeza imagina que su órgano sexual es un instrumento de destrucción, y su simiente la materia que le serviría para reconstruir al otro a su gusto, al mejor estilo Frankenstein? Exactamente. En manos de gente así estamos. De tipos que no pueden concebir una voluntad distinta de la suya, una idea que los contraríe, y que sólo pueden procesar esa diferencia destruyendo al otro (otra, en estos casos), y eventualmente reconstruyéndolo a su antojo, para concederle una sobrevida en la que fungir como esclavo, y gracias. Este es el molde donde se forja a nuestros líderes, empresarios, jueces. Así están habituados a plantarse ante el mundo, y así suele ser la realidad que alumbran.

(Si me permiten, dejaré para otra ocasión mis impresiones sobre aquellos que se hacen los gallitos con una mujer presa, cuyos hijos viven bajo amenaza constante, y también sobre aquellos que coinciden con sus carceleros en la idea de que la prisión la expulsó de la realidad política. Si prestás atención a la gente que reclama por Cristina, la hay de toda laya, pero particularmente: mujeres, mujeres, mujeres. Ahora, si dirigís la mirada a los que la bardean y/o ghostean, como se dice ahora... Así es. Por enésima vez: ¡todos tipos!)

Bolaño eligió como epígrafe de 2666 un verso de Baudelaire, que a su juicio describía con precisión la enfermedad del hombre moderno: "Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento". ("Une oasis d’horreur dans un désert d’ennui!", parte del poema El viaje que integra Las flores del mal.) Para Bolaño, muchos hombres no cuentan con mejor manera de escapar del aburrimiento que los abruma que el horror, la producción de un daño. Y si la palabra aburrimiento les parece restrictiva (aunque no debería serlo, en una sociedad consagrada al espectáculo), se puede apelar a otras formulaciones: carencia de identidad propia, vacío espiritual, mutilación afectiva.

 

 

Este es un mal que está presente de forma casi cotidiana en nuestras vidas, porque la reacción a la iluminación en general y al movimiento feminista en particular alentó el retorno de un machismo recargado. Tanto la calle como las redes están llenas de machitos redux, que sienten nada y saben que son nadie, salvo cuando están agrediendo. En la violencia, existen. La agresión es lo más parecido que conocen a una experiencia real. Más aún: en el acto violento, olvidan fugazmente que sus vidas están signadas por la impotencia. Porque han crecido en circunstancias que los condenan a no poder nada —ni evolucionar mentalmente, ni prosperar materialmente, ni medrar afectivamente—, salvo cuando lastiman o matan.

En este sentido, el oasis de horror que producen nuestros prohombres, tanto como el piberío que los emula, no es producto exclusivo de esta modernidad. Al contrario, entronca con una idea de la hombría que la cultura asoció siempre a la fuerza bruta y la destrucción, en vez de a su capacidad de asociarse para crear y construir. Eso sugiere que, para evolucionar a un estado superior de conciencia, deberíamos recrear nuestras ideas de sociedad a partir de una nueva raíz, barajar y dar otra vez; un cambio esencial, que probablemente exista ya en germen, a partir de la educación que están recibiendo las generaciones más jóvenes — y de la cual documentales como La fiscal forman parte.

Mientras tanto, el trabajo de las Sayuris y las Paulas brilla, porque predican con el ejemplo. Crean justicia e institucionalidad donde no la había, engendran conciencia en aquellos que no la tenían o avanzaban entre tinieblas.

En una oportunidad, Virginia Woolf se preguntó: "¿Por qué las mujeres son mucho más interesantes para los hombres, que los hombres para las mujeres?" La respuesta más corta es: porque lo son, simplemente, como lo demuestran las Sayuri Herrera Román y las Paula Mónaco Felipe de este mundo.

 

 

 

 

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