Alma

La música que escuché mientras escribía

La veinteañera Alma Schindler

 

Es una de las mujeres de quienes más se ha escrito y hablado en el siglo XX. El nombre que la inmortalizó es Alma Mahler, por su casamiento a los 22 años con el genial compositor que a los 40 acababa de asumir como director de la Ópera Estatal de Viena, para lo cual debió convertirse al catolicismo, porque era inimaginable que ese templo germánico quedara en manos de un judío. Como además de belleza tenía cultura e inteligencia, Alma llegó a ser uno de los ejes de ese universo que anticipó el clima de Weimar. Wagner, el sol de esa galaxia, hasta había escrito un folleto de explícito antisemitismo musical. Pero también se la evoca como Alma Schindler, que era el apellido de su padre; Alma Gropius, por el arquitecto que crearía la escuela de diseño Bauhaus, su amante de juventud y esposo en la madurez; Alma Werfel, por el poeta austrohúngaro Franz Werfel, también converso al catolicismo, cuando huyeron al sur de Francia, casados luego de la ocupación nazi. Pero cuando allí se instaló el regimen colaboracionista de Vichy, cruzaron a pie los Pirineos, para llegar a España y seguir a Portugal, donde embarcaron hacia Estados Unidos, que entonces honraba su pretensión de faro de la libertad. La huida fue asistida por Varian Fry, un periodista estadounidense que colaboraba con el Emergency Rescue Committee de Marsella. También participó en las fugas de Marc Chagall, Hannah Arendt, Max Ernst y Heinrich Mann. Alma llevaba consigo en esa caminata el manuscrito con los primeros movimientos de la 3a Sinfonía de Anton Bruckner.

En los récords del feminismo figura en lugar destacado el pliego de condiciones de Mahler para la boda: en la casa había espacio para un solo compositor, y era obvio quien era, de modo que mejor guardaba para siempre todo lo que había escrito, en una carrera precoz que comenzó a los 5 años. Y también el rencor que fue expresando en cojinches varios que impactaban en la salud frágil de Mahler. Lo peor fue cuando de alguna manera una carta del amante llegó a manos del esposo. Y los amantes eran tan intensos como ella, se enamoraban hasta la locura, como Oscar Kokoshka, que por no soportar su ausencia hizo construir una muñeca de Alma en tamaño natural, terminada con plumas de cisne, que sentaba en los cafés de Viena a su lado.

Nada dañó más la relación con Mahler que la composición de los Kindertotenlieder, un ciclo de canciones sobre la muerte de dos niños por escarlatina y el dolor de su padre, el poeta Friedrich Rückert. Mahler se encerró para escribir esos estremecedores cantos a los niños muertos, entre 1901 y 1904, en una cabaña que hizo construir en lo alto de su residencia de verano en Maiernigg, a orillas del lago Wörthersee, en la región de Carintia. Alma lo vivió como un horrendo presagio que llamaba a la tragedia. Y así fue, porque en 1907 la misma enfermedad mató a Putzi, la hija mayor de los Mahler, de cuatro años, probablemente de escarlatina y difteria. Poco después, además, a Mahler le diagnosticaron una afección cardíaca grave. El golpe fue devastador. La otra hija, Anna, sobrevivió y llegó a ser una escultora muy apreciada, que como su madre tuvo una vida conyugal muy extensa.

 

Anna Mahler, de notable parecido con su madre.

 

 

Oskar Kokoschka, Autorretrato con Muñeca.

 

A siete décadas de la muerte de Alma, es hora de ocuparse un poco de ella y no solo de los hombres que revolotearon a su alrededor. Escuchemos algunos de sus lieder, para atisbar lo que pudo haber sido.

 

 

Cinco canciones de Alma Mahler,  Orquesta sinfónica de la Radio de Colonia

 

I- La ciudad silenciosa

II- En el jardín de mi padre

III- Noche de verano templada

IV- Contigo es triste

V- Camino entre flores

 

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