El mundial de fútbol en América del Norte será, sin duda, una gran distracción colectiva, incluso para aquellxs a quienes no les interese el fútbol, o lo desprecien. La apelación de masas del fútbol es muy grande en nuestro país, y cubrirá durante unas semanas numerosas carencias y malestares locales.
Ayudará también a que la frágil memoria colectiva deje más borrosos a otros episodios flagrantes de corrupción, ya emergidos a la luz pública pero lejanos en términos del vértigo informativo apabullante, de los casos LIBRA, ANDIS, fentanilo contaminado y otros.
Muchísimas empresas locales, hace ya semanas, gastan sus publicidades en motivar y movilizar los sentimientos de las masas hacia la única pasión nacional que está admitida en la semicolonia: el fóbal.
Si bien la popularidad del gobierno viene recorriendo un plano inclinado, el otro campo, el del “no oficialismo”, aparece heterogéneo y fragmentado, con escasísimos consensos discursivos y menos aun mostrando garra opositora real. Decrece el mileísmo sin que crezca la fuerza y la determinación de un espacio claramente opositor. Y llega el mundial, que todo lo aletarga por unas semanas.
Este evento probablemente le dará aire político al gobierno, pero no habrá ese mismo aire de alivio para la maltrecha economía popular, que va a seguir sin prisa pero sin pausa por el camino del deterioro que le reserva la economía neoliberal libertaria.
Algunos datos del pantano
No hay que ser demasiado perspicaz para encontrar signos de deterioro económico y social comprobables, a contrapelo de la burbuja mental en la que vive el mileísmo y sus apoyaturas económicas.
La economía de la mayoría no se rige por la estabilidad cambiaria coyuntural. Por supuesto, la gente aprecia cuando los precios suben poco o nada. Pero los precios no paran de subir y le ganan a los ingresos. Los números registrados de ventas en supermercados, shoppings y negocios de proximidad muestran contracciones contra los niveles de marzo y abril del año pasado.
En un informe elaborado por el Instituto Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, se señala que “el 71,1% de las personas con empleo no supera la canasta básica total (CBT)”, mientras que “la informalidad laboral alcanza un 48%”. La CBT incluye la Canasta Básica Alimentaria (CBA) —que mide la línea de indigencia, actualmente estimada en 665.053 pesos— además de otros bienes y servicios no alimentarios esenciales como vestimenta, transporte, educación y salud. En abril la CBT equivalía a 1.470.000 pesos. La situación es aún más acuciante entre los asalariados informales (90% por debajo de la CBT) y los cuentapropistas de baja calificación (85,1% por debajo).
El mismo estudio del Instituto Germani advierte la degradación de las condiciones laborales: detecta una “desformalización progresiva y sostenida”. La proporción de asalariados formales cayó al mínimo histórico del 46% del total de ocupados, mientras la informalidad alcanzó un récord del 48%. La pobreza también alcanza al 57,9% de los cuentapropistas con alta calificación y al 18,2% de los patrones formales.
Parece un chiste pero no: al gobierno extremista no se le ocurren otras soluciones a estos problemas laborales, que tienen detrás la permanente destrucción de empresas productivas, que el FAL y el RIFLE. Son siglas inventadas por el gobierno, no por nosotros, para denominar de regímenes que apuntarían a mejorar… la vida de las empresas.
El FAL es el Fondo de Asistencia Laboral, creado por la reciente reforma para volver gratuito para las empresas el despido de los trabajadores. El RIFLE es la sigla del Régimen de Incentivo a la Formalización Laboral, creado en mayo mediante la ley 27.802. El RIFLE reduce hasta un 89% las contribuciones patronales de las empresas que contraten nuevos trabajadores. Así, en vez de pagar contribuciones patronales del 19%, pasan a pagar sólo el 2% si incorporan nuevos trabajadores. Más y más incentivos a echar y a tomar personal nuevo, y de paso desfinanciar más al sistema previsional, al que luego descubrirán ¡desfinanciado!
Este derrotero de los ingresos y las condiciones de vida de los trabajadores no es un problema individual, o de un “sector”. Implica la contracción sistemática del mercado interno y sella la suerte de numerosas empresas.
En estos días, Granja Tres Arroyos, establecimiento avícola que llegó a ser el más grande del país, cerró por tiempo indeterminado una planta en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. La decisión empresarial puso en peligro 950 empleos, y se tomó por problemas financieros que atraviesa la firma y una fuerte caída en la faena diaria, que pasó de 700.000 a 200.000 pollos. La empresa ya había reducido 400 puestos de trabajo en los últimos meses. Desde la dirección de la firma se manifestó el enojo ante el comportamiento de los trabajadores en esta última etapa.
Es interesante, como dato de sociología política, que la empresa culpa a los trabajadores por el cierre, ya que venían realizando medidas de fuerza por el deterioro salarial y de las condiciones laborales. La empresa parece que no tiene ningún problema con el modelo económico que la está llevando a la ruina, con las importaciones desde Brasil y otros orígenes, con las tasas de interés locales o la contracción del poder adquisitivo de la población.
Al mismo tiempo, la multinacional Citroën anunció su decisión de dejar de producir automotores en la Argentina luego de 30 años. La filial local de la empresa automotriz francesa cerrará su producción en la planta de El Palomar y cesará su actividad en el país. Luego del cierre, toda su línea de vehículos será importada desde Brasil, Uruguay y Europa.
No es magia: es la política deliberada de desindustrialización y primarización de la Argentina que lleva a cabo Milei en nombre del gran capital argentino que lo apoya.

Mejor vivir en el mundo del dólar
Uno de los datos que muestra el gobierno como señal de éxito y fortaleza es la estabilidad del dólar. Esta fortaleza es transitoria y coyuntural. El propio FMI está advirtiendo sobre posibles tensiones cambiarias, en especial por los fondos colocados en el negocio del carry trade, que podrían salir espantados de sus colocaciones en moneda local para volcarse al dólar como forma de “cobertura” ante incertidumbres políticas y electorales en 2027. El Fondo conoce perfectamente el cronograma de vencimientos de compromisos externos del país, muy abultados precisamente el año que viene.
Pero efectivamente, la tranquilidad que rodea a la divisa norteamericana ayuda a aplacar expectativas y juega a favor de moderar la inflación.
Si bien la demanda de dólares para ahorro por parte de particulares continúa firme, sin inmutarse, y se incrementó el pedido de dólares por parte de empresas que remiten utilidades al exterior, la contracción del mercado interno impactó fuertemente en la caída del volumen de las importaciones, lo que mantuvo relativamente estable la presión sobre la divisa.
Por el lado de la oferta, debemos recordar que estamos transitando los mejores meses de la cosecha gruesa, a lo que se agregó el creciente ingreso de divisas provenientes de las exportaciones energéticas, que arrojan un saldo comercial muy favorable.
El superávit comercial en abril fue de 2.711 millones, que es el mayor registrado desde 1990. De ese superávit, 1.402 millones fueron aportados por el sector energético. Mientras los ingresos agropecuarios tienen un fuerte comportamiento cíclico, las exportaciones de combustibles pueden tener comportamientos más estables, aunque también dependientes de diversos imponderables externos. Como dijo Larry Fink, el CEO de BlackRock, el barril de petróleo puede saltar en los próximos tiempos a 40 dólares o a 150, según se resuelva o no el conflicto en el Golfo Pérsico.
Otro aporte explicativo sobre la relativa abundancia de dólares que ingresaron a la economía lo devela un estudio de Martín Schorr y Gustavo García Zanotti, integrantes del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP). El informe señala que “las principales empresas vinculadas a los sectores de los hidrocarburos, las comunicaciones y minería se endeudaron en 11.500 millones de dólares entre diciembre de 2023 y el mismo período de 2025. De este total, las empresas vinculadas a la producción de petróleo y gas representaron el 54% del total, seguido por industria manufacturera (15%), energía (11%), comunicaciones (11%) y minería (6%)”.
Los autores hacen dos salvedades muy significativas:
1) “El destino de estos flujos de capital revela que el endeudamiento no se traduce necesariamente en una expansión de la formación de capital fijo. Una parte del financiamiento obtenido se orienta hacia estrategias de centralización del capital mediante la adquisición de activos existentes y a la gestión de carteras financieras, lo que refuerza una dinámica de acumulación centrada en el aprovechamiento de la brecha financiera y la reestructuración de pasivos previos”, y
2) “Sectores como hidrocarburos y minería recurren de manera intensiva al financiamiento intrafirma, en el marco de estrategias de planificación fiscal que facilitan la transferencia de beneficios hacia el exterior”.
La emisión de obligaciones negociables por parte de las grandes empresas ya ha adquirido un volumen muy significativo: “Entre enero de 2024 y marzo de 2026 las empresas emitieron cerca de 29.000 millones de dólares en ON”. Como todas las deudas, en algún momento se deberán pagar. Este año vencen unos 5.000 millones de dólares de obligaciones negociables emitidas en dólares, que deberán ser cubiertas por las empresas emisoras.
Mientras tanto, el FMI, convertido en una escribanía del gobierno norteamericano, sigue apoyando incondicionalmente al gobierno argentino, aunque protestando por los flagrantes incumplimientos del tándem Caputo-Bausili-Milei, que siempre son perdonados.

En un documento emitido recientemente (llamado staff report), en ocasión de la aprobación de la segunda revisión del Programa de Facilidades Extendidas otorgado a la Argentina, el Fondo Monetario Internacional debió consignar un dato al que hemos hecho referencia reiteradamente, para rechazar la afirmación mileísta de haber protagonizado una impecable hazaña ajustadora. En ese documento, probablemente para poner a salvo su solvencia “técnica” frente a eventuales reclamos, el FMI debió aceptar que la Argentina tiene hoy déficit fiscal, contra lo que afirma el Presidente.
En la página 7 del staff report hay una a pie de página (el número 2) en el que se aclara que el superávit declamado por el gobierno no contempla los intereses capitalizables que devengan los nuevos bonos emitidos por el propio gobierno. Se aclara que los bonos cupón cero no son tomados en consideración para el cálculo de la cuenta total del déficit. El FMI señala en ese documento que si se computaran los intereses efectivamente devengados hasta la fecha por todos los instrumentos de deuda pública argentina, el déficit total ascendería al 0,8% del PBI.
Dicho sea de paso, el FMI reclama más ajustes en las provincias y la modificación estructural del régimen jubilatorio, al que considera “fiscalmente insostenible”. El gobierno está haciendo todo lo posible para aumentar sus desequilibrios, en función de generar el “hecho consumado” que le reclama el FMI. El objetivo es construir un nuevo sistema jubilatorio compatible con un mayor ajuste del gasto público, un Estado jibarizado y que genere nuevas fuentes de renta financiera para el capital global. Nada que el actual gobierno no comparta en plenitud.
Una nota de color son los comentarios que realizan diversas consultoras económicas que valoran positivamente el rumbo del gobierno, ponderan sus resultados, pero aclaran que “aún queda pendiente la recuperación de la actividad económica y el consumo interno”.
Creen en el mismo espíritu mágico que Milei: a pesar de que se hunden los ingresos de las mayorías, como muestran todos los indicadores, será la “confianza” de los empresarios mineros y petroleros y de rentistas locales varios la que se extenderá a todo el cuerpo social, mediante el “efecto Scioli”, el de la Fe y la Esperanza, y hará que los bolsillos desfondados de los consumidores argentinos se recuperen por sí mismos.
¿Premio consuelo para los norteamericanos?
La presión de gran capital internacional y de la opinión pública norteamericana finalmente pesó en Donald Trump más que los intereses del complejo militar industrial y los escenarios exitosos de política ficción que le presentó Netanyahu en estos últimos meses.
Se generó un formidable consenso internacional entre economistas y analistas políticos de muy diversas tendencias en cuanto a que la profundización de la guerra contra Irán implicaría un colapso en la provisión de un conjunto de bienes estratégicos, fuertes alzas generalizadas de precios –comenzando por energía y alimentos–, faltantes de productos claves –como los fertilizantes para la siembra y el helio para los semiconductores– y una disrupción en el comercio internacional con incalculables pérdidas de valor en los mercados financieros, que no están preparados para un derrumbe significativo.
En este momento, las negociaciones entre Estados Unidos e Irán siguen avanzando, en medio de amenazas y acciones militares puntuales, por la sencilla razón de que la alternativa sería una guerra con efectos devastadores para el sistema capitalista mundial. Y Trump no quiere eso.
También en las últimas semanas, en paralelo con el deterioro de la situación humanitaria en Cuba producto de la profundización del bloqueo estadounidense, se multiplicaron los rumores sobre una presunta invasión a la isla por parte del ejército norteamericano. El fiscal general de Estados Unidos, colaborando con la guerra psicológica contra Cuba, acusó a Raúl Castro de cuatro asesinatos, que en realidad fueron actos de defensa aérea que realiza cualquier país soberano, pero que por arte de magia en Estados Unidos se transforman en delitos personales que ameritan el envío de fuerzas especiales. Es una forma de inculpar a una de las máximas figuras vivientes de la revolución, ensuciar su imagen ante la opinión pública y preparar un “casus belli”.
Cuba no es Venezuela, como Irán no fue Venezuela. Estados Unidos desea precipitar una reacción social interna promoviendo activamente un cuadro de extrema penuria, aprovechar una eventual situación caótica interna en la isla para realizar algún tipo de intervención “liberadora” como en Venezuela, y cobrarse otro “trofeo” latinoamericano.
Sería una forma de recuperar capacidad de amedrentamiento en el orden internacional, ya que Estados Unidos no ha sido capaz de replicar lo de Venezuela en regiones menos condenadas por la geografía –la lejanía de Venezuela y Cuba con países aliados es muy grande– y las limitaciones productivas y militares características de las atrasadas economías latinoamericanas.
Se suma a este cuadro coyuntural la fragilidad de las fuerzas independentistas en América Latina y la deserción completa de las derechas regionales de cualquier pretensión de soberanía, y como en el caso argentino, totalmente sometidas a la estrategia regional norteamericana.
El injerencismo norteamericano bajo Trump ha llegado a niveles de “honestidad brutal”, en el que sólo predomina la fuerza como argumento de “política internacional”. La dirección de la política exterior de la superpotencia depende de los caprichos de una elite reaccionaria que acompaña y rodea a un Presidente megalómano, y de los negocios que sean capaces de imaginar con los territorios “a conquistar”.
Lo local y lo global
Una encuesta reciente de AtlasIntel y Bloomberg señala que si bien hay una mayoría cercana al 60% que rechaza en diversos grados a la actual gestión, aún el gobierno de Milei cuenta con una aprobación del 40%.
La persistencia del apoyo a Milei, a esta altura, habla de un fenómeno social no coyuntural, que abarca a diversos sectores de la sociedad y que refleja que aún existen expectativas de que el sacrificio y las privaciones actuales tengan algún premio en el futuro.
Lo que parece claro es que existe una asimetría entre el extremismo antisocial del gobierno y las respuestas, débiles, parciales y fragmentadas, que ha sido capaz de articular la sociedad ante semejante agresión en todos los planos. Raúl Zaffaroni, en un reciente artículo en la Tecla Ñ, habla de “anonadamiento” frente a una gestión pública que contradice las reglas más elementales de la vida en sociedad.
El bombardeo de medidas regresivas, dañinas, arbitrarias, delictivas y antinacionales tiene el efecto a abrumar a una parte de la sociedad, tanto material, laboral como anímicamente, lo que juega a favor del mantenimiento del actual proyecto.
La despolitización de amplios sectores –responsabilidad de quienes deberían querer politizarlos–, la falta de información sobre cuestiones elementales –en donde la red derechista de medios tradicionales se ve potenciada por el efecto redes y algoritmos– y la degradación del piso cultural que viene sin prisa pero sin pausa desde los ‘90, también cumplen un papel en debilitar la reacción colectiva frente a un pésimo gobierno.
Pero más allá de las subjetividades, las ilusiones y las expectativas, la dinámica económica y laboral contractiva continúa su curso, acumulando problemas en el micro-mundo de las familias, que se trasladan al terreno de las pequeñas empresas y que terminan sintiéndose en los grandes conglomerados empresarios y en el propio sistema financiero. La recaudación impositiva en declinación es un reflejo preciso de que los problemas de le economía real se siguen agravando.
El gobierno logró que una parte significativa de la población, que la está pasando mal, se ilusione con un futuro mejor. Pero para que ese futuro aparezca realmente en el horizonte debería ocurrir un hecho económico decisivo: la inversión productiva. Dado el evidente hundimiento del mercado interno, que desestimula la inversión orientada en esa dirección, la “gran esperanza” de salvación del mileísmo está en la inversión orientada hacia la exportación. Ese papel debería cumplirlo, en este esquema colonial, mayoritariamente el capital extranjero multinacional.
En un informe publicado en estos días por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que agrupa a las naciones capitalistas más desarrolladas, se muestran los siguientes datos sobre la inversión externa que recibieron diversas naciones de América Latina en 2025: Brasil (gobernado por el comunista Lula, según Milei) recibió 76.877 millones de dólares, México (gobernada por la soviética Sheinbaum) recibió 40.871 millones; Chile (que fue gobernado por el rojillo Boric) recibió 13.152 millones; Colombia (gobernado por el “asesino terrorista” de Petro, según Milei), 11.462 millones; hasta Costa Rica (que no figura en el mapa del odio libertario) recibió 5.733 millones. La Argentina, cumbre mundial de la libertad de mercado y reino absoluto del capital privado, recibió apenas 3.134 millones de dólares de ingresos netos, computando tanto el capital extranjero que se fue espantado el año pasado por la evolución y las perspectivas del mercado interno, como aquel capital que entró seducido por actividades extractivas y los bajísimos impuestos a pagar establecidos por el RIGI.

¿Por qué aún no se produce el ingreso de algunas de las grandes inversiones extranjeras en minería u otros negocios puntuales, que es el único elemento productivo del actual modelo libertario? Lo preguntamos incluso sabiendo que en el caso de entrar no van a tener impacto significativo sobre la actividad económica interna, ni sobre el nivel de vida de las mayorías, dado el modelo regresivo en marcha.
Es probable que, más allá del palabrerío internacional sobre las bondades del ajuste mileísta y las caricias discursivas del Fondo Monetario Internacional y de la administración norteamericana, persistan dudas en el mundo de los negocios sobre la estabilidad política-social del modelo, y en los sectores más informados de las grandes corporaciones, sobre la propia consistencia macroeconómica del mismo en el mediano plazo.
Desde la perspectiva de los grandes inversores, que serían los que vendrían a hundir enormes sumas en el territorio argentino para empezar, dentro de unos años, a recuperar lo invertido y a cosechar el jugoso fruto de esas inversiones, la previsibilidad política es importante.
Lo ideal sería un modelo bipartidista “a la chilena”, en donde todos (léase Todos) garanticen que las sagradas inversiones en las condiciones leoninas promovidas por Milei no serán tocadas, y sus pingües ganancias –logradas a costa de concesiones sin precedentes, salvo en regiones coloniales– no será recortadas bajo ningún concepto.
Es lo que la derecha llama en su jerga neutra “reglas de juego estables”, es decir, negocios intocables por la política y por la sociedad. En función de las “reglas de juego estables” está siendo diseñada la maraña de juicios internacionales que este gobierno quiere promover para que sea imposible modificar nada de lo ahora establecido. La coincidencia con el imperio es total: se busca que una importante palanca de desarrollo nacional –el uso inteligente de los recursos naturales– sea inutilizada para garantizar las súper ganancias de las multinacionales.
“Reglas de juego estables” es el nombre inocuo para referirse a regímenes políticos donde gane quien gane gobierna el capital concentrado. Eso es Perú. Y casi toda América Latina.
Pero aún no queda claro que eso –más aún con Milei como Presidente– vaya a ocurrir en la Argentina. Ya hemos señalado en otros artículos que las fantasías económicas de la derecha de negocios son incompatibles con la paz social de nuestro país, y con la democracia.
El mundial de fútbol se jugará –en parte– en el país “más exitoso del mundo”, por autodefinición norteamericana, y con el Presidente más exitoso del mundo, que sería Donald Trump, según su propia autodefinición.
Sin embargo Goldman Sachs –uno de los mayores grupos de inversión y de manejo de activos financieros del planeta– ha alertado en estos días sobre el hecho de que sólo diez acciones acaparan a cerca del 40% de las todos los papeles cotizados por las grandes empresas incluidas en el índice Standard and Poors 500.
Para los analistas de Goldman Sachs, esa elevadísima concentración de la inversión bursátil en muy pocas empresas –probablemente empujada por la nueva fiebre del oro de la Inteligencia Artificial–, indica que se están sobrepasando peligrosamente los niveles de extrema concentración del mercado vistos antes del crash bursátil de octubre de 1929, que dio comienzo a la Gran Depresión económica de los años '30 del siglo pasado.
Es este mundo de fantasías desproporcionadas, de fortunas incalculables basadas en burbujas de ficciones, el que por ahora gobierna y decide sobre el destino de buena parte de la humanidad.
Es un mundo que no resiste la prueba de la realidad, como se demostró en el estrecho de Ormuz, donde la amenaza de una desestabilización real de las endebles bases de la “exuberancia irracional de los mercados” (Alan Greenspan dixit) fue disimulada y ninguneada para evitar un pánico bursátil imparable.
El micromundo ficcional argentino, basado en las supercherías sobre la lógica creadora de prosperidad del mercado y en el pensamiento mágico sobre cómo se resolverán los agudos problemas sociales que se están generando, todavía no ha sido sometido a la prueba de la realidad.
Este micro mundo ficcional del mileísmo, donde “paga” ser depredador de las vidas ajenas y extremista de la crueldad, aún no ha pasado la prueba por venir.
Todavía no se ha expresado con toda su contundencia el rechazo masivo e integral a una política dedicada a satisfacer a una minoría poderosa, pero numéricamente insignificante, a costa del hundimiento de vida y las esperanzas de las mayorías, y del derecho de nuestro país a la independencia nacional.
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