Fotos: Luis Angeletti.
Son las 6 de la mañana y el sol aún no se asoma. Aparentemente no tiene ni la más mínima intención de hacerlo. Lo entiendo, sobran motivos.
Es un domingo plomizo y frío de junio. Nos vamos a Villa Domínico, partido de Avellaneda, a despedirnos del Indio.
El viaje es breve. Desde la ciudad de Buenos Aires partimos con mi hijo Gero y mi compañera Mar. Pasamos a buscar a mis amigos, Campe y Besu.
Como el futuro llegó hace rato, hoy Los Redondos suenan vía Bluetooth desde mi celular en los parlantes del auto. Los cinco cantamos con ellos esas mismas canciones que hace 30 años gasté en mis casetes de Gulp y Un baión para el ojo idiota. Lado A, lado B, una y otra vez, birome en mano apurando el rebobinado manual.
Cruzamos autos con banderas, gente con remeras y buzos ricoteros. Abrigados y tristes, a paso firme.
Llegamos a la avenida Mitre. Es un hormiguero de almas peregrinando en una misma dirección, hacia la zona donde la vigilia nocturna dio inicio al ritual hace ya varias horas.
Hay carpas, mesitas, rondas, parlantes, guitarras, mates, vino y Fernet.
El perfume de las parrillas humeantes se mezcla con aroma de flores. Sí, hay vendedores de flores, muchos, como en la puerta de los cementerios.
Son las 8:30 y, a pesar de que el ingreso está pautado para las 11 de la mañana, ya hay cuadras de fila para entrar a la capilla ardiente donde el Indio descansa y su familia lo acompaña.
La zona se empieza a llenar muy rápido.
José viajó 1.738 kilómetros desde Comodoro Rivadavia. Tiene una enfermedad terrible, terminal. Vino solo pero está acompañado por sus ocasionales compañeros de fila. Me dice que no podía no estar acá.
Ya hay muchísima gente, mares de personas, hordas llegando, yendo y viniendo.

Son obreros, empleados, artesanos, oficinistas, maestros y maestras, universitarios, jubilados, cartoneros. Todo sucede en paz. Hay un caótico orden que nos cobija y resguarda.
Gente de todas las edades —niños, adultos mayores, jóvenes, adolescentes— se mezclan, se hermanan. Familias, bandas de amigos, parejas, solos. Abrazos, muchos abrazos.
Magalí está con “los pibes de Racing”, es local. Su tío Daniel le contagió lo ricotero. No vio nunca a Los Redondos pero llora, se seca las lágrimas, traga saliva, y lo único que me puede decir es “aguante el Indio, loco”. ¡Aguante!
A medida que pasan las horas, Domínico se convierte en un ritual enorme, con cientos de pequeños rituales espontáneos por todos lados sucediendo al mismo tiempo. Casi como comunidades que llegan desde todos los territorios para hacer sus hogueras y bailar alrededor.
Pogos por todas partes. Saltan sin parar y cantan llorando.
La fila se reproduce de forma descomunal segundo a segundo. Impresiona verlo.

“¿Cómo no sentirme así?” canta Paco a moco tendido en una zapada de guitarras criollas. Los 636 kilómetros que los separaban de Bahía Blanca con el Polideportivo Gatica no fueron un escollo para decir presente. Entre estrofa y estrofa dice: “¿Cómo no voy a venir si Los Redondos fueron todo para mí?”.
En unas pocas horas de la mañana la fila ya alcanza 30 cuadras y el ancho de una calle entera.
“Amigo, esto va a ser más grande que lo de El Diego”. Y no es para menos: si 721 kilómetros no le impidieron a Darío, de Alta Gracia, Córdoba, traer su amor hasta acá, es evidente que así será.
Los abrazos prestan hombros para sostener almas angustiadas, las banderas abrigan corazones y las manos empuñan ramos de flores.
Gero recorre todos y cada uno de los improvisados puestos de remeras, no deja uno sin relevar. Con sus 16 años y sin haber visto siquiera a Los Fundamentalistas, está buscando banderas para su corazón ricotero en gestación. Nos dice a su mamá y a mí que le prestemos plata, que él las va a pagar con sus ahorros —es que no va a ser una sola. Claro, dale, este asunto está ahora y para siempre en tus manos nene.

Los trapos ya visten y dan contorno a la calle, nos contienen, nos hablan. “Las aguas ya no están serenas”, dice el de Nahuel. Está con su grupo de tigrenses cantando en la fila. Sonríen.
La multitud es inexplicable.
La fila ya se pierde en el horizonte gris del asfalto de Domínico y 30 minutos antes de lo previsto comienza el ingreso. Ahora sí, es la última vez que vamos a estar cerca de él. La despedida acaba de comenzar.
Se encienden las pantallas que la organización dispuso en el vallado y empezamos a ver cómo un río de almas pasa frente al sitio de reposo. Es imposible contener la emoción. Estoy atragantado.
Padres e hijas, madres e hijos, abuelos y nietos. Historia y tradición, legado, herencia, cultura y patria. Todo junto y revuelto, húmedo de llorar, aturdido de cantar.
“Mirá, esto no lo tiene nadie”. El Negro camina con muletas. Le prestan una silla. Mete la mano en el bolsillo y saca una bolsita desgastada, con varias vueltas y una gomita que la asegura. El tesoro del Negro son decenas de entradas de los recitales. Sus dificultades para desplazarse no le impidieron llegar desde Virrey del Pino. Su banda, inconsolable, lo banca.

Cada vez más risas, miles de ojos vidriosos, llantos en soledad y en abrazos multitudinarios. Son desconocidos pero no lo son.
Un privilegiado balcón es platea para una familia que desplegó banderas, canta, salta, filma con los teléfonos. Es que justo debajo de su casa está el pogo más grande del mundo. La energía es arrasadora. Me meto al pogo, no se pueden contener las ganas de compartir eso. Entre los saltos y los empujones reboto y me encuentro en un abrazo con mi amiga Estela, que vino de Parque Chas. Su remera de Oktubre y su sonrisa enorme me ponen contento.

La procesión avanza calma. La organización es brillante, todo fluye, todos en paz, todos juntos. Los niños, adultos mayores y personas con movilidad reducida tienen prioridad en el acceso.
Veo a un hombre con andador en la fila. Es de Lomas de Zamora. Le comento que puede pasar. “Por ahora prefiero la procesión”, me dice. Claro, qué estúpido soy. Nos damos un apretón de manos. Es muy fuerte.
Empezamos a avanzar. Llegamos a la primera posta. Las mujeres y hombres de la organización son amables, cuidadosos, respetuosos; ellos también se suman a los cánticos, las canciones y las lágrimas. Todos somos uno.

Donde en muchas otras ocasiones hubiera habido un cordón policial, esta vez hay una hilera de bomberos voluntarios que hacen de contención. La gente canta: “¡Aguanten los bomberos, aguanten los bomberos!”. Este detalle, en la Argentina violenta y reaccionaria del gobierno del otrora payaso mediático Javier Milei, es justicia poética en estado puro.
Pasamos, caminamos en un grupo de unas 80 personas hasta la siguiente posta. En poco tiempo la atravesamos y llegamos a la última. Estamos por entrar al Gatica.
Justo a mi lado está Eduardo. Es una persona mayor, vestida muy formal, está solo y usa bastón blanco: es no vidente. Habla con una suavidad y una dulzura que apacigua las almas. Otros hombres le ofrecen guía porque la vereda tiene algunos baches. La acepta gustoso. Conversa. Es escritor. Tomó tres colectivos para llegar desde Claypole. Solo, ciego, tres colectivos.
“Yo nunca los vi, no soy ricotero, pero su música y sus letras me encantan. Soy poeta. Lo quería despedir y estar con toda esta gente”.
Ahora sí, entramos. Es un lugar grande con techo alto. Hay oscuridad, hay silencio, gritos, vítores y llantos. Veo en el fondo la pantalla vertical enorme que dice: INDIO 1949 - ∞. El corazón es un bombo de batería.
Paso frente al cajón, al ataúd — no sé cómo nombrarlo, son palabras raras, feas.
Lo rodean una montaña de remeras, banderas, flores, cartas y dibujos. Los “gracias Indio”, “aguante Indio”, “vamos Indio”, “Indioooo” retumban. La emoción de la masa estremece, conmueve a un nivel difícil de escribir.

Siempre con amorosidad, la organización nos pide que no nos detengamos, que sigamos caminando. Están pasando alrededor de 15.000 personas por hora. Afuera se calculan un millón.
La salida de la capilla ardiente es una escena desgarradora. Es como salir de un túnel del tiempo que te arroja a una época y a un lugar del que no vamos a poder regresar jamás. Y acá, ahora sí, ya no está el Indio.
Ebrios de un cóctel de nostalgia, angustia y vacío, muchos nos sentamos en los cordones de la vereda a poner la vista en blanco y aflojar el cuerpo. Hacemos una pausa. Ya hace casi seis horas que estamos acá. La emoción de cada minuto pasa factura, nos empieza a agotar.

La fila ahora sí pasa a ser un fenómeno inexplicable. Tiene más de siete kilómetros, llega hasta el barrio porteño de Barracas. Me cuesta creerlo, calcularlo e imaginarlo como posible.
Millones de almas ordenadas como unidades moleculares en una cadena de ADN, cada una almacenando, transmitiendo y codificando toda la información genética ricotera necesaria para que este fenómeno sociocultural, político y espiritual cobre vida en este acontecimiento histórico. Algo sin precedentes para una figura del rock nacional.
Empieza a caer el día, llega la noche, parece que va a llover y, contra todo pronóstico, cada vez hay más gente.
Recorro la fila. Cristian está casi a unas 30 cuadras de la primera posta. Vino desde Mar del Plata. Me pregunta si falta mucho. Es que la gente que está haciéndola ni siquiera vio aún el epicentro de concentración. Ni se imagina lo que está por ver.

Hace 12 horas que llegué. Mi compañera y mi hijo ya se fueron. Estoy tan cansado pero tan conmocionado a la vez que no lo siento. Me encuentro con Guido, un amigo, que me ofrece un aventón hasta La Tierra de Dios, La Paternal, el barrio donde debutó Diego profesionalmente. Claro que acepto. Es casi poesía, si la conexión espiritual con Maradona estuvo todo el día flotando en el aire, en banderas, remeras y posters.
Ahora llueve y hace bastante frío. El domingo porteño, fiel a su costumbre, es definitivamente triste.
Llegue a casa, y entre algunos de los símbolos ricoteros que Gero se trajo Avellaneda se destaca un calco enorme con la síntesis gráfica del rostros del Indio que le pegó a su Strato roja, ese que hoy vi todo el día en tatuajes y banderas. Es parte del arcón de recuerdos que consiguió en la misa redonda de Dominico, una experiencia imborrable, eterna.

Sigo viendo esta película sin guion por televisión. Una pareja que vino de Uruguay habla con un notero.
Ahora la gente está bajo la lluvia, mojada, cansada y con frío, pero cantando, por supuesto. Porque eso fue lo que le prometimos al Indio: que iríamos cantando. Cumplimos. Cumpliste. Listo Míster, esta tarea fina está concluida.
Ojala que en ese paraíso, al que te condenó aquel tonto ángel amateur, te quieran y disfruten tanto como lo hicimos nosotros.

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