El largo adiós

El Indio fue todo esto que digo acá, y además mi mejor amigo

Foto, Gastón Daus. Animación, Silvia Canosa

 

Existe un árbol pequeño que abunda en Asia y África y se llama Rhus. En otoño, sus hojas adquieren un color sobrenatural. Pasan del verde a una tonalidad indescriptible, más propia del coral submarino que de la superficie. El Indio tenía tres en su parque, dos crecidos y uno pequeño, su familia en versión arbórea — Virginia, su hijo Bruno y él.

El viernes 5 de junio, cuando murió, los Rhus atravesaban su fase incandescente. La tarde anterior le pidió a Gastón Daus, su asistente todo terreno, que lo fotografiase allí, y se vistió para la ocasión. Gastón usó una de las tabletas de Indio, pero además tiró un tirito con su celular. La imagen lo eterniza allí, de gabán largo y bastón, alzando el pie derecho para dar un paso y salir de cuadro, como si algo lo esperase más allá de los árboles.

Parafraseando a Bioy Casares, que lo dijo respecto de Borges, desde el viernes 5 damos los primeros pasos en un mundo sin el Indio. No va a ser fácil. Ni para los que lo conocimos ni para la segunda familia que supo crear, esa banda inconsolable que son los millones a quienes iluminó.

 

 

Y no va a ser fácil porque parte de lo que nuestro cerebro decodifica como mundo, como realidad, está armado por ladrillitos que el Indio puso ahí. El Indio está, y va a seguir estando, en todas partes. Sus canciones son el esqueleto de nuestro estado de ánimo. Cuando suenan Todo un palo, Esa estrella era mi lujo o Juguetes perdidos —por mencionar tres de centenares que funcionan igual—, empezamos a sentir cosas específicas, que las canciones disparan en el alma. Nuestro lenguaje es una co-creación entre Cervantes, el Río de la Plata y Solari: no sabríamos ni hablar si no contásemos con expresiones como mi único héroe en este lío, a brillar mi amor y vamos las bandas. Y mucho de lo que pensamos y defendemos con pasión fue articulado por sus versos, de forma inmejorable. Violencia es mentir. Todo preso es político. Si no hay amor, que no haya nada.

Lo sorprendente es que, si nos hubiésemos topado con el Indio cuando tenía 20 años, habríamos creído imposible que ese cuerpo discreto contuviese el poder de crear universos. Fue un pibe de clase media baja, hijo de un señor parco pero virtuoso y de una señora chispeante —le gustaba describirla como un cascabel— que lo apañó, sin importar la cagada que se mandase. De niño conoció lo bien que se vive cuando no te falta nada, pero también la necesidad y la persecución. Su padre, José Solari, hizo carrera en el Correo hasta que, siendo director de una sede, lo echó la Fusiladora. El Indio pasó de vivir Navidades en las que recibía Meccanos a otras en las que ligaba medias y gracias. En la Pascua, celebraba con huevos de gallina que mamá Chicha pintaba de colores.

Como era un curioso de la vida, eludió las constricciones de la academia y devino lector ecléctico. Esa voluntad de vivir a tope, de que —como le gustaba decir— la vida le pagase al contado, lo desmarcó de su generación, que optó en bloque por la militancia política. Eligió ser militante de otra cosa, algo más vasto y contenedor. Por eso insistió hasta último momento con la idea de que la revolución —una que involucra la conciencia de la especie entera— debería ser lo que hacemos cada día: desde que despertamos, a través de cada acto, por pequeño que parezca.

 

El ingenio popular no descansa nunca.

 

El Indio fue un militante del arte, esa expresión de la vida virtuosa a que deberíamos aspirar. Lo creía porque le había ocurrido, lo experimentó en carne propia. Las canciones indicadas lo transformaron por dentro y lo impulsaron a perseguir una mejor versión de sí mismo. Ese es un signo de su generosidad. "Un maestro es alguien que decidió pasar su vida encendiendo en otros la chispa que encendieron en él cuando niño; devolver el bien recibido, multiplicándolo", escribí en Kamchatka. Eso fue y será el Indio para millones: el mejor de los maestros. (Sorry, Sarmiento. Preferimos a este pelado.)

Tanto creía en evolucionar y así colaborar con la evolución de otros, que no temió pasar privaciones con tal de entregarse a su misión secreta. Días atrás, en el cementerio de Lanús, Virginia recordó el primer departamento que compartieron, donde no había cama sino colchón, cajones de manzanas como muebles y se calentaban en invierno encendiendo el horno y dejando su puertita abierta. La devoción por el arte se lo comió vivo, hasta el último momento. En las horas finales concluyó una letra con la que había luchado meses, por culpa de la dispersión a que lo condenaba su enfermedad. ¿Qué es esa foto que orquestó el jueves 4, durante las horas postreras, sino una obra más — una imagen que nos trascenderá?

 

Virginia e Indio: contigo, pan y cebolla.

 

 

 

Los indios estaban cabreros

Todo aquel que encare la quijotesca tarea de definirlo saldrá trasquilado, porque cualquier cosa que digas del Indio será reduccionista. Fue cantante, compositor, rocker, tanguero moderno, poeta, escritor, artista visual, maestro de ceremonias de un cabaret político, revolucionario de cafetín, melómano, cinéfilo, humorista (especializado en humor negro, por cierto), combatiente de barricada, chamán, filósofo, líder de masas y mucho más, de esa forma en que el todo resulta más que la suma de las partes. Y al mismo tiempo —antes de que el vasco se calase la boina y arremangase, para consumar todo esto—, la idea de que ocurriese algo como el fenómeno Indio parecía un delirio. ¿Quién podía imaginar, antes del Indio, que llegaría a existir alguien —algo— como él?

Años atrás, durante uno de mis intentos de explicar lo inexplicable, apelé a una noción de la física que se llama singularidad. Según los libros, una singularidad es el lugar donde las cantidades que se usan para medir el campo gravitacional escapan de todo cálculo, volviéndose infinitas. En términos más poéticos: singularidad es un fenómeno que se produce a pesar de que su contexto impide preverlo. Aquello que escapa como anguila de la posibilidad de ser previsto y definido. Lo inefable.

 

El Indio de los comienzos.

 

Por supuesto que hay ingredientes esenciales al fenómeno. Para empezar, la Argentina. El Indio no podría haber llegado a ser quien fue en ningún otro lado. Pero además hay que hacerse cargo de la circunstancia histórica. La segunda mitad de nuestro siglo XX, reinventada por esa otra singularidad que se llama peronismo. La cultura rock de los años '60, que le permitió releer nuestra realidad desde otro lugar: menos provinciano, más transversal. El genocidio de los '70, durante el cual fue testigo de la devastación que se cargó a los pibes que frecuentaba. (Él se salvó porque lo creyeron un hippie y por lo tanto inocuo, pero aun así se ganó una sesión de picana en la seccional.) La explosión cultural de la post-dictadura, desde donde denunció las limitaciones de la tibia democracia con que se conformó Alfonsín. Y el escenario original: la ciudad de La Plata, lugar de simetrías borgianas, un núcleo joven y de jóvenes, donde estudiaron Sabato, Pérez Esquivel, Laura Carlotto, Néstor y Cristina.

Pero, por sí solos, esos elementos no explican la reacción química que se produjo. Los Redonditos empezaron como una joda entre amigos. Cuando se cimentó el triángulo de la autoridad Indio-Skay-Poli —tres puntos son lo mínimo que necesitás para generar equilibrio—, los Redondos devinieron una banda de culto, una suerte de happening a lo Minujin, pero rockero. Esto es relativamente fácil de entender. Eran divertidos, estrambóticos, zarpados, arriba del escenario podía irrumpir cualquier cosa, desde una stripper a una momia. Pero a medida que la promesa de la democracia-con-la-que-se-come-se-cura-y-se-educa empezó a hacer agua, el público cambió. Los pibes del pogo desplazaron a los sommeliers de vanguardias, y el Indio empezó a tomarse en serio el poder de lo que sus canciones podían generar. En lugar de ponerse condescendiente con ese público cerril, elevó la vara — para ellos, y también para él.

Habían llegado hasta allí presentando algo que se diferenciaba de la oferta promedio. El rock-pop local impostaba seriedad en pos de reconocimiento, pero ellos ofrecían humor y delirio. Su música y sus letras eran calentonas, hormonales, cuando los rockeros locales no rankeaban como sex-symbols y hacían una música más bien asexuada. Y sus shows no eran espectáculos cortesanos, sino bestias quiméricas. En los conciertos de otros artistas, uno pagaba entrada, se ubicaba y aplaudía o marcaba el ritmo con la patita. Los shows de los Redondos eran experiencias full contact. Cualquier cosa podía pasar. Que te convirtieras en pelotita humana en medio del pogo, que revolearas —o ligaras— un botellazo, que te apartases para coger con una desconocida en un rincón oscuro. El resto de los shows se plegaba a la ficción de la normalidad democrática, eran "el ensayo general para la farsa actual". En cambio, los shows de los Redondos te recordaban que seguíamos viviendo en peligro... y que eso estaba bien, porque vivir es arriesgarse y nadie que quiera vivir de verdad puede hacerlo dentro de una sandwichera de plástico, como explicó en Olavarría, durante una histórica conferencia de prensa.

 

La conferencia de prensa del '97, cuando les suspendieron el show en Olavarría.

 

 

El disco Oktubre es de —precisamente— octubre del '86. Fue un gesto político de parte del Indio aunque, por supuesto, envuelto en la seda de la ambigüedad poética que era su estilo. Oktubre remitía a dos revoluciones, la rusa y la local del '45. E instaba a que el pueblo tomase las riendas de su destino en plena desmovilización, que Alfonsín alentaba. "La idea —dijo, mientras escribíamos la biografía Recuerdos que mienten un poco— era formular una suerte de llamado a ciertos sectores que parecían querer lo mismo, pero estaban disgregados: los obreros, la nueva izquierda, los estudiantes... Fue un momento clave que no se aprovechó". Meses más tarde, Alfonsín firmó la capitulación, al desearnos felices Pascuas y pretender que "la casa estaba en orden". Cosas que pasan, cuando los Presidentes temen más al Círculo Rojo que a la sagrada ira del pueblo.

Aun así, la insurrección que alentaban los Redondos siguió adelante. Un baión para el ojo idiota (1988) es la versión musical del Plan revolucionario de operaciones que siempre se atribuyó a Moreno, de Los diez días que sacudieron al mundo de John Reed, de La razón de mi vida de Eva Perón. De ese álbum provienen Noticias de ayer —con su denuncia de los medios que siguen envenenando, y nunca más que hoy—; Todo preso es político; Vencedores vencidos (que sugería buscar la verdad donde se expresa sin intermediaciones, en las paredes del barrio desde las que habla el subsuelo de la patria); Vamos las bandas (que alentaba a rajar del cielo de papel maché que vendía el poder real); y Todo un palo, nuestro segundo himno nacional, donde dejó en claro que nunca íbamos a dejar de sentirnos "así" —otra ambigüedad poética, que cada uno interpreta a su saber y entender—, mientras "ese perro" (real o fantástico) siguiese "allí".

 

 

 

Toda esa siembra germinó en los '90, durante el menemismo. Fueron tiempos difíciles. Los hijos de puta a cargo de la Rosada se forraban de guita, mientras daban vía libre a los negocios del poder real. Lo único que se concedía al pueblo era circo a granel y un chivo expiatorio: los pibes de los barrios, estereotipados a partir de la gorra y las zapatillas, a quienes sindicaron como Enemigo Público Número Uno. (Esta descripción se ajusta a los tiempos actuales. La única diferencia es que el chivo expiatorio de hoy es el kirchnerismo.) La gente olvida, pero hasta entonces nadie hablaba de seguridad en la Argentina, no era una obsesión en nuestras vidas. Fue una cuña que nos clavaron entonces y ahí quedó, para persuadirnos de que la miseria era culpa de los rateritos, y no de los ladrones a cuatro manos que se apiñan en la cima de la pirámide.

En ese contexto, los shows de los Redondos se convirtieron en algo que excedía lo artístico. Eran un experimento socio-político, muy pero muy parecido a una democracia verdadera, de manual. Un espacio de libertad —libre del control policial, y más aún después de la tragedia de Walter Bulacio—, al que accedían los que podían pagar la entrada y los que no también, sin que nadie se molestase. Todo el mundo participaba de los mismos bienes: una fiesta de rico rock and roll, armada en torno a una comunidad que alentaba a cada integrante a disfrutar de la vida. Desde el escenario, el Indio ensayaba su pedagogía de hermano mayor: cagándonos a pedos cuando hacía falta, pero insistiendo en que aprendiésemos a cuidarnos entre nosotros, ya que nadie más lo haría desde el Estado menemista. (U hoy mileísta: la misma mierda, con distinto moño.)

En esa Argentina de pobreza devastadora y profunda desmovilización —en los '90 la política era mala palabra, recién dejó de serlo con los Kirchner—, había millones de jóvenes argentinos que no se sentían representados ni contenidos por nadie. ¿La excepción? Los Redonditos de Ricota, una banda liderada por el más improbable de los frontmen: un pelado que vestía como alguien que tiene planeado ir a un asado después del show.

 

 

Al ejecutar la receta del neoliberalismo —la misma que, tajo más o menos, nos desangra ahora—, el menemismo convirtió la Argentina en un páramo sin futuro. En ese vacío de sentido, la figura del Indio y los Redondos se agigantó. Ellos acogieron a los que el sistema negaba y expulsaba, les dieron bienvenida a un contenedor simbólico —la "misa" ricotera— donde nadie era tratado como un bicho raro. Como lo expresaron tantos durante estos días, un show de los Redondos era llegar a casa después de vagar por el desierto. En ese abrazo, dejabas de saberte despreciado, perseguido, pobre. (Como dice la canción, ahí te sentías "rico, gratis".) Ya no eras un paria, sino alguien que por primera vez se integraba a una comunidad que proporcionaba experiencias reparadoras. Y así el Indio dejó de ser sólo el cantante de una banda exitosa, para convertirse en algo más: una suerte de guía todoterreno, con autoridad ganada de modo genuino, que aun cuando estaba ocupado despabilándote, te trataba como a un igual. Eso volvió a quedar de manifiesto el domingo 7, en Avellaneda, cuando la gente que desfilaba frente a sus restos le hablaba al cajón, de yo a vos, reciprocando la gentileza de no haberse dirigido nunca a una masa indiscriminada, sino a ellos en particular, íntimamente — al oído.

La línea que se desprendía de la ceremonia ricotera era un mensaje político en sí mismo: Acá hay lugar para todos; acá hay disfrute para todos. Se trataba de un experimento igualitario, inédito en el mundo, que proponía una idea que hoy el establishment consideraría más inquietante que ayer. Si en ese espacio podían convivir durante muchas horas 20.000, 100.000, 500.000 personas de las edades y extracciones sociales más variopintas y deponer sus diferencias, para disfrutar de algo que reconocían como un tesoro en común (¡bosteros y gallinas convivían en paz!), ¿por qué no podíamos vivir así el resto de la vida, en cualquier lugar del país?

La que llevó a cabo este experimento no fue una banda que disponía del apoyo de corporaciones, sponsors y medios, operando para difundir su imagen y música a toda hora. Se trataba de una banda independiente, que se auto-gestionaba y negaba a ser fotografiada indiscriminadamente y a aparecer en la TV. Gente que se marginaba por propia voluntad del gran escaparate comercial, que rehuía las mieles de la exhibición mediática. (La forma en que el Indio se negó a explotar en público su dolor por la muerte de Bulacio le valió infinitas críticas, pero aun así no hocicó.)

 

Los Redondos, tal como los reflejaban los medios de la Argentina.

 

Esa es la razón por la cual si un extranjero quisiese estudiar a los Redondos a través de su presencia en los medios, encontraría ante todo recortes policiales: bataholas, detenidos, destrozos. Una segmentación perversa, debida a la tirria que la corporación periodística sentía por aquellos que se negaban a acatar su juego. (Y sigue sintiendo, como dejó en claro estos días, al hacerse cómplice de un intento de embarrar a Bruno. Hay que ser hijo de puta. Bruno no perdió al Indio Solari. Perdió a su papá.) Cuando se recuerdan los shows de River en el 2000, lo primero que acude a la memoria es el pibe intoxicado y munido de arma blanca que terminó ajusticiado por la multitud —o sea, la excepción—, en lugar de las escenas más significativas, como la del flaco que, en cueros, corrió a lomos de un caballo robado a la Montada por el barrio de Núñez — postales de un escenario (pre)revolucionario.

Los lugares quedaron chicos, la ciudad capital los expulsó por primera vez —aunque no por última, eso volvió a ocurrir este domingo 7— y los Redondos empezaron a tocar al aire libre, en distintos puntos del país, alumbrando épicas peregrinaciones en su huella. Ya no eran una banda de rock sino un fenómeno cultural, social y político; y Solari ya había sido ungido como Indio el conductor de masas, a pesar de su reluctancia; era un cáliz que no había codiciado.

Perón siempre hizo alarde de su sangre india, que le llegó por vía materna. Pero fue el Indio, que compartía tanto con el Viejo —carismáticos ambos, derrochadores de encanto, personalidad arrolladora, bien leídos, máquinas de producir aforismos—, quien convirtió la identidad de los habitantes originarios de este suelo en una bandera popular.

Por su intermediación mágica, cargándose dos siglos de unitarismo y política entreguista, millones de argentinos deseamos volver a ser indios.

 

Foto: Edgardo Kevorkian.

 

 

 

Santo fumador de La Plata

Mientras se desarrollaba todo esto, el tipo no dejó nunca de ser quien era.

Un noctámbulo. El amante de las charlas con interlocutores a la altura de su intelecto, como Willy Crook y Enrique Symns, hasta despuntar la madrugada. El degustador de la buena comida, el vino fino y el whisky excepcional. (Yo no tomaba whisky hasta que, durante el largo trabajo para sacar adelante sus memorias —cuatro años—, me convenció de que era una opción para el desayuno. Disfrutamos de un single malt que se llama Lagavulin, pero que él prefería llamar Gamaglobulina.) Hablo del melómano que, según le soplase el viento, además del rock que amaba —Beatles, Hendrix, Who, Gabriel, Bowie— podía escuchar tango, clásica, étnica o demencias vanguardistas, como el grupo femenino The Shaggs. (La ópera lo dejaba frío, como los musicales. Le disgustaba la gente a la que le daba por cantar cuando había que hablar.)

Me refiero también al lector ávido. Coleccionista de cómics, a partir del deslumbramiento original por la historieta argentina, con Oesterheld a la cabeza. (En Recuerdos hay una foto en la que retoza sobre una alfombra de revistas del género.) Durante los años de emisión de mi programa Big Bang, aportó lecturas de sus textos favoritos de ficción: Kerouac, Capote, Artaud, Mailer, Vian, Orwell, Kafka, Marechal. (Están colgadas en YouTube, al alcance de todos.) Pero como también era fan de los ensayos y las biografías, grabó páginas de Wilhelm Reich, Doris Lessing, James George Frazer y hasta aguafuertes de Arlt. A quienes quieran eludir la tristeza en estos días, les recomiendo el audio de un texto que disfrutó mucho, al punto de no poder contener la risa: la lectura de El arte de tirarse pedos, de Salvador Dalí.

 

 

 

Era fan del cine de autor del siglo pasado: Kurosawa, Herzog, Fellini, Lindsay Anderson —días atrás me pidió copia de If... e Hospital Britannia, que me facilitó Marcelo Piñeyro—, la comedia neorrealista italiana —le encantaban La armada Brancaleone de Mario Monicelli y Los monstruos, de Dino Risi— y Ken Russell. Durante años buscamos una copia decente de Los demonios, una de las películas más polémicas y por eso prohibidas de Russell, para verla juntos. Semanas atrás le conté que acababan de presentar una copia remasterizada en el festival de Cannes, lo cual sugería que pronto llegaría a alguna plataforma. No hubo tiempo. Cuando aparezca, me pondré una camperita suya que me regaló, para aplacar la soledad, y procederé a verla como quien le hace a la muerte un corte de mangas.

La revolución cotidiana que practicó desde que despertaba hasta que dormía fue la de vivir bien. Lo consideraba un derecho humano esencial, eso de tender a lo que llamaba "el principio ordenador del placer". Le parecía obvio: existir es enfrentarse a la posibilidad de experimentar estímulos sensuales e intelectuales, las delicias complementarias del sentir y el pensar. Otra cosa que amaba era el contacto con otros, fue el más gregario de los seres: adoraba juntarse, conversar, jugar. Durante una época le dio por el pool. Últimamente jugábamos a sapo con una casetera, dentro de cuya boca abierta embocábamos chapitas de cerveza. Tan social era, que casi consiguió hacer de la ostra que soy algo parecido a un ser humano.

Para acometer las cosas que amaba hacer no hizo falta que fuese millonario. Ganó su guita de la forma más directa y limpia, gracias a la gente que compraba la música que producía y entradas a los shows. Nunca hubo avión privado, ni penthouse en Nueva York. Ni celular, tenía. Sólo invirtió en su casa, en su estudio, en tecnología para uso personal y en ladrillos. Durante los últimos veinte años vivió la vida de un anacoreta, dentro del exiguo espacio de su dormitorio / oficina, de la que apenas salía para ir a grabar a Luzbola (que está a 60 metros), nadar, caminar por el parque y contemplar la gloria de los árboles Rhus en otoño.

 

Foto: Edgardo Kevorkian.

 

Pero, a la vez que hacía todas estas cosas de tipo cualunque, fogoneó una transformación de la cultura contemporánea que hoy suena sin par. Para encontrar algo parangonable habría que pensar en Borges, por el modo en que permeó nuestro pensar y en consecuencia nuestro decir y nuestra escritura. Pero la popularidad del Indio fue infinitamente superior —no comparo calidades aquí, sólo ascendiente—, con lo cual no queda otra que compararlo con Gardel... o con Eva, que como él comenzó como artista y mutó hasta convertirse en algo inclasificable.

Yo suelo vincularlo a Discepolín y a Leonardo Favio porque, como ellos, salió de las entrañas del pueblo —eran vagos de mil caravanas— pero elevó su arte a excelsas alturas. Nunca bajaron la vara para ser comprendidos; al contrario, la elevaron y el pueblo se elevó con ellos.

Días atrás, el profesor de Historia Manuel Becerra difundió la ocurrencia de alguien que en Twitter se hace llamar @Cordeliana, según la cual el Indio era nuestro Shakespeare. Argumentó así: "Tiraba Verdades Universales que hacían propias borrachos, fisuras, bohemios, depresivos vomitados y soñadores urbanos". A mí, que soy un shakespeariano obsesivo, la idea no me disgusta. Ambos fueron primordialmente artistas populares. Hoy el tío Will suena a cosa elitista, pero en su momento convocaba multitudes, de lo más alto a lo más bajo de la sociedad victoriana. Yo sé que el Indio no necesita de esta validación para justificar su estatura. Aun así, las analogías entre ambos son estimulantes.

 

Guiñándole el ojo a Shakespeare: "To Beef or Not to Beef".

 

 

Tanto Shakespeare como el Indio se colaron en el edificio de la cultura por la ventana: uno a través del teatro, cuando los artistas más reputados de su época eran los poetas que recitaban en la corte, y el otro a través del rock. Los dos proferían el lenguaje más exquisito cuando cuadraba, y cuando era necesario podían ser los más guarangos del mundo. Los dos saltaban del drama a la comedia como la cosa más natural del mundo. Los dos pusieron en escena dilemas esenciales y emociones sublimes. Los dos crearon lenguaje. Shakespeare añadió 1.700 palabras al idioma inglés. Todavía no conté las del Indio, pero sus neologismos y combinaciones prodigiosas enriquecieron nuestra verba: bestia pop, superlógico, ñam fi fruli fali fru, criminal mambo, esto está muy Shanghai, semen-up, TV führer, motor psico, gas coreano, híper-fútbol, ojos de Durax, tecno-duque, anarcotizados, toxi-taxi, crono-rock, japolicía, porno-nazi look, shopping disco-zen, higo seco, pajamagia, onambólicos... y siguen las firmas.

Más allá de rimas y pentámetros yámbicos, tanto Shakespeare como el Indio contaban historias, y para eso necesitaban personajes. El tío Will alternaba entre reyes y criaturas de albañal. El Indio prefirió volar más bajo, entre los atorrantes con pretensiones y aquellos pobrecitos que, como el Rato Molhado y la Virgencita de la murga homónima, nunca pueden comer del queso sin que la trampera los aplaste. Por las venas de criaturas como El Zumba y Torito Chas Chas —aquel que decía que "al morir crecemos mucho más que todas las galaxias"— corre la sangre de Falstaff.

Sé que me tiraría de las orejas si, engolosinado con su escritura, dejo de hablar de lo que más le gustaba hacer. El Indio era un cantor popular. Al principio sonaba estridente, un chirriar de frenos, por fuerza de la circunstancia. A comienzos de los '80 no había buen retorno en escena y los cantantes se esmeraban para ser oídos por encima del ruido, por eso arrancó como —así decía— una cruza entre Robert Plant y Ginamaría Hidalgo. Pero cuando mejoraron las condiciones, desplegó la amplitud de su registro. Podía jugar al tenor y al barítono. Ser abrasivo y cálido. Y aun cuando entonaba melodías endiabladas, no perdía la expresividad de quien te habla. No ha existido aquí un cantante como él, en el arenero del rock.

 

Foto: Edgardo Kevorkian.

 

Lejos de limitarse a hacerlo en escena y en estudio, cantaba todo el tiempo. Lo he escuchado encarar canciones italianas, pasodobles, tangos, jingles — cualquier cosa que aflorase a su jukebox mental. La última vez que lo vi se quedó dormido en el sillón, porque venía de pasar malas noches. Pero no se durmió en silencio. Aun dormido, cantaba, como si se arrullase a sí mismo.

También amaba boludear con los instrumentos, grabar bocetos y dar forma a ese magma inicial — lo que la ortodoxia llama componer. Las canciones del Indio nunca tuvieron mucho en común con lo que pasaba por rock local. Tanto Skay como él chiflaban por el rock en inglés, y eso es lo que más se nota: la tradición de los Beatles, Hendrix, los Who, Roxy Music. Pero antes que eso fueron tipos que crecieron escuchando, e incorporando, otras músicas — clásica y tango, para empezar. La orquestación eléctrica propia del rock suele distraer, pero cuando desarmás las canciones, tanto las melodías como los arreglos revelan que ahí abajo se cocina otro minestrón. (Dicho sea de paso, el público del Indio es el único del mundo que, además de la canción, canta todos los arreglos y los solos.)

Si te pesca distraído, hay momentos que pueden sonar al lirismo de Tchaikovsky, a la gravedad de Mahler (dos que le gustaban a Ken Russell, también), a la épica guerrera de Wagner, al Gardel narrador del tango Ladrillo, a Pugliese. Ya de solista, el Indio incorporó las texturas de la música electrónica, el rock made in USA de Petty y Mellencamp y el pulso profundo hasta lo underground de una banda como Morphine.

En las ocasiones que, bajo la batuta de Gaspar Benegas —guitarra de los Fundamentalistas—, adaptaron algunas de sus canciones para octeto de cuerdas, quedó de manifiesto que esos arreglos les calzaban como guante. La tristeza que rezuman trasciende la del tango, llevándonos a los compositores ruso-europeos del siglo XIX y a los inmigrantes que la trajeron hasta aquí, para recrearla en nuestros arrabales.

Una de las últimas cosas que hicimos juntos fue ver el show que dieron Gaspar, Valentina Cooke y el octeto, cuando la UBA le otorgó al Indio un título honoris causa. Alrededor de la melodía principal, las cuerdas construyeron una catedral que hacía que sonasen como mini-sinfonías: elegantes y severas, con vocación de eternidad, casi fúnebres.

 

 

 

 

Meta Chicha y cascabel

Como las figuras de la cultura argentina que alcanzaron grandeza, el Indio no se limitó a crear una obra. Además —como Arlt, Borges, Walsh, Favio— se inscribió a sí mismo en la trama como un personaje más.

El rol que eligió fue el del pícaro que encontró la forma de robar el fuego de los dioses, a lo Prometeo; pero que, una vez que se hizo con el botín, descubrió que no quería usarlo del modo que codiciaban los demás, para acumular poder y comprar impunidad. Esa energía divina le ofreció una oportunidad que no desaprovechó: una vez que entendió que sus canciones, fruto de una búsqueda libre y personal, le hacían bien a la gente, se comprometió a seguir creándolas hasta su último aliento. "La belleza es lo que te da felicidad", canta en Shopping Disco-Zen. Y cuando el Indio hablaba de belleza se refería a la estética pero también a la virtud, que consideraba caras de la misma moneda. Por eso admiraba a Leonard Cohen. Le gustaban sus canciones y su poesía —siempre dijo que el Nobel de Literatura debió haber sido para él, y no para Dylan—, pero ante todo la gracia con la que vivió. Cohen hizo gala de algo que el Indio quería para sí, eso que llamaba "la elegancia del espíritu".

 

 

Lo dijo una y mil veces, pero creo que nunca se lo entendió del todo, al menos hasta hoy. Que la gente proyectase sobre él toda clase de virtudes lo desafiaba a estar a la altura de esa imagen que el público creó. "Siempre fui menos que mi reputación", admitía en La hija del fletero. Pero en lugar de contentarse con fingir virtud, que es lo que hubiesen hecho tantos en su lugar, decidió aprovechar el envión y mejorarse en serio. Pocas cosas lo hacían más feliz —pago al contado, taca taca— que sentir que había hecho algo lindo por otra persona, ya fuese firmando un libro, haciendo una chanza por las redes o poniendo el cuerpo por una causa justa.

Cuando mataron a Micaela García —en el '17, era una chica de 21 años: femicidio—, su familia se comunicó, tratando de alcanzar al Indio. El Indio devolvió el llamado, en pleno velorio. La mamá dijo entonces que Micaela había ido a su último concierto pero volvió enojada, porque no había cantado Juguetes perdidos. Y el Indio se la cantó entonces, a capella.

Quizás el gesto de generosidad más grande haya sido la forma en que premió a Los Fundamentalistas. Cuando se desprendió de Los Redondos, lo más lógico hubiese sido presentarse como solista. Pero aun así quiso formar una banda. La bautizó y la eligió. Y como tuvo el tino de reunir no sólo a músicos de la hostia sino también a buena gente, se enamoró de ella. (Eso repetía, textualmente: "Estoy enamorado de la banda".) Por eso, cuando el físico no le dio más, se las regaló, del modo más literal. Disfrutaba como un crío de cada uno de sus conciertos. ¿Conocen a alguna otra estrella que haya hecho algo así con sus músicos?

Aunque sea temprano para hablar del legado del Indio, ya está claro que no será sólo un legado artístico. Además de regalarnos melodías, inspiró ideas que llaman a vivir, y a convivir, de un modo que sigue siendo contracultural, en este mundo que no reconoce más valor que la guita. Sintetizó esa voluntad en la invocación que solía hacer cuando brindaba: graciosos y valientes. Lo de valientes se explica solo, pero lo de graciosos no se refería al humor sino a la invitación de vivir en estado de gracia. Si hoy existe una generación aún joven de militantes aguerridos, es porque —entre otros liderazgos— el Indio los hizo así.

Esa influencia también se percibe en la gente. Me llamaron la atención dos anécdotas de estos días. Una tuvo lugar en la fila interminable para despedirlo. Un vivillo aprovechó la montonera y se pungueó un celular. La gente lo corrió, lo agarró, lo llevó en presencia de la víctima y lo conminó a devolver lo robado y a pedir disculpas. La otra anécdota la resumió en un posteo alguien que tiene un amigo ciego. Emocionado por la despedida, el ciego contó que, cuando se desorientaba o perdía pero sonaba en las inmediaciones música del Indio, enfilaba hacia allí. ¿Por qué? Porque sabía que quien la escuchase debía ser alguien solidario. El Indio no generó melómanos a secas. Creó una comunidad de deseantes de un mundo mejor.

 

 

 

Necesito hablar ahora del tipo que se convirtió en mi mejor amigo. Al cabo de años de laburo en el libro, pensé que todo terminaría: taza taza, cada uno a su casa. Pero, jugando un poco a hacernos los boludos, encontramos excusas para seguir viéndonos. Las visitas de los miércoles se consagraron como rutina. A veces había cosas que resolver: pedidos como el de la mamá de Micaela, elegir textos para el show Indio Poeta —que con Gaspar, Valentina y el octeto presentamos en el Teatro Argentino de La Plata en el '24— o trabajar en el guión de su película biográfica. (Mi ilusión era ayudarlo a reencontrarse con su vida en Technicolor, antes de que muriese. Ahora habrá que convertirla en una celebración de su paso por el mundo.) Pero otras veces no había más plan que conversar, escuchar maquetas y cagarnos de risa. Los miércoles se convirtieron en el recreo de la semana, al cual llegaba yo con cannolis de Gino y del cual volvía renovado, con sonrisa esplendente. Me temo que, de aquí en más, sentiré los miércoles como un mutilado siente su miembro fantasma.

He tenido amigos a lo largo de la vida, pero casi todos terminaron por decepcionarme. (Del mismo modo, presumo, en que habré decepcionado yo.) El Indio no decepcionó nunca. Se dice que es mejor no conocer a los ídolos, pero esta fue una excepción a la regla. No pretenderé que prefiero al Indio amigo que al artista, pero no renunciaría al amigo ni bajo tortura. Durante años, firmé los mails que intercambiábamos como Yáñez, el personaje de Salgari que funge de lugarteniente de Sandokán. Se me ocurre ahora —tarde otra vez— que perdí la oportunidad de firmar como Horacio en relación a su Hamlet.

 

La gráfica de "Indio Poeta", diseñada por el genial Pablo Serafín.

 

El tipo grababa videos para mis hijos bajo el disfraz del Payaso Jeringa, un clown políticamente incorrecto. (Para ellos era, como había pedido, "el tío Carlitos". Tengo imágenes imborrables del más pequeño, Oli, que a los 2 años, y durante larga temporada, prefirió la peli del concierto en La Plata a cualquiera de Pixar. Para él no era el Indio sino Yira, a partir de la cita al Discépolo de Cambalache que forma parte de Juguetes perdidos.) También era de chichonear con mi compañera. Le enviaba jodas, como una tarjetita de cotillón que decía: "Te invito a mi primer infarto de miocardio, 22/10/23 — ¡No faltes!" Supo aconsejar como sensei a mi hijo mayor, que también se llama Bruno y es músico, para que encarrilase su derrotero artístico. Hacía listas de música y grababa jingles para mi programa Big Bang. (En uno cantó loas a un geriátrico para rockeros.) Recuerdo la angustia del divino Martín Carrizo en el '18, cuando el Indio cedió su quinto álbum con Los Fundamentalistas, El ruiseñor, el amor y la muerte, para que lo estrenásemos. El programa salía en un medio pequeño, autogestivo, que se llama La Patriada. Martín sufría porque, como ingeniero de sonido, quería que el disco sonase en una radio top. Pero al Indio lo ilusionaba que lo presentase yo y que saliese al mundo a través de un medio alternativo.

 

 

 

Fue muy amiguero, pero perdió a muchos en el camino. (Todos oyeron hablar de Luis María, el pibe que murió en el incendio del Pabellón Séptimo. Su apoyo a esta causa judicial fue tan sólo un gesto más de los que prodigó en su generosidad.) Y cuando se volvió rico y famoso, se le acercó gente que terminó siendo más falsa que moneda de lata.

A pesar de lo sensible que era, y de la calle que tenía, se comió la curva en más de una oportunidad. Hace algunos años, un artista popular que la iba de amigo —lo visitaba y todo— empezó a sacarle el cuero por Twitter, diciendo que yo lo influenciaba políticamente. Le respondí que, primero, si era tan amigo y le preocupaba esa situación, lo hablase con el Indio en vez de incendiarlo por las redes y sugerir que era el viejo reblandecido que nunca fue. Y segundo, que no hacía falta ser muy listo para entender que a un tipo como el Indio no lo influenciaba nadie. En todo caso, me influenció él a mí. Yo conocí a Máximo por su intermedio. (Me divirtió que Máximo dijese lo mismo de su madre, este miércoles ante Gustavo Sylvestre: "Dicen que yo la manejo a Cristina... ¿A quién se le ocurre que alguien puede manejarla?") La anécdota termina con el autor de jingles glorificados justificándose por mail, y con el Indio respondiendo: "Sos un pajero". (Tengo copia del texto. Creo que lo voy a enmarcar.)

 

Su otro gran amigo, JJ, me envió esta foto hace un par de días. El Indio se retrató con una de mis novelas... y yo nunca me enteré.

 

Los últimos tiempos fueron duros. La enfermedad le agarrotaba las piernas, lo llenaba de calambres. La medicación que tomaba era heavy y abundante en contraindicaciones. Podía producir alucinaciones, por ejemplo. (Durante un tiempo, nos divertimos leyendo prospectos.) Hubo un período en el cual lo asaltaron, complicando la distinción entre lo real y lo imaginado. Uno de esos miércoles me tocó presenciar una escena que no voy a olvidar.

Me recibió como siempre y me ubiqué en mi sillón habitual. Lo asaltó una alucinación y se aproximó al equipo de sonido, desde donde se enfrascó en una conversación con gente que no estaba ahí. Tardé poco en darme cuenta de que estaba hablando con Skay y con Poli. En buenos términos. Tramaban algo juntos. Hubo un ida y vuelta con una tercera persona imaginaria, que aparentemente quería lanzar cierto merchandising de Los Redondos, del que el Indio requería precisiones. (Porque aun alucinando era incapaz de tomarse esas cosas a la ligera.) Permanecí allí en silencio, sin moverme, fascinado. Al rato volvió a Tierra, se sentó en su silloncito y prendió otro cigarrillo. Le conté lo que acababa de ver. Lo tomó con naturalidad, a pesar de que no hablaba con ellos desde la separación de la banda, a comienzos de siglo. Sólo quiso saber cómo había sido su diálogo con Skay y Poli. Muy amable, respondí. Eso lo dejó satisfecho. Desde entonces, me considero testigo del momento en que, aunque más no sea de manera imaginaria, los Redondos se volvieron a juntar.

 

Su última aparición pública. Foto: Edgardo Kevorkian.

 

Se me hace que intuyó que el fin estaba cerca. Porque en los últimos años había pensado mucho en la muerte, que solía asociar con algo concreto. En la canción de amor que le dedicó a Virginia se pregunta: "¿Cómo será andar solito, allá en la muerte?" Como el bicho híper-social y franelero que era, lo que menos le gustaba era la idea de quedarse solo. En el '16 nos encabronamos feo, cuando dio su última entrevista a la Rolling Stone y los paparulos titularon con esta cita: "Cuando yo muero, mueren todos ustedes". Sacada de contexto sonaba altanera, parecía indicar que, cuando muriese, los demás dejaríamos de importar. ¡Cuando era lo contrario! Lo que lo estremecía era la noción de que, cuando muriese, dejaríamos de estar ahí para él, porque nos volveríamos inaccesibles.

El último miércoles, mientras le entrábamos a los cannolis, me describió un episodio desagradable al que la enfermedad lo había sometido horas antes. Que sufriese así nos angustiaba a todos los que estábamos cerca. Poco después, ya en su habitación, sucumbí a la pena, lo abracé sin siquiera avisar y me puse a llorar. En esa instancia, me sorprendió. Yo soy de moco fácil y él se ablandó en estos años (de lo cual, por supuesto, culpaba a la medicación), razón por la cual lloramos juntos muchas veces. Por eso mismo, imaginé que se iba a emocionar también. No ocurrió. Me abrazó pero se conservó entero, y dijo: "Uno de los dos no tiene que aflojar".

Me cagó. El que no puede aflojar, ahora, soy yo.

Me consuela pensar que lo último que su cuerpo sintió, al caer al agua climatizada, fue la tibieza del seno materno. Al ver en las redes la foto ante los Rhus, alguien la asoció con una foto de Chicha que publicamos en el libro. Allí se ve a su madre en Leloir, rodeada de flores. Poco después, otra persona se tomó el trabajo de matchear ambas fotos. El resultado quita el aliento. Parece que el Indio avanza en busca de su madre, que está allí, esperándolo. Linda ilusión la de que Chicha vuelva a apañarlo, hasta que nuestros átomos también se reintegren a la trama común del universo.

 

 

El viernes a la noche, cuando ya se lo velaba, Máximo y yo quisimos despedirnos de la habitación donde compartimos tanto. Máximo se dio cuenta de que el Indio había dejado encendido el Marshall que amplificaba sus guitarras. Al toque, pensé que lo mismo debía ocurrir con su equipo de sonido. En efecto, seguía encendido. Siempre fue un tipo atento a los detalles. Si hizo eso, fue porque confiaba en que la música siguiese sonando, aún cuando él ya no estuviera.

Para nuestros nietos, será lo que Gardel fue para nuestros padres y más aún, porque no sólo cantará cada día mejor: también pensará, y nos expresará cada día mejor. De aquí en adelante, como dijo célebremente, el asunto estará en nuestras manos. Ahora hay que decidir qué haremos con la brasa que encendió: si soplaremos hasta que arda o, al igual que en los '80, desaprovecharemos el momento clave. Como me dijo en el 2000: ojalá pase algo, y pronto, que lo conmueva todo.

El tesoro de los inocentes presenta un ultimátum: "Si no hay amor, que no haya nada". Como siempre fue un pillo —decía que su lema era: ambigüedad y confusión—, planteó el asunto por la negativa. Lo que dice allí es que la nada es preferible al desamor. ¿Pero qué pasa cuando lo que tiene lugar no es el desamor sino todo lo contrario: la efusión, la abundancia de amor, al punto de sincronizar millones de corazones para que latan al unísono?

Lo predecible sería cerrar esta semblanza con una frase suya. Prefiero acudir a los versos de aquellos que fueron para él lo mismo que él fue para nosotros. En la canción The End, los Beatles dicen: "Y al final, el amor que recibas será tanto como el amor que hayas creado".

Mirá alrededor. Vaya si creaste amor, viejo.

Como toda expresión de la vida sobre el planeta, el esplendor de los Rhus en otoño fue efímero. Es viernes 12 —transcurrió una semana, apenas, de tu muerte—, pero sus ramas ya están desnudas. Para que retorne la melena coral habrá que esperar al otoño que viene. Se nos va a hacer fácil, ahora que tenemos algo más en qué entretenernos.

Porque además de vivir y de luchar para que el amor prime sobre la nada, seguiremos pensando en vos, siempre. Siempre extrañándote.

"Decir adiós es morir un poco", escribió Raymond Chandler en The Long Goodbye. Tal vez lo que convenga ahora, dulce príncipe, sea hacer silencio.

 

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí