En una reciente publicación del Instituto Quincy, su vicepresidente Trita Parsi reflexiona sobre el motivo que impulsa las guerras interminables. En obvia referencia a las guerras libradas por Estados Unidos, señala que “las guerras se vuelven interminables cuando los líderes se convencen de que terminarlas sin victoria es políticamente más costoso que continuarlas sin esperanza. Una vez que se cae en esa trampa, cada revés se convierte en un argumento para un despliegue más, una escalada más, un año más. El objetivo pasa de lograr un resultado político realista a evitar admitir que los objetivos originales eran inalcanzables”. Añade que la historia estadounidense ofrece numerosos ejemplos de Presidentes que heredaron guerras que no habían iniciado, pero que luego no han tenido agallas para ponerle fin. “Aplazan el problema, traspasando la responsabilidad a su sucesor, quien hace lo mismo. El resultado es un ciclo de deriva estratégica en el que los costes se acumulan mientras las perspectivas de éxito disminuyen progresivamente”. Al negarse a aceptar una realidad desfavorable en el presente, preparan las condiciones para pagar un precio más elevado en el futuro. Por ese motivo, Parsi sostiene una tesis singular: si bien se debe culpar a Trump de haber iniciado, junto con Israel, la guerra ilegal contra Irán, hay que reconocerle ahora el mérito de haber roto con el patrón de otras guerras. “Los líderes políticos deben ser juzgados no solo por los errores que cometen, sino también por si tienen el valor de corregirlos”.
La guerra de Vietnam
La guerra de Vietnam es el ejemplo más notorio de una implicación cada vez más profunda en un conflicto. En el marco de la denominada Guerra Fría, el Presidente Dwight D. Eisenhower (1953-1961) incrementó la ayuda económica y militar a Vietnam del Sur en sus enfrentamientos con el Vietnam del Norte comunista, enviando asesores militares estadounidenses, pero no tropas de combate. Durante la administración de John F. Kennedy (1961-1963) se aumentó significativamente el número de asesores militares, pasando de unos cientos a más de 16.000 efectivos de apoyo. Bajo la presidencia de Lyndon B. Johnson (1963-1969) el conflicto se convirtió en una guerra en gran escala para Estados Unidos. Tras el incidente del Golfo de Tonkín, Johnson obtuvo autorización del Congreso para ampliar las operaciones militares y en 1965 envió las primeras grandes unidades de combate. El incidente fue un pretexto ideado por el secretario de Defensa, Robert McNamara, partidario de la escalada en Vietnam, que alegó que se había producido un ataque al destructor USS Maddox desde unas lanchas vietnamitas, sin que se verificara daño alguno. Con el transcurso del tiempo, el número de soldados estadounidenses llegó a superar los 500.000.
El Presidente Richard Nixon (1969-1974) redujo el número de tropas estadounidenses pero amplió el conflicto mediante bombardeos y operaciones en Camboya y Laos. Como asesor de Seguridad Nacional y luego secretario de Estado, Henry Kissinger (1969-1977) se convirtió en uno de los principales arquitectos de la política estadounidense hacia Vietnam. Mientras intentaba lograr un acuerdo negociado que permitiera una “salida honorable”, apoyó una intensificación temporal de la presión militar para negociar desde una posición de fuerza, respaldando bombardeos masivos sobre Vietnam del Norte, bombardeos secretos sobre Camboya y operaciones militares especiales en Laos. Luego Kissinger dirigió las negociaciones secretas con Le Duc Tho, que culminaron en los Acuerdos de Paz de París y pusieron fin a la guerra. Estados Unidos retiró sus tropas, los prisioneros de guerra estadounidenses fueron liberados y continuó existiendo Vietnam del Sur, al menos temporalmente.
El costo humano de esa guerra para Estados Unidos fue de 58.220 militares estadounidenses muertos y más de 153.000 heridos, dejando profundas secuelas psicológicas para cientos de miles de veteranos. El costo humano para Vietnam fue mucho mayor. Se estima una cifra que oscila en dos y tres millones de vietnamitas muertos computando civiles y militares. El costo económico para Estados Unidos, en cifras actualizadas, se estima entre uno y 1,5 billones de dólares. El costo reputacional también fue muy grande. Hasta Vietnam, Estados Unidos era percibido por muchos aliados como una potencia prácticamente invencible. La retirada de 1973 y la caída de Saigón en 1975 dañaron seriamente esa imagen. Después de la guerra surgió lo que muchos analistas llamaron el “síndrome de Vietnam”: una fuerte reticencia política y social a intervenir militarmente en conflictos lejanos, o involucrarse en guerras largas sin objetivos claramente alcanzables. Síndrome que se esfumó con la caída de la Unión Soviética y la inflamada creencia de que Estados Unidos se había convertido en el amo del mundo.

Las guerras del siglo XXI
Las guerras emprendidas por Estados Unidos en el siglo XXI, en especial la guerra contra Irak y la guerra contra Afganistán, han sido nuevas muestras de guerras interminables que provocaron miles de muertos para que al final se regresara al punto de partida. Como señala Trita Parsi, durante años el gobierno estadounidense mintió a los ciudadanos diciendo que la victoria en Afganistán estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, como se verificó posteriormente con la publicidad de los Documentos de Afganistán, el gobierno sabía que la guerra estaba a la deriva, pero temían las consecuencias políticas de admitirlo. Por ese motivo la guerra continuó hasta que, transcurridas dos décadas, los Estados Unidos se retiraron tras haber gastado más de dos billones de dólares. El resultado final, afirma Parsi, ha sido que “tras veinte años de guerra, miles de vidas estadounidenses y aliadas perdidas, y cientos de miles de bajas afganas, Estados Unidos volvió al punto de partida: había sustituido a los talibanes por los mismos talibanes”. Añade que esta es la maldición de la guerra interminable: “Negarse a aceptar una realidad desfavorable hoy solo garantiza una factura más alta mañana”.
Con la reciente guerra contra Irán, Estados Unidos parecía estar a punto de introducirse en el pantano de otra guerra interminable. Aparentemente, Trump, a pesar de sus bravatas y las frases desdeñosas hacia los rivales, ha reconocido que la guerra contra Irán “podría haber causado una depresión internacional” (“It could have caused an international depression”). Hizo esta declaración ante la prensa el 17 de junio de 2026, tras la firma de un acuerdo de paz interino con Teherán en el marco de la cumbre del G7 en Francia. Trump admitió de este modo que la amenaza de un colapso financiero global ha sido una de las razones principales para detener los ataques y buscar una salida diplomática. Este pragmatismo de última hora ha desatado la ira no solo de neoconservadores republicanos sino también de algunos representantes y senadores demócratas, que han atacado a Trump denunciando su debilidad ante Irán. A estos sectores demócratas pro imperio se dirige Trita Parsi, señalando que esas críticas “son particularmente decepcionantes porque recuerdan las mismas tácticas de mala fe que los republicanos emplearon contra el JCPOA en 2015”. (El Joint Comprehensive Plan of Action, traducido al español como Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), es el acuerdo nuclear con Irán que se firmó durante el gobierno de Obama.)
En opinión de Trita Parsi, si bien Trump se pasó años atacando el acuerdo de Obama con una avalancha de argumentos engañosos y afirmaciones exageradas, eso no justifica que los demócratas le devuelvan el favor. Sin duda que el Presidente Trump es responsable de haber desatado la guerra, pero si los demócratas contribuyen a sabotear el memorando de entendimiento y la guerra se reanuda, serán corresponsables de lo que suceda. “Los demócratas pueden condenar la decisión de iniciarla sin sabotear el acuerdo que la pone fin. Pueden exigirle responsabilidades a Trump sin ayudar a Netanyahu a arrastrar a Estados Unidos de nuevo al conflicto. La disyuntiva que tienen ante sí no es entre oponerse a Trump y apoyar la paz, sino entre aprender de las interminables guerras de Estados Unidos y repetirlas”.
Trita Parsi y el Quincy Institute
Trita Parsi ha sido asesor de Obama y es considerado el artífice diplomático del acuerdo nuclear que Estados Unidos firmó con Irán en 2015. Según los registros de visitas, Parsi visitó la Casa Blanca más de 30 veces antes de que se alcanzara el acuerdo nuclear entre Estados Unidos e Irán. Actualmente es vicepresidente del Quincy Institute for Responsible Statecraft (Instituto Quincy para el Arte de Gobernar Responsablemente), un laboratorio de ideas estadounidense fundado en 2019 que adopta el nombre del ex Presidente y antiguo secretario de Estado John Quincy Adams. Como asociación civil pacifista aboga por reducir la presencia militar estadounidense en todo el mundo y poner fin a lo que describe como las “guerras interminables” de Washington en Oriente Medio. Ha presionado enérgicamente para que Estados Unidos minimice su apoyo militar a Israel denunciando la influencia del lobby israelí en la política norteamericana.
Trita Parsi se ha convertido en una figura muy consultada en las redes sociales por los comunicadores y podcasts más conocidos del momento actual. La revista Washingtonian lo ha incluido repetidamente entre las 25 personas más influyentes en el sector de política exterior de Washington DC. Se destaca por su tono sereno y extremadamente didáctico al abordar la explicación de los conflictos internacionales. Una reciente entrevista realizada por Tucker Carlson, de casi dos horas de duración, permite conocer las opiniones de Trita Parsi sobre los factores que llevaron a la reciente guerra con Irán.
Un rasgo notable del Quincy Institute es que su estrategia consiste en influir sin prejuicios, buscando apoyos tanto en la izquierda como en la derecha de la política estadounidense, para que una política exterior menos belicista sea adoptada conjuntamente por republicanos y demócratas. Por este motivo ha conseguido financiarse con una mezcla ideológica de donantes, desde la conservadora Fundación Charles Koch hasta las progresistas fundaciones Open Society, pasando por instituciones filantrópicas como la Carnegie Corporation y la Fundación Ford. El presidente de Quincy Institute es Stephen Heintz, quien es también presidente y director ejecutivo del Rockefeller Brothers Fund, una fundación que afirma promover el cambio social. En 2024, muchos partidarios de la línea dura contra Irán quedaron sorprendidos cuando JD Vance, entonces senador estadounidense por Ohio, pronunció un discurso sobre política exterior en una conferencia organizada conjuntamente por Quincy y The American Conservative, con Parsi sentado en primera fila.
Un presunto intento de deportación

Parsi nació en Irán, creció en Suecia, ha vivido en Estados Unidos durante más de 25 años y posee la residencia permanente (tarjeta verde). Según la publicación neoconservadora The Free Press, el Departamento de Estado habría iniciado una investigación sobre Parsi y podría intentar deportarlo. Parsi ha restado importancia a esa información, atribuyéndola a los intentos por desacreditarlo de los sectores belicistas de los Estados Unidos. El prestigio del Quincy Institute y el reconocimiento público que ha alcanzado la figura de Trita Parsi no permiten pensar que el esfuerzo dirigido a neutralizar el pensamiento crítico contra las guerras interminables tenga éxito. El lema del Quincy Institute es una frase del ex Presidente John Quincy Adams en la que proclama que “Estados Unidos no debe ir al extranjero en busca de monstruos que destruir”. Fue pronunciada el 4 de julio de 1821 durante el discurso del Día de la Independencia y, como puede apreciarse, goza de notable actualidad.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí