De repente, hace ya más de diez años, entró a la escena pública argentina una “persona-personaje estelar” llamada Javier Milei. En términos históricos, diez años parecen decir poco, aunque en un país tan vertiginoso y cambiante como la Argentina pueden sentirse como un siglo. Milei, con un calculado sentido del espectáculo, olió sangre y se convirtió vertiginosamente en legislador nacional bajo una progresiva corporización mesiánica. Suerte de showman mediático, se enredaba en los cruces televisivos con sus antagonistas –que eran todos– “por la dificultad de hacerse entender como deseaba”, escribe Juan José Becerra en su ensayo Milei, fenómeno verbal (Siglo XXI), libro que se suma a una ya frondosa literatura alrededor de su figura, desde la notable biografía no autorizada El loco (Planeta), de Juan Luis González, o los precursores análisis de Pablo Semán.
Esa dificultad “lo llevaba a la confusión teórica, el revoleo de números inconsistentes y el malhumor, pero esas apariciones dejaban en el aire un efecto que se fue convirtiendo en una mitología. Si no alcanzaba a desarrollar los frondosos postulados de sus ideas en su totalidad, no era porque no supiera, sino porque sabía demasiado. Tanto sabía que no lo podía contar”, continúa Becerra sobre la irrupción de Milei en la escena televisiva y, por elevación, en la escena política.
En ese olfateo de sangre fue encendiendo la llama de la agresividad, y la guerra maximalista que detectó el por entonces ignoto economista fue la del mercado versus el Estado, con su variante libertad versus comunismo. Sin pudores y en un idioma anti-diplomático, a la vez Milei introdujo en su discurso político gran parte de los hechos relevantes de su vida, incluyendo los más dolorosos. El resultado, en palabras de Becerra, fue la inversión de la persona-personaje en personaje-persona “que llega a la presidencia de la nación con las ventajas que tienen por un tiempo las novedades”. Expresado de esa forma, parece el guion narrativo de un absurdo, algo que suena a un enfoque reduccionista sin auscultar la sociedad que le dio cobijo y apoyo, y esa sensación, pese a la agudeza de Becerra, se respira en varios tramos del ensayo.
Poco a poco, entrampado en la lengua de la descalificación masiva de la política y de los políticos, sin la gentileza de darle una excepción a la regla, Becerra analiza que Milei fue cayendo al abismo de la paradoja. “La causa es que él está entrando a la política con la voluntad de protagonizarla, y en ese viaje empieza a percibirse que su programa consiste en llegar para no estar, es decir, en obtener un poder público para concederlo (al mercado, que ya lo tiene)”, expone Becerra, autor de otros lúcidos ensayos sobre política y sociedad argentina como Patriotas o Grasa. El periodista y escritor indaga desde el primer registro de la presencia pública de Javier Milei, en 2014, a sus credenciales como jefe de la Fundación Acordar y su obsesión verborrágica denunciando “la sombra terrible” de Keynes. La puesta en escena de un carácter que ablanda con histrionismo “la dureza de la jerga técnica”, con el favor de comunicadores como Alejandro Fantino, y que entonces hace estallar el rating con sus insultos y no sale más del ecosistema televisivo.
En un fragmento de Milei, fenómeno verbal, se lee: “Pero además del huevo anti-político, lo que se va incubando por primera vez es un ánimo, una fuerza de interpelación amenazante que encuentra, menos en sus argumentos que en la pasión que los despliega, un modo de deslizarse sorteando las dificultades que se le presentan a la razón mediante la gracia de no reconocerlas. El espectáculo impresiona porque, de golpe, hay una sola voz que absorbe los matices del conjunto, y aunque Fantino haga todo lo posible por pararlo (“¡pará, Javier!”), Milei no para porque no puede”.

En sus apariciones mediáticas Milei concedió 235 entrevistas, con casi 56 horas de aire en televisión y radio, que pasó luego a un rango de tiempo de entre dos y cuatro horas diarias en X cuando ya era Presidente. Becerra, además de reportear datos duros, interroga sus formas y modos de enunciación –Milei no es ajeno a eso, y cuando se le cuestionan sus modos violentos dice “las formas son el lenguaje de los mediocres, porque no pueden aceptar el contenido”– cuando, entre otros postulados delirantes, propone destruir el Banco Central mientras se oyen las risas en off del resto de los panelistas. Su penetración feroz en la escena pública se exacerbó al mezclar a “esa lacra asquerosa inmunda que se llama Estado” con un pedófilo en un jardín de infantes, y al mismo tiempo, la exposición desconcertante de su intimidad sexual, “de la que no importa si las anécdotas son verdaderas o falsas, sino que sean referidas como un insumo indirecto de lenguaje político en su variedad de incorrección, lo que se agrega a las otras variedades del ataque masivo a la existencia del Estado”.
Apelando a los “argentinos de bien” y a la conexión espiritual con sus perros, Milei nunca retrocede: tal vez, sugiere Becerra, sea su mayor capital político. Mediante sus intervenciones reaccionarias sin tope, entretenedor de pantallas políticas, no discute: descalifica o subestima al interlocutor y se queda siempre con la última palabra. De Robinson Crusoe a La naranja mecánica, de Monopolio y competencia, de Murray Rothbard a Los Simpson, de Julio Argentino Roca a Sócrates, reconociendo a Juan Carlos de Pablo como el padre de la criatura, las múltiples referencias –culturales, políticas, literarias, sociológicas– en Milei, fenómeno verbal cruzan “un dispositivo dramático de altísima presión en el culto de la intransigencia y la superioridad moral”. Además de un Milei oral y teatral explosivo, también hay uno que se manifiesta por escrito, y al que el propio Milei no deja de evocar con auto-indulgencia. Como lo ha demostrado su biógrafo no autorizado Juan González, lo hace impunemente en el plagio constante, “con la inclinación maníaca al subrayado, porque la letra entra con la sangre de la repetición”, según escribe Becerra, que reconoce en su figura la fuerza de la insistencia para catequizar con “las ideas de la libertad hiperbolista (invariablemente triunfalista)” como la refinada dedicatoria “Piketty, la tenés adentro”, en alusión al economista Thomas Piketty.

Un marginal de la política que asaltó el poder “aprovechando el descuido de la democracia populista”, invocando a la motosierra y a la “casta política” –dejando afuera a Menem y al menemismo– como el Mal. “Todo lo que Milei dice va a parar a un vórtice ideológico en el que confluyen, de algún modo para evaporarse antes de convertirse en sistema, los fluidos de sus máximas que rotan a toda velocidad: la bibliografía idolatrada de la escuela austríaca de economía, el preámbulo de la Constitución libertaria inscripta en su cabeza bajo la influencia del clan Benegas Lynch, el desdén por la insuficiencia de la representación democrática, los pedidos de mano dura bajo el juramento de hacer pagar las infracciones, la voluntad de supresión de ‘la casta’ y los preparativos para atacar con la motosierra los árboles improductivos que crecen en el bosque-plaga del Estado”, escribe Becerra. Centralizado en la relación entre lenguaje y política, dice que Milei le da a su llegada al gobierno una importancia que no hace falta que alguien se la adjudique. Sin embargo, al cabo de sus primeros años en el poder, Milei no sostuvo las formas verbales de sus inicios. Becerra detecta dos montajes: la del Milei incontenible en la Argentina y la del Milei prosternado hasta la lumbalgia en el extranjero. El personaje de poder se ha vuelto, de pronto, inconsistente.
¿Qué es lo que Milei parece y lo que Milei es? ¿Cuál es su saber y su habla? ¿Qué seguir haciendo con su figura? ¿Analizarlo, dejar de hablar de él, ignorarlo o discutirlo? ¿Es inevitable que cope la agenda mediática o sus permanentes dislates y performances no son otra cosa que una estrategia para sentirse inevitable? En una reciente entrevista televisiva, Alan Pauls habló de “la trampa del freak”. Aunque reconoce que alrededor de su personaje hay algo inesperado y fascinante, advirtió sobre los riesgos de analizarlo en profundidad.
Lo dijo con las siguientes palabras: “Es lo que pasa con Trump, que dice cualquier cosa y ese cualquier ‘cosismo’ lo recarga. Hay un punto en el que ese interés es una trampa mortal, uno podría escribir páginas y páginas sobre Milei, su gestualidad, su retórica, su formación, y cualquier cosa que digas sobre él conduce al freak. Eso es un logro de Milei, que desactivó la crítica. Entonces me pregunto si, más bien, no hay que desinteresarse, esquivar su figura y hablar de las cosas que realmente importan detrás de él. No hablar de Milei, sino analizar su política. El gran poder de estas nuevas criaturas es que cualquier cosa que digas sobre ellos, a favor y en contra, y las redes sociales tienen mucho que ver, va hacia ellos y los potencia exponencialmente. Es como si pusieras plata en el banco que odiás”.
Pauls llama a eliminar el personaje, a despersonalizar y desinvertir, algo con lo que Juan José Becerra no concuerda: cree necesario, entonces, armar una genealogía de la criatura –como lo hace en los capítulos “Cuanto todo era nada”, “Breve morfología de lo nuevo” y “2018: la consagración”–, diseccionar sus partes y auscultar su proyección en el tiempo –como en “Hacer la historia”, “Sueños de un país platónico” e “Instante, eternidad, silencio”–, y se detiene a preguntarse cómo su radical e iracunda figura creció en popularidad a una velocidad imposible de medir. El hombre en acción, por encima de todo, y su “verbografía”.
“Su operación consiste en entrar a una situación en la que, por agresión o exclusión, hable él solo, desenganchado de la realidad de los otros, y a veces de la propia, para que sus parlamentos ‘puros’ tengan el solipsismo del sueño”, ejemplifica, en otro fragmento sobre su modus operandi verbal. Y luego: “No hay saber más allá de él, lo que lo inviste de una autoridad ‘natural’ en todos los debates, al tiempo que rechaza olímpicamente la de los demás, introduciendo un extraño modo de conversación basado en el monólogo, por no llamarlo de un modo más técnico ‘monólogo silencioso’, como llamó Borges al monólogo interior de Molly Bloom en Ulises, de James Joyce, en el sentido de monólogo interior en estado de expresionismo”.
Si Milei acelera a la par de una sociedad híper apremiada, el lugar del ensayista-periodista, sugiere Becerra, es el de frenar, categorizar, interpretar, desmenuzar, asociar, historizar. Milei, según el autor, lo sabe al dedillo: no hay nada más real que la realidad inventada. Él es su potencia.

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