La cárcel expandida

La hipercriminalización de los jóvenes pobres

Ilustración: Mauro Gentile.

 

Por estos días se publica un libro que no debería pasar desapercibido para quienes investigan la relación entre ley penal y juventudes. Me refiero a Castigados, vigilando la vida de jóvenes negros y latinos (originalmente Punished, Policing the Lives of Black and Latino Boys - 2011), de Victor M. Rios, actual profesor de la Universidad de California. Que este libro aparezca en español por iniciativa de la Universidad Nacional de Quilmes tiene un valor político e intelectual evidente. No se trata solo de traducir un texto central de la sociología del castigo contemporánea, sino de poner en circulación, para América Latina, una gramática conceptual capaz de dialogar con nuestros barrios, nuestras escuelas, nuestras policías, nuestros programas de “acompañamiento” (que ahora pasarán a llamarse “supervisores”) y nuestras formas de etiquetar a los pobres.

En ese sentido, destaco la labor intelectual de Nahuel Roldán, quien ya viene realizando una tarea sostenida de traducción dentro de esa misma colección —como las de Alice Goffman y Jack Katz— con una sensibilidad poco frecuente: conserva la textura etnográfica, la tensión conceptual y el registro moral de textos escritos desde adentro de escenas sociales complejas, sin aplanarlos en un castellano burocrático ni traicionar su espesor político. Vale señalar que en libros como este, la traducción del inglés no es una simple operación técnica; es la construcción de un puente de inteligibilidad entre tradiciones críticas del norte global y los problemas urgentes de nuestras periferias urbanas.

La obra llega en un momento particularmente fértil para su lectura. No sólo porque la cuestión penal juvenil ha vuelto a ocupar el centro del debate público argentino, sino porque permite nombrar algo que —entre nosotros— se expande cada vez a mayor velocidad y que Ríos bautiza hipercriminalización. Un fenómeno complejo que atraviesa a las juventudes pobres en forma reticular y que otro de los mentores de este libro, el profesor Esteban Rodríguez Alzueta, ya viene analizando de manera pormenorizada en este medio.

 

El fantasma de Jack London

No creo que sea casual que Castigados abra con una cita de Jack London: “Ustedes no saben nada, nada de nada sobre la clase trabajadora. Su sociología es tan falsa e inútil como la metodología de sus razonamientos” (pertenece a El talón de hierro). Se trata de una referencia que, de entrada, le sirve a Ríos para presentarse al lector. No como observador externo que aterriza en Oakland para describir la “subcultura” de las pandillas como si se tratara de una fauna exótica. El autor proviene de ese mismo mundo: fue un joven latino de esos barrios de Oakland, cercano a esas pandillas, expuesto al castigo, al etiquetamiento y a la lógica del control. Y ese dato biográfico no funciona como adorno autobiográfico, sino como principio metodológico que se inscribe, aunque con un giro propio, en una tradición que podría vincularse con la llamada criminología del convicto (John Irwin, 1973): un tipo de criminología hecha por sujetos que padecieron la experiencia de aquello que están investigando.

De joven pandillero un día a convertirse en sociólogo más tarde, ese pasaje en la vida de Victor Rios hace de la investigación algo fascinante, a la vez que rara en su especie. ¿Cuántos jóvenes pobres de los barrios han logrado llegar a hacer ese salto? Extraordinariamente el autor ha podido romper con todas las trabas que le impedían semejante ascenso social, y su vuelta al barrio se convierte en la excusa para tratar de comprender e investigar qué es lo que ha pasado para que él sí pudiera lograrlo y otros no. Estudiar los precisos límites que mantienen y mantuvieron a raya a sus pares para impedirles salir de su situación. Y allí es donde aparecen las mallas del sistema punitivo.

El seguimiento de las trayectorias de los cuarenta jóvenes que eran como él antes de que pudiera convertirse en profesor consagrado de la Universidad de California es la trama de la investigación. Los sigue a sol y sombra, mientras describe esas vidas y su relación con el sistema de control social que los tiene cercados. En ese recorrido, el libro plantea un despliegue semejante a una novela de aventuras.

 

El autor, Victor M. Rios.

 

Es lógico que tal investigación no habría sido posible sin esa proximidad social que une a los investigados con el investigador. Son esos mismos jóvenes los que perciben a Victor Rios como un par, alguien que les da la suficiente confianza para que les permita seguirlos, mientras no se entrometa en sus vidas como sí lo hacen los efectores de vigilancia.

Pero el espectro de Jack London en la cita inicial también se trata de un homenaje implícito: el joven London de fines del siglo XIX, el muchacho que nació y recorrió los márgenes obreros de Oakland, de Londres (recordemos The People of the Abyss, 1903), que conoció la precariedad, el trabajo embrutecedor, la deriva callejera (Martin Eden, 1909), la violencia de la competencia social y la rabia de clase (The Iron Heel, 1908), aparece aquí como una figura tutelar para leer otra Oakland, la del siglo XXI. Me refiero al encarcelamiento masivo y la guerra contra las juventudes racializadas.

Si bien entre el Oakland de London y el Oakland de Ríos hay un siglo de distancia, podría hallarse una línea común –claro que bajo una mutación profunda de la cuestión social y del capitalismo urbano–, pero también una continuidad de fondo: la ciudad como laboratorio de desigualdad, la experiencia plebeya del desprecio y la sospecha, la intuición de que las clases populares no pueden ser pensadas sólo como objeto de intervención, sino como sujetos que responden, desobedecen, resisten y también se destruyen en ese forcejeo.

 

Más allá de London y Foucault

La tesis general de Ríos podría formularse de manera relativamente simple: los jóvenes negros y latinos de Oakland no son criminalizados sólo por lo que hacen, sino por un régimen de vigilancia y castigo que los constituye como sospechosos a través de una red de instituciones —policía, escuela, sistema de probation, comercios, familias, centros comunitarios, tribunales, programas sociales— que operan de manera coordinada, aunque no siempre formalmente articulada. Como ya dijimos, Ríos llama a ese proceso hipercriminalización.

Con ese concepto pretende nombrar algo más amplio que la persecución penal clásica y más denso que la mera estigmatización que trabaja Erving Goffman. La hipercriminalización designa una forma de gobierno que convierte la vida cotidiana de ciertos jóvenes en un espacio saturado de sospecha: se los vigila en la escuela, se los detiene en la calle, se los expulsa de comercios, se los hostiga en centros comunitarios, se los registra, se los corrige, se los sermonea, se los identifica como problema antes incluso de que hayan cometido un delito.

En ese sentido, Castigados es un libro sobre el castigo, pero no sobre la cárcel en sentido estricto. Es un libro sobre la cárcel expandida, reticulada en los tejidos sociales. Sobre la manera en que la lógica penal desborda al sistema judicial y se derrama sobre instituciones supuestamente dedicadas a la contención y socialización disciplinaria: educativas, asistenciales o familiares, pero que en el signo XXI asumen un rediseño punitivo.

Si el joven pobre del siglo XX podía todavía imaginar a la escuela como un lugar de ascenso, o al barrio como un espacio de socialización relativamente autónomo, los adolescentes que Ríos acompaña parecen moverse en una topografía mucho más asfixiante: cada institución que toca su vida está ya contaminada por la gramática del control. La policía no empieza ni termina en la policía. La escuela se vuelve policía; el programa comunitario se vuelve policía; la familia forzada por el estigma y por la presión institucional termina a veces administrando funciones policiales. No hay aquí un panóptico clásico en el sentido foucaultiano: un centro soberano que observa desde una torre. Hay más bien una vigilancia difusa, omnidireccional, capilar, una red de microintervenciones que producen al joven como amenaza (“Un día, tal vez, el siglo será deleuziano”).

La originalidad del libro, sin embargo, no reside solo en la descripción de esa maquinaria excluyente. Otros autores —desde la criminología crítica hasta la sociología urbana y la teoría del encarcelamiento masivo— habían mostrado ya la selectividad racial del castigo, la expansión del control punitivo y el vínculo entre desigualdad y penalidad (De Giorgi, 2002; Loïc Wacquant, 2000, Jock Young, 2000, entre otros). Lo que Ríos agrega a esa línea de pensamiento es la atención al momento interactivo en que la criminalización genera sus propias respuestas. Es decir: no solo qué hace el sistema con los jóvenes, sino qué hacen los jóvenes con el sistema cuando son interpelados, humillados, vigilados o expulsados. En ese pliegue aparece la noción de resistencia.

 

Un paquete de papas fritas

Ríos discute de manera explícita con una parte de la tradición sociológica que estudió la desviación juvenil sin detenerse suficientemente en el punto de la resistencia como elemento político. El libro dialoga con Paul Willis, Robin Kelley, James Scott, con la idea de cultura de oposición, con la “infrapolítica” de los grupos subordinados, y con la posibilidad de leer ciertos actos no como mero fracaso moral sino como prácticas de dignificación, insubordinación o afirmación.

Pero Ríos no adopta ese vocabulario para romantizar a sus interlocutores ni para revestir de épica cualquier conducta transgresora. Lo usa para formular una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la búsqueda de respeto, agencia o dignidad se produce dentro de un campo donde toda respuesta ya está previamente codificada como signo de peligrosidad?

La escena de la bolsa de papas fritas es probablemente la mejor condensación de esa pregunta, y una de las escenas etnográficas más potentes del libro. Un grupo de jóvenes entra a una tienda. El empleado les impone la regla de que sólo pueden entrar de a dos, los sigue con la mirada, los trata como potenciales ladrones. Mike, uno de los chicos, toma una bolsa de papas fritas de veinticinco centavos y se la lleva sin pagar. La interpretación convencional es obvia: un pequeño robo, un impulso delictivo de apropiarse de lo ajeno. Pero Ríos hace la pregunta correcta: si quería robar, ¿por qué eligió algo tan insignificante? ¿Por qué no llevarse algo más caro, más útil, más rentable? La respuesta de Mike es decisiva: no lo hizo por necesidad material ni por cálculo económico. Lo hizo para mostrarle al empleado que no podía tratarlo de ese modo. Lo hizo, en sus términos, para que no lo “jodiera más”.

Lo importante no son las papas fritas; lo importante es la humillación que las antecede (confieso que esta parte del libro me trasladó a escenas de cuando era defensor penal juvenil y en las que me tocó asistir en el caso del robo de una botella de vino por parte de un pibe que quiso desafiar al almacenero). Ese robo no era el punto de partida, sino la réplica de algo más complejo. Un gesto de resistencia mínimo, contraproducente, casi ridículo si se lo mide por su resultado, pero cargado de sentido si se lo sitúa en la secuencia moral que lo produce.

La resistencia existe, sí, pero el sistema ha aprendido a metabolizarla. Los jóvenes se rebelan, se niegan a agachar la cabeza, devuelven el golpe, desafían reglas absurdas, producen pequeños actos de oposición, buscan respeto. Sin embargo, lo paradójico es que esa misma búsqueda de dignidad puede empujarlos más adentro del circuito penal. La rebeldía se convierte en prueba de peligrosidad. La insolencia confirma el expediente por el que luego serán atrapados.

Pero el sistema eso no lo lee. Es lineal y solo sabe leer un crimen. De hecho Mike, que queda preso a los pocos días a consecuencia del episodio, no robó una mercancía; robó una situación para protestar.

 

La policía de las escuelas

Otra de las contribuciones es mostrar que la penalización de los jóvenes pobres no ocurre únicamente en la calle o en el juzgado, sino en el aula, en el pasillo escolar, en la oficina del director, en el control de asistencia, en las sanciones disciplinarias, en la expulsión de determinados cuerpos y estilos del espacio educativo. Ríos describe una escuela que ya no aparece como refugio frente a la violencia del barrio, sino como parte de la maquinaria que clasifica, marca y corrige. Los jóvenes aprenden pronto que la escuela puede tratarlos con el mismo lenguaje de sospecha que la policía. La frontera entre disciplina escolar y control penal se vuelve porosa. Allí donde la retórica pública sigue prometiendo el proyecto de inclusión, la realidad comienza a mostrar otra cosa.

Esa intuición vuelve a Castigados extraordinariamente legible en América Latina, donde la cuestión de lo penal en la escuela se ha convertido en una zona cada vez más decisiva del gobierno de las infancias populares. La escuela como institución de detección temprana de “conductas problema”, como espacio de derivación a dispositivos judiciales o policiales, como ámbito donde se ensayan repertorios de vigilancia que luego se naturalizan fuera de ella.

La criminalización no empieza cuando un adolescente entra en una comisaría; puede empezar mucho antes, cuando aprende que su cuerpo, su ropa, su forma de hablar, su grupo de amigos o su sola presencia en un espacio son ya un indicio.

 

La policía de las familias

La familia y el espacio comunitario tampoco queda afuera de este circuito. El sistema penal y para-penal puede transferir a los padres y referentes un estigma de cortesía: no sólo se criminaliza al joven, sino también a quienes lo rodean, a quienes son obligados a justificarlo, vigilarlo o corregirlo. La madre que debe responder ante la escuela, el padre convocado por la probation, la familia convertida así en auxiliar del control punitivo: todos terminan envueltos en la administración cotidiana del castigo. La vida doméstica se reorganiza alrededor del expediente penal, la comparecencia, el control de horarios, la delación y la sospecha compartida.

 

Aportes para lo que se viene

Leído desde la Argentina de hoy, este libro gana una resonancia adicional. No porque Oakland y el Conurbano sean lo mismo, ni porque el sistema penal estadounidense pueda trasplantarse —sin mediaciones— a nuestra historia; sino porque Castigados ofrece una teoría para pensar el presente local.

La sanción del nuevo Régimen Penal Juvenil —Ley 27.801, promulgada en marzo de 2026— redujo la edad de imputabilidad a los 14 años y consolidó una agenda de endurecimiento penal bajo la retórica de la seguridad, la responsabilidad y el fin del “garantismo”. El discurso oficial celebró la reforma en nombre del “orden” y de la idea de que “el que las hace, las paga”. Organismos de derechos humanos y agencias internacionales, en cambio, advierten que la privación de libertad de adolescentes debe ser el último recurso y que una reforma compatible con la Convención sobre los Derechos del Niño no debería endurecer penas ni bajar la edad de responsabilidad penal. Más allá de la discusión jurídica, lo relevante aquí es que la ley cristaliza un clima político en el que la respuesta a la conflictividad social vuelve a formularse, una vez más, en clave punitiva. Por lo que libros como el de Ríos, aportan una mirada enriquecedora. Porque la pregunta ya no sería “qué hacer con los adolescentes que delinquen”, sino “qué tipo de sociedad fabrica las condiciones sociales para que ciertos adolescentes sean pensados —ante todo— como futuros imputados de delitos”.

Y en esto la hipercriminalización argentina adopta gramáticas propias: la expansión de dispositivos de control territorial, la conversión de la escuela en espacio de detección y corrección de “conductas peligrosas”, la gestión policial de la pobreza juvenil, la judicialización temprana de conflictos que antes se resolvían en otras tramas institucionales tutelares, la instalación de discursos de guerra cultural contra el “menor delincuente”, el uso de bases de datos, mapas de riesgo y herramientas predictivas —Palantir mediante— para clasificar poblaciones enteras. Insisto, lo que ya está, y también lo que se viene.

 

 

 

Castigados, vigilando la vida de jóvenes negros y latinos

Traducción de Nahuel Roldán.

Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 2025, 265 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El autor

Victor M. Rios es profesor de Sociología en la Universidad de California, Santa Bárbara. Es también autor de Human Targets (2017), fue associate dean de Ciencias Sociales y participa en proyectos comunitarios y educativos para la juventud. Su historia y labor inspiraron el documental The Pushouts (2018).

 

 

 

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