El Papa León XIV publicó su primera encíclica, en línea con la elección de su nombre. La firmó el mismo día (135 años después) de la publicación de la emblemática Rerum Novarum del papa León XIII, que constituyó un hito fundamental en el camino dinámico de discernimiento comunitario sobre la realidad desde el Evangelio que llamamos Doctrina Social de la Iglesia (en adelante DSI). Magnifica Humanitas hace una recorrida de ese camino que tiene detrás, como estrato y fundamento indispensable para edificar una reflexión actual. A la vez reafirma los principios fundamentales que la sostienen.
Magnifica Humanitas ofrece un diagnóstico moral de las “cosas nuevas” en el primer cuarto del siglo XXI: múltiples formas contemporáneas de degradación de la dignidad humana; los peligros del avance de la inteligencia artificial como reemplazo de la actividad humana en una suerte de transhumanismo o poshumanismo, sin los debidos controles que la mantengan en el status de herramienta subordinada a las necesidades y la dignidad humana; el avance del paradigma tecnocrático y el poder digital que transforman drásticamente la gobernanza, la política y muchas otras actividades humanas; la dignidad amenazada de valores fundamentales como la verdad, la libertad y el trabajo; el peligro de una libertad económica anclada en la meritocracia y la concentración de riqueza, sin Estado presente que pueda asegurar un crecimiento inclusivo desde el vamos y no un teórico derrame “al final” del camino.
1. Un aporte importante a la disputa por el sentido
Los procesos de ascenso de las ultraderechas (o “derechas alternativas”) y la hegemonía de los súper-ricos en la dinámica del capitalismo global están disputando la calle y el sentido común. Las estructuras nacidas a la sombra de la era industrial y la posguerra (los partidos políticos, los medios de comunicación, los derechos humanos, el derecho internacional, los derechos sociales, la paz social, la asistencia del Estado para compensar desigualdades, la necesidad de la solidaridad entre los pueblos, el multilateralismo, la democracia y sus instituciones, etc.) parecen ceder terreno contra aquello que Pablo Stefanoni llama el malismo: la naturalización de la crueldad, el individualismo exacerbado y la violencia, los liderazgos iluminados, la estigmatización de pobres, discapacitados, enfermos, migrantes, homosexuales, transexuales y demás diversidades identitarias, etc.
La palabra del Papa puede insertarse en esta disputa por el sentido, advirtiendo sobre el peligro de la deshumanización y apelando a dos coloridas imágenes bíblicas: la “Torre de Babel”, que homogeneiza las lenguas y busca alcanzar el cielo, y “el camino de Nehemías”, la reconstrucción de los muros de Jerusalén desde la responsabilidad compartida del pueblo. Ambas buscan representar la polarización del mundo en dos proyecciones antagónicas: un extremo donde la idolatría del lucro sacrifica a los débiles, la uniformidad aplana las diferencias y donde se pretende un lenguaje único (el digital), reduciendo a las personas a datos y rendimientos. En el otro extremo, un mundo reconstruido desde la pluralidad de voces y visiones, edificado solidariamente, convirtiendo la diversidad en un recurso, y haciendo de la escucha y el diálogo un terreno fértil donde puedan crecer la justicia y la fraternidad. Edificar el bien común significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que hay que corregir (n° 8-10). También implica aceptar con sinceridad que esa fragilidad atraviesa a la Iglesia y no debe encubrirla ni maquillarla sino aceptarla con franqueza.
2. La Iglesia no es dueña de la verdad
Es positivo decir que:
“la Iglesia ‘no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad’, porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir” (…) “es una verdad que no teme a la diversidad, sino que la acoge y la ordena; que no elimina los conflictos, sino que los transfigura; que recompone lo que la historia tiende a dispersar. De ahí también la imagen del poliedro, una figura de muchas caras donde se refleja, desde diferentes ángulos, la misma verdad del Evangelio” (cf. n° 25).
Estas líneas de reflexión deben encarnarse en actitudes personales, comunitarias e institucionales de la Iglesia para crecer en la comprensión y el diálogo con un mundo cambiante y complejo, para crecer en una actitud de aprendizaje. La Iglesia como dueña de la verdad es una auto-percepción que cuesta deconstruir y es preciso avanzar en la línea de una Iglesia al servicio de la humanidad y los pobres, que se sienta parte del mundo, que acepte la dimensión política de su misión, en cuanto ayuda a organizar y construir un mundo de hermanos sin negar su tarea evangelizadora y pastoral.
De la mano de esta reflexión aparece una precisión importante:
“la DSI se muestra en su faceta más auténtica: no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario” (n° 27).
El pensamiento social de la Iglesia es dinámico, debe ir escuchando los signos de los tiempos, pero más que nada debe reflexionar sobre la realidad social, económica, cultural, incorporando las voces de abajo. Esa reflexión sobre la realidad debe surgir del discernimiento comunitario, partiendo del Evangelio y los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia, la reflexión histórica de los Papas, pero debe consolidarse como elaboración de las comunidades que sufren el peso de la injusticia y la marginación. Cada iglesia particular debería tener un espacio de procesamiento de lo que sucede en la realidad social, política o económica y alzar una voz profética sobre las circunstancias propias de su contexto local, que surja del discernimiento de la comunidad diocesana, articulada con las luchas populares, que diseñe lineamientos para la acción y el compromiso. Es necesario superar una Iglesia que enseña desde arriba, y construir una Iglesia que aprende desde abajo, desde los pobres y las víctimas. Documentos papales escritos cada diez o veinte pueden servir de referencia, pero los procesos de configuración del mundo son lo suficientemente vertiginosos como para que exijan un discernimiento permanente de la realidad y una elaboración de acciones urgentes y compromisos evangélicos con las causas del pueblo y los pobres.
3. ¿Qué estamos construyendo?
“Estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿qué estamos construyendo? Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, nosotros, los creyentes, debemos y podemos elegir en qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la magnífica humanidad que nos ha sido brindada como don. No se trata de una decisión sobre nuestro futuro, sino sobre nuestro presente, porque la IA y las demás tecnologías emergentes ya son parte de nuestra vida cotidiana” (n° 90)
La pregunta acerca de qué proyecto “estamos” construyendo quizás simplifica en demasía que ese proyecto de mundo híper-tecnologizado, desigual, que produce enormes cantidades de riqueza concentrada en pocas manos, no es una “construcción colectiva” sino la determinación de una minoría con mucho poder impuesta globalmente. Tal vez lo primero sería constatar que no “estamos” construyendo sino que “nos están” construyendo un mundo para pocos desde los centros de poder acumulado que largamente ya excede a los Estados y que se asienta en manos de gigantes privados que están más allá de los sistemas democráticos. Nadie los elige, pero diseñan e imponen un proyecto de mundo. ¿Tenemos que dialogar con esos actores o tenemos que confrontarlos desde los valores del Evangelio y el humanismo cristiano?
En este sentido, llama la atención que en la presentación de Magnifica Humanitas estuviera presente como invitado Christopher Olah, cofundador de Anthropic, empresa norteamericana de desarrollo e investigación de inteligencia artificial. Puede entenderse que se haya querido dialogar acerca de la inteligencia artificial con quienes se especializan en su desarrollo e implementación para nutrir la discusión con sus protagonistas. Pero a la vez es contradictorio. En esa mesa están ausentes las víctimas, no solo de los usos anti humanos de la inteligencia artificial para la guerra, la cíber-vigilancia, el control y sometimiento de masas. Están ausentes los pobres, los desplazados, los desempleados a manos de la especialización tecnológica o el reemplazo de tareas humanas. El desarrollo de la inteligencia artificial y la economía digital se nutren del trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados de manera precaria en la extracción de los recursos necesarios para la producción de los dispositivos y microprocesadores en los que se basa la inteligencia artificial. Adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas para procesar las tierras raras utilizadas en los procesadores. Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa. Redes criminales también utilizan plataformas en internet, sistemas de mensajería, pagos anónimos y técnicas de perfilado para reclutar, controlar y trasladar a víctimas de la trata (cf. n° 173). Una mesa de diálogo incompleta con voces silenciadas.
A Anthropic lo financian Amazon, Google, BlackRock, entre otros gigantes que construyen e imponen ese mundo distópico que la encíclica cuestiona. El mundo tecnocrático de riqueza híper concentrada que sueñan sus líderes y financiadores, (como el megamillonario Peter Thiel y su empresa Palantir) es un orden global sin democracia basado en la inteligencia artificial y el software de defensa masiva. Un mundo de soberanía privatizada sin participación de las masas con una especie de élite transhumanista donde las decisiones no se toman en los parlamentos sino que quedarían en manos de algoritmos poco transparentes y de megamillonarios iluminados. En 2011, Peter Thiel lanzó una propuesta: pagarle 100.000 dólares a jóvenes brillantes con la condición de que dejaran la universidad (o no entraran) para dedicarse a investigar o crear empresas por su cuenta. Olah, un joven de 19 años, fue uno de ellos.
¿Es productivo dialogar o invitar a la mesa a los tecnolibertarios de Silicon Valley? ¿No estaría más en línea con lo propuesto por el Papa Francisco dialogar y construir un mundo más justo desde abajo, desde las periferias existenciales, desde los movimientos populares y las causas de los pobres? ¿No hay técnicos idóneos en las universidades públicas a quienes consultar acerca de las amenazas y oportunidades de la inteligencia artificial?
4. Los límites del diagnóstico moral
“La Doctrina Social de la Iglesia no se puede contentar con denunciar los efectos del capitalismo sin tocar sus causas estructurales. Debe ir más allá de la moral y acercarse a la economía política”.
Francois Houtart. Deslegitimar el capitalismo y reconstruir la esperanza (2011)
Uno de los mentores del importante e histórico Foro Social Mundial, Francois Houtart (1925-2017), valoró de distintas maneras que la Doctrina Social de la Iglesia haya hecho esfuerzos importantes por interpretar la realidad social a la luz del Evangelio, destacando sus principios fundamentales. En su opinión, la Doctrina Social de la Iglesia denuncia los excesos del capitalismo (como la pobreza, el desempleo, la marginación), pero no cuestiona profundamente las estructuras del sistema capitalista. El problema no es solo la mala gestión del capitalismo, sino el modelo de acumulación en sí mismo. Según Houtart, muchas veces el magisterio eclesiástico (encíclicas, catequesis, declaraciones) reemplaza el análisis sociopolítico concreto, lo cual lleva a respuestas abstractas, idealistas o moralizantes. En lugar de cuestionar las causas estructurales de la pobreza, la exclusión o la crisis ambiental, se recurre a enseñanzas generales sobre la dignidad humana o la paz social, sin denunciar claramente el papel del capitalismo global.
La Iglesia corre el riesgo de quedar como mera “observadora moral”, en lugar de ser un actor comprometido con los procesos de liberación y justicia social. Es llamativo que ni en los documentos del Papa Francisco, ni en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia aparezca la palabra “capitalismo”. Magnifica Humanitas tampoco lo menciona. Quizá sea hora ya de abandonar una posición de observación o de temor reverencial y asumir la construcción de alternativas e incluso cuestionar las raíces de un sistema que tiene en su centro la acumulación de capital para pensar en un sistema mundial que ponga en el centro la necesidad humana y la superación de las desigualdades.
* Marcelo Ciaramella integra el Grupo de Curas en la Opción por las y los Pobres.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí