Un paseo patagónico

La Ley de Tierras y el sur como un lugar vacío

Campamento indígena, ilustración del libro de Florence Coline Dixie.

 

Se sabe que los ingleses son grandes viajeros y, en un muchos casos, apropiadores el mundo. También es notable cómo, hacia fines del siglo XIX, la Patagonia en su extensión se convirtió en lugar de exploración científica, más allá de las conocidas aventuras de Darwin. De él sabemos que pasó por estas tierras, conoció a Don Juan Manuel de Rosas, se asombró con los ombúes y vio cómo los gauchos cocinaban las vacas sobre fuego y con cuero. Más tarde vería lo mismo en las islas Galápagos, donde grandes quelonios eran asados dentro de sus caparazones.

Pero también hubo otros viajeros, ávidos por el exotismo y el conocimiento natural. La brecha abierta durante tantos años de navegación por los siete mares, las historias escuchadas y el avance incontenible del mundo científico hicieron de la curiosidad por el saber una forma de viajar que no siempre estuvo sostenida por científicos. Así, muchos jóvenes iniciaron sus travesías, relevaron distintos lugares del mundo y los registraron en sus cuadernos de viaje.

Hubo mujeres que se atrevieron a hacerlo, demostrando audacia para la época: atravesaron mares y llegaron a tierras y paraísos que jamás hubieran imaginado. Nuestra Patagonia supo recibirlas y es algo muy interesante de profundizar.

En los años ‘90 del siglo XIX, cuando se inicia un proceso de extranjerización de tierras en el país —muy importante el caso de Benetton, con miles de hectáreas lanares en la Patagonia—, el italiano difundía propagandas humanistas y disruptivas sobre la interacción étnica o el SIDA. También lanzó una colección editorial, donde uno de esos libros estaba dedicado a una viajera por la Patagonia.

Ese libro se llamaba A través de la Patagonia y su autora era la escocesa Florence Coline Dixie, quien tenía 21 años cuando llegó a Punta Arenas y recorrió a caballo la Patagonia chilena y argentina durante 60 días. Era el año 1878.

 

 

Cuando ella, su marido y su hermano desembarcaron en la Patagonia, en el norte se preparaba el “Gran Malón Huinca”, como denominaron los mapuches a los exterminadores de la Conquista del Desierto. Al sur, por donde se trasladaban estos turistas, no había prácticamente noticias de lo que ocurría. Así, medio frívolamente, recorrieron la Patagonia, cabalgando cientos de kilómetros y deslumbrándose con los paisajes lacustres, cordilleranos y una naturaleza en estado virginal para sus ojos.

Descubrieron lugares y se asombraron con los oriundos y sus culturas. Según cuenta en su libro, su pasión por la cacería del zorro, que practicaba en Inglaterra, terminó el día que mataron a un huemul. La muerte de tanta belleza animal en su paisaje los hizo reflexionar y desterrar para siempre de sus costumbres la tan distinguida caza del zorro.

Convengamos que Dixie era una británica muy particular: su mundo la asfixiaba y buscó, junto a su esposo, el aire patagónico como salida. Fue una mujer moderna, sufragista, primera corresponsal de guerra en Sudáfrica durante el conflicto con los Boers, y primera presidenta de un club de fútbol femenino. Sin dudas, alguien rupturista con las costumbres victorianas que le tocó vivir.

Esto nos da una idea de las diferencias de aquella época, cuando el imperio enviaba científicos a recorrer el mundo y también intrépidos aventureros y aventureras, a zonas que, para quienes estaban creando la territorialidad argentina, con su ojo civilizatorio nacional, se representaban desérticas y salvajes.

La incorporación de la Argentina a la división internacional del trabajo se vio favorecida por tres elementos centrales: escasa población, buen clima y grandes extensiones libres. La oportunidad, leída geopolíticamente por Roca, fue la guerra de Chile con Perú, que permitió anexar la Patagonia y otros territorios. También fueron aliados de esta conquista un ejército nacional que ya usaba rifles Remington a repetición. Tenía profesionalidad, se movía en tren y gozaba de las comunicaciones telegráficas que permitían emboscar malones y conocer sus movimientos.

Si bien la denominada “Campaña del Desierto” fue la culminación de sucesivos movimientos —primero con Rosas y sus tratados de amistad con los pueblos originarios, luego con la Zanja de Alsina, que hasta hoy dejó su cicatriz en la tierra—, todo ese proceso fue insuficiente para conquistar aquellas tierras denominadas desierto.

 

La columna comandada por Roca en la ribera del Río Negro, registrada por el fotógrafo oficial Antonio Pozzo en 1879.

 

Impresiona establecer la simetría de los dos viajes: el de un ejército hacia el sur, pertrechado para el combate, y el de una pareja británica surcando la Patagonia en éxtasis de disfrute natural.

El relato traído al presente de la mano de Benetton nos vuelve a mostrar las asimetrías con los países poderosos, o con el poder actual en su forma tecnológica. Otra vez el sur es visto como un lugar vacío, donde las grandes extensiones y el clima pueden ser claves para establecer centros de producción de IA, pues allí el frío, la soledad y el agua son aliados necesarios.

Nuestras tierras vuelven a estar en la mira extranjera como prioridad. Tras la Conquista del Desierto, el reparto originó una forma de tenencia que derivó en especulación económica, salvo los deseos de Carlos Pellegrini y la industrialización impulsada por el peronismo, mucho más adelante. Las cosas se mantienen más o menos así, aún hoy, siguiendo un pendular desarrollo.

Hoy también tenemos a quienes vinieron al sur a quedarse, como Mister Lewis, con lagos y tierras. En abril pasado, un juicio por la usurpación de 14.000 hectáreas deschavó a un testaferro argentino, presidente de un club de polo árabe, quien debió confesar que compró tierras con una donación del gobierno de los Emiratos Árabes; tierras que la comunidad mapuche utiliza en las altas cumbres cordilleranas durante el verano. De la mano de esta gente vuelve una interpretación donde los pueblos originarios son considerados un obstáculo para el proyecto que quieren realizar. Los mapuches vuelven a ser un dato natural del paisaje, que denotaría el grado de atraso de una región con respecto al imperio, como lo pensaba el capital inglés que se afincaba en la Patagonia en siglo XlX. En un lugar desolado como el desierto, las miles de muertes que acaecieron para apropiarse de tierras no dejaron testigos, pero si una forma de proceder y amedrentar que aún persiste.

Es notable cómo aflora nuevamente la idea de que esas tierras representan una amenaza, donde los mapuches vuelven a aparecer como el gran enemigo a exterminar, en otra etapa de un tecno capitalismo insaciable.

A pesar del mundo híper comunicado en el que vivimos, la telaraña cultural urdida durante años hace que no sepamos nada sobre esos territorios, y solo hablemos de sus enclaves turísticos. Esa desconexión hace que nadie vea el peligro en ciernes sobre la extranjerización de la tierra, ahora directamente por los Estados y no por particulares, avalada por un gobierno que quiere derogar la Ley de Tierras y cambiarla por otra que entregue en bandeja nuestros bienes naturales.

Lo que se juega en esta ley es la eliminación del tope del 15% a manos de extranjeros, en las tres escalas: nacional, provincial y departamental; se elimina el cupo de nacionalidad, hoy en un 30%; también el límite máximo de superficie por región, hoy de mil hectáreas en la zona pampeana; habilita a adquirir nacientes de ríos y ojos de agua, algo prohibido hoy para extranjeros o “personas interpuestas”; deroga la protección en las zonas de frontera, que viene de un decreto/ley histórico de 1944.

Hace poco Graciela Speranza rescataba en una publicación del proyecto Geonnitus, una instalación audiovisual sobre el fracking, al antropólogo brasileño Eduardo Viveiros, acerca de la explotación y el consumo desenfrenado, relacionado con los pueblos originarios. Este reflexionaba que “frente a la imaginación del fin de este mundo como lo conocimos, los pueblos amerindios tienen mucho que enseñarnos: para ellos el fin del mundo sucedió el 12 de octubre de 1492 y, sin embargo, su mundo resiste, disminuido, pero irredento”.

Y así será mientras no nos podamos poner de pie ante tremenda felonía sufrida por nuestro país, ni se genere ningún escándalo institucional, o aunque sea mediático, que pueda superar el caso Adorni como el sumun de la indignación nacional.

 

 

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