Eso que nos hace humanos

La alegría como herramienta de resistencia y creación

Foto: Luis Angeletti.

 

En noviembre del 2025, la plataforma Apple TV estrenó los dos primeros capítulos de Pluribus, serie escrita por Vince Gilligan, autor conocido por Breaking Bad y Better Call Saul. El nombre se inspira en la locución latina E pluribus unum, cuya traducción podría ser De muchos, uno. Inscrita en el Gran Sello de los Estados Unidos (el escudo nacional), ilustra la vocación de las trece colonias originales de transformarse en una sola nación. Esa locución fue reemplazada en 1956 por otra igual de colectiva pero con un agregado sobrenatural: In God We Trust (En Dios confiamos). Una frase luego incluida en todos los billetes y monedas. Teniendo en cuenta la velocidad vertiginosa a la que la Reserva Federal emite moneda, es razonable que la autoridad política invoque la protección divina.

Ambientada en Albuquerque, Nuevo México, como Breaking Bad, Pluribus trata de una historia postapocalíptica algo peculiar. Sin que el autor pierda tiempo en detallar el procedimiento utilizado, entendemos que una intervención extraterrestre de enorme magnitud, un virus a gran escala, transformó a la humanidad en una mente colmena. Es decir, en una consciencia colectiva en la que todos sus integrantes están sincronizados y actúan como una unidad. De hecho, la primera persona del singular desaparece del lenguaje: cada integrante de esa gigantesca colmena habla en plural. Algunos pocos humanos han escapado al destino común –apenas trece, como las colonias norteamericanas–, entre los cuales se encuentra la protagonista de la serie, Carol Sturka (excelente Rhea Seehorn, a quien vimos en Better Call Saul). El misterio de la inmunidad de esos sobrevivientes no es aclarado, de la misma forma que el guion tampoco se explaya sobre los detalles del virus venido del espacio.

Carol, según el enunciado de la serie, es “la persona más miserable de la Tierra, quien debe salvar al mundo de la felicidad”. Es una afirmación un poco injusta, aunque no del todo falsa. Nuestra heroína involuntaria es una novelista popular, que vende centenares de miles de ejemplares de una saga más o menos romántica. El éxito editorial, sin embargo, no atenúa la amargura de hacer algo que no le gusta. Sueña con escribir otra cosa y por eso –pese a vivir con su novia y manager, de la que está enamorada, y gozar de un confortable nivel de vida– no es feliz, o al menos, no lo es plenamente. Esa cualidad la transforma en el personaje ideal para enfrentar la felicidad boba e invasiva de la colmena alienígena. Su novia muere a causa del virus y desde la trinchera de su casa Carol se enoja, discute, refuta lo que le ofrecen. Es sarcástica, se burla del espíritu gregario de quienes hasta hace apenas unos días eran individuos como ella. En una escena icónica canta It's the end of the world as we know it and I feel fine (“Es el fin del mundo tal como lo conocemos y me siento bien”), estribillo de un tema célebre de la banda R.E.M., mientras maneja un patrullero repleto de fuegos artificiales.

 

 

A diferencia de la amarga Carol, los humanos contagiados por el virus no sólo no se quejan, sino que ni siquiera dialogan. Paradójicamente, de esa falta de intercambio surge la impresión de paz generalizada. No hay interacción alguna, más allá de los intercambios mecánicos que pueden tener los engranajes de un mismo dispositivo. Eso implica que tampoco hay agresiones: la colmena de Pluribus es una sociedad inmune al conflicto. Sus integrantes rechazan todo tipo de violencia, incluyendo la verbal; un simple grito los puede hacer entrar en un estado catatónico. Con amabilidad perruna, tienden a dar la razón a Carol, como un complaciente chatbot frente al utilizador ofuscado. Al principio, Carol rechaza de plano a quienes considera zombies, pero luego duda, se rebela; al cabo de los días se siente sola y, por lo tanto, tentada a ceder. Al principio le explican que es ella quien puede decidir integrarse a la colmena alienígena; es decir, que es una resolución absolutamente voluntaria. Más tarde comprenderá que, en realidad, los invasores intentan con todos los medios a su alcance, voluntarios y de los otros, quebrar la resistencia de los trece humanos inmunes al virus. Un dato relevante que pone en tensión el supuesto pacifismo comunitario y, sobre todo, la supuesta libertad. La colmena es ajena a la violencia, pero también a otras pasiones humanas. Esa ajenidad nos recuerda la irónica frase de Harry Lime, personaje interpretado por Orson Welles en El tercer hombre, de Carol Reed: “En Italia, durante treinta años bajo el dominio de los Borgia, hubo guerra, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor fraternal, quinientos años de democracia y paz, ¿y qué produjo eso? El reloj cucú”. Según Graham Greene, co-guionista del film, es la mejor frase de la película y se la atribuyó al propio Welles.

 

 

La tristeza de Carol, el luto de su pareja, sus propias amarguras, son las armas que le permiten enfrentar la felicidad vacua generalizada. Viendo su lucha en soledad, es difícil no pensar en Soy leyenda, la novela de Richard Matheson que relata la historia del último humano superviviente tras una hecatombe bacteriológica, que convirtió al resto de la humanidad en vampiros. Durante el día, caza a estas criaturas; por la noche, se atrinchera en su casa para sobrevivir a su asedio. Así como Carol duda sobre el rechazo que le causan los otros, Matheson nos deja percibir la mirada de esos otros, de esos vampiros asediados por el último sobreviviente, que los caza sin piedad. Hay ahí una inversión de los roles de monstruo y normalidad, y es en esa duda, en la inquietud sobre sus propias certezas, que reside uno de los atractivos de Pluribus. Un mundo feliz, de Aldous Huxley, es otra referencia casi evidente. En este caso, la felicidad impuesta no depende de una mente colmena como en Pluribus sino que está genéticamente condicionada. El resultado, sin embargo, tiene muchas similitudes: la felicidad surge de la ausencia de espíritu crítico. Se trata de una cárcel sin muros de la que los prisioneros no sueñan en evadirse, básicamente porque ignoran serlo. Esa felicidad tan boba como inerte no difiere, en el fondo, de una impotencia tenaz que podríamos asimilar a la tristeza.

En Divertirse hasta morir, el sociólogo norteamericano Neil Postman advierte sobre la transformación de la información en espectáculo a partir del advenimiento de la televisión. El libro fue publicado en 1985, antes de la revolución digital, antes de las computadoras en nuestras casas, los smartphones, la conectividad permanente, las redes sociales y otros flagelos; y sin embargo su mirada lúcida no pierde vigencia. Postman señala que transitamos la segunda mitad del siglo XX a la espera de la realización de la utopía que Orwell describió en 1984, sin percibir que la que en realidad se concretó fue la de Un mundo feliz de Huxley: “Orwell temía que la verdad nos fuera ocultada por un Gran Hermano. Huxley temía que la verdad fuera ahogada en un mar de irrelevancia”. Y eso es lo que ocurrió: cada día intentamos no ahogarnos en el mar de irrelevancia.

Vivimos, en ese sentido, una realidad con algo de Pluribus y de Un mundo feliz. La alianza estratégica entre los gigantes tecnológicos –que generan un sentido común global dentro del mar de irrelevancia– y la extrema derecha que lo usufructúa, nos ofrece una cárcel sin muros, una colmena virtual en la que la libertad invocada consiste en la imposición de un pensamiento único: todos tenemos la libertad de coincidir con el algoritmo. Como ocurre con el gobierno de la motosierra, quienes no comulgan con las alucinaciones reaccionarias de los gobiernos que se autoperciben liberales son tratados de ratas inmundas, comunistas o, mucho peor, kirchneristas. El discurso lógico caducó como instrumento del debate político para ser reemplazado por una especie de furia moralista, de rechazo a un enemigo imaginario (la famosa falacia del hombre de paja) que sirve para no ahondar en ningún debate, sino apenas consolidar los prejuicios de aquel sentido común impuesto. No deja de ser paradójico que los gobiernos que invocan la libertad, siempre la restrinjan.

La furia moralista de diseño, alimentada por chicanas y noticias falsas, impide que muchas de las víctimas del modelo perciban que lo son. “La pregunta del día, del año, de la década sería: ¿cómo logramos desactivar los deseos de dictadura, de totalitarismo y los ataques al respeto de los otros? Sin duda practicando la conversación y la alegría”, escribe el profesor y ensayista español Pablo Martínez-Calleja. Retoma así una idea de Gilles Deleuze, quien sostenía que el poder dominante necesita la tristeza para subyugar a los sujetos, por lo que la alegría se convierte en una potente herramienta de resistencia y creación. “La conversación es el elemento genuino del espacio público –prosigue Martínez-Calleja–, y el espacio público no deberíamos confundirlo con las redes antisociales dominadas por el algoritmo y el deseo de famoserismo que las domina. El espacio público está cuando cruzamos el umbral de la puerta de nuestra casa y alcanzamos el mercado, el café, la parada del colectivo, la tienda. Lugares de conversación, aunque sea mínima, que son de todos y donde la conversación libre y sin titubeos construye la sociedad genuinamente libre (...) La alegría es la respuesta, la única respuesta a todo ese dolor de los resentidos, a ese dolor que quieren echarnos encima para enterrarnos con él. Solo la conversación libre nos salvará”.

Amado Boudou suele proponer “volver a las pizzerías”. Es una consigna tan elemental como potente. Debatir, recordar, salir del filtro del algoritmo, del sentido común impuesto, de la tristeza programada y elegir la alegría de otro destino posible.

Persistir, como Carol, en eso que nos hace humanos.

 

 

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