FIFA, todo arreglado

Un historial de corrupción y disputas geopolíticas

Trump, con cara de ¿quién manda?, ante Infantino.

 

La Argentina y España cerraron el domingo una parábola iniciada cuando fueron sedes de los campeonatos de 1978 y 1982, comienzo de la etapa de João Havelange al frente de la FIFA. Su biógrafo, Ernesto Rodrígues, consultado acerca de si hubo sobornos para los delegados, respondió: “No tengan duda”. Hablaba de junio de 1974, cuando el brasileño resultó electo por 68 países (52 en contra), algo más que la mitad del planeta, aunque menos que los actuales 211, que superan los afiliados a la ONU.

Havelange criticaba el apartheid que inhabilitaba deportistas de raza negra. Proponía vetar al fútbol sudafricano. Representaba a la Confederación de un país con tres recientes copas mundiales (1958, 1962 y 1970 –la de 1966 fue al anfitrión inglés–) con el pie, y la piel, de Pelé. Así desbancó al titular de la FIFA, Stanley Rous, un inglés tolerante con el régimen racista.

 

Tanto capitalista

En cuanto ascendió al manejo de la FIFA, sus principios humanistas hacia Sudáfrica fueron menos escrupulosos para con su vecino y socio de la CONMEBOL: “Estoy seguro de que la Argentina será una excelente sede; es un país rico”.

También brasileño, el periodista de investigación Juca Kfouri señala la contradicción entre argumentar “no hago política” y hacer jugar los partidos a metros de la ESMA. En el otro extremo del continente, Ken Besinger, del New York Times, autor del libro Red card (Tarjeta roja), recuerda los vuelos de la muerte. Su colega David Conn, de The Guardian, autor de The fall of the House of FIFA (La caída de la Casa de la FIFA), compara ese intento de lavado de imagen con el de Hitler en los Juegos de 1936.

Abstraído de cualquier analogía, Havelange visitó la Argentina para oír a Jorge Videla y declarar: “La palabra del presidente fue muy importante. Nos vamos muy contentos”.

El periodo de organización del Mundial ‘78 coincidió con la incorporación de auspiciantes globales: Coca Cola, presentada en conferencia de prensa hacia 1976, Adidas, KLM, Philips, Canon, Gillette… Todo, gracias al nuevo asesor Joseph Blatter.

En la Argentina, luego del asesinato del general a cargo, el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78) quedó a cargo del marino Carlos Lacoste, quien llevó los gastos estimados en 70 millones de dólares a más de 700 (motivo de críticas del secretario de Hacienda, al que le pusieron una bomba en la casa, detonada cuando la Argentina convertía su cuarto gol contra Perú); incrementó su patrimonio en 443%, coincidente con el Mundial, y llegó a ser vicepresidente de la FIFA, como se contara en la nota Memoria completa.

 

Havelange y Lacoste.

 

Conn dice que luego de la copa en la Argentina se dio el gran salto a la política corrupta de la FIFA. “Hay momentos de pecado original. El ‘78 es uno de esos momentos”. Señala la fuente de tal corrupción: Horst Dassler, dueño alemán de Adidas, quien creó ISL, la compañía de marketing que generaba ingresos para la FIFA mientras le pagaba a Havelange por debajo de la mesa. ISL haría la mercadotecnia para España ’82 y con su compra de derechos para televisación empezó un negocio monopólico.

Uno de esos millones de sobornos fue por error a la cuenta de la FIFA, en lugar de a la de Havelange. Lo supo Blatter, que guardó la prueba a la espera de su momento. Consiguió su ascenso a secretario general hacia 1981.

La dupla compartió negocios hasta que Blatter se impacientó por suceder al casi octogenario dirigente, quien por su relación familiar con el tráfico de armas empezó a recibir críticas de boca del mejor jugador planetario, campeón y subcampeón en los mundiales previos al de 1994, en que fueron a buscarlo para sacarlo de la mano rumbo a un control antidoping.

 

 

Fue entregado por el presidente de la AFA, señaló en un programa de Dalma Maradona para HBO el entrenador Fernando Signorini: “Al terminar el Mundial, Julio Grondona fue nombrado vicepresidente de la FIFA y presidente de la Comisión de Finanzas para manejar cientos de millones de dólares, sin saber hablar inglés”.

Diego Maradona perdió las piernas, pero Havelange comprometió ante Blatter su retiro luego de Francia ‘98. Dos décadas después, el Diez dirá que Grondona compraba votos para el suizo.

 

Blatter y Grondona.

 

Cuando Blatter vislumbró su momento, afrontó un nuevo desafío: otro postulante lo veía como la vieja política a retirarse. En la voz de ese disidente, Lennart Johansson, resonaba todo el elitismo nucleado en la Unión Europea (UEFA).

Porotearon. Los sondeos favorecían un cambio 63 a 23. Johansson creyó contar con la Confederación de América del Norte y el Caribe (CONCACAF), que tenía como secretario general al voluminoso Chuck Blazer (Estados Unidos) y como presidente a Jack Warner (Trinidad y Tobago), quien lo coimeó para votarlo, según Lars Chister Olsson, secretario de la Asociación Sueca.

Blatter no se veía competitivo contra la UEFA; se asoció con Michel Platini, quien se tasó: “valgo un millón”, que cobró dos veces (según admitirá el suizo para la serie Los entresijos de la FIFA, de Netflix). Luego se alió con Mohamed bin Hammam, de la Confederación Asiática (AFC). Por medio de Molfi Oliphant, negoció con la Confederación Africana y les ofreció un Mundial. ¿Hubo plata? “Sí”, admitirá su asesor Guido Tognoni.

La copa llegaría a Sudáfrica en 2010, con el decisivo voto de la CONCACAF, coincidente con las gestiones ante Nelson Mandela, a quien llevaron hacia Trinidad y Tobago. Allí cerraron un pago de diez millones, de los cuales al secretario Blazer llegó sólo uno, según se queja su viuda, quien reclama que el dirigente del Caribe se quedara con nueve.

Para entonces, con casi 75 años, Blatter apuró votar las sedes de 2018 y 2022, algo inédito. Ganaron Rusia y… Qatar. Ese día, Bill Clinton esperaba sentado en segunda fila, expectante de que aceptaran la postulación por la que Barack Obama también había hecho campaña.

El diario Sunday Times, de Inglaterra (que también aspiraba a ser sede), entrevistó a una traductora que admitía haber mediado entre Hassan Al-Thawadi, secretario del Comité de Qatar, y los africanos Issa Hayatou (Camerún), Jacques Anouma (Costa de Marfil) y Amos Adamu (Nigeria), a quienes sobornaron con un millón y medio de dólares.

Pronto fueron acercados a la prensa otras suspicacias: fotos de la visita del emir a Brasil, donde comió con Havelange y pasó a saludar a Lula; un trato comercial gasífero con Tailandia; o la compra de tierras que Qatar hizo por 32 millones de euros al petrolero Marios Lefkaritis, vicepresidente de la UEFA y miembro del Comité de la FIFA.

Luego de una visita a Nicolás Sarkozy, el mandatario le dijo a Platini cuan bueno sería para Francia un voto por esa sede, lo que se verificó en inversiones cataríes en la compra de aviones a una aerolínea francesa, la inyección de capital de un diario al París Saint-Germain y la compra de los derechos de televisación del fútbol francés por parte de una radio de Qatar. Todos miraron para otro lado ante las denuncias humanitarias (Tarjeta roja para la FIFA).

 

Cambio: entra Shakespeare

Las intrigas en un Comité de 24 miembros, más las especulaciones entre los representantes de cada país en sus confederaciones continentales, dinamizaron internas donde muchos atendieron su juego personal antes que el grupal. En la cancha les hubieron gritado “comilón”.

Cuando uno de los árabes fieles a Blatter se postuló a un puesto y descubrió que el jefe apoyaba a otro aspirante, rompió su alianza. Padeció el alcance de la mano del Diablo en cuanto quiso viajar a Estados Unidos para hablar con directivos de la CONCACAF y le negaron la visa. “No había motivo para tal prohibición”, dirá. En cambio, Blatter sí fue a Miami (en mayo de 2011) a “donar” un millón de dólares para el desarrollo del fútbol en las islas pobres.

Warner recibió al árabe en Trinidad y Tobago, tras lo cual los representantes de sus treinta naciones recibieron sobres marrones: el de Puerto Rico halló en el suyo 40.000 dólares, denunció.

Con inmunidad diplomática, Warner no pudo ser arrestado en Estados Unidos cuando el FBI detuvo a sus hijos, acusados de lavarle el dinero. El afrodescendiente miró a sus dos jóvenes y les soltó: “Procuren un buen abogado”. No se entregó.

El secretario general, en cambio, ciudadano yanqui, vivía en el mismo edificio donde funcionaba la CONCACAF, en la Torre (Donald) Trump. Encima, llevaba quince años sin declarar impuestos, con todo el valor simbólico que eso carga sobre las mafias. Debió colaborar aportando datos que explicaran las operaciones. Fue su vuelto por los nueve millones que se quedó el descendiente de esclavos que había votado contra Estados Unidos.

En reemplazo de Warner, hacia 2012, fue elegido Jeffrett Webb, un banquero de las Islas Caimán. Empezó a pedir 10 millones, 15 millones… Terminó preso.

 

Así en el norte como en el sur

La CONMEBOL, con sólo diez países miembros, cuenta con mejores avales simbólicos: los tres mejores jugadores del mundo, el máximo ganador de copas FIFA (cinco) y la principal potencia del último medio siglo.

 

Alejandro Burzaco.

 

Ver jugar a este semillero debe interesar mucho, a juzgar por lo que se soborna: 110 millones de dólares para que TyC acaparara la televisación en la Copa América condujeron hacia los argentinos Alejandro Burzaco (hermano de Eugenio, ex diputado del PRO), Hugo y Mariano Jinkins, todos “sports marketing executive”, anotaron en el FBI.

 

Jinkins, padre e hijo.

 

Burzaco zafó de la detención porque quiso desayunar antes de registrar su ingreso en el hotel donde se hospedaban los ejecutivos de la FIFA cuando, hacia mayo de 2015, el FBI les cayó encima. Se refugió en Italia hasta entregarse.

El largo brazo de la potencia económica occidental consiguió escarmentar a quienes osaron ampliar su interés tercermundista (por beneficios propios, claro).

El mensaje llegó tan fuerte y claro como la respuesta de la FIFA: el siguiente mundial se jugaría en Norteamérica.

El corolario legal dejó la casa en orden: el estadounidense Blazer, fallecido en 2017, no requería sentencia. El Departamento de Justicia anunció hacia 2021 que la FIFA, “víctima” de corrupción, sería compensada con doscientos millones. De los 22 miembros ejecutivos que votaron por Rusia y Qatar, sólo uno quedó en la FIFA hacia 2022.

No hubo cargos contra Blatter ni Platini; el suizo había demostrado su preferencia por Estados Unidos; el francés, que no tenía por qué estar enterado, se vestía para la sucesión cuando al fiscal suizo le llegaron pruebas de un cobro suyo por dos millones. Ese pago, equivalente a un contrato entre privados, consiguió la absolución hacia julio de 2022. Tarde, el cargo había decantado hacia el secretario de la UEFA, Gianni Infantino, tal calabrés como el futuro presidente de la Fundación FIFA, Mauricio Macri (Dos calabreses en Suiza).

Ese tipo de manejos denostaba Maradona hace tres décadas, cuando fue sacado de la cancha. Por eso, hasta la semana pasada, los argentinos cantaban “la copa que le robaron al Diego” y ahora buscan rimas para la de “Lio 2026”.

Los más conspiranoicos recordaron que en 2014, en un amistoso contra Eslovenia, la selección mostró otra bandera de “Las Malvinas argentinas”, que la AFA fue multada por la FIFA y, en Brasil, la Argentina quedó segunda detrás de un equipo europeo.

Ahora, con la pelota otra vez en la gran zona comercial del norte continental, convenía que Europa no quedara fuera de ese regreso a las fuentes. Luego de que las selecciones latinoamericanas fueran superadas por las de la UEFA, la última disputa terminó con igual lógica entre España y la Argentina, lo que alimentó las suspicacias de que el último campeón jugara el balón hacia atrás y casi no pateara al arco rival.

Seguro nada tuvo que ver que el titular de la AFA soportara amenazas y operaciones de prensa respecto de su posible detención con decomiso de celulares por el FBI. Ni llama la atención que a la premiación asistiera el rey de España junto a los mandatarios norteamericanos pero sin el Presidente argentino, que se perdía otra foto junto a su “amigo” Trump, el más contento, quien no dejaba de acompañar a los campeones ni en la última foto, mientras su condición de anfitrión le reportaba a la economía de su país unos 10.000 millones de dólares.

 

¿Malos perdedores? Foto: EFE.

 

 

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