Los jueves, desde muy temprano, el edificio de la Cámara Federal de La Plata adquiría una densidad distinta. Eran los jueves del Juicio por la Verdad, aunque la palabra juicio resultaba entonces excesiva y la palabra verdad acaso demasiado literal para lo que sucedía allí. No había condenas, no había prisiones ni hombres esposados al término de las audiencias, porque las leyes de Punto Final y Obediencia Debida continuaban cerrando el paso de la justicia federal, pero durante unas horas familiares y sobrevivientes podían contar lo sucedido ante un tribunal y sus palabras quedaban registradas en expedientes que iban creciendo. Corría el año 1999 y algunos consideraban aquellas audiencias como una suerte de ceremonia impotente. Schiffrin no. Leopoldo Polo Schiffrin parecía creer que mientras una sola persona declarara y alguien conservara esa declaración, la prueba se iba juntando lentamente, y tarde o temprano tendría sus efectos.
Emilio trabajaba entonces en la Cámara Federal. Era uno de esos pinches, empleados jóvenes que cargan expedientes, elaboran proyectos, buscan jurisprudencia y tratan de aprender los hábitos de los superiores sin terminar de comprender qué clase de vida han elegido. Había entrado al Poder Judicial a punto de recibirse y con la idea, bastante ingenua, de que el derecho era un orden compuesto por leyes y razonamientos, pero los jueves descubrió que también podía ser un depósito de voces que le podrían servir para sus proyectos literarios.
Emilio escribía desde la adolescencia, le gustaba la literatura más que el derecho, pero pocos lo sabían. Llevaba publicados algunos poemarios y un librito de cuentos en un fanzine. Por eso durante las audiencias tomaba notas, alcanzaba carpetas, localizaba nombres y fechas, pero en realidad observaba a Schiffrin, le interesaba su enorme figura: la de un hombre comprometido en profundidad con la ley, de una ética intachable, cuya trayectoria se remontaba a la década del ‘70 como funcionario del gobierno de Héctor Cámpora. Después, las amenazas y el exilio en Alemania, sus estudios del derecho internacional, su compromiso con los derechos humanos, su vínculo con la filosofía del judaísmo, las investigaciones sobre derecho alemán. Más tarde, la vuelta al país en democracia, su carrera como juez federal.
Leopoldo era una eminencia y Emilio lo sentía como se siente la presencia de un maestro. Era su aura y liderazgo lo que lo conducía.

Emilio lo veía escuchar en las audiencias con plena concentración. Era más que un juez, era como un lector que sospecha que cada frase lateral, un olor recordado o la descripción de un pasillo pueden esconder el centro verdadero de una historia. No hacía grandes gestos. Anotaba garabatos con una letra pequeña y oscura. Inclinaba la cabeza, formulaba alguna pregunta al testigo y volvía a callar. A veces, ese testigo también callaba y durante unos segundos la sala quedaba suspendida en un silencio que parecía provenir de muchos años atrás.
Las audiencias terminaban por la tarde. Los representantes de los organismos y los presentes en la sala se retiraban lentamente, como si al atravesar la puerta regresara a un mundo que ya no era el mismo. Emilio recogía los papeles, cerraba las carpetas, ordenaba las cintas y trataba luego de recuperar la rutina judicial.
Fue después de uno de esos jueves cuando Polo (así lo llamaban todos) lo hizo llamar a su despacho. Emilio esperaba una observación sobre un proyecto de sentencia que había entregado tarde o una consulta acerca de alguna causa puntual, pero sobre el escritorio del juez había un expediente ajeno a sus tareas. Lo vio abrirlo sin apuro, hojeó unas páginas y le dijo que se lo llevara. Cuando el empleado preguntó qué informe debía hacer, el juez respondió que ninguno. Que debía leerlo “como se lee una novela”.
En aquel momento Emilio pensó que se burlaba de él, aunque Schiffrin no tenía aspecto de estar bromeando. El juez sabía de alguna forma que su subordinado escribía, aunque Emilio no sabía cómo se había enterado. Tal vez alguien le había mostrado uno de sus cuentos, o había visto algún poema olvidado junto a la fotocopiadora; o quizá poseía esa clase de intuición que permite reconocer a los empleados que ocultan otra vida guardada, que nada tiene que ver con su rutina laboral.
Emilio escribía de noche, con una obstinación triste, y guardaba sus textos en carpetas que se parecían demasiado a los expedientes de la Cámara Federal. Publicaba muy poco. Casi nadie lo leía. Schiffrin, sin embargo, le habló como si esa vocación tuviera una importancia concreta. Dijo que algún día alguien debía escribir el gran libro de los desaparecidos argentinos, un libro que reuniera las voces, los itinerarios clandestinos, los centros de detención, los hijos buscados, las madres que envejecían, los sobrevivientes que durante años habían repetido sus historias ante jueces que no podían castigar a nadie. No mencionó la extensión de ese libro ni la forma que debía adoptar. Habló de él como si ya existiera, disperso entre los expedientes, y como si sólo hiciera falta que alguien entrara en los archivos y lo sacara de allí. Y aclaró: “No se trata del Nunca Más, ese libro es un informe tedioso; se trata de una novela total, con principio, nudo y desenlace”.
Al principio Emilio creyó que pensaba en un escritor verdadero, en uno de esos nombres que aparecían en los suplementos culturales y recibían invitaciones para hablar sobre la memoria, la dictadura y el Mal. Pensó en Ricardo Piglia, desde luego, y también en Ernesto Sabato, en las novelas que describían un país sin nombrarlo por completo, en los procedimientos indirectos de una literatura que había aprendido a rodear el horror, al estilo J.J. Saer en Glosa. Pero Leopoldo Schiffrin lo miraba a Emilio. Nunca dijo que él fuera capaz de escribir semejante libro. Tampoco dijo que no lo fuera. Simplemente le entregó el expediente y, desde entonces, casi todos los jueves, después de las audiencias del Juicio por la Verdad, su empleado encontraba sobre su escritorio una nueva carpeta.
Emilio comenzó a leerlas de noche. Al principio lo hacía como un empleado judicial, buscando fechas, conexiones, inconsistencias, nombres que pudieran conducir a otros nombres. Poco a poco empezó a leer de otra manera. Descubrió que los testimonios avanzaban por asociaciones imprevisibles. Un policía había estado a cargo de una Comisaría en Avellaneda, sabía de muchas personas que habían pasado por los calabozos y que luego desaparecieron, pero que no figuraban en los libros de guardia, aunque sí recordaba algunos nombres que repitió ante los jueces, con la tranquilidad de quien se siente protegido por las leyes vigentes de Obediencia Debida y Punto Final.
En la carpeta también aparecía el testimonio de un hombre que no recordaba el rostro de quien lo había interrogado en la tortura, pero sí podía reproducir la melodía que silbaba el torturador. Otro sobreviviente recordaba una cuchara, una mancha de humedad, el perfume de una detenida a la que nunca había visto. Las declaraciones estaban llenas de objetos insignificantes que, al ser mencionados, parecían sostener el peso entero de varias vidas. Aquello no se parecía a la literatura que Emilio conocía, aunque contenía algo anterior y más poderoso que la literatura: la necesidad de fijar una imagen antes de que desapareciera.
Schiffrin continuó dando a Emilio algunas horas libres. Nunca se las presentó como un privilegio. Simplemente le distribuía el trabajo de tal manera que, ciertos martes o viernes, su empleado pudiera bajar al archivo o permanecer en una oficina vacía leyendo declaraciones. Los demás pensaban que realizaba una investigación especial encomendada por el juez. Pero Emilio también trataba de convencerme de que aquello no era una investigación, aunque en realidad había algo de eso, desde que comenzó a trazar el esqueleto de una novela.
Un día compró cuadernos grandes, de tapas negras, y dibujó mapas. Dividió el país en jurisdicciones, los años en estaciones, los centros clandestinos en círculos. Contó unos 800 puntos. En la primera página de uno de los cuadernos escribió: “La Divina Comedia de los desaparecidos”. Era una especie de título provisorio; claro que algo ridículo, algo que, sin embargo, lo acompañó durante años como un concepto ambicioso y abarcativo de lo que quería desarrollar.
En esa suerte de megalomanía literaria que se impuso en la mente, imaginó que ese libro tendría tres partes: el mundo anterior al golpe, el descenso a los infiernos de los centros de detención, el limbo y la búsqueda posterior. Emilio después pensó que debía tener cien cantos, como el poema de Dante, y que cada canto sería narrado por una voz diferente: el sobreviviente, el torturador, el dictador, el testigo, el colaborador, el cómplice civil, etcétera. Más tarde decidió que las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo formarían un coro, y que los hijos apropiados que todavía no reconocían su identidad aparecerían como personajes que caminaban sin saber quiénes eran. HIJOS sería otro coro. Cada idea parecía grandiosa durante unas horas y se volvía falsa cuando regresaba a los testimonios de cada jueves.
El archivo estaba en un subsuelo del viejo Hotel Provincial de 8 y 51. Había cajas de distintos tamaños, legajos atados con cintas, copias borrosas de hábeas corpus interpuestos en los ‘70 y ‘80, oficios policiales, respuestas militares y notas internas escritas por funcionarios que quizá ya habían muerto. Emilio bajaba después del almuerzo y, algunas veces, continuaba allí cuando el edificio comenzaba a vaciarse. En esos papeles había nombres escritos de cuatro o cinco formas. Direcciones que cambiaban de una declaración a otra. Fechas dudosas. Fotografías sin identificación e identificaciones sin fotografía. Emilio comenzó a comprender que esos archivos demostraban que la burocracia había producido documentos para negar los secuestros y, años después, otros funcionarios intentaban reconstruir los secuestros mediante aquellos mismos documentos. Una extraña paradoja, pensó el empleado y lo ilustró para sí mismo con un ejemplo: una frase administrativa que fue usada para rechazar un habeas corpus sin más, leída veinte años después, podía revelar el miedo, el encubrimiento o la obediencia del juez o funcionario que la había escrito. Emilio copiaba todo eso en sus cuadernos. Y hacía flechas, cuadros, genealogías, listas de automóviles, nombres de calles, edades, oficios, apodos.
A medida que pasaba el tiempo, la novela de los desaparecidos comenzó a adquirir la forma de una investigación policial y luego de una gran enciclopedia. Cada personaje conducía a otros y así. Cada centro clandestino se abría en pasillos que desembocaban en otros centros clandestinos, otras ciudades, otras historias y así.
Pero Schiffrin preguntaba de vez en cuando cómo venía el libro. No le interesaba saber cuántas páginas había escrito Emilio, sino si había encontrado la forma. Su empleado respondía que todavía no y el juez parecía satisfecho, como si la dificultad fuera una señal de que en algo avanzaba.
Una vez le mostró un fragmento. Había trabajado semanas en esas páginas y creía haber logrado un tono, una especie de música que podía sostener la materia de los testimonios. Schiffrin leyó en silencio. Al terminar, cerró el cuaderno y le dijo que estaba demasiado bien escrito. Emilio no entendió. Entonces agregó que todavía escribía sobre sí mismo. No lo dijo con crueldad. Ni siquiera como una crítica. Lo dijo como quien señala que un tren ha tomado la vía equivocada.
A partir de ese hecho, Emilio se sintió raro y decidió dejar de escribir durante varios meses. No era frustración. Debía recalcular. El gesto de Schiffrin lo había descolocado. Pero siguió leyendo sin parar en el archivo. Los jueves continuaban las audiencias y empezó a reconocer en los testigos ciertos gestos que luego encontraba en los expedientes.
Un jueves llegó una periodista conocida, de nombre Ana Cacopardo. Emilio sabía quién era y la vio entrar con las cámaras de filmación. La vio conversar con funcionarios y esperar a Schiffrin. La entrevista tuvo lugar en la misma sala. Trató de escuchar desde el otro lado y solo alcanzó a oír algunas frases que atravesaban la puerta. En un momento, Schiffrin preguntó dónde estaban los literatos capaces de hacer el trabajo de Günter Grass o de Primo Levi. Dijo que en el Juicio por la Verdad había alrededor de mil doscientas declaraciones y que con ese material podían escribirse novelas, cuentos o lo que se quisiera. Luego afirmó que mientras aquellas historias no pasaran al plano de la literatura no terminarían de incorporarse a la memoria ni al imaginario colectivo.
Cuando la entrevista se publicó, Emilio recortó esas palabras y las pegó en uno de sus cuadernos. De alguna forma sentía que el juez hablaba de una ausencia general de la literatura argentina, pero también que lo acusaba en secreto de no haber podido avanzar con la novela total, su Divina Comedia de los desaparecidos. En esa frustración, sintió también que Schiffrin le había dado tiempo, acceso a los archivos, una misión que ningún superior judicial suele confiar a un subordinado, y Emilio apenas había escrito unos fragmentos inconexos en proyectos. Y eso que había intentado comenzar varias versiones. Una de ellas estaba narrada por un secretario que copiaba declaraciones hasta confundirlas con sus propios recuerdos. Otra seguía a una mujer que recorría durante treinta años oficinas públicas en busca de su hermano. En otra, los muertos caminaban por La Plata y sólo podían ser vistos por quienes habían declarado en los juicios. Ninguna resistía más de cincuenta páginas. Todas eran demasiado malas, pensó Emilio. Todas parecían pequeñas, artificiosas, casi indecentes frente a la materia acumulada.
A partir de ese día, Emilio retornó al archivo y trabajó con mayor desesperación. Quiso convertir a cada centro clandestino en un círculo del infierno, pero la simetría de Dante ordenaba demasiado aquello que había sido caótico. Quiso que un solo personaje atravesara todas las historias, pero ese personaje se volvía absolutamente inverosímil. Quiso construir una novela hecha únicamente de testimonios, sin narrador, y entonces descubrió que la selección de las voces ya era una forma de traición. Entonces pensó que el libro debía incluirlo todo: las víctimas y los sobrevivientes, los jueces que rechazaban hábeas corpus, los policías que respondían oficios, los empleados que extraviaban expedientes, los vecinos que vieron, los que no quisieron ver, los exiliados, los hijos nacidos en cautiverio, las abuelas que buscaban, los militares que morían sin hablar, los empresarios y sus hijos que habían apoyado el golpe y ahora eran los dueños de la Argentina. Pero Emilio se dio cuenta que incluirlo todo era como no escribir nada. Era esa su megalomanía. Puro proyecto de novela total, pero no la novela misma; solo un esqueleto.
Con el tiempo empezó a soñar con el archivo. En uno de esos sueños abría una caja y encontraba dentro otra caja más pequeña, y dentro de esa caja otra, y así sucesivamente, hasta llegar a una caja diminuta que contenía un papel con su nombre: Emilio. En otro, que en realidad era el sueño más frecuente, aparecía la ballena. Emilio descendía al subsuelo de calle 8 y 51 y el archivo se convertía en el vientre de un animal enorme y él era como Jonás. Las estanterías eran sus costillas. Las luces temblaban. Desde algún lugar llegaba la voz de Schiffrin, pero no podía comprender lo que el juez decía. Permanecía allí durante años, alimentándose de papel, sin saber si la ballena avanzaba hacia la costa o se hundía.
Después llegaron los cambios que durante tanto tiempo habían parecido imposibles. Las leyes de impunidad comenzaron a caer. A partir de 2005 los crímenes volvieron a juzgarse. Los nombres que habían aparecido durante años en las declaraciones de los Juicios por la Verdad se transformaron en imputados, procesados, condenados. Los jueves quedaron atrás y, con ellos, una época extraña en la que la justicia no podía castigar pero se negaba a callar. Muchos de los testimonios conservados en aquellas audiencias sirvieron para los procesos posteriores. Schiffrin había tenido razón. Lo que parecía un ritual sin consecuencias era también una reserva para el futuro.
Emilio seguía sin terminar su novela. Pero había ascendido y ya para entonces era secretario de un juzgado federal de primera instancia. A veces encontraba a su ex jefe en un pasillo y creía percibir en su mirada una pregunta, aunque él casi nunca la formulaba. Solo se abrazaban y Polo se reía. Emilio sentía profunda gratitud hacia su maestro. Después seguían cada uno a su despacho.
Una tarde, muchos años después, Emilio se lo volvió a cruzar y el juez le preguntó de golpe si la había concluido. El ahora secretario de juzgado quedó estupefacto, porque entendió perfectamente que se refería a la novela. Le dijo que no. Esperó una recriminación, pero Schiffrin asintió con una serenidad que le pareció casi alegre, le dio una palmada en el brazo y siguió caminando hacia su oficina. Entonces Emilio pensó que quizás su maestro había comprendido antes que él, que el libro era imposible. O quizá siempre lo supo y lo que esperaba no era una obra terminada, sino que él permaneciera durante el tiempo suficiente junto a los expedientes como para entender algo que no podía aprenderse en los tratados jurídicos.
En 2026, Emilio leyó un artículo del escritor José Luis de Diego sobre aquella frase de Schiffrin en la entrevista con Ana Cacopardo. Para De Diego, ese mensaje dicho por el juez es una metáfora que plantea un desafío inconcluso para la literatura argentina. Pues hasta ahora nadie ha llevado a cabo el desafío que allí planteó Schiffrin. Pues ningún poeta, ningún narrador, nadie ha recogido el guante y nadie ha logrado hacer lo que ese juez desafió a hacer. Ese día que leyó a De Diego, Emilio se recordó de joven, con veinte años menos, bajando al archivo y pensando en su maestro Schiffrin, depositando luego un expediente sobre su escritorio, tratando de escribir la novela total de los desaparecidos.
Emilio aún conserva aquellos cuadernos. En sus páginas hay mapas que ya apenas comprende, listas de personajes, comienzos tachados, citas de Dante, Primo Levi, Piglia y Kafka. También hay nombres reales, miles de nombres, algunos escritos con apuro, otros rodeados por círculos, otros unidos por flechas que no conducen a ninguna parte. Cuando los abre siente que no son los restos de una novela fracasada, sino una parte menor del archivo que pretendían convertir en literatura. Durante años creyó que había decepcionado a su maestro Polo Schiffrin. Ahora piensa que la imposibilidad era el verdadero centro de su encargo.
Hace un tiempo, Polo Schiffrin murió. Sin embargo, algunas noches Emilio siente que la novela sigue allí, extendiéndose en la oscuridad, y que cada vez que alguien abre una caja, lee una declaración o pronuncia uno de aquellos nombres, una página se escribe en alguna parte. Emilio no pudo escribirla. No sabe si alguien podrá. Pero sabe que durante años tuvo el privilegio y la condena de vivir en su interior.
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