Colas interminables que llegan a la vereda, con las personas entrando una por una en los bancos, a paso de tortuga, mientras Cavallo habla en la tevé por conferencia, dice que el Banco Central sufrió “ataques especulativos” y anuncia la limitación de extracción de dinero en efectivo. Arranca diciembre de 2001 con el corralito. El refuerzo de policías en las calles, con los camiones blindados en pausa. Sandro y Susana Giménez posan juntos en una sesión fotográfica, y las imágenes se mezclan con incendios y accidentes de tránsito callejeros. Los rostros estresados de la gente, los mismos que aparecían detrás de los protagonistas en las escenas porteñas de Nueve Reinas, película icónica de la época, ganan el centro de la escena. Mariano Mores ensaya un tango con Charly García. Sobrevuela un halo de inquietud en el aire. Menem almuerza en un banquete con Cecilia Bolocco, en el Congreso hay jura de senadores y diputados, y Cavallo, acechado por la prensa, explica por enésima vez que irá a negociar con el FMI. “Queremos cobrar”, se quejan los ahorristas, que aprietan a un gerente en la puerta de un banco.

Sin voz en off, con la contundencia de la sucesión de imágenes y sonidos, como había hecho en 1982, su punto de vista sobre Malvinas, el documentalista Lucas Gallo construye en Diciembre, como director, una crudeza sensorial, la del cine en estado bruto, y contagia la estética del llamado cine directo, cercano al documental de observación. En Diciembre se suceden palabras de Carlos Ruckauf, por entonces gobernador de Buenos Aires, en paralelo a la gesta de las primeras movilizaciones, preludio del estallido. “Vamos piqueteros, la plata se la meten en el culo”, dice una columna encabezada por Hebe de Bonafini. Un impávido Fernando De la Rúa camina por Casa Rosada y habla de rumores y noticias falsas. “La gente se puso ansiosa y fue a los bancos”, se desmarca. Hay imágenes de la pequeña estatua de una virgen trasladada por un barco de Prefectura. “Soy jubilada y estoy con el corazón con la boca”, dice una señora a cámara. Otra: “Estoy comprando todos los dólares que puedo”. Y otra: “¿Qué va a pasar con el dinero de los bancos?” Hay represión cuando el MIJD de Raúl Castells corre unas vallas del Congreso. “Este edificio nos pertenece también a nosotros”, clama Nina Pelozo por altoparlante, y unos obreros con cascos amarillos salen de un banco después de una medida de fuerza en el hall de entrada para poder cobrar sus salarios.

Y mientras, en el palacio, la voz omnipresente y monocorde de un Cavallo nervioso sigue hablando de las arduas negociaciones con el FMI. Los comercios bajan notablemente sus ventas y cierran las persianas, y un trabajador sube a una torre amenazando con tirarse de las alturas. La desesperación brota y el montaje de Lucas Gallo lo demuestra con un crescendo imparable, bajo una tensión que se transmite por el grito de los ahorristas, el ruido de las cacerolas, los bombos de las marchas y los tiros de la represión. La gente se autoconvoca masivamente en las esquinas. Todas las clases sociales, y no sólo el movimiento piquetero, salen a la calle. “El pueblo va a rebalsar”, advierte un señor. De la Rúa inaugura una sede de IBM y su voz se apaga, en lánguida retirada. Carlos Menem entra sonriente a Casa Rosada y se prepara para una reunión con el Presidente. Las noticias hablan de un aumento de los suicidios y de los desocupados, por las empresas que quiebran.

Diciembre puede complementarse con la miniserie Diciembre 2021, y los documentales ya casi clásicos La crisis causó dos nuevas muertes y Memoria del saqueo. Al tiempo que Horacio Salgán toca en vivo, algunos piden la libertad de Seineldín y comienzan los primeros saqueos a frigoríficos, con la gente cargando las medias reses sobre sus hombros. La olla a presión en Diciembre se traslada de los bancos a los supermercados: personas que tratan de manotear cualquier cosa de las góndolas, con los dueños tomándose la cabeza. La mercadería arrojada a la calle, con la horda furiosa que entra a vaciar los locales. Se anuncia el estado de sitio. “Por favor, señores policías, no repriman. Ustedes son parte del pueblo”, ruega un señor en la calle, con el puño apretado hacia el cielo. Un comerciante contiene las lágrimas en la guerra de pobres contra pobres. “Ni con la hiperinflación de Alfonsín tuvimos estos saqueos”, se angustia.
El helicóptero sobre el cielo. “Tal como aquella vez, con Isabel de Perón abandonando el poder”, lanza un periodista desde un móvil. Entonces De la Rúa renuncia, un cordón policial no deja que la gente llegue a Plaza de Mayo y arrecia una feroz represión. “Que le hagan juicio a Cavallo”, tira alguien al pasar. Un joven golpea aburridamente con un fierro una reja frente a Casa Rosada, la mirada huidiza mientras unos policías con escudos lo observan a unos metros. Quizás sea la postal más letal de todas: la de la impotencia, la de resignación.
“Diciembre 2001 vuelve constantemente”, dijo el director, Lucas Gallo, en una entrevista. La aspereza del montaje como viaje inmersivo, sin placas ni testimonios, sin entrevistas ni explicaciones. Con la mirada obsesiva sobre el archivo, mayormente sobre las filmaciones que fueron registradas por los móviles de Crónica TV —aunque, por la sutil edición, parecieran imágenes caseras—, el director traza una cronología y a la vez retrata un purgatorio a ras del suelo que se transforma aceleradamente en el infierno de un final violento, desatado. La intemperie de las imágenes: prepotencia de la edición, Lucas Gallo narra el colapso, lo rescata del olvido.
Luego de la sucesión alocada de Presidentes, un desconocido Néstor Kirchner aparece alrededor de Eduardo Duhalde. Hay imágenes de una misa y Menem retorna otra vez, ahora para asesorar a un eufórico Alberto Rodríguez Saá. El calor y los depósitos, y alguien que grita “hay que romper el banco para que suelten la plata”. Y Racing que vuelve a ser campeón del fútbol argentino, con los hinchas festejando entre el sonido de las cacerolas en las noches desveladas. “Olé, olé, olá, olá, en la Argentina no se roba nunca más”, grita un grupo cerca del Cabildo, con dos hombres que se abrazan como si estuvieran gritando un gol en la cancha. La sinfonía de un aullido social, desinhibido y sin líderes, sin más guías que las de constituirse en un coro anónimo y polifónico, en movimiento. Oprimidos y humillados, ofendidos y desamparados.
Los gases lacrimógenos y los disparos, bolas de fuego en las esquinas, y la gente que regresa para apedrear el Congreso. “¿Y dónde está, que no se ve, esa famosa CGT?”, se escucha, y luego el hit del 2001: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Un largo mes, vivido como si fuera un año, kilométrico y soporífero. Escenas de guerra: las esquirlas, los vidrios rotos de los comercios, los perdigones desparramados en el suelo. Se oyen más fuerte las balas que los tristes estruendos de fin de año. Las cámaras enormes de los camarógrafos, un mundo aún sin celulares.

El palacio y la calle. De un lado de la pantalla, políticos que conversan, se reúnen, traman cómo seguir en una calma exasperante. Del otro, manifestantes que apedrean a la policía en asimétrica lucha, bullicio y descontrol. Un mes extremo, vertiginoso, convulso. Diciembre, como título, resulta absolutamente apropiado. Quiebre y ruptura, diciembre del 2001 parece narrarse solo. Porque diciembre, en el imaginario argentino, no significa fiestas ni el alivio del fin de año ni la expectativa del año entrante, sino que traslada inexorablemente hacia la crisis, el estallido, la furia, los muertos, el corralito, la descomposición.
Un Duhalde sudoroso sube a un auto después de dar su discurso inaugural como Presidente, y el himno nacional suena más perturbador que nunca. “42 personas fueron asesinadas en todo el país por fuerzas policiales y en algunos casos civiles armados durante diciembre de 2001”, reza un cartel, y el documental cierra con un agradecimiento a camarógrafos y cronistas. En el epílogo, una cámara parece quedar encendida sin que nadie se diera cuenta, algo mareada y confundida en los pasillos de Casa Rosada, reflejando en sus movimientos la atmósfera de aquellos días alucinados. La sangre derramada, víctimas y victimarios, cómplices y testigos, y las astillas de una herida colectiva en el centro de la memoria reciente.
* Diciembre, dirigida por Lucas Gallo, puede verse el viernes 14 de agosto a las 22 en el MALBA, y viernes 21 y 28 de agosto, a las 20, en ARTHAUS CENTRAL.
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