El muerto y los vivos

Necesitamos volver a sentir orgullo, en vez de vergüenza

Foto: Luis Angeletti.

 

Tenía otra cosa pensada, y hasta escrita a medias. Pero no le encuentro sentido a conversar de nada que no sea el doloroso espectáculo que deparó el Congreso —adentro y afuera—  durante el jueves 6 de agosto.

Pienso en la represión desaforada, cuya única directiva pareció ser la de producir daño. (Acabo de ver la foto de un cana que, amparado por escudos, dispara con una honda al rostro de manifestantes. Gomerazos con piedras, a metros de distancia. Si nos echasen encima a las brigadas caninas, hasta los perros serían más humanos.) Pienso en los hombres y mujeres que, escapando de manguerazos, gases y balas de goma, pedían santuario en negocios. (En la Edad Media, los perseguidos se refugiaban en las iglesias, detrás de muros de piedra. Hoy nos amuchamos en pizzerías, separados de la violencia por un cristal.)

 

 

Pienso en la apabullante incompetencia de quienes, dentro del Congreso, querían vender hasta la silla en que estaban sentados pero no saben hablar, leer, tipear la fecha del día ni tampoco conocen las leyes que discuten ni los reglamentos de la institución. (Criaturas disfrazadas de adultos, fingiendo que entienden lo que están haciendo. Este es un gobierno de cosplayers.)

Pienso en la trama digital, donde primaba la furia. Miles de posteos fogoneados por la impotencia y el hartazgo, tirando tarascones a diestra y siniestra, y en particular contra senadores y senadoras del campo popular, sin detenerse a pensar si estaban facultados a hacer algo distinto de lo que terminaron haciendo. (El tono generalizado aspiraba a que improvisasen y aprobasen una ley que voltease a Milei ipso facto. No hay camino más corto a la frustración que las pretensiones desorbitadas.)

El jueves 6 fue una batalla más de la guerra que el gobierno elegido por el pueblo libra... contra el mismo pueblo que lo eligió.

Esto no es hipérbole. Si algo demostró la administración Milei en dos años y medio es que quiere matarnos, o en su defecto reducirnos a la condición de esclavos modernos, sin más derechos que el de obedecer sin chistar.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

El parte de guerra de hoy dice que estamos al borde de la desintegración como país. La violencia contra la Argentina es tan encarnizada, que lo que se disputa ahora es lo que nos constituye en el nivel más elemental: se discuten la tierra, el fuego, el agua. (Sólo falta que se les ocurra cómo monetizar el aire que respiramos y facturarnos su consumo.)

En estos días leí un artículo de Ezra Klein en el New York Times, donde citaba algo que le dijo el historiador israelí Yuval Noah Harari. "Gran parte de la reflexión y de la práctica sobre lo que significa tener libertad de pensamiento, sobre lo que significa ser una minoría desprovista de poder, fue realizada por pensadores judíos", apuntó Harari. "Durante 2.000 años, los judíos del mundo entero consideraron que estudiar y aprender era la más alta entre las actividades espirituales que se pueden acometer. Y después de 2.000 años, uno les pregunta: ¿Qué aprendieron? Estudiaste durante 2.000 años. ¿Qué aprendiste? Entonces la gente como Netanyahu te responde: Aprendimos que uno necesita ser un romano, ser fuerte, construir legiones, destruir ciudades. Esto es lo único que importa en la vida. Puede considerárselo un sistema de valores legítimo, OK. Pero si después de 2.000 años los judíos no han hecho otra cosa que convertirse en romanos, ¿cuál fue el sentido? ¿Para qué desperdiciaste 2.000 años?"

Nosotros desperdiciamos más de 2.000 años. Primero, cuando conquistadores y criollos despreciaron la sabiduría que los habitantes nativos habían acumulado desde el albor de la Historia. (Por fortuna, la negación no fue total. Quedaron elementos que siguen allí, esperando que los incorporemos a nuestra precaria cultura de recién llegados.) Y segundo, cuando nos cagamos en los 200 años y pico de construcción nacional.

A través de las redes la ultra-derecha moldeó a una fracción de la generación nueva, esa que está convencida de que no necesita de un país para vivir, y por ende tampoco un Estado ni una democracia. Para muchos pibes de hoy, país, Estado y democracia son abstracciones, lujos que no pueden permitirse. ¿Qué ha hecho el país por ellos? A su juicio, nada. (Un juicio sesgado e incompleto, ya lo sé, pero a eso se dedican las usinas de ultra-derecha: a recortar la realidad para dejar en pie sólo lo que les conviene.) Para demasiados, el menú que la vida ofrece se agota en la motito y el celular de los cuales dependen, el mango que sacan, los jueguitos, el fútbol, el porno y las sustancias con que intoxicarse para que la cosa parezca menos dura, hasta que el mango se esfume y haya que retornar a la moto y trabajar otra vez, por chirolas. Ahí empieza y se acaba todo. No hay nada más, no cuentan con otra cosa ni esperan otra cosa. ¿País, nación? ¿Qué es eso, con qué se come?

 

 

Se han acostumbrado a las dinámicas que derivan del uso de aplicaciones. ¿Qué es una aplicación? Un sistema que, para empezar, cabe en el celular que hoy es una extensión de sus cuerpos, y ofrece simples utilidades: contacto social, entretenimiento, ubicación geográfica, apuestas por dinero, respuestas predigeridas a casi todo. Si entienden que una de ellas les rinde, la descargan en su teléfono. Si no, pasan de largo.

Pero un país no es una aplicación, no cabe en el celular. Este es un problema concreto. ¿Cómo hacés que una generación defienda algo en lo que le enseñaron a no creer, y que para ellos no tiene utilidad alguna?

 

 

 

Veta madre

Un país es, ante todo, una idea. Un modelo de comunidad, un acuerdo básico —tácito, pero acuerdo al fin— en torno a ciertas formas que el pueblo eligió, como resultado de su experiencia histórica, para ser-y-estar en este lugar. (Lo cual implica el descarte de otras formas y modalidades de vivir.) Ese acuerdo no es necesariamente eterno, puede ser reemplazado. Pero para que eso ocurra tiene que existir un modelo alternativo. Y eso no existe hoy. En ningún lado funciona una sociedad como la que proponen los libertarios: sin Estado, sin industrias, sin educación formal, donde la vida de los ciudadanos vale el dinero que tiene en su billetera digital, y ni un mango más. (Un modelo aún más extremo que el aplicado en Perú, donde institucionalizaron la separación entre Economía y Política: los ricos hacen lo que quieren y la política no puede tocarlos ni ponerles límite.)

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Aun cuando lograsen lo que sueñan —convertir la Argentina en una versión física de Mercado Libre, donde todo está en venta para quien tenga con qué comprarlo—, el cambio no sería viable, por lo menos no de un día, o de un año, o de una década para la otra. Porque hay condiciones esenciales a la existencia en un lugar específico que no se reemplazan por decretos o leyes ni tampoco por la fuerza. ¿Y por qué no? Porque eliminarlas no es factible, simplemente. Cualquiera de nosotros podría concluir que la carne que rodea sus huesos es inconveniente —la carne duele, envejece—, pero a continuación debería aceptar que no existe forma de sustituirla por algo mejor. Querer no siempre es poder. Razón por la cual ni el más acérrimo de los libertarios locales estaría en condiciones de vivir como pretende. Ellos también están constituidos por una idea de país que no puede ser amputada, separada de lo que ya son. Hasta el más arisco de nuestros Rappi-boys está construido en base a ADN argento, sin el cual no sería quien es y no recordaría ni dónde dejó la moto.

Esta es, quizás, la única nota positiva de estos días aciagos. Los enemigos de la Argentina —los gobiernos de Estados Unidos e Israel, las corporaciones, los medios que les responden, los políticos y oportunistas de derecha, la mayoría de nuestros empresarios, la porción de las clases media y baja que considera un ídolo a Gunga Din— han perforado y talado hasta encontrarse con un límite, una dureza impenetrable, más allá de la cual temen no poder avanzar ya más. Y al llegar a la veta madre, han sacudido la totalidad de la estructura, la hicieron vibrar. Lo que resta por ver es qué consecuencia tendrá ese choque: si una pronta vuelta al estado inerte o una remezón sísmica — un terremoto.

Durante estas semanas se encadenaron hechos que reafirmaron que ser argentino significa más que una transacción entre privados. A la manera del amnésico que vislumbra algo que perfora la niebla de su desmemoria, vimos y sentimos algo que nos reconectó con una emoción perdida, o al menos anestesiada. El masivo homenaje al Indio del 7 de junio significó infinidad de cosas, pero también esta: los argentinos amamos nuestra cultura y dependemos de ella como del agua y el aire, porque nos ayuda a pensarnos y a disfrutar en simultáneo. (Aun cuando ese disfrutar suponga una dosis de sufrimiento. En estos días mi hijo mayor, que me tortura sin querer porque no para de poner música del Indio en casa, me obligó a reconsiderar La murga de la virgencita. Qué canción, por Dios. Es la historia de nuestro pueblo en cinco minutos, una novela sonora de Roberto Arlt, una ópera popular en frasco chico.) Ese día, parte de nuestro pueblo dijo: Somos nuestra cultura, con nuestra cultura no te metás.

 

El duro oficio de ser argentino. Foto: Luis Angeletti.

 

El 15 de julio jugó la Selección contra Inglaterra y apareció el trapo casero que levantó Lo Celso. Ese gesto espontáneo removió otra capa de amnesia. El reclamo por las Malvinas forma parte de nuestra identidad, aunque más no sea por sentido común: son islas que tenemos cerca, están ahí nomás. La idea de que pertenezcan a Inglaterra en un mundo descolonizado es tan absurda como los argentinos reclamemos soberanía sobre la Isla de Man, que queda entre Irlanda y Gran Bretaña. (Si plantásemos bandera en Man, lo primero que ocurriría es que Puto Catoto sacaría los millones que esconde allí.) Seamos conscientes o no, experimentamos las Malvinas como parte de nuestro cuerpo. Uno vive sin pensar en su cuerpo, salvo cuando una parte experimenta placer o dolor: en esos momentos, recordamos que nuestra mente está incorporada a ese dispositivo carnal como un disco rígido. Y las Malvinas duelen. Ese día, gran parte del pueblo pensó: Somos nuestro cuerpo, con nuestro cuerpo no te metas.

La pretensión de plantar bandera de remate sobre territorio argentino, cristalizada en la sesión del jueves 6, operó en el mismo sentido. También contribuyó la sobreactuación del gobierno de Trump, que con talante de patrón de estancia amenazó a empresas patagónicas para que no comercien con Huawei, una empresa china. El rechazo a la injerencia de los Estados Unidos en nuestros asuntos, que parecía planchado, recuperó tonicidad.

Revitalizada la conexión con la integridad de nuestro cuerpo, bandera artesanal mediante, surgió una consigna más contagiosa que la actual epidemia de gripe. El martes 4 fui a escuchar a Rosalía, y el público, sin que mediase estímulo ni provocación, se puso a cantar la patria no se vende en el intervalo entre un tema y otro. Y estoy hablando de un público mayoritariamente femenino y joven, muy lejos del perfil del nacionalismo tradicional. (Dudo de que hubiese allí muchas fans de Iorio.) Pasando por encima de la presunta ofensa en que habría incurrido la catalana post partido Argentina-España —o sea: sin ánimos de increpar a Rosalía, por quien no expresó otra cosa que amor—, el público se lanzó a cantar algo que estaba en el aire, que formaba parte del animus del instante. En estos días, la enorme mayoría del pueblo argentino pensó en algún momento u otro: Somos nuestra patria, con nuestra patria no te metás.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

 

 

 

Si no hay Argentina, que no haya nada

Tratando de desintegrarnos, el poder se topó con algo indestructible. Un corpus vivencial en común, compuesto por elementos que constituyen algo superior a la suma de sus partes. Difícil de sistematizar pero a la vez inequívoco, porque cuando damos con una de esas partes, lo que surge pensar y sentir es: Yo también soy eso, yo formo parte de eso. El corpus sería un diamante descomunal, cortado de modo que enseñe infinidad de facetas: el Diego, Gardel, Perón y Eva, o juremos con gloria morir, el Che, los Redondos, la celeste y blanca, Borges, nuestra sociabilidad proverbial, las Madres y Abuelas, Leonardo Favio, la Negra Sosa, Belgrano y San Martín, Discépolo, Piazzolla, El Eternauta, Mafalda... Una lista que se prolongaría hasta el horizonte, para contener la riqueza de la cultura que generó este lugar y que forma parte inescindible de quienes somos.

(Y cuando digo cultura no me limito a lo artístico. Hablo de todo lo que hemos ido creando a partir del incontenible deseo de expresarnos que nos define: política, deportes, costumbres, lenguaje... Porque argentino no es un sustantivo neutro, un garabato más en el DNI o el pasaporte, sino una palabra que expresa una cualidad, una forma de vivir específica: ni mejor ni peor que otras, pero característica de este lugar, y por ende irrenunciable.)

Por supuesto, hay facetas con las cuales te identificás más que otras. No hace falta conocerlas o casarse con todas para verse reflejado. Pero si al considerarlas distinguís elementos que te hacen vibrar, eso que te pasa es simple: estás experimentando lo que se siente al ser argentino. Y ojo, que no se trata de nacionalismo convencional. El nacionalismo tiene mucho de defensa de la camiseta por la camiseta misma. Es la que te tocó, y le hacés el aguante. Pero ser de Boca o de River no entraña una forma específica de vivir. Pueden ser de Boca un garca y un santo. En cambio, ser argentino —eso que estamos recordando, desde que llevamos dos años y pico en medio de un engaño— sí entraña una idea específica, te hace partícipe de un código compartido. Y los garcas no forman parte de ese código. No hay garcas entre la gente que admiramos y que forma parte de nuestro ADN cultural. Los garcas argentinos —que los hay a granel, lamentablemente— no participan del código común, se autoperciben cuentapropistas. Nuestra cultura denuncia sus trapisondas, desde Cambalache hasta Plata dulce.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Imagino que lo que ocurre se parece a lo que deben haber experimentado hijos e hijas recuperados. Después de pasar décadas creyendo que eran una cosa, se reencuentran con su familia real y, al exponerse a los rasgos físicos en común, a la historia que por fin cierra, al reconocer en otros gestos propios, se va gestando una epifanía, se produce un clic. La sensación de entender, por fin, quién carajo es uno. Por ahí pasa uno de los errores de la batalla cultural que plantearon estos ñatos. Pensaron que reemplazarían nuestro corpus vivencial por una baratija nueva. Pero la plata no es la patria, no genera sensación de pertenencia. (Al contrario: ¡te expulsa todo el tiempo!) Y uno no encuentra plenitud en su moto, ni en su celular, ni en un streaming. Nada de eso llena el alma, nada de eso te carga de sentido.

Por eso estoy convencido de que, aun al filo de la desintegración, el país está vivo. Porque la idea del país —esa creación deslumbrante que llamamos Argentina— sigue viva, pulsante. Y como el corpus vivencial es algo que tiene en común la mayoría de los habitantes de este territorio, sigue creando comunidad. Es una fábrica de consensos, algo que une a la fan de Rosalía con el fan de Iorio, al peroncho con el anarco, al de River con el de Boca. (¡Como ocurría en las misas de los Redondos!) Esa comunidad es la que despierta en defensa del corpus, ante la imagen deforme que el mundo ve de nosotros debido a la impropiedad de quienes nos representan hoy. Experimentamos una reacción de corte casi alérgico: ante la brutalidad y la crueldad que transmite Milei, ante el hecho de que genocidas como Netanyahu se pongan la camiseta de la selección argentina. En pleno acting, nuestros cuerpos dicen sin palabras: Yo no soy eso, yo no formo parte de eso. Queremos dejar de sentir vergüenza. Necesitamos volver a sentir el orgullo de siempre.

Si algo representa Milei es lo anti-argentino, la perfecta negación de lo que hemos sido, somos y aspiramos a ser. Tendremos muchos defectos como sociedad, pero siempre valoramos la superación que se obtiene mediante la educación y el esfuerzo, a diferencia de este gobierno que glorifica la ignorancia y el zarpazo salvador; y siempre hemos sido solidarios y sensibles al dolor ajeno (¿qué es nuestra música, sino la expresión sonora de la capacidad empática de los argentinos?), a diferencia de este régimen que caga a medio mundo y no tiene otra cosa para decir que jódanse.

Esa capacidad empática debería invitar a desacoplarnos del que se vayan todos que volvió a sonar. Se trata de una consigna que no funcionó en el 2001 ni funcionará ahora, porque nada surge ex nihilo, nada se crea a partir de la nada. Al contrario: tienta a optar por lo nuevo, simplemente porque es nuevo. Miren cómo nos fue por comprar mera novedad en el '23. Sería necio cancelar a dirigentes y dirigentas que son capaces y valientes y no merecen la bolsa del descarte. Lo cual no significa que sean infalibles ni que hayan llegado a la madurez política. Pero una cosa es equivocarse y otra muy distinta es traicionar. Eso simplifica la operación matemática. ¿Aquellos que no nos traicionaron nunca? Con esos se puede contar.

 

Foto: Luis Angeletti.

 

Seguimos jodidos, sí. Pero ya asoman entre los escombros algunos de los cimientos que necesitamos para reconstruir. Porque el gobierno de los Milei es como el Otálora de un célebre cuento de Borges: está muerto, sólo que todavía no se dio cuenta. De lo que se trata hoy es de estar a la altura de la circunstancia y privilegiar lo que nos une, por encima de lo que nos separa. Y eso que nos une es la comprensión clara de los valores que expresan los hitos de nuestra cultura. Necesitamos una dirigencia política que sea la encarnación de esos valores. (¿Se imaginan a Milei diciendo: Si no hay amor, que no haya nada?) Una conducción que reniegue de la tibieza en todas sus formas y vaya por la gloria por la que juramos dar la vida, en cada acto solemne, en cada partido mundial, en cada protesta.

Con lo que cuesta armar un full y tirarlo en este paño, Dios.

 

 

 

 

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