El 13 de septiembre de 1956, un año después del golpe de Estado que derrocó a Juan D. Perón, se estrenó Después del silencio, un drama costumbrista de Lucas Demare que denunciaba torturas y persecuciones a los opositores durante el gobierno de Perón. El mensaje, algo subrayado, era el de la recuperación de los valores esenciales del país, como la libertad, la paz e incluso la familia. La película apoyaba el golpe sin eufemismos, con imágenes documentales que incluían los bombardeos a Plaza de Mayo de junio de 1955, junto a expresiones de algarabía por la libertad recuperada.
El 3 de julio de 1958, dos meses después de que Arturo Frondizi asumiera como Presidente de la Nación (con el apoyo a distancia de Juan D. Perón, el tirano prófugo), Demare estrenó Detrás de un largo muro. Fernando Martín Peña escribió al respecto: “La vida cotidiana en las villas llegó al largometraje comercial de manera casi simultánea en Detrás de un largo muro, melodrama de Lucas Demare sobre argumento de Sixto Pondal Ríos, y El secuestrador de Torre Nilsson, sobre cuento de Beatriz Guido, ambos en su apoteosis expresionista”.
Protagonizada por Susana Campos y Lautaro Murúa, Detrás de un largo muro relata el derrotero de una joven de clase baja que llega a la ciudad de Buenos Aires huyendo de la falta de trabajo en el campo. Ilusionada al principio al ver las lujosas viviendas de la avenida del Libertador, termina en la Villa Jardín, en Lanús. Lleva ahí una vida miserable, a merced de la delincuencia y la precariedad. Si bien no hay referencias temporales claras (los políticos aparecen con smoking y galera, lo que podría remitir a la época del fraude patriótico), subyace una crítica solapada al peronismo, que según una tenaz letanía reaccionaria “creó las villas miseria”. En realidad, las villas surgieron en la década del ‘30 a partir de la crisis del campo y la incipiente industrialización sustitutiva que impulsaron las migraciones internas. Fue el inicio del famoso aluvión zoológico que, casi dos décadas más tarde, denunciaría en la Cámara de Diputados el radical Ernesto Sammartino. Y antes de las villas existieron los conventillos, viviendas colectivas igual de denostadas. "Santiago Estrada, vocero de la Iglesia, escribía en 1889: ‘El conventillo es la olla podrida de las nacionalidades y las lenguas (…) En ellos crecen, como la mala hierba, centenares de niños que no conocen a Dios, pero que dentro de poco tiempo harán pacto con el diablo. Carecen de la luz del sol, y se desarrollan raquíticos y enfermizos, como las plantas colocadas a la sombra carecen de la luz moral, y se desarrollan miserables, egoístas, sin fuerzas para el bien’”. Guillermo Rawson, médico y político, tenía una visión un poco menos severa hacia los habitantes de aquellos conventillos y más dura hacia las élites económicas de las que formaba parte:
“Acomodados holgadamente en nuestros domicilios, cuando vemos desfilar ante nosotros a los representantes de la escasez y de la miseria, nos parece que cumplimos un deber moral y religioso ayudando a esos infelices con una limosna; y nuestra conciencia queda tranquila después de haber puesto el óbolo de la caridad en la mano temblorosa del anciano, de la madre desvalida o del niño pálido, débil y enfermizo que se nos acercan”.
Palabras que prefiguran de algún modo la intervención de la tradicional Sociedad de Beneficencia por parte del gobierno peronista:
“La vetusta Sociedad de Beneficencia de la Capital que ejercía la limosna como principio y la diferencia de clase como norma ha sido transformada integralmente. Hoy se practica la solidaridad social”.
La fantasía reaccionaria del peronismo que condenaba a las masas indefensas a vivir en condiciones insalubres choca contra la realidad: bajo las primeras presidencias de Perón, el Estado impulsó la construcción de medio millón de viviendas, ya sea a través de obra pública o con préstamos hipotecarios. Para poner esa cifra en perspectiva es bueno recordar que, según el censo de 1947, la Argentina contaba en aquel entonces con 15,8 millones de habitantes. Es decir que aquella cantidad equivaldría hoy a un millón y medio de viviendas.

En el imaginario de Demare, el peronismo no es un movimiento político o social como cualquier otro, con sus luces y sombras, sino una especie de cofradía delictiva. Bajo esa imagen impiadosa, los peronistas no pueden ser considerados argentinos de bien (para retomar una imagen que suele usar Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa), sino apenas unos intrusos. En Los bárbaros, Alessandro Baricco nos ofrece una definición interesante de la Muralla China:
“Parece la fortificación de una frontera, pero en realidad es la invención de una frontera (…) La Gran Muralla no defendía de los bárbaros: los inventaba. No protegía la civilización: la definía”.
Esa obra monumental no tenía como función proteger al imperio de las incursiones bárbaras (era demasiado extensa como para poder lograrlo de manera eficaz) sino definir la línea que separa la civilización de la barbarie. El imaginario antiperonista requiere de murallas chinas para protegerse de las hordas peronistas, consideradas irrecuperables. La avenida General Paz es una de esas fronteras imaginarias.
Hace unos días, Alejandro Sarubbi Benítez, abogado y panelista del streaming oficialista Carajo, propuso cercar el Conurbano con un muro y colocar francotiradores. “Ya la provincia de Buenos Aires, en mi humilde opinión, sobre todo lo que tiene que ver con el Conurbano bonaerense y la inmensa porción de gente, no tiene salvación. No hay retorno ahí. Pase lo que pase y gane quien gane va a seguir siendo lo mismo, porque vos tenés un problemita cultural y de marginalidad que ni siquiera empezó con el kirchnerismo, es de muchísimo antes. Para mí no tiene vuelta la provincia de Buenos Aires”, afirmó en el comienzo de su intervención, generando la adhesión e incluso las risas del resto de los panelistas. Propuso tres soluciones definitivas, o más bien finales: “La primera sería la esterilización. Es muy buena esa. Es la más tranquila de las tres (...) La otra es independizar a la provincia y decir ‘hacé tu propio país con alcohol y mujerzuelas’. Y la tercera, que a priori puede parecer un poco cara, pero no lo es: todas las mañanas tirar napalm desde aviones”. Como suele ocurrir con los matones virtuales alimentados en el generoso feedlot estatal, frente al escándalo que generaron sus afirmaciones repulsivas, pidió perdón. Aseguró que nunca fue su intención promover la violencia, ni ofender a nadie. Algunos de sus colegas consideraron que sus dichos habían sido sacados de contexto, una excusa asombrosa aun para el generoso estándar de los entusiastas de la motosierra.
En una entrevista que dio hace algunos años, Marcos Aguinis afirmó que “Buenos Aires es como París, en el centro de África”, generando la reacción risueña de su entrevistador. Además de ser una aseveración tan racista como las de Sarubbi Benítez, es también una falacia económica: el Conurbano bonaerense, nuestra supuesta África, aporta aproximadamente el 40% del producto industrial de la Argentina.
El racismo y la xenofobia maridan bien —como se dice de un vino con determinados platos— con el antiperonismo, hoy circunstancialmente antikirchnerismo. En el fondo, el odio gorila —que podríamos caracterizar de forma genérica como antipopulismo— se explica por el rechazo visceral al empoderamiento de los muchos. La furia que las élites empresariales le profesan a CFK no difiere mucho de la que sus antecesores sintieron frente a Hipólito Yrigoyen: en agosto de 1930, el acto inaugural de la Exposición de Agricultura y Ganadería de la Sociedad Rural fue suspendido por las cataratas de silbidos e insultos que recibió el Presidente radical. Los ganaderos protestaban por el tibio industrialismo del gobierno, que según ellos mermaba sus recursos. Seis días después, Yrigoyen fue derrocado.
La deshumanización de los yrigoyenistas, peronistas y, hoy, circunstancialmente, kirchneristas, es el truco con el que las élites económicas del país ocultan el debate político y lo reemplazan por un supuesto enfrentamiento moral. Yrigoyen, Perón, Néstor Kirchner y CFK padecieron el escarnio del poder real por haber osado llevar la puja distributiva a la luz del día y mediar a favor de los ingresos populares.
No es otro el crimen que mantiene a la ex Presidenta encarcelada en su departamento porteño. Su figura valiente, parada en el balcón de la calle San José, nos recuerda cada día que hubo —y por lo tanto hay— otro camino posible frente a la miseria planificada.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí