Kairós

Unidad y multiplicidad de la condición humana

 

Kairós no es sólo la oportunidad individual, es la ocasión que nos ofrece la sociedad, la oportunidad abierta a todos por igual [1].

 

Es inevitable que el estudio específico de un objeto requiera la separación, el aislamiento y la ampliación de los detalles, un acercamiento que puede llegar hasta lo indivisible, lo insignificante. En esta exploración, es frecuente que las ciencias pierdan la perspectiva total, que justamente es aquella en la que se encuentra el sentido último de las cosas. Nuestro trabajo parte de esta constatación elemental. Su objetivo es volver a dar unidad al fenómeno humano, ir más allá de la fragmentación proponiendo una perspectiva dialéctica que suelde la parte en el todo y el todo en su parte. Kairós es un libro contra la desintegración, contra las múltiples laceraciones de la historia que acaban convirtiéndose en obstáculos ineludibles, en inercias humanas disfrazadas de segunda naturaleza. Por eso será conveniente reunir distintas disciplinas en una visión que vaya de la historia a los relatos, de la infinita inmensidad del mundo a la concreta psicología del individuo, una visión empírica de lo real, una sociología enraizada en la filosofía y capaz de hacer una síntesis que mantenga viva la complejidad. Un pensamiento totalizador que no se reduzca simplemente a reunir y comprender la tensión entre polaridades que hoy se excluyen mutuamente —economía, sociedad, trabajo, tecnología, ecología, ciencia, ética, género, etc.— sino que sea capaz de activar una respuesta a la inercia de nuestra época.

Soy consciente de que Kairós. Unidad y multiplicidad de la condición humana, ya en su mismo título trata de presentar la singular inmensidad que cada existencia trae al mundo. Por un lado, representa la personificación del tiempo entendido como oportunidad, como tiempo adecuado, pertinente, como ocasión e invitación implícita al hacer, quiere expresar una visión no cuantitativa, que no propone un orden mensurable; por otro lado, reunir el fenómeno humano en tres dimensiones, como veremos, asume todos los riesgos que conlleva cualquier apelación al orden. La propuesta, en cambio, no es reducir lo humano, sino abrirlo a un orden imprevisible, como un caleidoscopio en el que diferentes planos entran en juego, se superponen y se cristalizan en cada acto.

En la base de este proyecto se encuentra la categoría de lo universal-singular junto con la de práctico-inerte, vinculadas a todas las herramientas cognitivas que, como veremos, propone la dialéctica existencial. Se configura como un proyecto audaz pero consciente de su propia dificultad, que buscará una visión dinámica en la que lo micro y lo macro no sólo no se excluyan, sino que se constituyan entre sí de manera indisoluble. La sociología es ciencia y con-ciencia, describe y forma parte de ese contexto, se ve reflejada, observa y se observa. El compromiso, l’engage, no es una obligación, no debemos abrirnos al mundo, estamos ya en él, compartimos recursos y problemas, estamos entrelazados y no podemos prescindir de los Otros. Podemos ser más o menos conscientes de nuestro ser-en-el-mundo, pero incluso cuando no lo seamos participamos, cuando estamos ausentes o no nos pronunciamos estamos igual siempre presentes, porque la ausencia es una forma de presencia. Uno no “tiene” que elegir, elige incluso cuando no quiere y cada elección se convierte en elección de mundo, construcción del mundo. No hay una barrera que separe el individuo de la sociedad y no es tan fácil reconocer donde termina uno y empieza lo otro.

Se trata, pues, de contrarrestar la alienación, salir del sonambulismo social y recuperar el gobierno de los procesos en curso. La inercia de los objetos debe orientarse hacia fines humanos, de lo contrario prevalecerá la funcionalidad ciega de los mecanismos. Los medios disponibles están vacíos de contenido, se limitan a cumplir su cometido, su objetivo se agota en el desempeño de la actividad prevista.

La primera característica estructural de la modernidad es la diferenciación. La división del trabajo era para Adam Smith sinónimo de civilización y riqueza. Fraccionamiento de la sociedad, del conocimiento, de la ciencia, de la familia, división de roles. La finalidad ya no es relevante, en cada ámbito cobran centralidad las herramientas, los instrumentos, desde la maquinaria hasta los procedimientos burocráticos. Todo tiende a tecnificarse, la disociación entre medios y fines se proyecta en una racionalidad suprema, la económica. Una racionalidad utilitarista, descarnada, que desconecta el contenido de la forma para finalmente considerar que sólo aquella forma instrumental, vacía de valores, puede decirse verdaderamente racional.

En la sociedad moderna, el individuo sigue, en la mayoría de los casos sin pensarlo, el ritmo de los objetos que le rodean. La utilidad, la sencillez y la comodidad que ofrecen los dispositivos que él mismo crea y recrea se acatan dócilmente; se aceptan sus procedimientos, sus limitaciones y su ritmo. Así es como al final nos encontramos persiguiendo las exigencias mudas de las máquinas, que conducen a una aceleración continua en el hacer, en el decidir y en el producir. La paradoja, sin embargo, es que cuanto más se corre, menos tiempo se tiene: parece ser que cuando gana la velocidad, es siempre la conciencia la que sale perdiendo.

Si estos procedimientos se multiplican y se extienden en técnicas, tecnologías, dispositivos, protocolos cada vez más reglamentados y específicos, si éste es el mundo que nos propone nuestra época, debemos encontrar las convergencias necesarias para derribar las murallas que hemos construido. La sociedad fraccionada, resultado de una sucesión de separaciones, diferenciaciones y desintegraciones que se ha consolidado atravesando los siglos, sólo podrá superar la serialidad cuando logre poner en marcha proyectos con propuestas totalizadoras. Respuestas que capten lo universal en su específica singularidad, que preserven y alimenten la convergencia sobre un punto común, ese indispensable punto de fuga que reúne todas las perspectivas [2].

Desde la simple suma hasta las operaciones matemáticas más complejas, la certeza que expresa la cifra en su resultado final es fruto de un compromiso. Para agregar elementos, primero es necesario establecer las analogías que permiten unir, en un mismo grupo, temas que de otro modo estarían dispersos. El conjunto producido por la agregación no se funda en la voluntad de convergencia de los objetos, sino en la intención de quien desde fuera ha reunido materias reales diferentes. Cada suma ha sido compuesta y se sustenta en un proyecto, una razón de ser, una estética y una ética. No posee una legitimidad propia, ni un en-sí, ni un cuerpo que la mantenga unida, y por tanto, si deja de ser sostenida por un proyecto volverá a la totalidad dispersa de lo real de la que fue extraída.

Esta última observación, que parece hacer hincapié en la escisión de los elementos, quiere sentar la base sobre la cual avanzar hacia la toma de conciencia que proponemos en nuestro trabajo. La unidad debe buscarse, crearse y mantenerse, mientras que la separación es el estado serial de partida que debe ser superado. Este es, al menos, el estado de cosas en nuestras sociedades regidas por la racionalidad económica, donde el Otro es un competidor potencial, o un individuo siempre al acecho, como ese homo lupus del que hablaba Thomas Hobbes (1588-1679). También por eso Georg Simmel (1858-1918), como tantos otros pensadores, se preguntaba cómo es posible la sociedad “como forma objetiva de las almas subjetivas” y declaraba no tener una respuesta preparada, quizá porque la sociedad siempre hay que imaginarla y crearla [3] . Reproponiendo hoy esta pregunta, nuestra tesis es que la sociabilidad es una construcción humana vinculada a un proyecto común y compartido que requiere participación y acción convergente. La sociedad no es un organismo, no tiene una unidad propia, no tiene una masa o un cuerpo que la constituya, es más bien un todo magmático que se materializa y desmaterializa, que debe modelarse y recrearse cada vez con la acción común. Una materia viva, incandescente, que, si no se tiene en cuenta, tiende a solidificarse, se vuelve materia inerte, antihumana.

Partimos de nosotros mismos, de nuestra singularidad situada, del ser humano universal como unidad ontológica entre el en-sí y para-sí, marcada por un continuo deseo de alcanzarnos, para detener la carrera y convertirnos en esa totalidad inmóvil que no logramos atrapar. Vemos que también ésta es una unidad que a menudo en la historia ha sido disgregada, separada de sí y del mundo. Partimos del deseo de unidad del en-sí-para-sí que caracteriza al fenómeno humano. Un individuo solidario consigo mismo, solidario con ese otro sí mismo que busca alcanzar y recomponer para encontrar, en cada ocasión, una pertinente respuesta totalizadora. La atomización en todas las esferas de la experiencia deja tras de sí una pérdida, un individuo desorientado a merced de una sociedad sin futuro. La humanidad, aunque consciente de los problemas comunes que la aquejan y del proceso que tiende a homogeneizarla, no tiene un proyecto de futuro en torno al cual puedan dirigirse los esfuerzos individuales y globales. Procede de forma cada vez más acelerada hacia ninguna parte, o más bien hacia un destino percibido como ineluctable. Una meta que nadie ha elegido y que todos hemos construido.

Recientemente la humanidad ha vivido un momento crucial, nunca en la historia universal se ha producido un acontecimiento global como el desencadenado por la pandemia del Covid-19. El mismo problema, las mismas dificultades, las mismas limitaciones, la misma angustia, han homologado a todos y a cada uno. En este mismo momento registramos que el planeta sigue generando con indiferencia un cambio climático irreversible, los seres humanos se encierran en sí mismos, inician guerras, se temen, se evitan. Kairós señala que todo drama compartido puede ser también un desafío excepcional, puede convertirse en una oportunidad propicia para un cambio de registro.

Tal vez seamos capaces de forjar un pacto, una alianza, una fusión social que supere los cálculos mezquinos y avance hacia una nueva construcción colectiva. O tal vez seremos sólo nosotros, los utópicos e ingenuos de siempre, los que volvamos a soñar con una sociedad más humana, más justa, más consciente del medio ambiente. De todos modos surgirá, esperemos pronto, una sincronía solidaria, una propuesta que reúna libertad, bienestar y felicidad entendidos como valores plurales.

Este es un libro que no tiene respuestas prefabricadas ni modelos para poner en acción, más bien quiere proponer razones y herramientas para pensar, reflexionar y actuar. Queremos construir juntos una perspectiva en la que se superpongan historia y biografía, sociología y filosofía, individuo y sociedad, seriedad y juego, materia e imaginario. Una unidad compacta de sentido, una convergencia densa y sólida, no una suma de elementos externos y ajenos, sino una totalización integrada e interrelacionada capaz de salvaguardar la complejidad cargando cada análisis individual con la profundidad humana de la vida. Queremos una racionalidad que logre integrar sin generar ataduras, abierta al diálogo, que acoja toda la expresión de lo humano, incluso aquello que se considera irracional e inhumano, para comprender la unidad y multiplicidad que somos. Aspiramos a una racionalidad consciente.

Karl Marx (1818-1883) decía que no hay que limitarse a interpretar la historia, hay que cambiarla. Con el pasar de los siglos, esta necesidad se ha hecho ineludible, ya que el ser humano se ha convertido en el principal peligro para sí mismo. Muchos elementos coinciden en afirmar que se nos acaba el tiempo, las crisis y los conflictos se superponen y se agudizan, y en la era de la comunicación la humanidad se encuentra más desorientada que nunca. ¿Qué hay que hacer? ¿Qué mantiene en pie toda la estructura? ¿Cuál es la fuente de la que se alimenta y reproduce? ¿La pasividad? ¿La inercia? ¿La rueda del consumo? ¿La comodidad?

Es necesario identificar cuál es el estatuto primario de este sistema inerte que parece autoperpetuarse. Ante la perentoriedad de los conflictos, la crisis medioambiental, social y epidémica, urge encontrar respuestas convergentes capaces de dar voz a la vida, a la sociedad hecha de individuos, a las multitudes marginadas por el bienestar de unos pocos.

 

[1] Domenico Miusti, Erodoto, Tucidide e la storiografia greca, in Erodoto, Storie, Bur Rizzoli, Milano 2008, p. 39 (traducción del autor).
[2] Cfr. André Gorz, Miserias del presente, riqueza de lo posible, Paidós, Buenos Aires 1998, pp. 137-138 y 145.
[3] Cfr. Georg Simmel, Sociología. Estudios sobre las formas de socialización, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 2015, p. 108.

 

* El texto es la introducción de Kairós. Unidad y multiplicidad de la condición humana, del sociólogo y filósofo Claudio Tognonato, que publica la editorial Calambur.

 

 

 

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