Patriarca indiscutido de todos los fantasmas de Occidente, el destronado Hamlet (Senior), bioprogenitor del príncipe homónimo (Junior) de idéntico nombre y dinastía, a merced de William Shakespeare (biógrafo familiar, 1564-1616), perpetúa rasgos y características de todo espectro que se precie después del siglo XVI. Sin reproducir la fidedigna imagen del original de carne y hueso, aún de cerca se le asemeja en forma reconocible pese a deambular suspendido unos palmos sobre el suelo, vuelo sorprendente para una época carente de rones. Robusto y transparentón, pilchero de punta en blanco, despierta empatía o terror en los escasos mortales frente a los cuales ha decidido manifestarse. Habla solo con el destinatario de su mensaje, por encima de los eventuales testigos quienes, ataviados de un reciente racionalismo, se interrogan si no se trata de un producto de su intrínseca fantasía (que, como todo el mundo sabe, precisamente deriva del vocablo ”fantasma”).
De acuerdo a la plausible versión del Bardo de Avon, como el conjunto de los espectros ejemplares popularizados en la época, deambula sin decidirse entre vivos y finados, ateísmo con el cual zafa del panteón oficial de la tradición politeísta judeocristiana, dotada de ángeles, vírgenes, santos y demonios, su ruta... Errante vagancia, propia de los anómalos (como los cerdos, las avestruces y abundantes economistas), habitantes del batallón exceptuado de toda serie de clasificación teológica o social. Condición que le habilita a esparcir fake news por siempre más allá de las almenas de Elsinore, como que la frase ”Hay algo podrido en Dinamarca” fue espetada por el joven Hamlet, cuando en realidad corresponde al fiel amigo Marcelo. Picardía del prodigio visitante, insinúa el carácter poco confiable de sus aseveraciones, sin menoscabo de las tareas que encomienda.

Por fuera de las características estipuladas mediante el posterior colonialismo eurocéntrico, la cultura popular en Oriente conserva su propia escatología fantasmagórica, dotada de multitud de apariciones desligadas de panteones saturados de deidades y satanismos. Incluye entidades muchas veces bienhechoras en convivencia con temibles seres antropomorfos. Experta cicerone de esas espeleológicas oquedades, a la luminosa escritora Mariana Enriquez (Valentín Alsina, Buenos Aires, 1973) le fue encomendado introducir la breve novela (o extenso cuento) de Natsume Sõseki (Oshigome, 1876-Tokio, 1916) El eco fantasmal de un koto, que llega a nado desde Madrid en una muy prolija edición en un papel Munken de 115 g., poco visto en estas latitudes. Más que prólogo, presentación, crónica de microgénero, reseña heterodoxa, crítica literaria, ensayo, las concisas seis páginas a cargo de Enriquez contienen y a la vez desbordan la de por sí obra maestra del japonés. El texto conserva y amplía los condimentos de la Restauración Meiji (1868-191), y resignificó la cultura nipona hacia y desde Occidente. Por ende, el volumen que nos ocupa condensa tres gemas en una misma joya: el texto de Mariana Enriquez, el relato de Sõseki y las resonancias literarias del adalid de la narración sobre fantasmas Lafcadio Hearn (Grecia, 1850-Tokio, 1904), japonizado de pies a cabeza bajo el nombre de Koizumi Yakumo.
Sõseki aborda las vicisitudes de un fantasma en particular, el de despedida, que Enriquez describe manifestándose “antes de su muerte para decir adiós, el que lo ve reconoce al ser amado, aunque es imposible que esté presente de carne y hueso”. Sincretismo disimulado entre la literatura inglesa y la nipona, con predominio de ésta última, la acción comienza con el encuentro entre dos amigos en tiempos contemporáneos (de aquellos días, principios del siglo XX), uno licenciado en Ciencias Humanas, el otro en Derecho. Un racionalista escéptico, abierto en creencias misteriosas el otro; independiente en lo económico el anfitrión, incómodo asalariado el visitante. Encuentro entre clases cuya mutua historia les cohibe de transformar el debate en lidia, se topan con las supersticiones vigentes en la casera y la suegra, respectivamente, a fin de reservarse las singulares porciones de racionalismo incipiente.

Atrayentes argumentaciones matizadas con referencias de presunta empiria, así los espectros se manifiestan al modo en que los agonistas avanzan siendo poseídos por sus certezas: “En cuanto el ‘si’ escapa de mis labios, me doy cuenta de que tendría que haber confesado la verdad, pero ya es demasiado tarde. Ya que no puedo retractarme, debo concentrarme en buscar una explicación creíble. ‘Si’ es una palabra sencilla que solo consta de dos letras, si bien no hay que tomársela a la ligera: insuflarle vida me va a costar un esfuerzo colosal”. Vacilación y certidumbre establecen la dialéctica evocadora, inasible, que el sonido del instrumento musical del título El eco fantasmal de un koto, metaforiza al atraer desde el pasado los perturbadores reverberos capaces de sembrar dudas en la realidad. Al choque entre los fantasmas agazapados en la condición humana singular, se suma el sistema ancestral de creencias, mientras la evidencia pragmática de la razón compite, se amplifica y palpita al ritmo vertiginoso de la invasión cultural estableciéndose socialmente en la era Meiji.
“Si forzaras un grito de alegría a convertirse en un tétrico lamento obtendrías algo similar a este aullido. Si un fuerza tiránica estrangulara un ladrido enloquecido hasta reducirlo a un gimoteo luctuoso también lograrías replicar este aullido”. Miedo y algarabía, estremecimiento y jugos orgánicos se entrelazan en la aparente sencillez de la prosa de Sõseki, que brota dentro del despliegue dialógico no menos que cuando se cuela en la inflexión subjetiva. Al materializarse lo incorpóreo, y viceversa, la obra literaria adquiere matices emergentes a la percepción requerida por la emoción estética cuando la oscuridad descubre apenas sus secretos y lo encandilante apaga su ceguera. Tal cual los ecos del koto.
FICHA TÉCNICA
El eco fantasmal de un koto
Natsume Sõseki

Traducción de Óscar Tejero
Madrid, 2025
78 páginas
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