Hace un par de semanas me enganché con un artículo de Ezra Klein, columnista del New York Times, y ese texto me convenció de leer un libro que terminó siendo estimulante. En su columna, titulada El caballo de Troya de Christopher Nolan, Klein admite que llegó tarde a los debates que inspiró la película La Odisea. (Dicho sea de paso, es maravilloso que aún ahora, en plena Era de la Bolu/Conchudez, un film basado en un poema milenario estimule tantas reflexiones y diálogos.) Pero, a pesar de la demora, Klein tiene algo interesante que decir. Y no tanto sobre La Odisea, que sería lo de menos, sino sobre este mundo en el que estamos viviendo con incredulidad, porque cuesta distinguir si es realidad o un mal sueño.
Algunas críticas dispararon sobre el modo en que el film re-interpreta a Odiseo, protagonista del relato homérico. El poema lo presenta como un tipo inteligentísimo y, por añadidura, complejo. En las diversas traducciones se lo dice hombre "de muchas artimañas", "de muchos giros", "ingenioso", "astuto". Tan pronto entendés que Odiseo pergeñó la idea del caballo hueco, y que además engañó al cíclope diciendo llamarse Nadie, ya no dudás de la justicia de esas descripciones. Este Odiseo, pues, posee elementos de un arquetipo mitológico: aquel que se conoce bajo el título de trickster. Trickster significa timador, tramposo, embaucador. (Trick es trampa, truco, engaño, y trickster sería aquel que lleva adelante esos ardides.) Pero el arquetipo como tal —un arquetipo es un modelo original, un prototipo, un paradigma— no tiene traducción. En la Wikipedia en nuestro idioma también figura como trickster, a pesar de que existan puristas que proponen españoladas como pícaro divino.

Trickster es Loki, por ejemplo, aquel que enloquece a Odín en la mitología nórdica. También los personajes que las leyendas de los nativos de América del Norte conocen como Cuervo y Coyote. Y el Hermes griego, hijo de una relación ilegítima de Zeus, que reclama reconocimiento y codicia los poderes de su medio hermano Apolo. Y el Joker de las historias tradicionales de Batman. Para definir las características de esta figura, Klein apela al libro que terminé leyendo: un ensayo de Lewis Hyde que data del '98 y se llama Trickster Makes This World. (Literalmente, El trickster hace este mundo, o crea este mundo.) Según Klein, el trickster —casi siempre varón— tiende a "violar los principios del orden racional y natural, desorganizando la vida cotidiana con ánimo lúdico, para después restablecerla sobre bases nuevas". Es el quilombero proverbial, aquel que mete el palo en la rueda para ver qué pasa. Su función es "poner en evidencia y desbaratar las cosas de las que la cultura depende" y da por sentadas. Dice Klein: "El trickster baila por encima de las costumbres y los tabúes, dice lo que no debe ser dicho, hace lo que no debe hacerse. Inyecta desorden en el orden, hace visible lo invisible... Causa el daño que torna posible el crecimiento. Pero nunca garantiza un final feliz. El trickster puede regenerar o producir la ruina. Coyote trae el fuego. Cuervo trae el sol. Loki trae el Ragnarok" — el cataclismo final, nuestro apocalipsis.
Bajo este prisma, es verdad que el Odiseo de Nolan carece del condimento trickster que es parte del poema. El personaje que interpreta Matt Damon no es un adicto al caos; es un hombre que ha generado caos, sí, al propiciar la caída y el saqueo de Troya, pero que no está orgulloso de lo que generó, sino arrepentido. La tesis de Klein es que Nolan usó La Odisea como caballo de Troya para traficar un comentario sobre el mundo actual, sintetizando elementos de la cultura pagana de la Antigüedad —la hoy tan mentada "ley de Zeus"— con otros propios de la ética judeo-cristiana. El principio que Odiseo vulnera con el trick, el truco, del caballo lleno de soldados, es el mismo que hoy vulneran Israel en Gaza y el Líbano y los Estados Unidos en Irán. Aquello que expresan los Evangelios, particularmente en Mateo 7, 12: "En todo, traten ustedes a los demás tal y como quieran que ellos los traten a ustedes". En suma, el reconocimiento de la dignidad elemental del otro que está en la base de la sociedad contemporánea, y sin el cual no podríamos convivir con justicia.

Que Nolan retome y recree este principio fundante de la civilización es, en sí mismo, un gesto político. Porque, como Klein subraya, Occidente no se caracteriza hoy por su defensa de los valores democráticos, sino por su reivindicación del poder desnudo que confieren la guita, los medios y las armas. Hace muy poco Stephen Miller, asesor de Trump en materia de seguridad, dijo en CNN que "el mundo real está gobernado por la fuerza... Esa es la regla de hierro, desde el comienzo de los tiempos". Klein recuerda incluso que existen intelectuales de derecha como Curtis Yarvin y Michael Anton, que reclaman la aparición de "un César estadounidense".
Por eso hace expreso lo que Hyde no incluyó en su libro porque, en el ’98, la mayoría del cast actual no gozaba de poder y popularidad. Hoy en día —qué miedito— el mundo está en manos de tricksters. Eso son Trump, Milei, Elon Musk, Andrew Tate: provocadores natos, que vinieron a patear la estantería y lo están haciendo. Tipos que entraron en la cristalería democrática con una topadora y quieren restaurar el dominio del oro, el palo y el falo, no necesariamente porque desean para otros el acceso a esos privilegios, sino porque quieren llenarse de guita, acumular poder y cogerse a quien quieran, sin necesidad de inventar excusas ni dar explicaciones. Pero, como están en plena faena, todavía no tenemos claro si propiciarán el surgimiento de una síntesis nueva o si acelerarán el Ragnarok, el final del mundo que conocimos.
Esa moneda está, todavía, en el aire.

Todo el año es carnaval
Una sociedad es un motor que —como todo motor— produce detritos a consecuencia de su funcionamiento: mugre, desechos que no pueden ser negados, ignorados como si no existiesen. Por el contrario, demandan que se los asuma como parte del precio de la funcionalidad que prestan. El ejemplo más didáctico y literal es la basura. Por el mero hecho de vivir, producimos toneladas de basura de las que hay que hacerse cargo, porque se la puede acumular durante un tiempo pero tarde o temprano hay que lidiar con ella (procesarla, descontaminarla, reducirla a su mínima expresión), para que no termine por cubrirlo todo y cagando el motor de la vida cotidiana.
La institución del carnaval funcionó siempre así. "El carnaval —dice Lewis Hyde en su libro— se burla del orden pero no lo cambia, opera como válvula de escape. Es una suerte de sistema de drenaje psíquico y social, en el cual la basura que produce la estructura se pone en primer plano para después ser acarreada lejos de la vista". En ese sentido, opera como vacuna: nos inocula una dosis módica del virus del caos, que produce una reacción durante unos pocos días y después metabolizamos para volver a ordenarnos, a vivir en el respeto de las reglas que permiten la convivencia.

(Esta idea está resonando más de lo habitual en ciertos rincones de la cultura popular. Existe una serie de películas, bajo el título general de La purga [The Purge], que pivotean sobre la idea de una sociedad del futuro cercano en la cual, una vez al año, todos los crímenes están permitidos durante 12 horas, lo cual redunda en que la violencia disminuya durante los otros 364 días. Otra película —que acaba de estrenarse en el Norte pero todavía no aquí— imagina una variante sexual. One Night Only [Sólo una noche] parte de la premisa de una sociedad donde sólo se permite coger a los que están casados, pero que una vez al año da vía libre a los solteros y solteras para desfogarse durante —nuevamente— 12 horas. Se ve que mucha gente empatiza hoy con la idea de darse un permiso para liberar tensiones, que estarían presionando por demás.)
El problema se complejiza cuando lo que debería ser la excepción se transforma en la norma. Y en esto, la Argentina ha sido un país pionero.
El Indio venía diciéndolo desde fines del siglo pasado, porque pescó al vuelo que la cultura que el menemismo inoculó a la sociedad argentina significaba eso mismo: el mundo del revés, la inversión de todos los valores humanistas. Lo cual supuso una vuelta de tuerca perversa, que nos asaltó desde el vientre del Caballo de Troya del peronismo de entonces. La fuerza política que llegó a ser mayoría nacional por su defensa del valor del trabajo y por ende de los trabajadores, pasó a sugerir que la versión superadora del trabajo era la picardía. La fuerza política que propugnaba la comunidad organizada pasó a predicar la utilidad del individualismo, del sálvese quien pueda. (Por supuesto, esto no surgió de la nada porque, como dije la semana pasada, la creación ex nihilo no existe. La picardía ya era un ingrediente del peronismo porque Perón era un pícaro. Perón también fue un trickster, sólo que uno de esos que, según la descripción de Lewis Hyde, producen la clase de caos a partir de la cual se crean cosas nuevas y la sociedad da un salto hacia una síntesis superadora. Menem, en cambio, fue un trickster de los otros, de los que sólo alumbran destrucción.)

El Indio me dijo esto: “(El nuestro era) Un país donde se desarrollaba un carnaval permanente. Una suerte de Macondo neoliberal, que no tenía gollete. Un show con violencia y ruido, en el que no había ninguna esencia en juego. Un carnaval enviciado de gente poderosa, ubicada en sitios privilegiados que le permitían hacer una masacre o llevar adelante cualquier capricho… (El menemismo era) Una caravana interminable de desesperados y locos, donde todo podía ser, todo podía ocurrir. Como si le hubiesen encargado a Nietzsche que organizase el tránsito de la ciudad. Un caos grotesco, donde al Presidente le cortaban 400 kilómetros de ruta para que probase la Ferrari que le habían regalado e insistía que era de él. ¿Y nosotros, qué veníamos a ser: sus empleados? ¿No es que el poder se lo damos nosotros, que él debe ser nuestro empleado? Eso de despejar la ruta, jodiéndole la vida a la gente que la necesita para trabajar…”.
Parece que está hablando de hoy, ¿no es cierto? Pero el Indio no encapsulaba el carnaval permanente como exclusivo del menemismo. Aquella era, que además alumbró el fenómeno del Tinelli-pergo-lanatismo —el parnaso de los guachos piolas, machitos todos, que convirtió el cancherismo ventajero en un estilo de vida—, se prolongó en el gobierno de De la Rúa. Sobre el cual dijo Solari: “Se va Menem y viene Pepeto de la Ruta y todas son transas para llegar al sillón desde el que firmás las concesiones y colocás a tus parientes y evadís impuestos y mandás la guita a las (islas) Caimanes”.

La cosa no terminó allí, claro. La crisis del año 2001 condujo al interregno de los gobiernos kirchneristas. Un período sobre el cual dicen barbaridades que no alcanzaron a tapar ni difuminar lo real, la experiencia vivida: que Néstor y Cristina significaron el retorno de la cordura y la restauración del valor del trabajo. Cuanto más laburabas, mejor estabas. Pero claro, en el ’15 primó el deseo de novedad y la promesa de que no perderíamos nada de lo que ya teníamos y ganaríamos aún más. Y para desplazar a la presunta corrupción kirchnerista, elegimos al Mugricio que ya era famoso por no haber cerrado nunca un negocio honesto.
En pleno macrismo, como parte de las charlas que confluyeron en el libro Recuerdos que mienten un poco, el Indio agregó: “Ahora está pasando algo parecido. Un Presidente (Macri) que veta leyes a lo loco, que le da 45.000 millones a su primo, que le devuelve 20.000 millones a las (empresas) eléctricas, que le saca los impuestos a los ricos y a la importación de champagne pero dice que sufre mientras lo hace… Si tomar esas medidas le produce tanto dolor, es porque deben estar mal. Sos político: ¡buscá otra alternativa!”

Todo lo cual nos conduce al presente. Sobre el cual el Indio también dijo lo suyo, aunque no forme parte del libro. (Todavía, al menos. No descarto una versión definitiva que cuente su vida hasta el final.) Durante los últimos años no escatimó críticas a aquel a quien llamaba “el enano de la motosierra”. Cuando nos recibió a Verbitsky y a mí en su casa de Parque Leloir describió a Milei como “un loco que es mascarón de proa de otros intereses”. (Posible definición alternativa de lo que es un trickster.) También dijo que “esa gente cumple una función, hasta que la cuelgan boca abajo en una plaza”. Ante Pedro Rosenblat puso en claro que nos creía gobernados por el FMI, a pesar de que “una de las condiciones básicas de un Estado es que pueda manejar su economía”. También le dijo que “las fuerzas populares ya deberían estar en otra presencia, porque nos están cagando en la cara”.
De esto puedo dar fe. El Indio llegó al final de su vida preguntándose cómo era posible que siguiésemos tolerando cosas como las que vivimos a diario.
Los agentes del caos
En términos históricos, la diferencia entre el carnaval permanente de Menem y De la Rúa y lo que atravesamos hoy es simple. En los ’90, el Tinelli-pergo-lanatismo era un fenómeno local, una argentinada más. Pero a partir de la primera presidencia de Trump —sólo discontinuada por el gobierno de Joe Biden, el Alberto yanqui—, Occidente se convirtió en el Reino de los Tricksters. La última adición al cast es el colombiano de la Espriella, que parece determinado a disputarle a Milei la cocarda del más freak de los tricksters que gobiernan. Parece salido de esa serie que se llamaba La isla de la fantasía: es la cruza perfecta entre el personaje que hacía Ricardo Montalbán y el enano Tatoo. Imagino que lo habrán visto en las redes, bailando espásticamente mientras el pueblo colombiano lloraba las pérdidas humanas y materiales que produjo el terremoto reciente.

Casi como si anticipase este presente, Lewis Hyde se cuestionó en el ’98 los elementos en común que existen entre el trickster y el psicópata. “Ciertamente hay paralelos”, admite. “Los psicópatas mienten, trampean, roban. Tienen tendencia a la obscenidad... Son los maestros del gesto vacío, y tienen una facilidad con el lenguaje que linda con la labia, despojan las palabras del pegamento que normalmente las conecta con la emoción y la moralidad. Finalmente, carecen de remordimientos y vergüenza por el daño y el dolor que dejan a su paso”. (Dejo constancia aquí —porque si no lo hago, alguien pensará que lo olvidé— que el Indio le dijo a Enrique Symns en el ’86 que “los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”. Esa pelada era una bola de cristal, indiscutiblemente.)
Hyde usa al dios Hermes de un poema también atribuido a Homero para describir algunas de las características del trickster. Para empezar, cierta vergüenza respecto de sus orígenes.
Hermes se siente avergonzado de ser la consecuencia de un amorío entre Zeus y la ninfa Maia. Literalmente un bastardo, que no puede reclamar un lugar de privilegio en el Olimpo. Como casi todos los tricksters que padecemos en el mundo de hoy, es un outsider que quiere convertirse en insider. Ser reconocido por la elite como uno más. Pertenecer a una superestructura de poder para ya no sentirse parias, descastados.

Como sabe que su poder es limitado, Hermes apela entonces a su ingenio y a la picardía. Por eso dice: "Mi plan es obtener una parte del poder de Apolo. Si mi padre (Zeus) no me lo da, pretendo convertirme en —y lo digo de verdad— el Príncipe de los Ladrones". El trickster, pues, asume que, para salirse con la suya, debe hacer trampas, saltearse las leyes que los demás obedecemos. En este sentido, el arquetipo subraya la oposición entre el don natural o el talento, y el robo. Lo que natura no le ha dado, el trickster lo roba. Por eso el título que amenaza conquistar le viene tan bien a los tricksters que padecemos. ¿Qué otra cosa son Trump, Elon Musk, Milei & Co., sino Príncipes de los Ladrones, tipos expertos en birlar los bienes que no supieron producir por las buenas?
Y los tricksters de arriba generan imitación, producen discípulos que legitiman su primacía. Normalizan sus actitudes. Convierten sus ideas en moneda común. Son una de las tramas que sostienen al poder y, en consecuencia, ayudan a que se perpetúe. Sin el Tinelli-pergo-lanatismo no existirían Adorni, ni Diego Recalde, ni el Gordo Dan. Pero ojo, que también existen tricksters en el campo popular: los Pergolinis modernos, herederos del métier de ofrecer show sin sustancia y relativizar la ética en beneficio de una seudo apertura ideológica que enmascara lo que es, ante todo, un plan de negocios.
Si en algo coinciden la historia y la mitología es que las aventuras de los tricksters llegan a su fin. En algunas —cuando los protagonistas son tricksters que, además de destructores, tienen talento creador—, el mundo recupera un orden, por lo general mejorado a causa de su intervención disruptiva. En otras —cuando los tricksters son eminentemente destructivos—, el resultado es apocalíptico, terminal.
Las características de los tricksters de hoy son desalentadoras. Como decía alguien que no recuerdo, días atrás: lejos de engendrar algo positivo —debe ser el primer gobierno que no construyó ni una puta ruta ni una escuela, sólo inauguró récords nefastos—, Milei ha empeorado todos los problemas que teníamos, que no eran pocos, y generado infinidad de nuevos.
Aun así, la historia está inconclusa. Le falta el final, que no depende necesariamente de Trump ni de Milei, sino de aquellos a quienes —para seguir en clave solariana— Trump y Milei están cagando, en sus propias narices. O sea, nosotros.
“El Odiseo de (Christopher) Nolan —dice Ezra Klein en el cierre de su columna— no es un trickster. Es un hombre que vive entre las ruinas que los tricksters produjeron. Nosotros también vivimos ahí. Esta película, y la reacción que generó, constituyen un signo de que la Era de los Tricksters está llegando a su fin. Lo que necesitamos ahora es que den un paso al frente aquellos que están dispuestos a recrear el mundo”.
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