Juzgar y castigar

Si no hay seguridad ni justicia, hay linchamiento

Ilustración: Gabriel Glaiman.

 

Desde hace unos meses circulan por las redes sociales imágenes que captan escenas de tentativas de linchamiento, quemas y destrozos intencionados de vivienda. ¿Son casos de justicia por mano propia o, por el contrario, estrategias de seguridad que desarrollan los vecinos para hacer frente a los rastreros que andan robando por el barrio o sacarse de encima al transa que vende drogas sin guardar las costumbres del lugar? ¿Son actos de venganza privada o justicia popular? Y, lo que es más importante: estas acciones colectivas disruptivas y punitivas, ¿tienen la capacidad de detener la violencia o por el contrario, fragilizan aún más a la comunidad?

 

Estallidos energéticos

En la década del ’80, una manera de ejercer el castigo social contra los vecinos que robaban en el barrio era arrojando un balde de pintura en la fachada de su casa. Pero el escrache no era patrimonio de los sectores populares: durante la híper alfonsinista las clases medias se valieron de la misma técnica para marcar a las farmacias que no vendían los remedios especulando con el aumento de precios. A partir de mediados de los ‘90, y en un país tomado por la obediencia debida, el punto final, los indultos y una gestión de justicia clasista que avanza en cámara lenta, el escrache se convirtió en una manera de hacer justicia (“si no hay justicia, hay escrache”) y una práctica identitaria.

Cuando los sectores subalternos no pueden acceder a la Justicia o esta mira para otro lado, cuando los operadores judiciales son incapaces o no quieren agregar los conflictos de los “ciudadanos de segunda”, pero también cuando los policías subestiman los problemas con los que se miden estos vecinos –no acuden a los llamados insistentes al 911 o llegan tarde, muy tarde–, entonces los vecinos apelan a formas de acción que ya son parte del imaginario popular.

Repasemos algunas escenas para que el lector se haga una idea de qué estamos hablando. La descripción se justifica porque no todos tenemos los mismos algoritmos, y entonces lo que a algunos nos aparece con insistencia a otros muy rara vez se le muestra en sus redes sociales. Decime qué “te gusta”, qué miras y a quién seguís, que las redes se encargarán de proveértelo hasta el cansancio. El registro de visibilidad se organiza en función de nuestros consumos cotidianos. En mi caso, como soy una suerte de violentólogo y me dedico a explorar las violencias, individuales o colectivas, las redes no paran de tirarme escenas violentas de accidentes de tránsito, robos callejeros, saqueos colectivos, peleas entre grupos de jóvenes, linchamientos o tentativas de linchamientos. Repasemos, entonces, algunas de esas escenas.

En la primera, vemos a un grupo de vecinos que atrapan a uno de los rastreros que acaban de robar un kiosco. La escena transcurre a la noche, hay perros ladrando alrededor y vecinos que salen a curiosear. Son tres o cuatro adultos, que tienen agarrado de los pelos a uno de los ladrones, mientras le pegan patadas por el cuerpo y piñas en la cara. El joven implora, pide disculpas, dice que no fue él, pero los vecinos ya están en marcha, le dicen: “Así que sos vivo. ¡Hacete el malo, ahora!” Hay otras escenas donde los vecinos del barrio le obligan a cantar el himno, o repetir consignas que a los jóvenes les cuesta repetir porque están llorando o temblando de miedo. En este caso, los vecinos lo ataron a un poste de luz con cinta de embalaje para dejarlo tirado toda la noche, hasta que la policía lo suelte o venga la familia a rescatarlo.

La segunda escena es muy parecida, solo que esta vez los vecinos desnudan a la persona que agarraron in fraganti. Después de sermonearlo y abollarlo un rato, deciden sacarle la ropa y dejarlo completamente en pelotas antes de soltarlo: que regrese desnudo a su casa, que todo el barrio se entere que se trata del rastrero que mantiene en vilo al vecindario.

Finalmente, la tercera escena es después de una balacera entre grupos de pibes en un barrio que terminó hiriendo a una niña que estaba jugando en la calle. Los vecinos, cansados de la prepotencia de estos actores, deciden prender fuego la casa donde vive uno de los transas apuntados por el barrio. Se turnan para arrojar piedras contra la fachada de la vivienda, mientras otros sacan el mobiliario y empiezan a incendiar su interior. Lo hacen para que el resto de los transas de la manzana sepan que, si no respetan determinadas reglas, tarde o temprano correrán la misma suerte.

Todas estas escenas presentan características semejantes: tienen lugar en el espacio público, a la vista de todos. El linchamiento y las quemas abren un espacio de encuentro catártico: la gente se junta para agredir, es un sistema de comunicación toda vez que quiere expresar algo, mandar un mensaje, una advertencia.

En segundo lugar, la división de tareas: hay un grupo que se encarga de agredir, mientras otros avivan a los linchadores, los alientan y agitan para que no se detengan, que lleguen hasta las últimas consecuencias. Y finalmente, hay otro grupito que se encargará de registrar las escenas con sus celulares para después subirlas a las redes sociales. Aquello que están linchando o quemando se dispone para ser compartido, ostentado, escrachado.

Tercero: ninguno de los protagonistas de estos hechos se considerará criminal, toda vez que las prácticas cuentan con algún tipo de legitimidad social. Los vecinos están hartos y el tono festivo, un tono de liberación, es el elemento unificador.

Cuarto: los vecinos usan el cuerpo de estas personas o la fachada de su vivienda como un bastidor donde inscribir un mensaje cuyo destinatario, además de sus familiares, son los otros vecinos que mantienen en guardia al resto del barrio.

Se trata de violencias que combinan el castigo físico con el castigo simbólico, donde la bronca se confunde con la risa y todos se emocionan pateando o viendo cómo se patean cabezas. Es un estallido energético, de máxima intensidad emotiva. La rabia y el odio que fueron guardando en el tiempo se movilizan para pasar a la acción, para pegar sin culpa, con ganas.

 

Entre la justicia y la seguranza

El linchamiento, las quemas y destrozos de viviendas, con la consiguiente deportación del grupo familiar entero del barrio, son algunas de las formas que asume la agresión en la sociedad neoliberal. Son violencias que, como sugiere José Garriga Zucal, hay que pensar al lado de otras violencias acumuladas y enlazadas. Sea la violencia agregada al delito callejero –una violencia que ya no puede cargarse a la cuenta de la instrumentalidad, que tiene una dimensión expresiva y emotiva–, o la violencia que los transas le van adosando a la vida del barrio y contribuye a implosionarlos. Una violencia que no siempre quedará encapsulada al interior del barrio, que suele trascender sus fronteras, alimentando la angustia social, el miedo y los prejuicios hacia los residentes de aquellos barrios.

Violencias que nos hablan también de la impotencia del Estado para estar cerca de los problemas que viven los vecinos de los barrios plebeyos. Un Estado que está declinando su autoridad por su propia incapacidad o ineficacia, o que ejerce de manera contraria a lo que se considera legítimo y justo. Violencias que nos hablan, entonces, de la desmonopolización de la violencia estatal, que desafían a sus instituciones modernas al apropiarse de la facultad de juzgar y castigar. Pero también son la expresión de la persistente crisis de representación, la incapacidad de los partidos políticos, movimientos sociales o instituciones religiosas para tomar y tramitar las situaciones conflictivas con las que se miden los vecinos todos los días.

No decimos que la policía esté ausente, sino que interviene de manera contradictoria: hostigando a los jóvenes por portación de cara, pero subestimando la conflictividad social. El sobrepoliciamiento se combina con el infrapoliciamiento. Hay recursos para disponer un patrullamiento intensivo en los barrios plebeyos o sus fronteras, para detener y cachear a los más jóvenes, pero a la hora de investigar los delitos de los que son objeto los vecinos del barrio, los recursos nunca aparecen. De modo que detrás de estas acciones punitivas no hay que ver solamente una forma de justicia por mano propia. A muchos vecinos ya no les interesa hacer justicia sino sentirse seguros. Estas formas de violencia quieren reponer y van corriendo los umbrales de tolerancia. Reponen, porque los vecinos no se resignan a aceptar con sufrimiento lo que les toca y ensayan estrategias securitarias. Y corren los umbrales, porque se denuncian violencias que no son nuevas pero que han cambiado de estatus, que ya no serán toleradas. Lo que antes era considerado un asunto privado o de exclusiva responsabilidad policial deviene un asunto público, que incumbe a todo el vecindario. A través de los linchamientos o tentativas de linchamientos y los destrozos o quemas intencionadas de vivienda, los vecinos del barrio muestran que no soportan más aquellas otras violencias, que ya no las reconocen ni otorgan legitimidad.

Como sea, no son eventos espasmódicos o una mera respuesta espontánea y visceral. Mucho menos acciones irracionales: las acciones siguen determinados rituales y constituyen un repertorio de acción consolidado en la memoria colectiva que se activan ante la desprotección estatal.

Pero no exageremos: son formas de justicia o seguridad que irán a pérdida. Detrás de los linchamientos y las quemas no hay una comunidad organizada sino cada vez más desorganizada, envuelta en procesos de fragmentación social, donde los consensos comunitarios se fueron desdibujando. Estas acciones disruptivas y punitivas, lejos de potenciar a la comunidad, pueden debilitarla o volverla más vulnerable, reforzando formas de control policial autoritaria y una hegemonía social que tiene a estos barrios como zonas de riesgo que hay que evitar, donde solo cabe intervenir a través de la mano dura.

 

 

 

* El autor es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de sociología del delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil, Prudencialismo: el gobierno de la prevención; y Desarmar al pibe chorro.

 

 

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