Los centros urbanos en todo el mundo son a la vez causa y víctima de la crisis climático-ecológica global. A pesar de ello, podrían convertirse en portadores de soluciones significativas.
Con estas premisas, seis organizaciones de la sociedad civil europea participaron en un proyecto internacional para conceptualizar y proyectar de forma sostenible la transición hacia ciudades resilientes ante el cambio climático. Para lo cual, afirman, es imprescindible no solo buscar soluciones técnicas sino, fundamentalmente, apostar a un cambio radical en la forma de entender la economía, el bienestar social y la participación democrática.
Tras dos años de estudio cooperativo, el Transnational Institute (TNI) y el Commons Network de Ámsterdam, Países Bajos; Oikos de Gante, Bélgica; FUHEM de Madrid, España; NaZemi de Brno, Chequia, y el Institut za Političku Ekologiju (IPE) de Zagreb (Croacia), acaban de publicar sus conclusiones en el Manual Ciudades más allá del crecimiento (Cities Beyond Growth, en inglés), una guía pedagógica para repensar la vida en los grandes centros urbanos desde la perspectiva del “post-crecimiento”.

Resultante de la consulta y el intercambio con 1.700 ciudadanos en 100 países, esta perspectiva presupone la participación activa de comunidades y gobiernos locales en un proceso que los convierta gradualmente en agentes de transiciones inclusivas y democráticas y hacia una economía “post-crecentista”.
Punto de partida y de llegada del estudio apoyado también por el programa educativo europeo Erasmus+, la hipótesis de trabajo es que “los modelos económicos orientados al crecimiento ya no son sostenibles desde el punto de vista ecológico, ni social, ni político”. Y como principal corolario, que cualquier economía que aspire a proporcionar condiciones de vida dignas a las generaciones presentes y futuras debe ir más allá del crecimiento como lógica organizadora del desarrollo urbano y avanzar hacia una economía de post-crecimiento basada en el bienestar, la suficiencia y la autodeterminación democrática.
Los dos rostros urbanos
Es en las ciudades donde se concentran las mayores emisiones de carbono y las más graves desigualdades sociales, y es en ellas donde se genera la mayor cantidad de cruciales decisiones políticas que impactan el destino de centenares de millones de personas. Las estadísticas lo confirman: las 1.000 ciudades más grandes concentran más del 60% del Producto Interno Bruto (PIB) del planeta, generando aproximadamente el 70% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO₂), ese gas tan nocivo que atrapa calor en la atmósfera y genera cambios climáticos perjudiciales.
Según un reciente informe de ONU-Habitat, agencia de Naciones Unidas dedicada a promover el desarrollo urbano, cerca de 3.400 millones de personas carecen en la actualidad de acceso a viviendas seguras, protegidas y adecuadas, incluyendo más de 1.000 millones de personas que viven en asentamientos informales y barrios marginales en condiciones muy difíciles. Entre las cuales la inestabilidad de la tenencia de sus lotes, el hacinamiento, la exposición a riesgos medioambientales y el acceso limitado a servicios básicos.
También es en las ciudades donde se experimenta más densa y tangiblemente las consecuencias del crecimiento: contaminación, desigualdad, segregación espacial y exceso de trabajo, así como el impacto amplificado de fenómenos climáticos extremos, como voraces olas de calor e inundaciones.
Sin embargo, las ciudades continúan siendo los espacios naturales donde se organiza la comunidad humana, donde los esfuerzos cooperativos construyen alternativas y los gobiernos locales a menudo pueden actuar con mayor eficacia y rapidez que los propios Estados nacionales. Y por esta razón, coinciden los participantes del proyecto, las ciudades representan el escenario más prometedor para un cambio transformador. Siempre y cuando –valga la salvedad— sus habitantes apuesten a un cambio radical en la manera de entender y vivir la economía, el cuidado social y la participación democrática.

Ciudades del futuro
El mayor problema con el concepto de “crecimiento”, señala el proyecto Ciudades más allá del crecimiento, es que hasta ahora el indicador de referencia considera la expansión del Producto Interno Bruto (PIB) como el principal índice de éxito, aun cuando el mismo nunca se diseñó con perspectivas de progreso social para todos por igual y menos aún con la salud ambiental en mente.
A pesar de esta deficiencia intrínseca, los Estados han adoptado el PBI como concepto directriz fundamental. Lo que sí ha logrado el imperio del PIB ha sido crear una brecha cada vez mayor entre la denominada “salud de las economías” y la experiencia real de los ciudadanos de esas sociedades. Paradójicamente, muchas veces el PIB aumenta a causa de vertidos de petróleo, deforestación e inundaciones, o cuando las fábricas despiden a sus trabajadores y los accionistas embolsan los beneficios.
Los participantes del proyecto coinciden en que este modelo produce “crisis ecosociales” toda vez que posibilita “la convergencia de colapsos ecológicos, sociales y políticos que tienen su origen en el capitalismo”. Esta correlación entre “crecimiento” y deterioro de la salud de la comunidad humana salta a la vista, por ejemplo, cuando se considera que el 10% de los europeos con mayores ingresos genera más emisiones de gases de efecto invernadero que el 50% más pobre. De ninguna manera “fallos técnicos susceptibles de soluciones técnicas”, afirman enfáticamente las seis ONG que propiciaron el proyecto, sino lo que aquí está en juego son las “tendencias estructurales de una economía dependiente del crecimiento” económico como un fin en sí mismo sin tener en cuenta otras dimensiones clave en la vida, como el trabajo de cuidados no remunerados o el funcionamiento adecuado de los ecosistemas.

Alternativas posibles
La cuestión clave que resulta del proyecto es: ¿cómo hacer que la economía sea un facilitador del tipo de vida que la gente quiere tener y del tipo de planeta que se quiere legar a las generaciones futuras?
La consulta promovida por las seis ONG europeas identifica el “post-crecimiento” como la mejor respuesta-opción. Un cambio de rumbo que implica alejarse de la expansión infinita de la producción y el consumo de bienes materiales para reorientarse hacia el bienestar sostenido de las personas y el planeta. Se trata de “decidir deliberadamente qué actividades económicas deben expandirse (como cooperativas de energías renovables, sistemas alimentarios comunitarios, servicios públicos, cuidados) y cuáles deben reducirse (combustibles fósiles, especulación inmobiliaria, agricultura industrial, publicidad)”.
Por otra parte, y no menos importante, esta transición debe ser justa, a todo nivel superadora de los periodos anteriores de transformación económica, que concentraron repetidamente el costo del crecimiento en los más vulnerables. No negociable: el “post-crecimiento” se niega a repetir ese patrón histórico.
Marcos conceptuales del proyecto
Varios son los marcos conceptuales que las seis ONG involucradas en este proyecto tuvieron en cuenta. De ninguna manera conceptos enfrentados, sino representativos de perspectivas complementarias. Y debidamente armonizados, base de partida para una convicción común de que el crecimiento económico no es, necesariamente, sinónimo de progreso social. Además, que el diseño de economías en torno a un verdadero desarrollo humano y ecológico es algo tan necesario como factible.
El decrecimiento apunta explícitamente a reducir los sectores más perjudiciales de la economía (como el consumo de energía y de bienes materiales) e invertir más en lo que es vital para la vida humana. La economía del bienestar le da prioridad absoluta al bienestar humano y ecológico antes que al PBI y que siempre tiene en cuenta los limites planetarios por encima de los apetitos individuales y corporativos. La economía del donut o rosquilla, una forma espacial y visual que representa en un mapa hasta qué punto una ciudad o un país satisface simultáneamente las necesidades sociales de sus residentes —el anillo interior— y se mantiene dentro de los límites planetarios — el anillo exterior. Y la economía de estado estacionario, arraigada en la tradición de la economía ecológica, que sostiene que la economía debe estabilizar su flujo de energía y materiales dentro de los límites regenerativos y asimilativos de los ecosistemas para lograr un desarrollo cualitativo sin expansión cuantitativa. El consenso fundamental es la convicción de que el crecimiento no es sinónimo de progreso social, y de que diseñar explícitamente economías en torno al florecimiento humano y ecológico es tan necesario como factible.

La suficiencia como concepto rector
Un principio esencial en esta búsqueda de alternativas es el de “suficiencia”, en virtud del cual ya no se maximiza la producción y el consumo, sino que se procura garantizar lo suficiente. Suficiente energía para que la comunidad pueda protegerse del frío o del calor extremos; suficiente alimento para una buena nutrición; suficiente vivienda para vivir con dignidad; suficiente tiempo para cuidarnos mutuamente.
A diferencia del concepto de “eficiencia”, que comúnmente implica reducción del consumo individual al punto de austeridad o privación, el de suficiencia propone reducir el consumo a nivel del sistema en su totalidad teniendo en cuenta, y responsablemente, los límites de la energía planetaria.
Este cambio de dirección propuesto por las seis ONG también favorece una manera alternativa y más responsable de responder a dos preguntas inevitables: cuánto es suficiente, y para quién. En el caso hipotético de la población de las ciudades europeas, por ejemplo, una economía de suficiencia energética significaría más seguridad, más tiempo disponible y para compartir. Y si alguien tiene que reducir, sin duda se trata de los estratos superiores de consumo.
Técnicamente hablando, concluyen consensualmente las organizaciones que participaron en este proyecto, una intervención en clave de post-crecimiento ralentiza, reduce y reconstituye los flujos materiales de la urbanización. En términos políticos, dicha intervención procura articular las políticas anticapitalistas o post-capitalistas necesarias para alcanzar ese objetivo. Ambas dimensiones son necesarias y complementarias.
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