Me obsesiona una idea que formuló Howard Zinn y ya mencioné en otra oportunidad: “Históricamente, las cosas más terribles —la guerra, el genocidio, la esclavitud— derivan no de la desobediencia, sino de la obediencia… La gente del mundo entero obedeció los dictados de ciertos líderes, y millones han muerto en consecuencia… Nuestro problema es que la gente es obediente. Las cárceles están llenas de delincuentes insignificantes, mientras los grandes delincuentes manejan el país”.
Zinn fue un tipo muy interesante. Nació en Brooklyn en 1922, hijo de inmigrantes de etnia judía. Su padre era austro-húngaro y su madre siberiana. Ambos laburaban en fábricas, pero aun así velaron por la educación de su hijo, gastando 10 centavos y un cupón del New York Post para comprarle cada uno de los veinte volúmenes que compilaban la obra de Charles Dickens. El otro gran legado de sus mayores fue el aprecio por la organización sindical. Su padre Eddie —que redondeaba los ingresos familiares limpiando vidrios y atendiendo mesas en restaurantes, bodas y bar mitzvahs— militaba en el capítulo local del gremio de los camareros.

Howard fue a pelear en la Segunda Guerra convencido de que había que enfrentar al fascismo, pero volvió asqueado. Se integró a la Fuerza Aérea como bombardero, y en condición de tal arrasó ciudades como Royan, en Francia, tres semanas antes de la finalización del conflicto. Tiempo más tarde volvió al lugar y descubrió que el ataque había eliminado a un millar de civiles franceses, perfectamente inocentes. Más pendientes de potenciales ascensos que de encontrar blancos militares válidos, sus superiores habían elegido un pueblo que no justificaba semejante incursión y, posteriormente, quisieron disimular el error. Es fácil imaginar que el rechazo de Zinn por la obediencia ciega tuvo uno de sus gérmenes en ese incidente.
Después de la guerra fue a la Universidad de New York, gracias a las facilidades que por entonces se le concedieron a los veteranos. Estudió en Columbia y Harvard y se convirtió en un historiador relevante. Zinn se consideraba una mezcla de “anarquista, socialista y socialista democrático”. Su libro La otra historia de los Estados Unidos (A People’s History of the United States, 1980) era una versión alternativa sobre el relato oficial que pinta a su país como el paradigma de la democracia moderna. Su visión populista —eso es lo que significa a people’s history, literalmente: una historia popular, o del pueblo— hace hincapié en la lucha de los nativos contra los colonizadores, de los esclavos contra los esclavistas, de los sindicalistas y laburantes contra el capitalismo, de las mujeres contra el patriarcado y de los afro-americanos por la igualdad.
Pero además de su labor académica, Zinn fue un activista. Uno de los primeros en reclamar que su país se retirase de Vietnam. Noam Chomsky decía que Vietnam: la lógica de la retirada (Vietnam: The Logic of Withdrawal, 1967) era el más importante de los libros de Zinn y recordaba que, en aquel momento, decir que había que salir de Vietnam sin imponer condiciones estaba tan mal visto que nadie se animó siquiera a comentar el libro en los medios.

Zinn se opuso también a la invasión de Irak del año 2003. Lo que declaró entonces a The Brooklyn Rail sigue resonando, casi como si hablase de la guerra insostenible que inició y continúa librando Trump en nuestros días, ahora contra Irán: “No deberíamos empezar una guerra contra una nación que no constituye un peligro claro y actual para los Estados Unidos… Nuestro país está violando la carta de las Naciones Unidas al iniciar una guerra contra Irak. Bush hizo mucho alboroto a partir de las resoluciones de las Naciones Unidas que Irak había violado — y es cierto, esas violaciones existieron. Pero Israel viene violando resoluciones del Consejo de Seguridad cada año, desde 1967. Ahora los Estados Unidos están violando un principio fundamental de la carta de las Naciones Unidas, ese que dice que ningún país puede iniciar una guerra con otro, a menos que haya sido atacado. E Irak no nos ha atacado”.
Opiniones como esas, sumadas a su militancia por la igualdad racial y la paz mundial (“¿Cómo puede haber una guerra contra el terrorismo —solía decir—, cuando la guerra en sí misma es terrorismo?”), lo tornaron objetivo de seguimiento por parte del FBI durante décadas. En 2010, año de su muerte, una demanda ante la Justicia obligó a que la agencia federal admitiese que contaba con un archivo de 423 páginas sobre su vida y acciones.
Pero volvamos a la idea de obediencia, que disparó esta reflexión. En latín, el verbo oboedire significa “prestar atención, escuchar atentamente”: el prefijo ob se traduce como hacia, o delante de, y audire es oír. Pero hay diferencia entre concentrarse en lo que a uno le dicen y hacer caso. El verbo pasó de aludir a una actitud pasiva, reflexiva, a incluir también una segunda decisión consciente, de acatar aquello que se le acaba de decir. Una carga extra de origen consuetudinario, resultado de la experiencia de la especie, a la cual se le demandó siempre que prestase atención a las reglas que el poder imponía.

“No nacimos siendo críticos de la sociedad existente —escribió Zinn en un artículo de 2005 llamado Cambiando mentes, de a una por vez—. (Pero) Hubo un momento en el cual ciertos aspectos se materializaron ante nosotros, nos sorprendieron y causaron que cuestionásemos creencias que estaban bien fijadas en nuestra conciencia — empotradas allí a causa de años de prejuicios familiares, educación ortodoxa, influencia de diarios, radio y TV”.
Zinn dice una gran verdad: se nos conmina a obedecer desde que venimos al mundo. Al principio, con la excusa de protegernos de la torpeza e ignorancia propia de los primeros años: obedecer a quienes saben más y mejor porque poseen la experiencia de la que aún carecemos, tiene lógica. Después se nos llama a obedecer para socializarnos: la familia y la escuela liman toda aspereza —y muchas peculiaridades, también— para que encajemos en el molde que la sociedad previó para nosotros, según la clase social que determinó el bolillero. Y finalmente se insiste en que obedezcamos una larga serie de preceptos para que la convivencia se torne posible. Hay que obedecer las leyes, las luces del semáforo, las buenas costumbres, para que la cosa fluya. Hasta ahí, casi que se justifica.
El problema empieza cuando, de tanto obedecer, empezamos a acatar de forma automática, dado que nos acostumbramos a obedecer antes de pensar si esa sumisión es la mejor de las opciones que se nos presentan.

No es oro toda autoridad que brilla
La cuestión de la obediencia remite a la cuestión de la autoridad. Obedecer es hacer lo que una autoridad nos conmina a hacer.
Los padres son la primera autoridad que experimentamos, en tanto responsables de la familia, y de esa experiencia deriva mucho de nuestra relación ulterior con el poder en todas sus formas. Después vienen los maestros, directores y rectores. Y los jefes, nuestros superiores en el ámbito laboral. Eso, tan sólo en el ámbito del derrotero personal. Al mismo tiempo, estamos sometidos a las autoridades formales que rigen la vida de un pueblo, una ciudad, una provincia, un país, por el mero hecho de formar parte de una nación, como ciudadanos. También existen las autoridades religiosas y morales. Y por cierto, las económicas, hoy más que nunca: el poder que tienen sobre nosotros los bancos y los prestamistas, y las empresas de cuyo suministro depende que todo funcione, y los dueños del lugar donde vivimos.
La trama de poderes a los que debemos obediencia es tan grande y abrumadora, que nuestra mansedumbre no debería sorprender. Vivimos obedeciendo. Se nos da muy bien y lo hacemos constantemente, con tanta naturalidad que ni nos damos cuenta.

El tema es que obedecer es, ante todo, consentir. Y al consentir, estamos avalando el poder de esa autoridad. Diciendo sin decirlo —tácitamente— que estamos de acuerdo con la existencia de esa autoridad, con los principios que defiende y con la forma en que aplica su poder.
La vida natural ofrece infinidad de ejemplos en que las especies se estructuran jerárquicamente: desde los lobos hasta las abejas. A consecuencia de su proceso de evolución, dieron con un modo de organizarse para sobrevivir que les rindió a full, y se le apegaron a rajatabla. Nadie cuestiona al macho alfa ni a la reina, porque cada criatura de esa comunidad viene a este mundo programada para ese fin y sigue lo que le dicta el instinto de la especie. Pero los humanos somos, o al menos podríamos ser, otra cosa.
Nosotros también seguimos a los más aptos, en los albores de la historia, y aceptamos la organización que nos impusieron con el objetivo de sobrevivir. En el comienzo, la posibilidad de atender a lo que otro planteaba y colaborar con él de forma voluntaria fue una ventaja: sin cooperación, probablemente la especie no hubiese sobrevivido. Pero a partir de entonces se manifestaron dos fenómenos. Primero descubrimos que, a diferencia de los machos alfa y de las abejas reina, las autoridades a que nos sometíamos para que nos protegiesen no siempre actuaban en beneficio de la comunidad. La mayoría de las guerras a que nos exponían, y de las que formábamos parte como carne de cañón, buscaban el engrandecimiento de esas autoridades antes que la mejora de nuestra calidad de vida. Ya usaban el poder que les habíamos conferido para protegernos y que prosperásemos, sino que trabajaban 24/7 para incrementar su poder personal y preservarse por encima de los demás.

Y en segundo término —otra vez, a diferencia de las especies rigurosamente organizadas—, nos dimos cuenta de que no existía una única manera de hacer las cosas. A partir de cierto grado de desarrollo de la tecnología y la cultura, que nos concedió la posibilidad de existir en este mundo sin tener que laburar de sol a sol para sobrevivir, quedó claro que podíamos organizarnos de infinidad de maneras. El único límite era el de la imaginación y el talento de cada comunidad. La disciplina histórica lo demuestra. Cuando los pueblos originarios estaban aislados del resto, por distancia geográfica y ausencia de comunicación, cada uno de ellos se organizó como le pintó, en relación a su medio natural y hacia adentro de su propia comunidad. De ahí la riqueza cultural en la que sigue abrevando la especie: cada pueblo dio la respuesta que pudo y quiso dar al interrogante común de cómo vivir.
Uno de los grandes problemas actuales es que todas esas respuestas terminaron subordinándose también —o sea, obedeciendo— a una única autoridad: la del dinero. Las culturas originarias se amoldaron, y casi siempre de manera acrítica, al capitalismo. Y el capitalismo es la muerte de la imaginación. Conmina a cada ser humano a emplear casi toda su energía y su tiempo en correr detrás del billete (virtual, a esta altura), o del poder que facilita la tarea de llenarse de billetes. En el marco de ese cometido, toda riqueza cultural se relativiza, porque tanto el chino como el ruso como el yanqui viven por el mango. (Y nosotros, ni les cuento.) La conjunción entre evolución tecnológica e involución política está limitando las libertades que conquistó la especie, mediante ardua y prolongada lucha. Ya no disponemos del mismo margen que nuestros padres y abuelos. No proyectamos un futuro donde el esfuerzo garantizará mejoras incrementales. Hoy la pregunta excluyente ya no es cómo vivir, sino cómo ganar ($).

La presión del dinero se está volviendo tan asfixiante, que todo el mundo debería estar discutiendo lo mismo: ¿existe forma de respirar mejor — existe otro modo de vivir, que no sea esclavizante y asesino como el presente? Pero casi nadie está hablando de lo que habría que hablar, porque estamos concentrados en salvarnos a como dé lugar — obedeciendo al gran capital, que marca el paso de nuestras vidas a ritmo de látigo. Nos volvimos esclavos de necesidades imaginarias, de cosas que no nos son esenciales. Y en esta hora de crisis, cuando el fuego del capitalismo se propaga por el mundo para arrasar y quedarse con todo por dos pesos, nuestra respuesta está siendo obedecer, nomás. Bajar la cabeza y tratar de ser los mejores alumnos del sistema. El hecho de que alrededor haya mucha gente que, mientras intenta lo mismo, se está haciendo pelota, no nos afecta. Estamos convencidos de que a nosotros no nos pasará, porque estamos haciendo todo lo que hay que hacer. (O, cuanto menos, todo lo que nos dicen que hay que hacer.)
La cosa está tan jodida que la humanidad debería estar dedicada a producir una revolución del pensamiento. Si no meditamos nuestros próximos pasos, la entera nave Tierra se irá a pique. Pero no. En estos momentos, nuestra gran apuesta como especie pasa por la esperanza de que una máquina piense por nosotros. Estamos abdicando voluntariamente, renunciando a que la iniciativa humana vuelva a crear maravillas en el campo de la ciencia, de la cultura y de la política, para ponernos al servicio de una reina madre digital. Aun cuando es evidente que las máquinas no se harán cargo nunca de nuestro bienestar. Todo lo que harán —por lo menos hasta el momento en que, como las autoridades que encarnan los aspectos más desgraciados de la Historia humana, empiecen a trabajar en su propio beneficio y no en el nuestro— será mejorar el funcionamiento del sistema en el cual fueron creadas.
Un sistema que está demostrando que necesita y puede prescindir de la mayor parte de nosotros.
Pequeñas cosas como estas
Esta semana vi una película muy simple pero muy sutil —y muy bella y muy terrible a la vez— que se llama Small Things Like These (Pequeñas cosas como estas, 2024). Protagonizada por el ex Oppenheimer Cillian Murphy y basada en un relato de Claire Keegan, cuenta la historia de un carbonero llamado Bill Furlong —un tipo que fracciona y distribuye carbón— en un pueblito irlandés de los ’80. Uno de sus clientes habituales es un convento de las tristemente célebres hermanas Magdalenas, que durante décadas acogieron a chicas a quienes se consideraba descarriadas, para explotarlas como lavanderas y despojarlas de sus bebés tan pronto los parían. (Entre 1922 y 1928, estos conventos produjeron 56.000 víctimas fatales.)
El tipo se conduele de una de esas pibas porque le recuerda a su propia madre, que lo tuvo siendo soltera y afrontó el escarnio que le cupo por eso. (Y trasladó a su pobre hijo, de quien se mofaban por bastardo — lo llenaban de gargajos.) Pero cuando se atreve a expresar empatía, todo el mundo —desde su esposa hasta la dueña del pub local— le recomienda que no se malquistarse con las monjas, cuyo poder sobre la comunidad es grande. Perdería un cliente importante, perjudicaría a sus hijas —que aspiran a inscribirse en la escuela católica—, se expondría al repudio social. El tipo tenía claro esto desde antes, pero aun así le pregunta a su mujer: “¿Nunca te lo cuestionás?”

Howard Zinn está en lo cierto, la mayor parte de la gente no se cuestiona nada. Es obediente, porque es lo más práctico y lo que demanda menos esfuerzo. Pensar es trabajoso y desobedecer entraña riesgos. La actitud es comprensible cuando el sistema garpa, con sus más y sus menos: te portás bien y a cambio zafás, contás con casa y comida, cuidás de que a tu familia no le falte nada esencial y te das ciertos gustos. ¿Pero qué pasa cuando el sistema deja de garpar? ¿Cuando, aun siendo sumiso como oveja, tu casa y tu comida peligran, perdés la posibilidad de curarte si enfermás, privás a tu familia de cada vez más cosas y aun así no te alcanzan ni el tiempo ni la guita? ¿Qué pasa cuando las autoridades instituidas ya ni disimulan que sólo operan en su propio beneficio, aunque eso suponga tirarte a vos debajo del camión?
Esta semana ofreció un perfecto ejemplo de esa dinámica. El Congreso (Poder Legislativo) aprobó los candidatos a jueces (Poder Judicial) que le presentó la Casa Rosada (Poder Ejecutivo). Esto es lo que marca la ley, sin duda. El sistema en acción. Pero cuando se trata de una administración que, habiendo sido elegida para combatir a la llamada “casta”, conchaba a miembros de la casta judicial, con anuencia de la casta legislativa, para que los protejan de actuales y futuras denuncias desde Comodoro Py, es porque el bienestar común ya no forma parte del menú. Insisto en esto, porque es crucial: el sistema creado para servir al bienestar de todos prescinde de su función original, así como un cohete prescinde de los propulsores que lo llevaron hasta las alturas, para convertirse tan sólo en un sistema cuya única función es preservarse y engrandecerse a sí mismo. Y si esto ocurre —si el sistema puede seguir funcionando después de mutilarse la función esencial que fue la razón de su creación y diseño—, significa que hay una falla garrafal en los planos originales y que, por ende, deben ser revisados desde la raíz.
Es razonable que uno obedezca a una autoridad cuando la autoridad cumple con su rol. Las atribuciones del Poder Ejecutivo están establecidas por la Constitución. El gobierno existe para asegurarse de que cada trabajador cuente con condiciones dignas de laburo, jornada limitada, descanso y vacaciones pagas, retribución justa y hasta participación en la ganancia de las empresas, entre otras linduras. Pero lo que hace este gobierno es lo contrario. Entonces, ¿por qué seguimos obedeciéndole o, al menos, reconociéndole autoridad, cuando absolutamente todo lo que hace va en contra del pueblo argentino?

Zinn dice que, cuando aparece algo que te mueve a cuestionar —a la manera de Bill Furlong— la realidad que hasta entonces dabas por buena, esa lucidez flamante conlleva una responsabilidad: la de “llamar la atención de los otros, para que consideren información de la cual no disponían hasta entonces y tendría el potencial de ayudarlos a re-pensar ideas largamente arraigadas”.
Eso es lo que estoy haciendo a través de este texto. Al mismo tiempo, me cuestiono si de lo que se trata es de difundir información que no está al alcance de cierta gente. Un buen dato es persuasivo, no lo niego. Pero, ¿qué información puede ser más persuasiva que la realidad? ¿Acaso no se da cuenta, mucha gente, de que la está pasando mal? ¿Habrá que explicárselo? ¿Deberíamos demostrarle que su sufrimiento es inconducente e inútil, porque el gobierno actual no lo está masacrando para mejorar el país, sino para beneficiar a los ya ricos — muchos de los cuales ni siquiera son argentinos? ¿No está a la vista esta realidad, de forma lindante con lo obsceno? ¿Se puede razonar con un masoquista, para que deje de gozar mientras se presta al daño?
Hoy los pueblos de Occidente están expuestos a un experimento psico-social tremendo, con el objetivo de despojarlos de derechos esenciales y convertirlos en mano de obra barata o carne descartable. Los que atravesamos la dictadura de los ’70 con cierto grado de conciencia lo percibimos, porque ya fungimos de conejillos de Indias y sobrevivimos; con cicatrices y mutilaciones, sí, pero conservando grados razonables de libertad mental. En los ’70, obedecimos —o fingimos obedecer— por terror. En este tramo del siglo, el experimento se monta sobre la existencia de millones de seres humanos que obedecen por cansancio. Gente que siente que la aventura humana no es para ella, que pensar y ser independientes es una tarea que la supera, que la realidad y la tecnología cambian a velocidad de vértigo. Y por eso firmaría sin dudar un contrato de entrega de su libertad a cambio de órdenes claras y estables. Pero claro, esa no es la única clase de gente que existe en este mundo. También estamos aquellos que defendemos nuestro derecho a vivir y experimentar en libertad, sin condicionamientos esclavizantes.

En este contexto, la primera certeza es clara: no se debe obediencia a quien demostró sobradamente que no merece ser obedecido. Es éticamente reprobable e históricamente suicida. Uno es tan digno y virtuoso como las personas a las que obedece. Y un régimen tan repugnante como el que padecemos nos humilla y degrada a todos por igual. Ningún argentino escapa de esta degradación. (El hecho de que ese régimen sea una mascarada detrás de la cual están los poderes de siempre no altera el razonamiento. Tan sólo significa que tienen un concepto tan bajo de nosotros, que apostaron a que nos dejaríamos mandar por alguien tan bochornoso como Milei.)
Los argentinos no tenemos reyes por gobernantes, que seguirían siendo monarcas por privilegio de sangre aunque se desempeñasen mal. Nosotros elegimos gobierno, y si los elegidos nos decepcionan —y el presente es el gobierno más decepcionante del último medio siglo—, el pueblo debe hacérselo saber y, llegado el caso, deponerlo o, como mínimo, dejar de colaborar, vaciarlo de poder. Si hoy nos cabe una responsabilidad como pueblo, por nuestro bienestar y el de las próximas generaciones, es la desobediencia civil. Desobedecer a un gobierno criminal no es un crimen. Es un acto indispensable para todo aquel que quiere preservar su salud mental mientras defiende los principios éticos y de convivencia más elementales. “La protesta más allá de la ley (beyond the law) no constituye una ruptura con la democracia —escribió Howard Zinn—; es absolutamente esencial a ella”.
Cuando la necedad cunde como cunde hoy, hay que empezar a ser contraintuitivos. En estos tiempos, ir corriente arriba pasa por pensar mucho —y ese pensar mucho depende de que recalibremos la relación con la tecnología digital— y también por esperar lo mejor.
“Ser esperanzado en tiempos malos —dijo Howard Zinn— no es una tontería romántica. La historia humana no es sólo una de crueldad, sino también de compasión, sacrificio, coraje y amabilidad… Si recordamos esos tiempos y lugares —de los cuales hay tantos— en los cuales la gente se comportó magníficamente, eso nos dará energía para actuar, y como mínimo la posibilidad de hacer girar este mundo en una dirección diferente. Y si actuamos, aunque sea modestamente (a la manera del Bill Furlong de la película, agregaría yo), ni siquiera tendremos que esperar la llegada de una grandiosa utopía en el futuro. El futuro es una infinita sucesión de presentes, y vivir hoy como pensamos que los seres humanos deberían vivir, en desafío a todo lo malo que nos rodea, es en sí mismo una maravillosa victoria”.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí