En 1852, unos años antes del inicio de la Guerra Civil, la norteamericana Harriet Beecher Stowe publicó La cabaña del Tío Tom (Uncle Tom's Cabin). La novela, un alegato contra la esclavitud, describía en el personaje del Tío Tom a un negro bueno que aceptaba mansamente su destino de esclavo. El libro fue un enorme éxito editorial (“sólo la Biblia vende más que Stowe”), además de un fenómeno social. Diez años más tarde, cuando conoció a Stowe, el Presidente Abraham Lincoln le dijo: “¡Así que usted es la pequeña mujer que escribió el libro que inició esta gran guerra!”
La novela fue bien recibida en el Viejo Continente, donde algunas malas lenguas explicaron ese interés por el hecho de comprobar que los todopoderosos Estados Unidos no eran tan libres como presumían. En La democracia en América (De la démocratie en Amérique, publicado en dos volúmenes, en 1835 y 1840), el aristócrata y ensayista francés Alexis de Tocqueville advirtió que la esclavitud y el racismo socavarían la cultura democrática de ese país. En realidad, Tocqueville, un intelectual admirado por Domingo F. Sarmiento, viajó a Norteamérica en 1831 con el encargo oficial del gobierno francés de estudiar el sistema penitenciario estadounidense; pero fue más allá y terminó analizando el extraño experimento de “un país en el que las elecciones y sólo las elecciones eligen las autoridades, regidas todas ellas por una Constitución obsesionada con el equilibrio de poder”. Con asombro, describió las enormes diferencias entre el Sur y el Norte, generadas principalmente por la separadora de aguas de la esclavitud. Para él, esa esclavitud de raza (que consideraba aún más injusta que la que padecían los siervos en la Europa de sus antepasados, ya que era irremediable), condenaba el trabajo y hacía inviable la democracia y, a largo plazo, incluso el capitalismo.
Harriet Beecher Stowe compartía el mismo rechazo de Tocqueville hacia la esclavitud, aunque desde una mirada más sentimental. Lo paradójico de su personaje es que pasó de generar compasión a provocar rechazo, en particular entre los militantes en defensa de las libertades civiles de los negros. De ser apreciado como un esclavo bondadoso, noble y cristiano, que soportaba los abusos con paciencia, la cultura popular norteamericana lo transformó en el paradigma del esclavo sumiso y servil. La expresión Tío Tom pasó a ser casi un insulto.
Un siglo después de la publicación de la novela, el activista Malcolm X pronunció su célebre Mensaje a las bases en el que diferenció al “negro de la casa”, como el Tío Tom, del “negro de campo”: “Si la casa del amo se incendiaba, el negro de la casa luchaba con más denuedo que el propio amo por apagar el fuego. Se identificaba con el amo más de lo que el propio amo se identificaba consigo mismo”.
Un año después advertía: “Si George Washington no consiguió la independencia de este país de forma no violenta, y si Patrick Henry no pronunció una declaración no violenta, y me enseñaste a verlos como patriotas y héroes, entonces es hora de que te des cuenta de que he estudiado bien tus libros. Nuestro pueblo, 22 millones de afroamericanos, estamos hartos de la hipócrita democracia estadounidense”.
En Django sin cadenas (Django Unchained), Quentin Tarantino retomó el paradigma del Tío Tom y lo transformó en Stephen, un ser absolutamente despreciable, el esclavo de la casa interpretado por Samuel L. Jackson.
Es la versión satánica del tío Billy (Bill “Bojangles” Robinson), que bailaba alegremente con una joven Shirley Temple en algunas películas clásicas de los años ‘30.
En Stephen, la sumisión hacia el amo incluye la crueldad hacia sus pares, pero sobre todo la aceptación perruna de la esclavitud como una realidad inamovible, casi un designio divino (de hecho, ese fue uno de los argumentos de los antiabolicionistas: la esclavitud no solo estaba permitida por la Biblia, sino que formaba parte del orden divino y el diseño de Dios para la sociedad).
En la Argentina, históricamente, nuestras élites han valorado lo que podríamos llamar el tiotomismo, es decir, la sumisión de las clases más desfavorecidas frente a los privilegios de aquellas. Todos hemos escuchado las historias de vida inspiradoras, en las que una anciana debe vender empanadas para intentar llegar a fin de mes porque la jubilación no le alcanza, o casos presentados como ejemplares de pibes que deben recorrer varios kilómetros a pie para ir cada día a la escuela o que directamente no van porque deben quedarse a trabajar con su padre (como explicó el diputado Bertie Benegas Lynch: “Muchas veces puede pasar en la estancia que no te podés dar el lujo de mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitás en el taller con el padre trabajando”). En lugar de intentar corregir la injusticia previsional y las jubilaciones de miseria o la falta de infraestructura para facilitar la ida a la escuela, el tiotomismo transforma esas deudas colectivas en virtudes individuales. El ciudadano que nada tiene y nada exige es el sueño húmedo de nuestras élites, que lo premian con aquello que ya no les sirve: una blusa percudida, comida vencida o algún billete menor. Así como la ampliación de derechos hacia las mayorías enfurece a nuestras clases acomodadas, la beneficencia las emociona hasta las lágrimas. Valoran la sumisión porque entienden que consolida el reparto injusto de la riqueza.
Es por eso que el peronismo, como antes el yrigoyenismo, no es detestado por esas élites por sus formas supuestamente rudas o su dizque falta de apego a las reglas republicanas (dos temas en los que el gobierno de la motosierra descuella sin por eso perder el apoyo entusiasta de esas mismas élites). El rechazo frontal hacia el peronismo, hoy circunstancialmente kirchnerismo, nace del inadmisible empoderamiento de los muchos. El ciudadano empoderado es lo contrario del Tío Tom: tiene derechos, no necesita mendigar caridad. Exige salarios dignos, no se conforma con ropa usada o medio sánguche.
Pero así como existe un tiotomismo hacia las clases más desfavorecidas, hay otro ejercido por las propias élites: es el que consiste en establecer una relación sumisa con el mundo, al menos con la potencia de turno. Como afirmó alguna vez nuestro filósofo nacional Diego Capusotto: “Se creen los dueños de un país que detestan”. El cipayismo los lleva a despreciar a la Argentina, como si fuera una maldición ajena, un castigo tan divino como el de la esclavitud. Un país en el fondo irrelevante, condenado a la sumisión.
El gobierno de La Libertad Avanza es el epítome de ese paradigma. El jueves último, en una cadena nacional asombrosa aún para el generoso estándar al que nos tiene acostumbrados, Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, cambió radicalmente la posición del gobierno sobre el reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas. En un tono marcial con reminiscencias del general Leopoldo F. Galtieri, advirtió al Reino Unido que dejara de hacer eso que durante dos años y medio le permitió: la explotación de la plataforma continental argentina. Anunció el envío de un proyecto de ley al Congreso para penalizarla, proyecto tan urgente como redundante: las actividades de exploración y explotación en Malvinas ya tienen previstas sanciones en las leyes 26.659 y 26.915, votadas durante el segundo gobierno de CFK. A diferencia de lo que había afirmado durante la conmemoración del 2 de abril del año pasado, esta vez Milei le negó a los kelpers el derecho a la autodeterminación. Por último, en lo que es sin duda lo más preocupante del mensaje, habló de una Base Naval Integrada en Ushuaia. En realidad, se trata de un proyecto lanzado por el gobierno anterior y frenado, como el resto de la obra pública, por el gobierno de la motosierra. Existe, sin embargo, una sutil diferencia con aquel proyecto del Frente de Todos: ¿Una base integrada con quién? La visita a Ushuaia de la general Laura Richardson, responsable del Comando Sur, a principios del 2024, tuvo como objetivo, según el propio Milei, “monitorear los avances en el desarrollo de la Base Naval Integrada”. Una actividad que no parece compatible con la soberanía nacional.
Como Galtieri luego de la marcha del 30 de marzo de 1982 convocada por la CGT Brasil, con Saúl Ubaldini a la cabeza, Milei se sube a una causa popular para intentar retomar una iniciativa política que le es esquiva. Se trata de un gesto que denota más impotencia que poder hegemónico. Pero, sobre todo, es una decisión que surge a partir de un conflicto coyuntural entre Trump y el gobierno laborista del Reino Unido, por discrepancias en la OTAN y la falta de apoyo, según Trump, de los ingleses en el conflicto con Irán. Con ese dato circunstancial, y ya en pleno frenesí de tiotomismo, Milei imagina –como Galtieri hace 44 años– que Estados Unidos cambiará de alianza en defensa del reclamo de nuestro país. El Presidente argentino considera que su seguidismo perruno hacia Trump justificaría ese cambio mayor en la diplomacia norteamericana, así como Galtieri creyó candorosamente que a cambio del trabajo sucio realizado por el Ejército Argentino en Centroamérica –como contratista clandestino del Pentágono en la Operación Charly– recibiría el apoyo irrestricto del Presidente Ronald Reagan en el conflicto armado contra el Reino Unido. Puede fallar.
El tiotomismo es un mal que busca que los que menos tienen acepten con fatalismo esa condición, como si fuera un destino celestial y no el resultado de decisiones de las élites. Paradójicamente, es un mal padecido también por esas mismas élites, que, al descreer de su propia grandeza como nación, nos condenan a ser el esclavo bueno de la potencia de turno, aún en declive. Es un extraño mal circular.
Algunos analistas políticos de este lado de la grieta, que aplaudieron la arenga presidencial al describir con entusiasmo un cambio de paradigma imaginario, parecen olvidar que el reemplazo de un colonizador por otro y la sumisión como política exterior no parecen ser el camino más seguro hacia la soberanía política.
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