“El enemigo no se equivoca,
hace su gobierno anti-obrero y anti-argentino”.
Norberto Galasso (2024)
La bandera de “Las Malvinas son Argentinas”, desplegada durante el partido entre la Argentina e Inglaterra, se convirtió en el hecho maldito del gobierno libertario. Su aparición fue, en parte, síntesis del resurgimiento de un sentimiento de soberanía nacional y precipitó la caída de la ley de extranjerización de la tierra. Al mismo tiempo, obligó al Presidente Javier Milei –admirador confeso de Margaret Thatcher y defensor histórico del principio de autodeterminación de los isleños– a ensayar un giro copernicano en su narrativa sobre la cuestión Malvinas.
El 3 de septiembre, Milei sorprendió en cadena nacional con un discurso cargado de referencias a la soberanía territorial. “Las Malvinas son argentinas” y “haremos todo lo posible para su recuperación”, afirmó. El cambio no resulta menor. Milei ha reivindicado públicamente en reiteradas oportunidades a Thatcher, primera ministra británica durante la guerra de 1982 y criminal de guerra por la decisión de hundir el crucero General Belgrano, ataque en el que murieron 323 compatriotas.
El inesperado giro se produjo, además, luego de las declaraciones de Donald Trump acerca de una eventual revisión de la posición estadounidense frente a la disputa por Malvinas. El pronunciamiento del mandatario norteamericano no puede separarse de las tensiones en su relación con el viejo imperio británico, en un escenario internacional atravesado por la guerra con Irán, las disputas en torno al estrecho de Ormuz, la guerra entre Rusia y Ucrania, el genocidio en Gaza, la creciente guerra comercial y las presiones de Washington para que sus aliados europeos incrementen sustancialmente el gasto militar.
El des-orden global que atravesamos expresa una transformación más profunda. El ascenso de China como potencia industrial, tecnológica y comercial y la creciente gravitación de los BRICS evidencian la crisis de hegemonía del imperio estadounidense. En reacción, Estados Unidos intenta recuperar posiciones mediante una combinación de proteccionismo, reindustrialización, control de tecnologías estratégicas, presión diplomática, poder financiero y militar. La propia Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense vuelve a colocar al hemisferio occidental en el centro de sus prioridades geopolíticas.
En este escenario, la energía ocupa un lugar central. Petróleo, gas, uranio, minerales críticos, infraestructura eléctrica y nuevas tecnologías dejan de ser considerados solamente commodities para convertirse explícitamente en elementos estratégicos de la doctrina de seguridad nacional y de la disputa por la hegemonía mundial.
Es precisamente allí donde Malvinas vuelve a adquirir otra dimensión y Milei lanza su cruzada, repitiendo los pasos de Galtieri en 1982 –la primera como tragedia y la segunda como farsa–, ahora bajo un discurso de soberanía territorial y defensa de los recursos naturales. Las petroleras Navitas Petroleum, de capitales israelíes, y Rockhopper Exploration, británica, avanzan sobre el desarrollo del proyecto León Marino (Sea Lion, en inglés), ubicado en la cuenca Norte de Malvinas, con el objetivo de iniciar la producción de petróleo offshore. El yacimiento León Marino tiene 408,2 millones de barriles entre reservas probadas, probables y posibles. Las reservas probadas y no desarrolladas son 231,7 millones de barriles (Rockhopper, 2026). En la fase 1 se proyectan una producción inicial de aproximadamente 55.000 barriles de petróleo por día, que comenzaría en el primer trimestre de 2028, y se espera llegar a 150.000 barriles diarios en 2030 y más de 200.000 a partir de 2032.
Asimismo, la posición estratégica de Malvinas trasciende la disponibilidad de hidrocarburos. Su ubicación en el Atlántico Sur le otorga relevancia para la proyección hacia la Antártida. Tal como anunció Milei, “la Antártida será uno de los principales focos de interés y competencia por los recursos necesarios para alimentar la IA”, y también por el control de las rutas marítimas que conectan los océanos Atlántico y Pacífico, convirtiendo al archipiélago en una pieza estratégica dentro de las crecientes disputas entre potencias.
En este contexto, el gobierno libertario entra en contradicción, ya que mientras descubre repentinamente el lenguaje de la soberanía para denunciar la explotación británica de los recursos de Malvinas, en el territorio continental profundiza la extranjerización de la explotación de Vaca Muerta y de los minerales críticos a través del RIGI y el Súper RIGI, privatiza activos estratégicos, flexibiliza regulaciones y articula la política energética, minera, nuclear y tecnológica argentina con los objetivos estratégicos de Estados Unidos.
La pregunta, entonces, excede a Malvinas. En medio de una disputa mundial por la energía y los recursos naturales, ¿qué significa ejercer soberanía en la Argentina del siglo XXI? La respuesta requiere comprender el lugar asignado a nuestro país dentro de la estrategia estadounidense que Donald Trump sintetiza bajo el enunciado de Energy Dominance, a la que el gobierno libertario adhiere sin objetar.
Bajo la dominación energética
La asunción de Javier Milei a la presidencia en 2023 trajo consigo un cambio en el modelo productivo del país, colocando en el centro la producción de petróleo y gas y, junto con ellos, la explotación de minerales estratégicos como principales activos de esta nueva orientación económica. En la apertura del 144° período de Sesiones Ordinarias del Congreso, el propio Presidente explicitó este rumbo: “vamos a construir un marco legal robusto, que permita el desarrollo primario lejos de prejuicios ambientalistas absurdos. Me refiero a todos los recursos: a los minerales críticos como el cobre y el litio, a la pesca y a la agricultura, a los hidrocarburos convencionales y no convencionales” (ver minuto 1:33:45).
Esta política debe enmarcarse en el reordenamiento internacional descripto y en el alineamiento carnal de Milei con Estados Unidos e Israel, del cual es parte ahora el anuncio de Malvinas. Durante su gobierno, el Presidente viajó en 16 oportunidades a Estados Unidos, mientras la Argentina avanzó en más de 15 acuerdos, iniciativas y acciones de cooperación con Washington en sectores estratégicos como energía, minería, nuclear, comercio, inversiones e inteligencia artificial, alineando al país en la estrategia de Energy Dominance norteamericana.
Entre los más recientes se encuentran el Acuerdo sobre Comercio e Inversiones Recíprocos (ARTI) y la adhesión de la Argentina a Pax Silica. El primero facilita las inversiones estadounidenses en sectores estratégicos, incluyendo minerales críticos y recursos energéticos; el segundo incorpora al país a una arquitectura de cooperación que articula minerales críticos, energía, semiconductores, manufactura e infraestructura para inteligencia artificial. Lejos de constituir iniciativas aisladas, ambos forman parte de una creciente articulación de los recursos y capacidades argentinas con las cadenas de suministro que Estados Unidos considera prioritarias para su seguridad económica, energética, tecnológica y militar. Además, la incorporación a la Pax Silica adquiere particular relevancia frente a la conformación, bajo impulso de China, de la World Artificial Intelligence Cooperation Organization (WAICO), creada en julio de 2026 como una nueva plataforma internacional de cooperación y gobernanza de la IA.

Retomando, el propio embajador de Estados Unidos en la Argentina, Peter Lamelas, explicitó el lugar reservado para nuestro país dentro de esta estrategia. Durante la conferencia AmCham Energy vinculó directamente el desarrollo energético argentino con la seguridad nacional estadounidense y con las reformas económicas impulsadas por el gobierno de Milei. “La energía es fundamental para todos los aspectos en nuestra vida. Y es la base del desarrollo económico y de la seguridad nacional [de Estados Unidos]”, afirmó. También sostuvo que las reformas libertarias, que sintetizó como “menos burocracia, más libertad, liderazgo del sector privado [y] crecimiento impulsado por el mercado”, representan “una visión compartida plenamente por el Presidente y mi amigo, Donald Trump”.
Lamelas fue todavía más explícito respecto de las transformaciones que espera Washington: “nuestro trabajo no ha terminado, hacen falta más reformas en todo el país, especialmente en las provincias”. Y sobre el potencial hidrocarburífero argentino afirmó que “en los próximos 30 años la energía que va a mover el mundo viene [de] aquí mismo, de Vaca Muerta. Y estamos decidiendo hoy el futuro de Vaca Muerta y el futuro de la Argentina. Por favor, no pierdan esta oportunidad”. Resta agregar, la misión y compromiso que asumió el embajador en su asunción, de realizar todas las acciones necesarias para asegurar que ex Presidenta Cristina Fernández de Kirchner reciba la “justicia” que merece.
La reconfiguración de la inserción internacional argentina no se limita, sin embargo, a los acuerdos bilaterales con Estados Unidos. Se articula también con la persistente dependencia financiera externa y con el rol desempeñado por los organismos multilaterales de crédito. Una imagen sintetiza esta convergencia: en julio de 2026, la directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, visitó Vaca Muerta. No se trata de un dato menor: la Argentina continúa siendo el principal deudor del organismo, como consecuencia del acuerdo stand by aprobado durante el gobierno de Mauricio Macri en 2018 por 50.000 millones de dólares.

La postal resulta elocuente. La directora del principal acreedor internacional de la Argentina recorriendo uno de los territorios que concentra la mayor promesa de generación futura de divisas expresa una relación histórica entre deuda, recursos naturales y dependencia. La pregunta inevitable es si las divisas generadas por la explotación de Vaca Muerta se utilizaran para financiar un proceso autónomo de desarrollo e industrialización con energía barata, o si serán destinadas para garantizar nuevamente las necesidades derivadas del endeudamiento externo.
Esta dinámica se desarrolla, además, en medio de un fuerte proceso de desindustrialización y debilitamiento de las capacidades estatales. Según CEPA (2026), entre noviembre de 2023 y abril de 2026 se redujo la cantidad de empleadores en 28.262 casos, equivalente a aproximadamente 30 empleadores por día. Mientras empresas y capacidades productivas desaparecen, las exportaciones vinculadas a los sectores energético y minero alcanzan niveles récord.
En julio de 2026, la producción total de petróleo en la Argentina alcanzó los 913.067 barriles por día, un 44% más respecto de julio de 2023, de los cuales el 71% correspondió a Vaca Muerta. En el caso del gas natural, la producción total fue de 158.159 millones de metros cúbicos por día, un 14% más respecto de julio de 2023, con Vaca Muerta concentrando el 70% del total (IAPG, 2026).
En materia económica, durante el primer semestre de 2026 el complejo petrolero-petroquímico se convirtió en el segundo complejo exportador del país, con ventas externas por 8.116 millones de dólares, apenas detrás del complejo sojero, que alcanzó los 9.082 millones de dólares. Las exportaciones petroleras y petroquímicas crecieron un 43,7% interanual y marcaron un récord para la serie 2002-2026. El complejo registró un superávit comercial de 6.034 millones de dólares y Estados Unidos se convirtió en su principal destino, con exportaciones por 1.864 millones, seguido por Chile y Brasil (INDEC, 2026).
La expansión resulta igualmente significativa en la minería metalífera y el litio, cuyas exportaciones alcanzaron los 6.033 millones de dólares durante el mismo período, un 69,7% más que en 2025. El complejo litio, por su parte, exportó 1.126 millones de dólares, con un crecimiento interanual del 186,3% (INDEC, 2026). China absorbió el 83,9% de esas exportaciones, mostrando que la disputa geopolítica por los recursos argentinos no supone la desaparición de los vínculos económicos con Beijing, sino la creciente competencia entre las grandes potencias por su acceso y control.
El crecimiento de la producción hidrocarburífera no ocurre por arte de magia. Es resultado de decisiones estratégicas tomadas durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, entre ellas la recuperación del 51% de YPF en 2012 y la puesta en valor de Vaca Muerta frente a la restricción energética como producto de las políticas neoliberales de la década de 1990. A ello se sumó el gasoducto presidente Néstor Kirchner, inaugurado en 2023, que permitió sustituir parte del gas natural licuado (GNL) importado.
La paradoja es que estos logros de gobiernos nacionales y populares hoy son apropiados por grandes grupos económicos que buscan maximizar sus ganancias a raíz de saldos exportables, en lugar de utilizar las grandes reservas energéticas como plataforma para garantizar energía accesible, industrialización y desarrollo nacional.
En este sentido, la reforma de la Ley de Hidrocarburos, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), el súper-RIGI, la flexibilización del régimen minero y ambiental, la privatización de activos energéticos y la reforma laboral impulsadas por el gobierno libertario conforman el andamiaje jurídico sobre el cual se construye esta nueva inserción internacional. Mientras las principales potencias protegen sus industrias, tecnologías y cadenas de suministro estratégicas, la Argentina garantiza beneficios fiscales, aduaneros y cambiarios al gran capital y orienta crecientemente su estructura productiva hacia la extracción y exportación de recursos naturales.
Los números muestran así las dos caras de un mismo proceso. Mientras cierran empresas y se debilitan capacidades industriales construidas durante décadas, las exportaciones petroleras y mineras baten récords. No estamos frente a una contradicción del modelo, sino ante su propia lógica. Un país crecientemente orientado a la provisión de petróleo, gas y minerales estratégicos para las nuevas cadenas globales de valor en la acumulación capitalista.
Es allí donde la Argentina se convierte en un laboratorio periférico de la Energy Dominance. Mientras Estados Unidos busca reindustrializarse, asegurar sus cadenas de suministro, controlar tecnologías estratégicas y garantizar la energía necesaria para la IA y los centros de datos, nuestro país recorre el camino inverso destruyendo el entramado productivo y dejando tierra arrasada donde se asienta la extracción mineral ante una expansión acelerada de la frontera extractiva.
El problema, entonces, no es la existencia de Vaca Muerta, el litio o el cobre, ni tampoco su explotación. La cuestión central es quién controla esos recursos, quién se apropia de la renta que generan y para qué proyecto de país se utilizan. Recursos naturales extraordinarios pueden constituir la base material de un proceso de industrialización, desarrollo científico-tecnológico y autonomía, o transformarse en la plataforma de una nueva modalidad de dependencia, a la que Milei suscribe.
Y entonces, volvemos a Malvinas
Resulta difícil sostener un discurso de soberanía sobre los recursos naturales a 775 kilómetros de Ushuaia –Tierra del Fuego– mientras en el territorio continental esos mismos recursos se subordinan a las necesidades económicas, energéticas y estratégicas de las grandes potencias. Es por ello que el giro copernicano del Presidente libertario debe entenderse como parte de la política exterior de Trump y nada tiene que ver con un resurgimiento del sentimiento de soberanía nacional libertaria. Malvinas queda así incorporada a la estrategia de Energy Dominance estadounidense.
Defender Malvinas implica también discutir quién controla Vaca Muerta, quién se apropia de la renta del litio y del cobre, quién define qué tecnología nuclear puede desarrollar la Argentina, quién controla nuestros puertos, nuestras tierras y nuestra infraestructura, así como garantizar salarios y jubilaciones dignas y definir para qué proyecto nacional se utilizan esos recursos. En suma, ejercer soberanía implica no ser una neocolonia.
La bandera de “Las Malvinas son argentinas” puso nuevamente la cuestión de la soberanía en el centro de la escena. Pero debe prestarse especial atención, ya que debajo de la bandera de soberanía se enmascara el enemigo, y como decía Galasso, es siempre anti-obrero y anti-argentino.
* Nicolás Malinovsky es autor de Crítica de la energía política (2025). Doctorando en Economía Política Mundial (UFABC, Brasil), ingeniero Electricista (UNRC), magíster en Gestión de la Energía (UNLa), diplomado en Anticipación Estratégica y Gestión de Riesgo (UNDEF). Docente en UNPAZ. Redes: @nicomalinovsky
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