Antes de entrar en materia, conviene aclarar una cuestión terminológica. La expresión “lobby sionista” describe al grupo de presión situado principalmente en Estados Unidos que trabaja activamente para influir en la política exterior de Estados Unidos en una dirección favorable a Israel. Otras expresiones que se han utilizado para designar al lobby parecen menos correctas. Evidentemente sería un error denominarlo “lobby judío” por varias razones. Entre ellas porque está conformado mayoritariamente por cristianos sionistas y en la actualidad solo lo integran algunos pocos millonarios judíos, dado que la gran mayoría de judíos norteamericanos son críticos y no comparten las acciones del lobby. La denominación “lobby israelí” es un tanto imprecisa dado que se trata de un lobby que no está integrado por israelíes sino por norteamericanos de distinta extracción —cristianos, judíos, liberales— que apoyan la causa del sionismo. Por consiguiente, optamos por la denominación que utiliza Ilán Pappe en su ensayo El lobby sionista (Ed. Akal). El sionismo es una ideología política etno-nacionalista, surgida a finales del siglo XIX, que reivindica la instalación de un “Estado judío”, es decir de mayoría étnica judía, en Palestina. Téngase presente que esta reivindicación, que supone garantizar una supremacía étnica judía en Israel, es la causa principal de todas las guerras que asolan Medio Oriente desde el año 1948 y que impiden una solución diplomática del conflicto.

El primer libro sobre el lobby
El primer ensayo que abordó el rol del lobby sionista en Estados Unidos fue escrito por los profesores norteamericanos John Mearsheimer y Stephen Walt en el año 2007. Titularon el libro El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos (Ed. Taurus), lo que les valió una denuncia por antisemitismo de la Liga Antidifamación de Estados Unidos. Tras describir el notable apoyo diplomático y militar que Estados Unidos proporcionaba a Israel, sostenían que ese respaldo no se podía explicar por razones estratégicas o morales. Por el contrario, “se debía en gran medida a la influencia política del lobby israelí, una coalición inconexa de individuos y organizaciones que trabajan activamente para dar forma a la política exterior estadounidense en una dirección favorable a Israel”. En la primera década del siglo XXI, diversos acontecimientos habían cambiado la percepción que se tenía sobre las actividades e impacto del lobby: la cruel guerra de Israel en Líbano en el año 2006; la debacle que siguió a la guerra de Irak, y los ataques personales al ex Presidente Jimmy Carter tras la publicación de su libro Palestina: paz no apartheid y otros intentos de acallar a los críticos del trato de Israel a los palestinos como el historiador judío Tony Judt. Carter no solo fue acusado públicamente de ser antisemita y odiar a los judíos, sino que inclusive llegaron a asignarle simpatías nazis.

Los autores parten del hecho incontrastable de que Estados Unidos ha venido ofreciendo a Israel un nivel de apoyo material y diplomático sin precedentes. Esa ayuda incondicional se ha dado pese a que Israel continuaba con la construcción de asentamientos y carreteras en Cisjordania, contrariando las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La resolución histórica más emblemática que sentó el principio de ilegalidad sobre la retención de los territorios conquistados por la fuerza es la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aprobada por unanimidad el 22 de noviembre de 1967. Esta resolución enfatiza la “inadmisibilidad de la adquisición de territorio por medio de la guerra” y exige explícitamente la “retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados” en dicho conflicto (que incluye Cisjordania, la Franja de Gaza, Jerusalén Este y los Altos del Golán).
La tesis de los profesores Mearsheimer y Walt es que “muchas de las políticas que se han seguido en beneficio de Israel ponen en peligro la seguridad nacional de Estados Unidos. La combinación del extremadamente generoso apoyo a Israel y la prolongada ocupación israelí de territorio palestino ha avivado el antiamericanismo en todo el mundo árabe e islámico”. Añadían que el impacto del lobby había sido de modo inintencionado perjudicial también para Israel, dado el apoyo a la política de asentamientos que constituía un “desatino moral y estratégico de proporciones históricas”. Consideraban que la situación de Israel hubiera sido mejor si los Estados Unidos hubieran utilizado su posición de poder para convencerlos de que pararan la construcción de nuevos asentamientos en Cisjordania y hubieran ayudado a construir un Estado palestino viable en esas tierras. El apoyo a esas políticas ponía incluso en peligro el porvenir a largo plazo del Estado judío.
Un capítulo del libro aborda el uso habitual de la acusación de antisemitismo para acallar las voces críticas contra las políticas del Estado de Israel. Según los autores, el verdadero antisemitismo concibe a los judíos como distintos de otros pueblos, lo que da pie a perseguirlos con todo tipo de prácticas deleznables. En sus formas esenciales el antisemitismo es una forma de racismo. Por el contrario, los críticos a las políticas del Estado de Israel consideran que los judíos son como los demás seres humanos, capaces de hacer el bien y de hacer el mal, por lo que tienen el mismo estatus que cualquier otro grupo social. Por el mismo motivo Israel debe ser tratado como cualquier otro Estado y sus políticas son susceptibles de aprobación o crítica, como acontece con el resto de Estados del mundo.
Arquitectos de la represión
Con posterioridad al libro de Mearsheimer y Walt, dos ensayos sobre el lobby fueron escritos en Estados Unidos por el profesor de Relaciones Internacionales Walter Hixson, sin que haya traducción al castellano. El primero, del año 2019, se titula Israel's Armor: The Israel Lobby and the First Generation of the Palestine Conflict (El blindaje de Israel: el lobby israelí y la primera generación del conflicto palestino). En 2021 publicó un segundo libro titulado Architects of Repression (Arquitectos de la Represión), con un subtítulo extenso que fija claramente la posición del autor: “Cómo Israel y su lobby han puesto el racismo, la violencia y la injusticia en el centro de la política estadounidense hacia Oriente Medio”. Comienza señalando que la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee, en español “Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos”) y sus aliados han dominado el discurso público pero su mayor influencia se ha sentido en el Congreso de los Estados Unidos. Bajo la supervisión de AIPAC, el Congreso se ha convertido en un “agente constante e implacable que ha hecho de Israel un gigante regional inmune a las críticas mundiales por sus persistentes violaciones del derecho internacional”.

Hixson considera que, mediante sus injerencias, el lobby pro israelí ha conseguido una financiación estadounidense masiva para Israel, “a pesar de ser un Estado colonial de asentamiento que practica el apartheid, un agresor regional y un grave violador de las normas de derechos humanos”. Además, considera que Israel y su lobby han sido los principales responsables del fracaso en el logro de una paz integral en Oriente Medio. Tanto Israel como el lobby pro israelí han impulsado durante mucho tiempo, con el apoyo estadounidense, a regímenes árabes reaccionarios pero ricos en petróleo. De este modo, la política exterior estadounidense en Oriente Medio ha estado plagada de inestabilidad y guerras interminables. El lobby no es una entidad monolítica, sino más bien de una agrupación multifacética de ideas, individuos y organizaciones unidas por el compromiso de difundir propaganda proisraelí y, simultáneamente, de desacreditar el análisis crítico del Estado sionista.
Señala que si bien Israel compartía muchas similitudes con otras sociedades de colonos a lo largo de la historia, en ciertos aspectos el asentamiento sionista fue y sigue siendo único. La demonización de los judíos, que perduró durante siglos y derivó en el genocidio nazi, fue, sin duda, una fuerza impulsora del movimiento sionista. Marcados por los traumas del antisemitismo histórico, líderes sionistas como Ben-Gurion, Menachem Begin y muchos otros juraron no volver a ser víctimas y en cambio se convirtieron en agresores implacables y sin remordimientos en Palestina. La otra característica distintiva, y que es crucial para comprender el rol del lobby, tiene que ver con el momento en que se produce la colonización de Palestina. Las violentas políticas de expulsión, cuyo objetivo era asentar al mayor número posible de judíos y reducir al mínimo la población palestina, contradecían flagrantemente la visión de posguerra de descolonización, justicia internacional e igualdad racial. Por consiguiente, Israel requirió un sólido apoyo internacional, respaldado por decididas campañas de desinformación, para contrarrestar los intentos de exigirle responsabilidades por su agresión en Palestina. Estados Unidos —el país más poderoso del mundo, la nación con la mayor población judía del mundo, el corazón del sionismo cristiano y, en aquel entonces, una nación que practicaba el apartheid— era el aliado indispensable para posibilitar el éxito del proyecto sionista.
Según el Servicio de Investigación del Congreso (CRS), desde 1948, Israel, una pequeña nación de menos de 9 millones de habitantes, ha sido el país extranjero que más subsidios ha recibido en la historia de Estados Unidos. Desde su creación en 1948, el CRS señala que Estados Unidos ha proporcionado a Israel 146.000 millones de dólares en asistencia bilateral y financiación para la defensa antimisiles. Estas cuantiosas asignaciones han permitido a Israel convertirse en uno de los regímenes militares más poderosos del mundo. Israel disfruta actualmente de los beneficios de un paquete de ayuda de 38.000 millones de dólares a diez años, aprobado bajo la presidencia de Obama, a pesar de que ya posee, con mucha diferencia, el poder militar más importante de la región.
Causas del apoyo incondicional
¿Qué explica el apoyo incondicional a Israel, al que el autor califica de Estado de apartheid? Hixson considera que la afinidad cultural con Israel, incluidas las motivaciones religiosas del sionismo cristiano, han sido relevantes. A lo largo de la historia, ambas sociedades han manipulado su pasado y distorsionado la historia real de su desplazamiento y colonización. Los estadounidenses del siglo XIX proclamaron que su “destino manifiesto” era apoderarse de vastas extensiones de tierra de indígenas y mexicanos, a quienes representaban como atrasados y racialmente inferiores. En generaciones posteriores, internalizaron un pasado mítico, ocultando una historia real de supremacía blanca e imperialismo, al esencializar la nación como una tierra de “libertad y justicia para todos” y defensora de la democracia global. Otro tanto acontece con Israel y su rechazo a reconocer la limpieza étnica que acompañó a su implantación en Palestina.
Otra causa de la generosidad estadounidense radica en el férreo control que el lobby ejerce sobre el Congreso de los Estados Unidos. En Arquitectos de la represión presenta un análisis detallado de las tácticas que emplea el lobby para la concesión o retención de fondos para campañas políticas tanto de candidatos demócratas como republicanos. Añade que los miembros del Congreso viven con un miedo atroz a AIPAC. Siempre están plenamente informados de la postura de AIPAC sobre cualquier asunto relacionado con Israel y bien entrenados para seguir la línea proisraelí.
Para asegurar la financiación y apoyo político de Estados Unidos, el lobby ha presentado a Israel como un inocente David asediado, rodeado de árabes fanáticos que buscaban hundir al Estado sionista en el mar. “Ante las crecientes críticas de las últimas décadas, el lobby israelí se ha vuelto cada vez más agresivo, recurriendo a la desinformación, la guerra jurídica, la difamación, los ataques a la libertad de expresión y los cínicos intentos de equiparar la crítica a Israel con el antisemitismo”.
Hixson señala que la agresividad descarnada de Israel con los palestinos complica el trabajo del lobby y está alienando cada vez más a un sector clave de su electorado, los judíos estadounidenses. Tradicionalmente progresistas, cada vez más judíos estadounidenses reconocen que han sido los deseos de expansión de Israel los que han impedido una paz justa. Esta opinión se escribió en el 2021, antes del infierno que se abatió sobre Gaza. En la próxima nota abordaremos el espectacular cambio que se ha producido en la sociedad norteamericana y las dificultades que enfrenta el lobby para cumplir con su misión.
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