El que no salta es un inglés

Los atajos políticos tienen memoria. Nosotros también

 

Quienes nacimos en el ‘63, como cantó Fito (con Kennedy a la cabeza) somos una generación que atravesó cambios enormes en muy poco tiempo. Pasamos del teléfono de disco al celular, de la carta al WhatsApp, de la máquina de escribir a la notebook, del long play y el rollo fotográfico a un aparatito que incluye todo, que va dentro del bolsillo. Y ahora la IA. Uno pregunta y algo responde, parece el atajo definitivo.

Recuerdo un viejo cuadro de humor gráfico de los primeros años de la democracia que parodiaba una consigna religiosa: “Cristo es el camino, Marx es el atajo”. No pude reconstruir quién lo dibujó, pero sí esa frase de un picarón Marx, con un aerosol en mano, interviniendo el afiche.

El atajo es acortar el camino para llegar antes, aunque para la vulgata argentina también pueda significar la avivada de ahorrarse, tramposamente, una parte del recorrido.

León XIV acaba de dedicar su primera encíclica, Magnifica Humanitas, precisamente a la condición humana frente a la inteligencia artificial. No la demoniza. Advierte algo más interesante: una máquina puede procesar cantidades extraordinarias de información, pero no tiene experiencia, cuerpo, memoria afectiva ni responsabilidad moral. Puede saberlo casi todo sobre una guerra, pero nunca tuvo frío en la trinchera.

Ahí termina el atajo y aparece la pregunta. Nosotros éramos preguntones. Inquietos. Gente bastante intranquila.

Criados en la dictadura, preguntar podía ser una pequeña insubordinación. Preguntábamos por los huecos, las ausencias, aquello que no nos cerraba. Y algunas preguntas obligaban a los profesores a ir a buscar la pelota al fleje.

Cuando la cosa subía de tono y se iba por el lado de la discusión aparecía aquella frase “¡no me conteste!”. Era para algunos de nosotros una invitación irresistible a sumar amonestaciones.

Así cruzamos aquellos años, prendidos a la suerte de una vieja y heredada Balsa, de otros náufragos, hecha con algunos libros, discos, amigos y, digámoslo también, algunos buenos profesores.

El rock fue nuestro himno nacional secreto.

Años después, Charly le practicaría una suerte de exorcismo al Himno Nacional oficial, frente al Obelisco. Pero antes las canciones habían sido pequeñas zonas de libertad. Entonces llegó Malvinas.

Aquella gesta oportunista de la dictadura nos encontró, a muchos, cuando se nos empezaba a caer la venda de los ojos. Yo hacía la colimba en Prefectura.

Me recuerdo en la guardia, junto a una puerta, vestido de marinero, leyendo a escondidas para acortar las horas. Al pedo, cuidando la nada.

En esos días me enteré de la movilización de la CGT por Paz, Pan y Trabajo, la del 30 de abril de 1982, duramente reprimida. Fui. Al otro día nos tocó hacer una escolta de honor a un buque norteamericano.

El 2 de abril, ya de franco, mi vieja me despertó. “Estamos en guerra”. Sentimientos raros, contradictorios.

Primero, la patria. Pero adentro mío ya venían haciendo su lenta y provechosa digestión los libros, los discos, los recitales y mis amigos. Jauretche se encontraba con Charly; Scalabrini Ortiz, con Spinetta. Empezaba una lenta digestión.

Los ingleses rankeaban alto entre nuestros enemigos históricos. Y ahora, la guerra.

Hasta entonces, para algunos compañeros de colimba yo era una especie de subversivo. Hoy pienso en lo peligroso de semejante calificación, con tanto alcahuete cultivado en el encierro naval.

Mi peligrosidad consistía fundamentalmente en lo que leía y en escuchar rock nacional.

Pero empezó la guerra, prohibieron pasar música en inglés y nosotros pasamos al frente. Nuestra música comenzó a sonar por todas partes. Ya no era una solitaria playita, en la isla Juan Alberto Badía.

Nosotros habíamos convivido perfectamente con el rock inglés. No necesitábamos prohibir a los Beatles o a los Stones para escuchar a Charly, Spinetta, Moris o Nebbia. No la careteábamos. Teníamos un rock, era de igual a igual, diría León Gieco.

Una música profundamente nuestra que había conseguido crecer en la oscuridad de aquellos años. Tal vez lo único nuestro que creció en esa época. Pero estaba la guerra.

Yo sentía culpa por no haber sido movilizado al sur y, al mismo tiempo, no conseguía explicarme cómo una dictadura que empezábamos a reconocer como criminal podía administrar una causa nacional que sentíamos profundamente.

Para algunos de mis compañeros, dudar de la conducción de la guerra era dudar de la patria.

Otra vez, “¡no me conteste!”. La verdad tallada en piedra.

Pasaron 44 años, pasó casi todo.

Cayó la dictadura, volvió la democracia, conocimos el horror, llegaron los juicios, las crisis y nuevos derechos. Cambió el mundo. Pero Malvinas permanece, como permanece el recuerdo de una década ganada.

Las dictaduras no desaparecen completamente cuando los militares vuelven a los cuarteles. Ellos saben dónde van sus desapariciones, nosotros no. También dejan cultura, miedos, reflejos, maneras.

Pienso a Milei como un producto tardío de algunas matrices culturales y económicas que la última dictadura ayudó a instalar y que sobrevivieron a su derrota política.

La desconfianza hacia lo colectivo. El Estado entendido siempre como estorbo. La sospecha sobre la política, los sindicatos y las organizaciones populares. La fascinación por lo extranjero y el desprecio por nuestras propias capacidades. El adversario convertido en enemigo.

Sobre todo, aquella idea triste de una Argentina fracasada de la que cada uno debe intentar salvarse solo. Por eso me quedó resonando una de las últimas frases del Presidente: “Yo ya estoy hecho.” Esa frase me retrotrae al “¿Yo? Argentino”, de la época de la dictadura. Era una forma de decir “arréglense ustedes, yo no me meto”.

Así vuelve a aparecer Malvinas, como en un tango circular. El pasado que vuelve a enfrentarse con nuestras vidas.

La paradoja de Milei es formidable. Contó que a sus once años, cuando comenzó la guerra, comentó en su casa que aquello era un disparate y que iba a perder. Su padre lo cagó a palos.

Tal vez aquella haya sido una de sus preguntas más lúcidas, porque preguntar nunca fue traicionar a la patria. Nosotros también tuvimos que aprenderlo.

Se podía afirmar que las Malvinas eran y son argentinas, y preguntarse quién nos estaba llevando a la guerra.

Se podía querer a nuestros soldados y desconfiar de los generales.

Por eso resulta extraño ver en esta cruzada a un Presidente que admira a Margaret Thatcher.

El oportunismo, que tanto dolió, obliga a pensar en los que no volvieron. No en los generales y su “guerra on the rocks”. Si en los que combatieron y los que regresaron cargando durante décadas una guerra que muchas veces se prefirió olvidar.

Sé perfectamente qué fibra toca gritar “¡el que no salta es un inglés!”, pero me niego a entregar su significado.

Me niego a que una causa que pertenece a generaciones enteras se convierta otra vez en el decorado de una coyuntura política.

La política también conoce los atajos. La dictadura creyó encontrar uno, para saltar desde el repudio hacia una legitimidad que terminó en tragedia.

No digo que la historia se repita, digo algo más sencillo: los atajos políticos tienen memoria. Nosotros también.

Después de haber pasado del teléfono de disco a la IA, sigo confiando en algunos viejos artefactos, como los libros, los amigos, las preguntas y las canciones.

Digo las canciones porque la IA puede explicarnos una canción, analizar sus acordes y reconstruir la época en que fue escrita. Pero no puede recordar quiénes éramos nosotros cuando la escuchamos por primera vez.

Las canciones sí, uno vuelve a ellas y allí seguimos.

Está Moris con su De nada sirve, evitando el escape de uno mismo. Está Spinetta, pidiendo que no te busques más en el umbral, para que sepan la forma de tu alma. Está Charly, advirtiendo que no cuentes lo que viste en el espejo, porque ya no hay jueces, ni abogados ni testigos. Está Fito. Nacimos en el ‘63, y sabemos que tomaron la decisión yendo y viniendo del baño.

Más de sesenta años después, el mundo parece empeñado en ofrecernos atajos cada vez más veloces.

Yo prefiero conservar la vieja costumbre de la pregunta, incluso cuando molesta y sobre todo cuando alguien vuelve a gritarnos “¡no me conteste!”. A la IA hay que saber interrogarla, para eso nos preparábamos los preguntones. Su inteligencia depende también de la inteligencia de nuestras preguntas.

Porque para algunas cosas —la libertad, la memoria, Malvinas— todavía no existe inteligencia artificial capaz de ahorrarnos el camino. Por suerte, todavía tenemos canciones y preguntas para recorrerlo.

 

 

 

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