Cheques sin fondo

Inventar poder donde no lo hay, el legado kirchnerista

Proponer sueños, de Martin Luther King a Néstor Kichner.

 

El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King, pastor bautista y activista del movimiento a favor de los derechos civiles, pronunció su discurso más famoso frente al Monumento a Lincoln durante la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad: “Yo tengo un sueño” (“I have a dream”).

Por supuesto, el lugar elegido no fue una casualidad: “Hace un siglo, un gran americano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos, firmó la Proclamación de Emancipación. Este trascendental decreto llegó como un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros y esclavas negras, que habían sido quemados en las llamas de una injusticia aniquiladora”. Frente a más de 250.000 personas, King reclamó el fin del racismo en su país y la igualdad de derechos civiles y económicos para los negros y otras minorías: “Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad”. Para ilustrar la injusta situación de millones de negros, usó una metáfora brillante, la del pagaré: “Cuando los artífices de nuestra república redactaron las magníficas palabras de la Constitución y la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense sería heredero. Este pagaré era una promesa de que a todos los hombres –sí, tanto a los negros como a los blancos– se les garantizarían los derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Hoy resulta evidente que Estados Unidos ha incumplido esta promesa con respecto a sus ciudadanos de color. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha entregado al pueblo negro un cheque sin fondos, un cheque que ha sido devuelto por falta de fondos”.

 

 

King, un gran orador, utilizó varios recursos retóricos en su discurso. El más visible es la anáfora, figura que consiste en repetir una o varias palabras (“Yo tengo un sueño”) al inicio de versos o párrafos para reforzar una línea de pensamiento o dar ritmo a un poema o una canción. Un ejemplo muy conocido es el de Ojalá, de Silvio Rodríguez, en el que la repetición de la interjección ojalá enfatiza los deseos del autor y traduce su estado de ánimo:

Ojalá se te acabe la mirada constante

la palabra precisa, la sonrisa perfecta

Ojalá pase algo que te borre de pronto

una luz cegadora, un disparo de nieve

Ojalá por lo menos que me lleve la muerte

para no verte tanto, para no verte siempre.

 

 

Pero la anáfora no es el único instrumento discursivo de Martin Luther King. Como pastor bautista, utiliza citas bíblicas, en general referidas al Antiguo Testamento, para que su discurso llegue también a quienes se oponían a los derechos civiles de los negros y que, en gran parte, eran conservadores cristianos: “Sueño que un día todo valle será elevado, toda colina y montaña será allanada, los lugares escabrosos se convertirán en llanuras y los lugares tortuosos se enderezarán, y la gloria del Señor será revelada, y toda carne la verá junta”.

Con gran habilidad, usó un concepto mencionado por Isaac Newton: “Si he visto más lejos, es porque me he apoyado en los hombros de gigantes”. Se trata de usar ideas desarrolladas por pensadores de épocas anteriores para impulsar un progreso intelectual e incluso ético. El gigante elegido por King es Abraham Lincoln. El pastor se sube de esa forma a una tradición nacional que lo precede, otorgándole a sus reclamos una mayor legitimidad.

El Presidente John F. Kennedy quedó impresionado por el discurso, aunque esa no fue la única reacción en la administración federal: William Sullivan, subdirector de inteligencia nacional del FBI, recomendó: “Debemos identificarlo ahora, si no lo hemos hecho antes, como el negro más peligroso del futuro de esta nación”. El negro más peligroso fue asesinado el 4 de abril de 1968, en el balcón del Lorraine Motel en Memphis, Tennessee. Kennedy había sido asesinado unos años antes, poco después de la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad. Su hermano Bobby Kennedy, quien le había dedicado un sentido discurso póstumo a King (“Dediquémonos a lo que los griegos escribieron hace tantos años: a dominar el salvajismo del hombre y hacer apacible la vida de este mundo. Hagamos eso y oremos por nuestro país y por nuestro pueblo”) fue asesinado a su vez en junio de 1968 en Los Ángeles, pocos días después de ganar las elecciones primarias de California para la presidencia. Tres años antes, en febrero de 1965, Malcolm X, ministro musulmán y figura destacada del movimiento por los derechos civiles, fue baleado y falleció a causa de sus heridas en Manhattan.

Como ocurrió con el intento de magnicidio contra CFK, la Justicia se limitó a investigar a los autores materiales de esos cuatro crímenes, sin indagar sobre los autores intelectuales y descartando las conspiraciones que algunos medios denunciaron. Concluía así una década prolífica para los derechos civiles y los ideales progresistas en Estados Unidos. Lo que vendría después, con Richard Nixon y, de forma más perdurable, con Ronald Reagan, llevaría el péndulo hacia el otro extremo del arco político. De algún modo, en aquel cambio mayor ya estaba la semilla del movimiento terraplanista MAGA (“Make America Great Again”), una jarra loca conformada por los delirios de la extrema derecha y el pensamiento conspirativo pseudocientífico (con una retórica a favor de los trabajadores pero políticas que benefician a los más ricos, en particular los tecno-ricos), contraria al ideal de los movimientos a favor de los derechos civiles. La caracterización del inmigrante como un enemigo del interior, un delincuente en potencia que pone en peligro al norteamericano “de bien” (para retomar una expresión que suele usar Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa) o incluso las categorías vaporosas como la de comunista o woke, para caracterizar a cualquiera que no apoye las alucinaciones reaccionarias de la Casa Blanca, prefiguran una sociedad donde lo colectivo es el enemigo: es peligroso o le cuesta dinero al contribuyente. La solución, para los fanáticos de MAGA, es siempre individual. Es por eso que la extrema derecha descree de la historia: necesita vivir en un eterno presente. A diferencia de Martin Luther King, que se “subía a los hombros de gigantes”, Donald Trump siente que el gigante es él. No necesita conocer la obra de Lincoln, podría incluso quemarla.

Martin Luther King hablaba del “cheque sin fondos” que recibió el pueblo negro; Trump, en un lenguaje mucho más rudimentario, promete entregarle un cheque de 5.000 dólares a cada adulto de su país si el Partido Republicano gana las elecciones de medio término de este año. Un Plan Platita de proporciones colosales que no parece indignar a los entusiastas argentinos de Trump ni a sus antenas mediáticas. Hay, sin embargo, varios aspectos interesantes en esa improbable inyección de recursos federales. Primero, en lo que respecta a los beneficiarios: todo adulto norteamericano, por el simple hecho de serlo, recibirá ese ingreso. No importa si es rico o pobre, si se esforzó a lo largo de su vida o la dilapidó mirando tele en un sofá (un couch potato, para retomar una maravillosa expresión norteamericana). Se trata, entonces, de una política universal, como la universidad pública y gratuita, los subsidios a la energía y al transporte o los medicamentos gratuitos. Es decir, eso que la extrema derecha que nos gobierna y apoya perrunamente a Trump detesta y describe como insostenible; y que algunos analistas de este lado de la grieta califican de “subsidios a los ricos” por ser, justamente, universales. Por otro lado, Trump se refirió a dichos recursos como “dividendos”: “Gracias a nuestra enorme fortaleza y éxito económico, concederé un dividendo de 5.000 dólares a cada ciudadano adulto de los Estados Unidos de América”, prometió en la convención republicana de mitad de mandato celebrada en Dallas: “Será muy parecido a lo que haría una compañía exitosa al distribuir sus beneficios con los accionistas. (...) Se llamará el ‘dividendo Trump’”. En efecto, el dividendo es la parte de los beneficios que una empresa reparte entre sus accionistas, en proporción a los títulos que cada accionista posee. Trump considera, no sin razón, que cada ciudadano adulto posee la misma cantidad de acciones de esa empresa llamada Estados Unidos de Norteamérica, y por lo tanto merece cobrar la misma suma. Si tomamos la precaución de establecer que cada ciudadano posee una sola acción de su país (un ciudadano, un voto), no parece una mala analogía de la democracia electoral.

Por supuesto, desde el sector financiero criticaron la propuesta de Trump, que incluiría aproximadamente a unas 245 millones de personas y cuyo costo se elevaría a 1,2 billón de dólares, una suma sideral, apenas por debajo del déficit fiscal norteamericano que llega a 1,8 billón de dólares (es bueno recordar que todos los países que Milei considera serios tienen déficit fiscal, eso que suele presentar como la suma de todos los males). La reacción contraria era esperable: una cosa es que el Estado se haga cargo del pasivo de bancos o corporaciones, y otra muy diferente es que reparta dinero entre la gente de a pie.

No sé cuál es la viabilidad económica de una propuesta lanzada a las apuradas y que responde más a los malos resultados oficialistas en las elecciones parciales que a un impulso de equidad fiscal, pero ha tenido la virtud para la Casa Blanca de colocar a Trump del lado opuesto a la runfla financiera, empezando por Bloomberg, compañía que criticó la propuesta por considerarla inviable. Así, un Presidente que ha favorecido sistemáticamente a los más ricos con sus reformas impositivas y que posee en su gabinete a ocho ministros con un patrimonio superior a los 100 millones de dólares (es decir, que forman parte del 0,003% más rico del país), puede jugar a “combatir a la casta”. Beneficiar a los ricos y hablarle a los trabajadores no es algo nuevo en Trump. Como escribió el periodista Alfredo Grieco y Bavio en referencia a las elecciones de 2024: “Hasta último momento, en su campaña, Trump les habló a sus bases, no a un centro ilusorio del electorado. Y así ganó más y no menos votos: galvanizó apoyos a una candidatura ostentosamente anti-elitista que generaba confiabilidad en un declarado compromiso con los sectores más necesitados y menos instruidos. Creó una nueva alianza social y multirracial de la clase trabajadora: un objetivo del Partido Demócrata histórico, que nunca llegó a conformar”. El Partido Demócrata jugó la carta de la seriedad fiscal, de la “normalidad” frente a la desmesura de Trump y perdió las elecciones. Esto tampoco es algo nuevo. Los progresismos del mundo (Alberto Fernández en nuestro país, Gabriel Boric en Chile, François Hollande en Francia, entre otros) suelen elegir políticas económicas mesuradas por estar más atormentados por el equilibrio fiscal que por el empobrecimiento de las clases medias. Por ende, le hablan a una audiencia tan centrista como imaginaria. Mientras la extrema derecha devora a la derecha y se radicaliza en una prédica violenta, propia de la venganza de clase de sus mandantes, la centroizquierda le teme a su propia sombra y parece ofrecer lo mismo, pero sin insultos.

El domingo 25 de mayo del 2003, ante la Asamblea Legislativa, Néstor Kirchner vino a proponernos un sueño: “No he pedido ni solicitaré cheques en blanco. Vengo, en cambio, a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación; vengo a proponerles un sueño que es la construcción de la verdad y la Justicia; vengo a proponerles un sueño que es el de volver a tener una Argentina con todos y para todos (...) Vengo a proponerles un sueño: quiero una Argentina unida, quiero una Argentina normal, quiero que seamos un país serio, pero, además, quiero un país más justo. Anhelo que por estos caminos se levante a la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación: la nuestra”. Como Martin Luther King cuarenta años antes, Néstor también usó una anáfora y generó una emoción similar. Pero su potencia política no fue el resultado sólo de la retórica sino, sobre todo, del ejercicio pleno e impaciente del poder.

 

 

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Es la gran diferencia con el discurso de asunción –también emocionante– de Alberto Fernández en mayo del 2020: “Por eso hoy vengo a manifestar frente a esta Asamblea y frente a todo el Pueblo Argentino, un contundente Nunca Más. Nunca Más a una justicia contaminada por servicios de inteligencia, operadores judiciales, procedimientos oscuros y linchamientos mediáticos. Nunca más a una justicia que decide y persigue según los vientos políticos del poder de turno. Nunca más a una justicia que es utilizada para saldar discusiones políticas, ni a una política que judicializa los disensos para eliminar al adversario de turno (...) Nunca más a los sótanos de la democracia. Nunca más es nunca más”.

Cuando la retórica de nuestros gobernantes no tiene un correlato en el bienestar de las mayorías, se transforma en un instrumento de escepticismo ciudadano; en un cheque sin fondos (para retomar la gran metáfora de King) que le abre la puerta al terraplanismo de turno. La retórica vacua de cierto progresismo describe la correlación de fuerzas como si fuera un hecho inamovible, casi celestial, y no el resultado de una puja permanente. En Kirchner, el tipo que supo, Mario Wainfeld escribió: “Kirchner plasmó un reclamo justo y consistente pero frenado hasta ese momento por la correlación de fuerzas (…) Kirchner ‘inventó’ poder donde parecía no haberlo”. En realidad, Wainfeld se refiere a la política de Derechos Humanos, pero inventar poder ahí donde parecía no haberlo fue el gran legado de los gobiernos kirchneristas.

Ese legado de gobierno pleno e impaciente es también un buen antídoto contra el derrotismo bienintencionado y los cheques sin fondo hacia las mayorías.

 

 

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