Todos mis muertos

Los murales-homenaje como parte del funeral tumbero

 

“Llorarás con un ojo y con el otro te reirás”.

Indio Solari

 

Hasta hace una década, cuando se visitaba los barrios plebeyos, llamaban la atención los murales dedicados a jóvenes que habían muerto en mano de las policías, la mayoría de las veces como resultado del gatillo fácil. Los retratos estaban estampados en paredones de gran circulación o afluencia pública. Los murales eran realizados por familiares y amigos, generalmente acompañados o promovidos por distintas organizaciones sociales del barrio. Alrededor de esos murales, el duelo, la memoria y la denuncia estaban entretejidas. Cuando el Poder Judicial mira para otro lado o avanza en cámara lenta, la búsqueda de justicia dependerá de la capacidad de memoria de la víctima. El mural, entonces, formaba parte del repertorio estratégico que tienen los familiares para sostener una lucha que se demorará unos cuantos años. Formaba parte de la búsqueda de justicia, pero también era una manera de salvar su honor en el barrio, una forma de desagraviarlo y hacer frente a los estigmas que todavía pesaban sobre él. En los murales se veía el rostro del joven matado por la policía, su nombre y apellido, la fecha de nacimiento y muerte, y casi siempre estaba acompañado por una consigna que inscribía al mural en el reclamo de justicia. [1]

Hoy, esos murales-homenaje se han multiplicado en los barrios, solo que ya no se los lleva solamente la violencia policial sino, sobre todo, los accidentes de tránsito. El desplazamiento del objeto –de los homicidios dolosos a los homicidios culposos– llega con continuidades y discontinuidades que se explorarán en este artículo.

 

 

 

 

La muerte joven ronda en moto

A cualquiera que converse con jóvenes que viven en los barrios plebeyos le llamará la atención la gran cantidad de anécdotas y relatos que tienen a la muerte como protagonista. Sus vínculos con la muerte no empiezan en la vida adulta sino demasiado temprano, cuando todavía son adolescentes. Con 14, 16 o 20 años, estos jóvenes ya tienen muchos amigos o conocidos del barrio que conocieron tempranamente la muerte. Se los llevó la brutalidad policial o la justicia por mano propia, un robo que salió mal, una pelea entre pares, el enredo con las drogas, la enfermedad que no fue detectada a tiempo, los suicidios y también los accidentes fatales arriba de una moto. No hay accidentes laborales en la lista. La fatalidad los encontrará desocupados y ociosos, pero siempre inventando changas para hacerse del dinero que les permita llenar el tanque y permanecer en la línea de flotación.

Cada vez son más los accidentes de motos. La moto ha reemplazado a la bicicleta playera. La moto es la manera de moverse por el barrio o desplazarse por la ciudad. Cuando el sistema de transporte público es muy deficiente, el bondi no para en el barrio, o las frecuencias se distancian y dilatan durante la noche o los fines de semana, entonces la moto es la mejor manera de no perderse ninguna joda. La moto se ha convertido en la compañera de aventuras. Son jóvenes todavía en edad escolar, algunos de los cuales pendulan entre el trabajo precario y el delito precario, pero más allá del eventual compromiso que mantengan con el delito, todos ellos andan en moto, se mueven en moto, pasan gran parte del día arriba de la moto. La vida de estos jóvenes gira alrededor de la moto, que llevará su marca personal, porque cada uno de ellos la irá tuneando según su estilo y astucia.

La moto es la oportunidad de hacer unos mangos improvisando un delivery, pero también de acceder a la noche y divertirse un rato, llenar el tiempo muerto con el que se miden y motorizar la grupalidad. La moto no es un capricho sino la oportunidad de salir del barrio y sortear los controles policiales y vecinales. Ellos saben por experiencia propia que moverse a pata o salir del barrio caminando implica medirse con los vecinos que van balizando sus desplazamientos por la ciudad, pero también con el hostigamiento policial. Porque las detenciones nunca llegan con buenos modales sino con mucho destrato y maltrato.

La muerte forma parte del paisaje, pero no está en los planes de ninguno de ellos. O peor: cuando intuyen que la muerte los espera a la vuelta de la esquina, cuando saben que tienen muchas chances de conocer la muerte tempranamente, no hay que perder el tiempo para divertirse. La moto, poner la moto tuneada a toda velocidad, hacer picadas, cruzar los semáforos en rojo, esquivar el tránsito en zigzag, hacerse ver tirando cortes o haciendo acrobacias (willy o stunt), es una forma de darse un buen chute de adrenalina. Más aún, la moto es la manera de ganar la atención de sus pares, seducir a sus amigas y engranar a los adultos. No solo a los vecinos del barrio, sino al resto de la ciudad, la que surcarán solos o en grupo, pero siempre a una velocidad no recomendada. No se sienten súper-poderosos y tampoco invencibles, porque saben que la muerte les anda pisando los talones, pero se burlarán mientras puedan. No llevarán casco, sino su habitual gorrita. Tampoco usarán los guiñes cuando vayan a doblar. La sorpresa forma parte de la destreza que van entrenando.

La moto es un laboratorio para saber qué puede un cuerpo. Hasta dónde pueden ir. Eso y el azar. Porque cada vez que pasen un semáforo en rojo, cruzarán los dedos para que nadie venga del otro lado.

 

 

 

 

Del cementerio al barrio

En las últimas décadas, los murales de jóvenes fallecidos, especialmente en circunstancias violentas, son parte de un proceso de (re)territorialización del culto a los muertos. Los cementerios son lugares ingratos y cada vez más distantes, inhóspitos. De hecho, cada vez son menos las personas que frecuentan el cementerio para visitar a sus seres queridos. Salvo los familiares directos, el resto de los amigos prefiere no ir, le queda lejos. Es entendible: en un mundo desacralizado, los cementerios no son el mejor plan para recordar al amigo, no convocan.

Sin embargo, cuando la muerte se vuelve regular, los jóvenes tendrán necesidad de sus rituales para tramitar el duelo que demanda la ausencia del amigo. Es así que las ofrendas y leyendas que ornamentaban la tumba empezaron a trasladarse al barrio.

En ese proceso, en el último tiempo, los murales impresionan haber ganado preponderancia por sobre otros recursos como los altares y grutas, para “hacer vivir” a los muertos, desvistiendo cada vez más el rito de cualquier ropaje de corte “religioso” que antes pudiera ostentar.

Basta encontrar una pared libre para luego contratar un grafitero y reproducir una serie de rituales que antes se concentraban en los cementerios. Allí, mientras el artista contratado pinta el mural, amigos, familiares y vecinos compartirán la cerveza y unos choris, se fumarán un porrito, escucharán música, intercambiarán anécdotas, llevarán flores. Llorarán a sus muertos, pero también se sonreirán con ellos evocando las aventuras que compartieron hasta hace unos días.

Cuando todavía se es muy joven el duelo no puede encararse solo. Demasiado tiempo libre para que la cabeza empiece a perderse entre los recuerdos. Mejor hacerlo con el resto de los amigos, acompañados por su rostro en la esquina donde paraban todas las tardes. El mural, la presencia del amigo sonriente estampado en esa pared, les permitirá tramitar el duelo con más tiempo, rumiar la muerte acompañados con los amigos que le sobrevivieron.

Los murales desafían así la idea de cementerio como un espacio y tiempo delimitados para “llorar” a los muertos. Diluyen el espacio especializado para la memoria y ofrenda a los muertos. Éstos pasan a integrar el paisaje barrial, tornando omnipresente a la muerte joven y violenta, y profundizando la segregación espacial.

 

 

 

 

El mural cliché

Los murales procuran reproducir imágenes realistas de los jóvenes muertos. A diferencia de los antiguos murales, la mayoría de las veces confeccionados por amigos del barrio con más o menos destrezas para dibujar, estos murales son realizados por artistas profesionales. Vecinos y amigos hicieron una “vaquita” para pagar los servicios de un grafitero que dibujará el retrato en base a una serie de fotografías que ellos le fueron pasando. La imagen del retrato parece calcada de la realidad. De hecho, no se sabe si se trata de una fotografía o un grafiti: la imagen lo toma todo, lo ocupa todo, es el muerto-vivo que sonríe, guiña un ojo, nos mira fijo, hace gestos con sus manos. En un contexto de época donde “una imagen vale más que mil palabras”, entusiasma, puede circular por las redes a la velocidad de la luz.

Pero no se trata de cualquier imagen. En los murales-homenaje de los últimos tiempos la imagen tiende a repetirse, a volverse cliché. Los planos son similares y los signos que la acompañan se repiten también: una visera, la ropa deportiva, las letras de canciones populares, los símbolos de clubes de fútbol, la moto que usaban. Una imagen producida en serie, que se repite de un barrio a otro, de una ciudad a otra, diluyéndose la singularidad. Cambian los rostros, pero el gesto es el mismo, también el decorado y el marco que los contiene. El rostro retratado podría ser el de cualquier otro; más aún, el rostro se funde con el rostro de todos aquellos que están presentes cuando se está pintando.

El mural recupera así una serie de códigos de identificación de la juventud plebeya y con ello socava su capacidad de interpelación. No solo porque se vuelve cliché, sino porque está emplazado al interior de un barrio segregado y compartimentado. En efecto, el destinatario del mural ya no son los vecinos de la ciudad sino los propios vecinos del barrio, sobre todos aquellos que estuvieron muy cerca del muerto, que compartieron sus aventuras.

El mural, que resalta símbolos asociados a una subcultura juvenil que coquetea con el delito, se transforma en emblema, o al menos eso es lo que pretenden sus hacedores. Por un lado, es una vía para revertir el estigma que recae sobre estos jóvenes, para exorcizar la humillación que se acantona en un resentimiento duradero y se parapeta en la asunción orgullosa de la identidad adjudicada. Pero por el otro, fracasa en su empresa, toda vez que muchos vecinos encontrarán certificados en aquella celebración juvenil los prejuicios que fueron apiñando alrededor de esas caras.

En un último giro, cuando la imagen-cliché sea subida a las redes sociales por quienes promocionan el servicio o incluso por familiares, amigos o vecinos, quedará sometida a los códigos y dinámicas de estas nuevas tecnologías de las emociones: algunos felicitarán a los hacedores por la producción artística, también están los que lanzarán espumarajos de odio hacia esos jóvenes muertos –todos sospechados, a priori, de ser rastreros– y festejarán su ausencia definitiva, y finalmente los otros, que reaccionarán con muestras de identificación o incluso afecto –cuando se trata de personas allegadas– hacia el muerto homenajeado.

De modo que, en el mundo de los algoritmos, la imagen-cliché será hiperbolizada, reforzando tanto el estigma como el emblema. En las redes el mural continúa partiendo en dos las opiniones, por eso nos preguntamos cómo son vividos en el barrio esos desencuentros.

 

 

 

 

La muerte joven como objeto de consumo encantado

Otro dato distintivo de época es la floreciente mercantilización de la producción de los murales en manos de grafiteros. La práctica que décadas atrás asumían familiares, amigos y vecinos –a veces, con colaboración de organizaciones sociales y, más eventualmente, de algún artista formal–, hoy día parece esparcirse desde los tarros de pintura en aerosol de personas dedicadas a esa actividad, muchas veces de manera remunerativa. En estos casos, el mural pasa así a ser una mercancía más en el mercado de consumo, diluyéndose las características del trabajo cooperativo, barrial y comunitario que antes solía involucrar.

También, y posiblemente vinculado a lo anterior, algo parece estar cambiando en torno a la temporalidad, acelerándose su producción al punto de volverse incluso simultánea al velorio o a cualquier otra despedida al muerto que se quiera ensayar. Los murales-homenaje solían ser parte de un proceso de reflexión y organización previa, muchas veces incluían el trabajo de organizaciones de base con los jóvenes del barrio para definir qué pintar, y más que eso, para darse tiempo a sentir y hablar de esa muerte. Entre la muerte joven y el mural que la homenajeaba e interpelaba, se abría un tiempo más propio de un proceso de duelo, de trabajo personal y social sobre la pérdida. Hoy día, al mural lo pintó la urgencia, la inmediatez: mientras se dan las últimas pinceladas, se ve pasar al coche fúnebre, se tiran tiros al aire, se escucha música a todo volumen, se prende fuego una moto. El mural como parte de un funeral tumbero se cocina en esa misma olla, todo sucede en el mismo momento y lugar.

El mural es un objeto de consumo encantado, exacerba las mismas emociones que son consumidas en el ritual. Es parte de una fiesta triste alrededor de la muerte del otro: se lo llora, pero también se lo quiere celebrar, hay colores vívidos, ruidos estruendosos, aplausos. El mural, como parte de un funeral hecho a la medida de las circunstancias de la muerte que se celebra, moviliza y exorciza tanto la reunión, la excitación y diversión como las pasiones bajas de la bronca y el resentimiento, ligadas a las condiciones de opresión estructural en que vivió su vida aquel muerto y todavía cargan la suya los vivos que lo recuerdan.

 

 

Divididos por la infelicidad

Estas prácticas hay que leerlas al lado de otras que se ganaron la atención e indignación de la opinión pública como las picadas y las caravanas de motoqueros tirando cortes, acompañando el cortejo fúnebre, o la concentración de jóvenes alrededor de la moto del ladrón matado por la policía o por un vecino, que terminará pateada e incendiada. En los barrios estos rituales también siguen dividiendo las aguas: están los que consolarán su dolor tratando de mostrarse atrevidos, y otros, que encontrarán certificados todos los estigmas a través de los cuales la percepción sobre determinados comportamientos va cambiando de estatus, son profundamente rechazados. Los jóvenes se dan cuenta, saben que ni siquiera en el barrio estarán seguros. Por eso se resguardan alrededor de rituales que los mantienen unidos y listos para enfrentar el próximo movimiento.

 

 

 

* Laura Grandoso es licenciada en Trabajo Social y Magister en Criminología. Es profesional de la Defensoría General de la Nación desde 2006 hasta la actualidad. Autora de Salir a robar. El delito desde la perspectiva de sus protagonistas.
** Esteban Rodríguez Alzueta es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de sociología del delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil, Prudencialismo: el gobierno de la prevención; y Desarmar al pibe chorro.
*** Las imágenes que acompañan la nota son fotografías de murales realizadas por Mural Cheto Mal.

 

[1] Estos murales fueron estudiados por Clara Pérez Cejas en su tesis de Licenciatura en Artes Plásticas, “Muertes pintadas. Murales homenaje a jóvenes fallecidos en barrios populares platenses” (Facultad de las Artes de la UNLP, 2018). También puede leerse la ponencia escrita conjuntamente con Carlos Raúl Servat, “El muralismo como dispositivo de justicia popular” presentada en las cuartas Jornadas Estudiantiles de investigación en Disciplinas Artísticas y Proyectuales (agosto de 2019); María Victoria Pita, “La historia de un mural o acerca de la muerte, de los muertos y de lo que se hace con ellos” en Revista de Janeiro, V.3 N° 5, p. 53-71; y la tesis de licenciatura en Sociología de Verónica Cecilia Capasso, "Muralismo en la ciudad de La Plata: La experiencia del colectivo de arte Sienvolando, un análisis de la activación de una esfera pública de oposición" (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, 2010).

 

 

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