El límite [es lo] que el sujeto necesita para calificarse, literalmente, como un sujeto social.
Rita Segato, Las estructuras elementales de la violencia
La inflación no es novedad en la Argentina. Tampoco las decisiones que hacían desaparecer ceros de los billetes y dinero del bolsillo de los trabajadores.
Un día abrí una cómoda en casa y me encontré con una bolsa llena de monedas que ya no valían “dos guitas”, como decía mamá. A mí se me ocurrió que valieran.
Cursaba en un colegio de varones. Es bien sabido que, en la parcialidad masculina, vivimos en la edad del pavo hasta quién sabe cuándo. En primer año del secundario, confirmé la tontera atávica el día en que usamos las monedas en una batalla campal.
Ni bien se alejó la profesora de inglés, hubo gritos de guerra de los participantes, risotadas de los incautos que quedaron en medio de la refriega y miradas protectoras de quienes hacían de campana. La batahola duró hasta que corrió el rumor de la sombra cercana del preceptor. Escondidos los vestigios y sin heridos, fue más fácil de lo que creí ganar por un día el prestigio de enfant terrible.
Como adulto sé que esa travesura me podía haber costado un ojo a mí o a alguno de mis compañeros. Pero también sé algo que yo sabía entonces, y es que, de haber sido descubierto como ideólogo y armero, habría quedado en la cornisa al filo de las amonestaciones, como solían dejar a los traviesos los directivos de otro tiempo que sabían que los niños son buenos, pero con límites son mejores.
Hoy un estudiante puede llevar un arma a la escuela y herir a una compañera, incluso matarla; puede tocarla con o sin su consentimiento; y hasta, como travesura de enfant terrible, puede quemarle el pelo a una docente. Puede hacer éstas y muchas cosas más en escuelas en las que ya no enseñamos qué puede y que no debe hacerse, misión primera de todo adulto que ha tenido a cargo a un niño o a un joven, preparación clave para la vida en sociedad, de las más importantes, sino la fundamental.
Si gracias a los feminismos contemporáneos aprendimos que “No es no”, es decir que si una mujer se niega a algo que propone un hombre, éste debe aceptar su “No” como límite; y si aprendimos, incluso, a trasladar esta enseñanza a la escuela en las clases de Educación Sexual Integral, ¿por qué no podemos transformar la consigna, sino en sanción, al menos en un acto verdaderamente reparatorio y aleccionador? No es una pregunta retórica. No tenemos modo de hacer que el “No es no” se transforme en principio ético; es decir, que traspase las buenas intenciones de afiches y clases de ESI, y modele conductas. Sólo así podríamos soñar, como propone Segato, con una sociedad post-patriarcal.
Si no podemos hacer efectivo un límite en ese rubro en el que cada vez somos más quienes estamos de acuerdo, ¿cómo esperamos que pibes y pibas acaten otro y algún día sean “sujetos sociales”?
Nuestro laissez-faire deja el campo seco para que prenda un punitivismo tan fiero como el que describió Foucault y leímos bastante mal en las casas de estudio donde formamos docentes. Si uno de nuestros estudiantes roba un celular en la escuela a otro y, si es denunciado en la comisaría por el papá o la mamá del damnificado, según el nuevo código penal juvenil, el pibe que robó, no importa que tenga catorce, quince o dieciséis, debe ir, no ya al rincón de pensar, sino a un instituto de menores del que, como mostró Medina en Las tumbas y Favio en Crónica de un niño solo, no va a salir mejor, sino peor. Que así sea también es culpa nuestra. Porque no hacer nada para regular comportamientos en un aula es hacer mucho por el caos social.
En el monte santiagueño, entre otras tantas lecciones dadas, el maestro le enseñó a Shunko a leer y escribir, a hacer fuego con una lupa y a que, si queremos vivir en comunidad, es mejor compartir que robar. Pero, además, le enseñó que el ser humano es también un animal, uno muy especial. Hoy sabemos que es el único que abandona a su propia cría a su suerte.
Ni la ley del Talión ni la venganza cebada de la Orestíada. Ni los azotes a David Copperfield ni las cachetadas de Juvenilia. Nada de castigos premodernos ni de soluciones disciplinarias. Pero, ya que en casa nadie le pone el cascabel al gato, antes que promover el “dejar hacer”, deberíamos en la escuela reponer, sino una ley, al menos un límite que frene esta lucha de todos, esta vuelta al estado de naturaleza fogoneada no sólo por los milmillonarios.
Desde la formación docente seguimos hablando de “sujeto de derecho” cuando, en este tiempo que nos toca, un tiempo del que también somos responsables, no hay sujeto más allá de una ameba pegada a una pantalla y no hay derecho que refrendemos ni siquiera en las aulas.
Parafraseando al Sartre de La náusea, León Rozichner decía que “la subjetividad es un nido de víboras”. Si no aceptemos ese nido y ponemos límites para hacer que la bestia que somos se transforme en un ser social, las soluciones a la violencia en la escuela serán cada vez más punitivas, y nuestros pibes y pibas tendrán cada vez menos futuro. La culpa no sólo será de la derecha reaccionaria. También será nuestra.
* Este artículo es parte del libro Pasar el fuego. Educar en el Apocalipsis zombie.
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