Caos en hebreo se dice tóhu va-vóhu: desorden, confusión, un mundo sin forma. En árabe, fauda. Así se eligió llamar a la exitosa serie israelí, en árabe, que conquista audiencias en las plataformas.
Fauda es una serie eficaz. Tiene ritmo, suspenso y buenos actores. Allí reside su potencia, pero también su límite: uno de los conflictos políticos, territoriales y humanos más dolorosos de nuestro tiempo queda convertido en una sucesión de persecuciones, infiltraciones, atentados y venganzas.
Detrás de ese caos existen una ocupación prolongada, asentamientos, bloqueos, desplazamientos, controles militares y una profunda desigualdad en el ejercicio del poder. Cuando ese contexto desaparece, el conflicto parece reducirse a los servicios de seguridad israelíes enfrentando una amenaza permanente.
La serie procura humanizar a sus personajes palestinos, pero casi siempre los encierra en un mismo circuito: combatientes, informantes, colaboradores, familiares de perseguidos o amenazas potenciales. Los agentes israelíes poseen, en cambio, una humanidad más completa. Conocemos sus familias, sus miedos, sus contradicciones. Aunque engañen, torturen, secuestren o maten, la narración invita a comprenderlos porque están protegiendo a los suyos.
Allí funciona el principal mecanismo ideológico de Fauda. No necesita decir que todo lo que hace Israel está bien. Le alcanza con conseguir que parezca inevitable.
Reconocer esa asimetría no significa justificar a Hamas ni negar los crímenes del 7 de octubre de 2023. Los asesinatos de civiles y la toma de rehenes fueron atrocidades. Ninguna defensa de los derechos palestinos necesita relativizarlas. Pero tampoco pueden transformarse en un cheque moral en blanco para justificar el castigo colectivo y la devastación de Gaza.
La quinta temporada de Fauda fue completamente replanteada después del 7 de octubre. Sus propios creadores explicaron que era imposible continuar la serie ignorando lo ocurrido. La empatía con las víctimas israelíes es legítima y necesaria. La pregunta es por qué esa misma capacidad de reconocimiento cuesta tanto cuando las víctimas son palestinas. El duelo israelí tiene rostros, nombres e historias; el padecimiento palestino corre el riesgo de convertirse en paisaje.
Una investigación periodística reciente agregó otra pregunta inquietante. Periodistas de Haaretz sostienen que el Presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, habría advertido personalmente a Benjamín Netanyahu, unos diez días antes del ataque, que Hamas preparaba una operación importante. Netanyahu lo niega. Por lo tanto, no corresponde presentarlo como un hecho probado. Pero la revelación obliga a preguntar cuánto se sabía y por qué falló uno de los sistemas de seguridad más sofisticados del mundo.
La pregunta no disminuye la responsabilidad criminal de Hamas. Interroga otra responsabilidad: la política.
Mientras tanto, la magnitud del sufrimiento palestino produjo una profunda erosión de la legitimidad internacional de Israel. Thomas L. Friedman, histórico columnista de The New York Times, escribió que la campaña de Gaza está erosionando los vínculos y convirtiendo a Israel en un “Estado paria”. Toda una advertencia de un creciente aislamiento.
Y algo parece cambiar particularmente entre los jóvenes estadounidenses. No necesariamente porque apoyen a Hamas, sino porque cada vez aceptan menos que condenarlo implique justificar cualquier acción del gobierno israelí.
Otra ficción permite pensar esta tragedia desde un lugar diferente.
En Munich, Steven Spielberg reconstruye la represalia israelí posterior al asesinato de once integrantes de la delegación de Israel en los Juegos Olímpicos de 1972. El agente del Mossad, Avner Kaufman, protagonizado por Eric Bana, cumple su misión, pero no encuentra paz. Cada muerte produce otra; cada dirigente eliminado es reemplazado. La represalia que debía cerrar una herida se transforma en una rueda y el propio protagonista termina destruido por la culpa, el miedo y la sospecha.
Spielberg no niega el crimen original ni el derecho de Israel a protegerse. Formula una pregunta mucho más difícil: ¿hasta dónde puede llevarnos la venganza antes de que deje de producir seguridad y comience a producir nuevas violencias?
Mucho antes, en 1982, las matanzas de Sabra y Chatila habían planteado interrogantes semejantes. Miles de palestinos vivían en aquellos campos de refugiados cuando milicianos falangistas libaneses perpetraron la matanza. La propia Comisión Kahan israelí investigaría después responsabilidades indirectas de Israel.
Ernesto Sábado, una opinión permitida en aquellos años, escribió una columna en el diario Clarín sobre Israel y los palestinos, preguntándose por la contradicción entre el legítimo proyecto de construir un Estado donde el pueblo judío pudiera vivir sin persecuciones y el sufrimiento de otro pueblo. Alberto Cortez transformó aquella tragedia en una canción contra la indiferencia humana al horror.
Sería injusto confundir al pueblo israelí con Netanyahu, del mismo modo que sería absurdo identificar al pueblo palestino con Hamas.
Existe una tradición humanista judía que hizo enormes aportes a la libertad y a la dignidad humana.
Está Spinoza y su defensa de la libertad de pensamiento. Está Hannah Arendt y su reflexión sobre la obediencia y la banalización del mal. Está Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, que transformó la memoria del horror en una interrogación permanente sobre la condición humana.
Quizás allí resida una de las preguntas más dolorosas de este tiempo: ¿qué ocurre cuando la memoria de haber sido víctima deja de ayudarnos a reconocer a otra víctima?
Recordar no puede significar solamente recordar lo que nos hicieron. También debe impedir que reproduzcamos sobre otros aquello que alguna vez condenamos.
En este marco, también merece ser discutida la identificación casi incondicional del Presidente Javier Milei con el gobierno de Netanyahu. Su acercamiento personal al judaísmo pertenece a su libertad individual. Otra cuestión es la política exterior argentina, donde nos vemos aliados a este gobierno de Israel y al de Donald Trump de un modo alcahuete y servil.
Defender la existencia de Israel y combatir el antisemitismo no exige guardar silencio frente al sufrimiento palestino. Mucho menos cuando existen intereses nacionales argentinos en juego.
El caso Malvinas, el nuevo atajo para recuperar la autoestima del gobierno, ofrece una paradoja difícil de ignorar. El proyecto petrolero Sea Lion es operado por la israelí Navitas Petroleum, que posee el 65%, mientras la británica Rockhopper conserva el 35%. La Argentina considera ilegítima la explotación de hidrocarburos en el área sin su autorización. El propio gobierno de Milei anunció recientemente nuevas sanciones contra las empresas involucradas.
No hace falta imaginar conspiraciones. Hace falta política exterior: las afinidades personales, religiosas o internacionales nunca deberían reemplazar los intereses permanentes de un país. Esto podría servir para explicar cómo no se le antecedió está información a un Presidente que visitó tres veces Israel.
Volviendo a Fauda, ninguna ficción tiene la obligación de presentar un programa de paz. Pero una obra que convierte un conflicto real en entretenimiento tampoco está fuera de la historia que representa. Fauda significa caos y el problema comienza cuando aceptamos que ese caos es inevitable.
La violencia puede destruir un enemigo. Puede eliminar un dirigente. Puede vengar una muerte. Puede incluso producir una victoria militar. Lo que no puede hacer por sí sola es construir convivencia.
Tal vez ésa sea la advertencia que une a Fauda, Munich, Sabra y Chatila, Primo Levi, Spinoza y las imágenes insoportables que llegan desde Gaza.
No se trata de decidir qué víctimas merecen nuestra compasión, se trata de impedir que el dolor de unas sea utilizado para volver invisibles a las otras.
Porque quizás la paz empiece precisamente allí, cuando la vida del otro vuelve a valer tanto como la nuestra.
* Fuentes consultadas: Haaretz y medios internacionales que recogieron su investigación sobre las advertencias anteriores al 7 de octubre y la posterior negativa de Netanyahu; Thomas L. Friedman, The New York Times, agosto de 2025; Comisión Kahan, 1982-1983; Steven Spielberg, Munich (2005); Netflix, entrevistas a Lior Raz y Avi Issacharoff sobre la quinta temporada de Fauda; Reuters, septiembre de 2026, e información societaria de Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration sobre Sea Lion.
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