Se perdió la paciencia. Cuando en 1952 las sospechas sobre los trabajos del físico austríaco Ronald Richter en Huemul se hicieron difíciles de ignorar, en tanto la idea de la fusión nuclear no llegaba a materializarse tras recibir un colosal presupuesto, el gobierno de Perón organizó una comisión investigadora compuesta por asesores del Presidente, representantes de las Fuerzas Armadas, y los ingenieros Otto Gamba (subdirector de la Dirección Nacional de Energía Atómica) y Mario Báncora (de la Universidad Nacional del Litoral). El último integrante, el profesor Jorge Staricco, se excusó por su fobia a los viajes aéreos. En su lugar, entonces, fue convocado José Balseiro, un joven físico de la Universidad Nacional de La Plata que en ese momento estaba estudiando un posgrado en Manchester.
Balseiro fue clave para dar un informe categórico a Juan Domingo Perón. Se concluyó que en los laboratorios de la isla de Bariloche no se había producido ninguna reacción termonuclear y el propio Richter “carecería de conocimientos teóricos básicos vinculados al proceso”. Una segunda comisión investigadora viajó a corroborarlo y, de ese modo, el Proyecto Huemul fue cancelado. Pero no todo fue frustración. La isla fue prontamente abandonada y todo su material trasladado a los antiguos barracones militares en la costa del lago, donde ya se levantaban algunas casas y un laboratorio. Las comisiones científicas recomendaron aprovechar los equipos y recursos abandonados para la capacitación de científicos argentinos y de la región. La relación entre ciencia y poder político no era ajena al tipo de Estado que proyectaba Perón, y entre 1951 y 1953 se concretó en la forma del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CNICYT) y la Dirección Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (DNICYT), antecedentes del actual CONICET.
La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) –creada en 1950–, en efecto, ofreció a José Balseiro la oportunidad de organizar dos escuelas de verano en Bariloche, que tuvieron lugar en enero y febrero de 1954 y 1955, en este último caso con un curso especialmente apuntado a profesores de Bolivia, Chile y Perú. Fueron los pasos para la creación de una escuela de física permanente en Bariloche, y a partir de 1955 Balseiro se radicaría para hacerse cargo de su nuevo Instituto de Física, vinculado a un nuevo centro atómico de la CNEA y con la firma de Perón. Nacía uno de los más prestigiosos laboratorios de Latinoamérica, rebautizado como Instituto Balseiro después de la muerte del doctor en Física en 1962.

Entre el fraude de Huemul y el nacimiento del Balseiro se ubica el capítulo “Big Science, pero desde el sur” del reciente libro Artefactos peronistas y máquinas imposibles, escrito por el historiador Hernán Comastri. La ciencia y la técnica como eslabones esenciales de la modernidad, entre las dos Guerras Mundiales, son el centro gravitatorio que el investigador del CONICET traza entre una historia argentina del descubrimiento y la innovación popular. Su análisis se concentra en el fondo documental denominado “Secretaría Técnica”, perteneciente al Archivo General de la Nación, cartas enviadas a Perón entre 1946 y 1955 por individuos o grupos que buscaron comunicar sus proyectos, reclamos o pedidos directamente al Presidente. “Enfatizo la idea de una comunicación directa, sin intermediarios entre Perón y el pueblo convocado a escribir, porque la misma fue central para los propios autores de estas cartas, aun cuando en la práctica este diálogo tuviese un significativo número de mediaciones”, escribe Comastri, docente de la UBA y la Universidad Torcuato Di Tella, y cuya área de especialización es la historia cultural de la ciencia, la tecnología y la modernización en la Argentina del siglo XX.
Entre lo público y lo privado, entre la dinámica de la prueba y del error, entre pensadores autodidactas e inventores aficionados, entre genios solitarios e incomprendidos, entre científicos europeos que llegaron al país –mayormente, entre gallos y medianoches–, Comastri muestra varios hechos, personajes y proyectos del interés del peronismo por el desarrollo tecnológico y la ciencia aplicada, dando cuenta de la relación entre un liderazgo carismático y la razón populista, entre las capacidades estatales, la democratización y la herejía plebeya, y de cómo la Revolución Libertadora ocultó lo que se había hecho anteriormente, aunque la base política para la formación de científicos argentinos no pudo ser destruida. El éxito del avión Pulqui II como contraste del Proyecto Huemul, tanto como el “ingenio criollo” y el “darse maña” en las geografías de la modernidad, entre intrigas internacionales y fantasías científicas, agentes extranjeros y viajes espaciales, armas secretas, energía atómica, platillos voladores y máquinas imposibles, con ecos de El Eternauta.
En su análisis, el historiador pone el foco en las décadas del ’40 y ‘50, y en cómo la cultura popular pensó, bajo diversidad de formas, la ciencia y la técnica. Comastri reconstruye un punto nodal cuando en diciembre de 1951, a menos de un mes de haber sido reelecto Presidente de la Nación, Perón convocó al pueblo a colaborar en la redacción de un Segundo Plan Quinquenal con el lema “Perón quiere saber lo que su Pueblo necesita”. Ya desde antes la población escribía de forma espontánea a Perón, pero a partir de la convocatoria el número de cartas se multiplicó. Arraigadas en el puño y letra de las clases populares, las cartas forman parte de un reservorio histórico de notable dimensión: “los inventores populares preexisten y sobreviven al Estado peronista, pero este, al ofrecerse como su interlocutor, los sacó del anonimato y el aislamiento, les dio visibilidad y los validó, dentro de límites preestablecidos, como voces legítimas en el debate sobre la ciencia y la técnica modernas. Y este diálogo se perdió luego de derrocado el gobierno de Perón”.

Bajo esa “imaginación técnica popular”, en el ingenio y la creatividad de soñar futuros posibles y frente a las voces autorizadas de la ciencia, en las miles de cartas se incluían diseños de nuevas máquinas y herramientas destinadas a la industria y al trabajo agrícola; novedosas teorías sobre los más diversos fenómenos naturales y sobrenaturales; proyectos de exploración y transformación de la geografía nacional; e innovaciones en los medios de transporte y las fuentes de energía, entre otros. Algunas cartas hablaban de audaces máquinas para hacer ladrillos, otras anexaban dibujos que servían para explicar una propuesta de triciclo impulsado con energía eólica.

Manuscritas o tipeadas a máquina, con dibujos en papel milimetrado o en lápiz y a mano alzada, solía ser común que en los sobres se incluyeran, junto a la carta, fotografías del invento o del inventor, recortes de diarios y revistas. En otras hay mapas, muestras de rocas o de fibras vegetales que se proponían explotar de diversas formas. Y hasta regalos para el Presidente, desde una Biblia ilustrada hasta un collage de fotos de Evita.


Cerrajeros, deshollinadores, albañiles, agricultores, obreros, jubilados, fabricantes de muebles, de lapiceras, de refrigeradores, de equipamientos médicos y de cigarrillos desnicotinizados escribían a Perón con sus ideas, propuestas e historias de vida. Y lo curioso es que decenas de cartas estaban escritas en alemán, italiano, inglés, portugués, francés, japonés y debían ser traducidas antes de poder ser evaluadas. “La escritura es muchas veces formal, técnica y profesional, y otras veces coloquial, florida y grandilocuente. Y, en algunos casos, casi incomprensible, sea por un pobre manejo del idioma castellano, por lo irregular de la ortografía y caligrafía, o simplemente por lo confuso de las ideas volcadas al papel”, analiza Comastri sobre un acervo documental casi olvidado por las ciencias sociales, y que hace unos años formó parte de la muestra “La participación al poder” con la participación de artistas visuales como Daniel Santoro y Gabriela Golder.
Comastri refiere, en rigor, a una historia de la innovación popular de largo alcance, apoyada en los flujos migratorios y la circulación de ideas, los avances de la alfabetización y la industrialización, la política de masas y la presencia de un Estado planificador. Propone, así, un anclaje desde una “ciencia desde abajo”, a ras del suelo, que desmitifica consignas como “alpargatas sí, libros no” y observa desigualdades de género, con escasa participación femenina; la ciencia como un derecho humano, en este caso simbolizada por una época de discusión abierta y democrática de la actividad científico-tecnológica demostrada en el intercambio epistolar entre funcionarios estatales, técnicos e inventores populares con una participación activa de la cultura popular, desde la gran ciudad cosmopolita hasta la pequeña población rural.
En una era actual donde asoman los discursos negacionistas y conspiranoicos a través de la llamada “anticiencia”, bajo una realidad atravesada por una profunda crisis del sistema científico y tecnológico, el libro Artefactos peronistas y máquinas imposibles rescata una memoria social de extraordinaria riqueza y abre una ventana a los imaginarios de las clases populares de la Argentina de mediados del siglo XX. Y proyecta una mirada directa hacia aquellos sueños, preocupaciones, proyectos, ambiciones y antipatías de trabajadores y amas de casa, peones rurales y pequeños chacareros, jubilados y estudiantes secundarios.

--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí