Mejor no hablar de ciertas cosas

Kicillof evitó pronunciarse sobre el genocidio en Gaza

Restos de Gaza. Foto UNRWA.

 

Una pregunta sobre Gaza alcanzó para alterar el cierre de la visita de Axel Kicillof a Nueva York. El 23 de septiembre de 2026, después de brindar una conferencia en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Columbia, el gobernador bonaerense fue abordado por la periodista argentina Silvina Sterin Pensel, radicada en esa ciudad. Lo que siguió fue un intercambio tenso que rápidamente comenzó a circular en redes sociales.

Sterin Pensel introdujo su pregunta a partir del debate abierto en Estados Unidos tras la derrota electoral de Kamala Harris y de los cuestionamientos que recibió por su posición frente a Gaza. Luego trasladó el interrogante directamente al gobernador: le preguntó por qué algunos sectores consideraban “tibia” su postura frente a las acusaciones de genocidio contra Israel. Kicillof no respondió de manera sustantiva sobre Gaza ni definió en ese intercambio su posición respecto del accionar del Estado de Israel. Ante la insistencia de la periodista, sostuvo que ya había hablado del tema —“eso ya lo contesté ayer”— y cuestionó la forma en que había sido abordado. Más tarde calificó la situación como una “emboscada”, mientras su ministra de Comunicación, Jesica Rey, intervino en el intercambio.

 

 

La escena podría reducirse a otro momento incómodo entre un dirigente político y una periodista. Pero la pregunta que quedó sin respuesta abre un interrogante más profundo: ¿qué sucede cuando la defensa de los derechos humanos deja de ser una consigna y exige una definición concreta frente a Gaza? La periodista Silvina Sterin Pensel fue desvinculada de C5N hace apenas unos meses, después de haberse pronunciado públicamente sobre el genocidio en Gaza y de denunciar el accionar del Estado de Israel contra la población palestina. Ambos hechos —su posicionamiento y su posterior salida del canal— no deberían presentarse como una relación causal sin pruebas que así lo acrediten. Sin embargo, el episodio adquiere una dimensión particular en el actual escenario político argentino, marcado por un gobierno nacional que modificó de manera significativa la posición diplomática del país respecto de Israel y del conflicto palestino-israelí.

Pero la respuesta de Axel Kicillof tampoco aparece como un hecho aislado. Apenas cuatro días antes del episodio de Nueva York, el 19 de septiembre, el gobernador había participado del Plenario Federal del Movimiento Derecho al Futuro, en Avellaneda. Allí, al referirse a la política exterior que sostendría, afirmó: “No entraría en guerras ajenas ni apoyaría genocidios e invasiones”.

 

 

La frase parecía establecer una posición contundente. Sin embargo, Kicillof no mencionó a Israel ni habló específicamente de Gaza. La condena quedó formulada en términos generales, sin identificar al Estado israelí ni trasladar esa definición al escenario palestino. Esa distancia entre condenar “los genocidios” como principio y nombrar aquello que ocurre en Gaza es, precisamente, uno de los interrogantes que atravesó después el episodio de Nueva York.

La agencia argentino-judía Itón Gadol interpretó aquella declaración como una alusión a Israel, aunque se trató de una caracterización del propio medio y no de una identificación explícita realizada por Kicillof. Existe, además, un antecedente de agosto de 2026 que resulta significativo para reconstruir la evolución —y también los silencios— de su discurso. Prensa Obrera informó entonces que el gobernador había sido consultado específicamente por el accionar del gobierno de Benjamin Netanyahu en Gaza. Según ese medio, Kicillof apeló a la prudencia y respondió: “Hemos sido siempre un pueblo que ha promovido la paz”. El gobernador se ha mostrado históricamente cercano a las Abuelas de Plaza de Mayo y ha hecho de la defensa de los derechos humanos una parte central de su identidad política. Reivindica las banderas históricas de los años ‘70 y construye, al mismo tiempo, una imagen de militante austero y próximo a los sectores populares: desde el Renault Clio convertido casi en emblema hasta la idea de que es necesario “cantar nuevas canciones”, como expresión de una renovación de la política.

Pero las convicciones políticas se vuelven especialmente visibles cuando dejan de ser cómodas. En un escenario atravesado por una profunda confrontación con el gobierno de Javier Milei, la dirigencia opositora enfrenta algo más que el desafío de diferenciarse del oficialismo: debe explicar con claridad qué principios sostiene y cómo los aplica frente a los conflictos del presente. Si los derechos humanos constituyen una de esas convicciones, el debate sobre Gaza plantea una pregunta concreta que no desaparece evitando nombrarla. Las tradiciones políticas no se heredan solamente: se ponen a prueba frente a cada época. Y cuando llega ese momento, más que buscar las palabras que menos incomoden, corresponde decir con precisión qué se piensa y por qué. Porque una oposición se define también por aquello que está dispuesta a nombrar cuando hacerlo tiene un costo.

 

 

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