El 4 de mayo de 1959, François Truffaut presentó su ópera prima, Los 400 golpes (Les 400 coups) en el Festival de Cannes, donde ganaría el premio a la mejor dirección. Si bien no fue la primera película de la Nouvelle Vague (la Nueva Ola) –un movimiento cinematográfico lanzado desde la revista Cahiers du Cinéma (Cuadernos de Cine)–, fue el primer éxito de ese grupo de críticos devenidos cineastas. Protagonizada por Jean-Pierre Léaud, quien se transformaría en el actor fetiche de Truffaut, relata la historia de Antoine Doinel, un adolescente rebelde que se enfrenta a sus padres y maestros. Es una historia con tintes autobiográficos filmada con varios rasgos que luego caracterizarían a la Nouvelle Vague. “Nunca me sentí tan conmocionado en el cine”, escribió Jean Cocteau, que sobre cine algo sabía.
Junto a Sin aliento (À bout de souffle, en el original), de Jean-Luc Godard, estrenada un año más tarde y protagonizada por Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg, fueron las cartas de presentación del nuevo movimiento al mundo. Cahiers du Cinéma fue fundada por el crítico André Bazin, un defensor de lo que él llamaba “realismo ontológico del cine”, un concepto contrario a los artificios de una cierta manera de filmar que prevalecía en la Francia de la posguerra: el cine de qualité française (calidad francesa), en el que el director tendía a desaparecer frente a la impronta literaria del guion. Según el crítico, ese “cine de papá” –para retomar la expresión burlona de los jóvenes críticos de los Cahiers– abusaba del artificio del estudio. Ecuménico, Bazin también rechazaba el montaje expresionista de la escuela soviética, el de Serguéi Eisenstein por ejemplo, ya que consideraba que era usado para imponer un significado artificial. Sostenía que el director debía dejar libre al espectador, sin condicionarlo con una bajada de línea o agobiarlo con el estilo recargado de antaño. La búsqueda de libertad, pero también las limitadas condiciones materiales, se tradujeron en una cierta forma de filmar característica de la Nouvelle Vague: rodaje en exteriores con cámara en mano, luz natural, sonido directo y, al menos en el caso de Godard, un montaje con cortes internos rápidos que impulsaron la famosa técnica del salto de eje o jump cut. Paradójicamente, lo que nació como un rechazo al cine artificial generó sus propios artificios. La cámara en mano, los saltos frenéticos o el rodaje en exteriores devinieron marcas de agua de una cierta forma de hacer cine. Podemos detectar el jump cut popularizado por Godard en directores tan diferentes como Guy Ritchie, Steven Spielberg o Michel Gondry. Podríamos afirmar que lo relevante en el cine no es el artificio en sí o su supuesta ausencia, sino lo que el director logra generar en nosotros, los espectadores.
En Borges y los clásicos, Carlos Gamerro cita una crítica de Borges en contra de la sobrevaloración del estilo de un texto:
“Los que adolecen de esa superstición entienden por estilo no la eficacia o la ineficacia de una página, sino las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y de su sintaxis. Son indiferentes a la propia convicción o propia emoción: buscan tecniquerías (la palabra es de Miguel de Unamuno) que les informarán si lo escrito tiene el derecho o no de agradarles”.
Es decir, más que la técnica o las habilidades instrumentales de cada autor, lo que debería contar en la literatura es su eficacia para llegar hasta nosotros, lectores. Una eficacia que se mide, según Borges, en nuestra propia emoción. Lo mismo ocurre con el cine: no analizamos una película en base a los jump cuts, al sonido directo, a la ausencia de decorados o a la habilidad del director de fotografía, sino a partir del resultado que consiguen esos artificios. Si son eficaces en su única tarea: emocionarnos. Eso no impide, por supuesto, que admiremos tal o cual destreza, pero lo relevante es el resultado final.
Podríamos extrapolar ese principio borgeano a la política. Así como valoramos una película o una novela en base a lo que nos genera más que a partir de sus tecniquerías (la palabra es de Borges), deberíamos valorar el accionar de nuestros gobernantes en base a los resultados de sus iniciativas en el bienestar de las mayorías, antes que por los artificios que despliegan para lograrlo. Más allá del estilo, de las características formales de cada político, de sus habilidades discursivas o de su encanto personal; que pueden resultarnos más afines o, al contrario, generarnos algún rechazo, lo que perdura, lo que modifica para bien o para mal el bienestar del pueblo y el desarrollo del país, son sus iniciativas políticas concretas.
Sin embargo, eso no suele ocurrir. Desde hace décadas, nuestros medios serios logran imponer una tenaz letanía antipolítica: consiguen que prestemos atención a las tecniquerías, al estilo de nuestros políticos, a sus formas, antes que a su eficacia. Incluso a sus intenciones, siempre satánicas en el caso del peronismo y por lo general angelicales si se trata de políticos opuestos a ese movimiento. Por supuesto, los medios no prestan atención a cualquier estilo sino que fijan cuál debe ser valorado en determinado momento. Por ejemplo, la aparente austeridad de Fernando De la Rúa fue señalada como una virtud (“Dicen que soy aburrido”) frente al supuesto desenfreno menemista; pero la falta de austeridad de un niño rico como Mauricio Macri no condicionó el generoso apoyo mediático que consiguió. Es más, al ser rico y elegir dedicarse a la política, Macri demostraba sus nobles intenciones, a la vez que garantizaba la honestidad de su gobierno (“es rico, no va a robar”). La fortuna de CFK, al contrario, sólo probaba su venalidad y, según una tenaz letanía antipolítica que todavía perdura, contradecía su declamada preocupación por quienes menos tienen. Del mismo modo sus carteras fueron señaladas como “carísimas”, mientras que las de la ex primera dama Juliana Awada eran simplemente “divinas”.
Las “supersticiones” valoradas por los medios serios pueden referirse incluso al grupo etario de los políticos en cuestión. Mientras la juventud de algunos funcionarios de La Libertad Avanza demuestra la frescura de la “nueva política” e ilustra el notable apoyo de los jóvenes hacia Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa; la juventud de Ofelia Fernández al ser elegida legisladora porteña era escandalosa y ponía en duda que estuviera capacitada para la tarea de legislar. El hecho que, a diferencia de los funcionarios de Milei, Ofelia hubiera sido elegida por el voto popular no le agregaba virtud alguna. Un mismo estado puede transformarse en una cualidad relevante o, al contrario, en un defecto imperdonable. Así, los silencios de Carlos Reutemann, ex esperanza blanca de nuestra derecha hoy injustamente olvidado, eran elocuentes, mientras que los de CFK suelen ser incómodos.
Durante los gobiernos kirchneristas, el Congreso fue la trinchera de la resistencia republicana contra un Ejecutivo que buscaba concentrar la suma del poder político; mientras que durante el gobierno de Carlos Menem, al contrario, ese mismo Congreso se había transformado en una “máquina de impedir”. Ese impedimento obligó a Menem a firmar más de 500 Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU), la mayor marca desde la vuelta de la democracia. Pese a contar con una oposición amable –que vota los proyectos oficialistas y luego lamenta sus consecuencias–, Milei también considera que el Congreso es un escollo y, seguramente por eso, firmó el DNU 70 apenas asumió. Una verdadera reforma constitucional de queruza, como afirma el abogado y doctor en derecho Andrés Gil Domínguez.
En septiembre del 2012, durante una conferencia en la Casa Rosada y en referencia a los funcionarios del gobierno, CFK afirmó: “No hay que aterrorizarse, solamente hay que tenerle temor a Dios, y a mí en todo caso también un poquito”.
Ese comentario anodino, una verdadera boutade, fue transformado por el coro estable de los medios serios y las almas de cristal de la oposición en una amenaza aterradora hacia toda la sociedad. CFK, como Pol Pot o Bokassa I, nos advertía que debíamos tenerle miedo e incluso se comparaba con Dios. Cuatro meses antes, Jorge Lanata había convocado a un centenar de paparulos mediáticos a su programa Periodismo Para Todos.
Lo que explicaba el desplazamiento de profesionales con carreras prestigiosas como Magdalena Ruiz Guiñazú o Joaquín Morales Solá, junto a algunos operadores de medio pelo, era la negativa de CFK a dar conferencias de prensa. Con simpáticos cartelitos preparados por la producción, el coro repitió en alegre cadencia “¡Queremos preguntar!”, ilustrando así el poder (ahí sí aterrador) que ejercen los accionistas de los medios sobre sus periodistas, incluso sobre aquellos que, por exceso de fama o sobrante de candor, se consideran librepensadores.
Milei no sólo no da conferencias de prensa sino que considera que el “95% de los periodistas son corruptos”. Suele tratarlos de mierdas humanas, soretes, imbéciles, mentirosos, basuras repugnantes, ensobrados, pauteros, esbirros manipuladores y chorros. En algunos casos el agravio es personalizado, y los insultos de vestuario de escuela secundaria llegan a un destinatario con nombre y apellido. Sin embargo, los medios hegemónicos no volvieron a organizar un episodio como el de Lanata y sus coristas. Si hay críticas al desborde presidencial, son personales y por lo general mesuradas (existen, por supuesto, algunas excepciones). Las formas, que tanta indignación generaban con CFK, son apenas lamentadas con Milei. Luis Novaresio, tratado por el Presidente de MIERDA HUMANA y MIERDANECIO (así, en mayúsculas), respondió con prudencia monacal: “Yo habitualmente he tomado una posición que es que cuando hay algo muy personal o algo que se dice exclusivamente a mí, no me gusta refutar”. Los gritos e insultos que lanza Milei son sus tecniquerías, la componente instrumental del modelo. Es lo que nos distrae del saqueo, que es lo políticamente relevante.
Quienes conforman la élite empresarial siguen apoyando a Milei con pasión no por sus insultos o sus desbordes emocionales (probablemente preferirían que no los tenga) sino por interés: el papá de Conan gobierna para ellos. Como ocurrió en la última dictadura cívico-militar, y en los gobiernos de Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Mauricio Macri, Milei impulsa otra colosal transferencia de abajo hacia arriba. El truco de ese 0,1% más poderoso del país es reemplazar el análisis político por el moralismo selectivo, la indignación nimia o la encuesta judicial. Los mandantes del Presidente impulsan a la ciudadanía a través de los medios y las redes a debatir sobre las formas o los patrimonios de nuestros gobernantes en lugar de analizar la eficacia o la ineficacia (parafraseando a Borges) de sus políticas.
Es una perogrullada decirlo pero en los tiempos que corren es bueno recordar que lo relevante a la hora de juzgar un gobierno es analizar qué ocurrió con el bienestar de las mayorías: cómo evolucionaron sus ingresos fijos (salarios y jubilaciones), qué ocurrió con la salud y la educación públicas, como evolucionó el transporte, las tarifas de los servicios, la obra pública, la ciencia y la tecnología o el ocio de los muchos.
Para no ser “indiferentes a nuestra propia convicción”, como escribió Borges, es bueno recordar lo que repetía un viejo General: “asegurar la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria”.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí