De aquí a diciembre tendrá lugar el estreno internacional de un puñado de películas y series que coinciden en una misma, actualísima temática.
En Navidad se estrenará Artificial, de Luca Guadagnino, que describe el desarrollo de la IA a través de uno de sus primeros campeones, el controvertido Sam Altman. (Lo interpreta en la pantalla el talentoso Andrew Garfield, que además de ser un ex Spiderman trabajó a las órdenes de directores notables, como Scorsese y David Fincher.)

Este viernes se estrenó en los Estados Unidos The Social Reckoning, escrita y dirigida por Aaron Sorkin, que continúa la historia de Mark Zuckerberg, creador de Facebook y director ejecutivo de la empresa Meta. (Sorkin ya había narrado el despuntar de Zuckerberg en La red social [The Social Network, 2010], de David Fincher, de la que fue guionista.)
El viernes 16 se estrenará en cines selectos de los Estados Unidos el documental Musk, de Alex Gibney, que examina la personalidad de aquel a quien se considera el tipo más rico del mundo. Por si no lo ubican, Elon Musk es ese sudafricano blanco leche, todo operado, de cabeza re-forestada a lo Adorni, que ama practicar el saludo nazi, hizo el rol de Sturzenegger en el gobierno de Trump y es responsable de experimentos explosivos en la carrera aeroespacial, en el sentido menos alentador del término. Musk es un tipo al que la verdad le importa tan poco que, al zanjar el juicio que le entabló el verdadero fundador de Tesla, a quien se las ingenió para desplazar, requirió a la Justicia que de allí en más se lo llamase “co-fundador” de forma obligatoria, aunque él no estaba allí cuando la empresa fue creada y se desarrolló.

Por último —de momento, al menos— está la serie Cupertino, del matrimonio de Robert y Michelle King, responsables de títulos como Evil y The Good Wife. Gira en torno a un estudio de abogados que defiende a los Davides del mundo tecnológico de los Goliats corporativos del rubro, tan glotones en materia económica como anoréxicos en materia ética.
Además del tema, hay otros aspectos que vinculan a algunas de estas obras. La película de Guadagnino fue descartada por el estudio que financió su rodaje: Amazon MGM, propiedad de Jeff Bezos, movido por el deseo de no ofender a Sam Altman. (Amazon viene de firmar un contrato milmillonario con la empresa de Altman, OpenAI.) A último minuto Artificial fue rescatada por un estudio independiente, Neon, que la distibuirá, en la estela de algunas de las mejores críticas que haya recibido Guadagnino a lo largo de su carrera.
El enjundioso documental Musk —dura casi cuatro horas— también tuvo que enfrentar obstáculos en su camino, instalados por aquellos que deseaban conservar la simpatía del magnate. Entre esos obstáculos, no hay que olvidar la amenaza de juicio a su director, el multipremiado documentalista Alex Gibney, de parte de un abogado de Musk, Alex Spiro. Y el hecho de que YouTube, Meta, TikTok y hasta Twitter —esta última empresa de forma predecible, dado que le pertenece a Musk— está rechazando avisos pagos de promoción de la película, con la excusa de que el suyo es “contenido político”.

Lo que demuestran estas escaramuzas es que hablar de los Tecno-señores de hoy no es fácil, ni mucho menos gratis. Porque, además de las redes, suelen concentrar en sus manos grandes medios: como el ya mentado Bezos, dueño de Amazon, que compró The Washington Post y de inmediato pulverizó la credibilidad que el diario había amasado durante décadas. Y no poseen tan sólo medios: también estudios y plataformas, que son la fábrica de lo que hoy llamamos —más cerca de la mercadotecnia que del arte— contenidos.
En estos días se concretó la fusión de Warner y Paramount bajo la batuta de David Ellison, un magnate de derecha cuyo mayor mérito es ser hijo de Larry Ellison, co-fundador de la corporación Oracle, y hombre de las simpatías de Donald Trump. Lo cual significa, para empezar, que la Warner y la Paramount no existen más: ahora son parte de una corporación llamada Skydance y forman parte de uno de los conglomerados de medios y creación de contenidos más grandes del mundo. Pero lo fundamental es que, a partir de ahora, compañías subsidiarias como HBO y la CNN —tan denostada por la Amenaza Naranja— quedaron bajo su batuta.
En el mejor de los casos, esto siembra dudas sobre el futuro de la línea editorial y la calidad periodística de la CNN. Pero no sólo eso. Uno se pregunta asimismo cuánta bola se le dará el documental de Gibney, cuyos derechos compró HBO en el año 2023. Ahora que la plana mayor de HBO no puede mover un dedo sin la venia de Ellison Jr., ¿cuántas chances existen de que le concedan al documental la atención que merece? Lo más probable es que lo entierren bajo montañas de contenido, como ya han hecho con otros documentales desafiantes —los de Raoul Peck, por ejemplo—, precipitando su olvido. Porque la norma no estará escrita, pero rige de todos modos: entre bomberos digitales, nadie pisa los cables de la fibra óptica ajena.

El ajuste de cuentas social
En este mundo nuestro de hoy, quien controla la circulación y el tono de la información, controla la realidad. Y quien controla la realidad tiene poder verdadero. Más poder que el político formal que deriva de una montaña de votos. Más poder, incluso, del que concede el dinero en abundancia — porque, entre otras cosas, los Tecno-magnates inciden de forma determinante sobre la naturaleza de los negocios y la forma en que se acumula la riqueza.
La superposición de historias sobre estos muñecos no es coincidencia, pues, sino resultado de una conciencia nueva respecto de las características del poder en el siglo XXI. Por eso mismo —a juzgar por las primeras críticas y comentarios, ya que ninguno de estos materiales se conoce todavía entre nosotros— la pintura que hacen de Altman, Zuckerberg y Musk es impiadosa.

Se trata de nerds que vieron antes que nadie la promesa económica que entrañaban ciertas tecnologías en ciernes, y que desde entonces no han hecho más que alentar su desarrollo, sin hacerse cargo de sus potenciales consecuencias. En The Social Reckoning (título que significa El ajuste de cuentas social), Zuckerberg se define como “un absolutista de la libertad de expresión”. Típica formulación de equipo de Relaciones Públicas, en busca de dar un spin positivo al hecho de que las redes de Zuckerberg nadie alerta sobre la información falsa y eso permite la difamación, las campañas negativas y el bullying, prestándose como plataforma ideal para grupos de odio.
Interpretado por Jeremy Strong —uno de los protagonistas de la serie Succession—, este Zuckerberg tiene más de máquina de hacer dinero que de ser humano. Se muestra perfectamente capaz de mirar a otra parte (“Nosotros somos una pizarra de corcho —dice, justificándose—, no podemos controlar lo que la gente cuelga allí”), mientras sus plataformas son usadas por carteles de narcos y traficantes de personas o usadas para influir en elecciones o enturbiar la salud mental de los más jóvenes. De hecho, el Zuckerberg real interfiere hoy en la campaña presidencial de Brasil. Diez días antes de la primera votación, Facebook deshabilitó temporalmente la página de Lula y restringió su cuenta de anuncios. Puede parecer poca cosa, pero no lo es. El 43% de los adultos del mundo recibe sus noticias a través de alguna de las plataformas de Zuckerberg, que incluyen Instagram y WhatsApp.

Lo que estos relatos tienen en común, dice David Rooney en The Hollywood Reporter, es que “reposicionan a los billonarios tech como los nuevos villanos de la pantalla. Abogados y financistas deberían suspirar, aliviados. En buena medida, Zuckerberg, Musk y Altman son estafadores tan talentosos como dudosos en términos éticos: venden su hambre insaciable de riqueza astronómica como si se tratase de un servicio a la humanidad, mientras se promocionan a sí mismos no como tecnócratas, sino como visionarios”.
Este giro refleja el cambio que la carrera tecnológica imprime hoy sobre la realpolitik. (Porque, así como en otros tiempos se dirimía qué potencia obtenía antes una bomba nuclear, actualmente se disputa si la IA que se imponga será la que surja de China o la que están improvisando estos monstruitos.) Como las potencias occidentales necesitan de los Zuckerberg, Altman & Co., se los venera y se les permite hacer casi cualquier cosa, sin regulación alguna. En un pasaje de The Social Reckoning, el ejecutivo a cargo de las relaciones de Meta con los medios, Teddy Marks, dice con toda calma que las investigaciones que lleva adelante el Congreso lo tienen sin cuidado. “No nos asusta el Congreso”, afirma. “Acá creemos todos en el post-gobierno”.

Vivimos, en efecto, en un mundo donde las empresas son más poderosas que los gobiernos electos por las mayorías. Y la Argentina no es excepción: acá mandan las empresas y el Presidente Milei hace de mandadero, les facilita todo. La empresa de aguas AYSA valía 500 palos verdes según un cálculo amarretísimo del gobierno, y aun así la vendió a 340 a un consorcio liderado por Mauricio Filiberti, que además de poseer el monopolio del cloro es socio en Edenor de Vila y José Luis Robo para mi corona Manzano.
Agua, electricidad, combustibles, medios… Manzano & Co. están armando un tongo tan grande que merecería ser llamado “el Skydance Corporation de la Argentina”.
No fun
Me resulta inevitable cuestionar el sendero evolutivo que nos condujo a este presente. Se podría entrar al tema a través de abordajes múltiples, pero como últimamente me siento avergonzado del género que me cupo en suerte —el más pelotudo y dañino que existe, por afano—, me dio por tirar de ese piolín antes que de otros. Tengo claro que esto no conducirá al más serio de los análisis, pero nadie posee más que un control relativo de sus obsesiones.
Pensaba en los modelos de hombre que se han sucedido a lo largo de la Historia. Genio militar. Vehículo divino. Conquistador. Patriota abnegado. Juez probo. Estadista. Padre ejemplar. Artista sublime. Inspirado científico. Todos ellos encarnaban, cada uno a su manera, un ideal de la masculinidad.

En comparación con cualquiera de esos predecesores, el modelo de hombre que hoy está en el centro de todas las miradas da franca pena. Zuckerberg, Altman, Musk, Bezos y compañía encarnan el paradigma del nerd, el paria a quien en la escuela nadie quería acercarse. La clase de tipos que, en otros momentos históricos, hubiesen sido los primeros en caer bajo las garras de un predador, o en combate, o víctimas de una enfermedad. (Tan pronto acumularon fortunas dignas de Creso le entraron al gimnasio y a los enhancers químicos, pero aun así, como decía mi tía China, lo que natura non da, Salamanca —o Megatlón, en este caso— non presta.) Lo cual sugiere que, si la humanidad se pasó tres pueblos en algún aspecto, no fue en materia de la lucha de los feminismos, sino en el desarrollo tecnológico.
No tengo nada contra la tecnología per se. No soy luddita —opuesto al progreso y la automatización—, por lo menos, no todavía. Disfruto de las ventajas que derivan de la digitalización de la info y el saber: la posibilidad de acceder con facilidad a toneladas de películas, series, libros y música, de llegar a cualquier saber arcano mediante contados clics, porque nací en un mundo donde descubrir y aprender requería un esfuerzo analógico. (Había que desplazarse hacia bibliotecas, hurgar en catálogos, consultar páginas a granel, hablar con gente real, copiar data a mano — o fotocopiar, si había suerte.) Pero al mismo tiempo, soy consciente de que la tecnología actual fue direccionada a posibilitar que un poder descomunal quedase en manos de los menos calificados de la especie, tanto en el terreno físico como en el ético — de la gente más irresponsable, si prefieren.
Estos tipos son la versión humana del personaje de Mickey en el film Fantasía (1940), durante el episodio llamado El aprendiz de brujo, que ilustra un poema sinfónico de Paul Dukas. Allí el ratón de don Walt hace de asistente de un hechicero poderoso, para quien trabaja a cambio de aprender a usar la magia. En ausencia de su superior, Mickey decide alivianar la tarea que le quedó pendiente y usa un conjuro de los que ya aprendió, para que una escoba animada cargue los baldes de agua que a él le da paja subir por las escaleras. Pero, dado que todavía no domina del todo el poder en el que ha sido iniciado, la cosa se le descontrola. ¿Y por qué? Porque el muy tarúpido se apresuró a explotar las ventajas del poder, sin detenerse a pensar un segundo en la potencial consecuencia de sus actos. La misma clase de irresponsabilidad que caracteriza a Zuckerberg, Altman & Co., tan desesperados por capitalizar su ventaja comparativa del momento, que pasan por encima el pequeño detalle de que —ups— podrían detonar el apocalipsis.
Cualquier video que tenga a estos tipitos por protagonistas sugiere que consultaron un tutorial para parecer humanos, y no lo entendieron. Días atrás, el lúcido humorista Jon Stewart dedicó la totalidad de su Daily Show a la cuestión de la IA. Y difundió un video donde Zuckerberg presenta la IA de su empresa Meta, que pretende humanizar a través de la figura de una suerte de Teletubby esponjoso llamado Muse (musa). Allí Zuckerberg dice que eligieron esa forma para diferenciarse de los robots que exhiben otras empresas. Su objetivo es que la IA de Meta parezca fun, explica: algo divertido y hasta tierno. El problema es que esa venta, de boca de uno de los tipos menos divertidos y tiernos que existen, hace que uno sospeche que sería más seguro confiar en robots a la Terminator. Desde entonces no paro de imaginar un noticiero cinematográfico de 1945, donde Oppenheimer exhibe dos bombitas hechas de gomaespuma, humanizadas a través de caritas dignas de Walt Disney y diciendo que Fat Man y Little Boy son fun, fun, fun.

Las acciones que caracterizan a Zuckerberg, antes que fun, son siniestras. La reestructuración global que Meta inició a mediados de este año, eliminando 8.000 puestos de trabajo, no responde exclusivamente a razones económicas. En el caso de Brasil, sin ir más lejos, el despido de personal especializado en IA supuso la desaparición de una capa de responsabilidades intermedias. O sea que la filial de Brasil responde hoy a un mando más centralizado, cuyas decisiones cruciales no se toman dentro de sus fronteras. Gran Hermano Zuckerberg, ya te siento. El viernes 9 Meta admitió que había perjudicado a Lula en la ruta a la primera vuelta, pero lo adjudicó a una “falla técnica”. Llamativas, las fallas técnicas de una empresa que siempre caga al mismo sector pero nunca al de enfrente. La misma, rara habilidad de Puto Catoto, que pierde guita a lo pavo cuando administra el dinero de los argentinos pero al mismo tiempo multiplica su fortuna personal.
Por eso no sorprende que, en una semana caracterizada por descomunales manifestaciones populares —la de Francia por la educación, la de España por la vivienda—, y en la antesala de nuestra protesta del 15/10, contra la Corte y el gobierno que colgaron cartel de Todo por dos pesos al territorio argentino, haya quienes decidieron dar la batalla también dentro del mundo digital.
Como tantos otros políticos tradicionales, Lula era reacio a descender al barro de la comunicación digital. Pero en estos días, escaldado por la derrota ante Flato Bolsonaro en la primera vuelta, decidió jugársela entero. Y hoy anda difundiendo mensajes a lo loco por las redes, apostando a mirar a los ojos del potencial votante y hablarle cara a cara. Pero no es lo único que está haciendo. También se mandó a fondo con una iniciativa del diputado de Rede-MG André Janones, bautizada “Exército do Lula”, o sea, El Ejército de Lula.
El objetivo de la campaña es torcer la mano del algoritmo de Zuckerberg, sumando a millones de soldados y soldadas digitales que combatan las fake news de la derecha y orienten a la militancia. En los días que siguieron a la primera vuelta, la cuenta del Exército sumó tres millones de seguidores, y aspira a llegar a al menos cinco. “Quien domina el algoritmo, domina la vida política”, dijo Janones esta semana, durante una entrevista, y agregó: “Quien vence en las redes sociales, vence en el mundo real”.
En términos generales, Janones apunta a que la comunicación de la campaña sea unificada, a diferencia de lo que había sido hasta ahora, donde cada candidato se concentraba en su discursito personal. A partir de ahora, quien comunica es Lula. También sugiere hablar de lo que el pueblo va a perder si gana Bolsonaro, pero no sólo de eso: también de lo que todavía aspiran a conseguir, en términos de aspiraciones personales. Y por último, no gastar energía en los bolsonaristas, fanáticos que ante todo votan contra Lula, sino concentrarse en los indecisos y los que no fueron a votar.
¿Bastarán estas acciones para ganar la segunda vuelta? Sólo Dios lo sabe, el tiempo que nos separa del 25/10 es muy corto. ¿Sirve esta experiencia para la campaña que los argentinos tendremos por delante durante el ’27? De lo que no cabe duda es de que no se puede regalar el campo de la comunicación digital a la derecha — y los billonarios tech son de derecha, Musk es ídolo de los neo-nazis. La batalla política también hay que darla ahí, si te ausentás de esa lid, sonaste. Urge combatir las granjas de bots, oponiéndoles comunidades de militantes como este “Exército”. (Por cierto, no hace falta ser brasileño para sumarse al “Exército do Lula”. Cualquiera de nosotros puede integrarse —yo ya lo hice—, y aportar su granito de arena digital para que la lucha no sea tan despareja.)

La realidad demuestra que hay que combinar la política tradicional y la nueva. La marcha atrás que los jueces de la Corte metieron el viernes, respecto de la Ley de Tierras, fue el resultado de la presión en la calle (si su objetivo era apagar la marcha del jueves 15, confundieron el balde de agua con el de las brasas), pero también de la indignación que suscitaron en las redes. Ellos mismos abrieron la boca para admitir que la presión de las redes existió, aunque juraron que no cederían a ella. Me recuerdan a un personaje de Les Luthiers, el adelantado Don Rodrigo Díaz de Carrera, a quien lo rajaban de cada territorio que creía haber conquistado. Su latiguillo decía: “Mi honor está en juego, y de aquí no me muevo”, para que, de inmediato, los aborígenes locales lo obligasen a rajar para no ser comido crudo.
Las jetotas de los cortesanos vienen ilustrando infinidad de memes, y seguirán haciéndolo. Podrían figurar tranquilamente en el Top Five de Las Más Populares Figuras Impopulares de la Argentina de hoy, lo cual atenta contra el anonimato del que disfrutaban y contra el respeto que creían inspirar. Hoy en día, la mayoría de los argentinos preferiría comprarle un auto usado a Cositorto antes que a cualquiera de estos tres tristes transeros.
Pero volvamos a lo nuestro: no se debería elegir una acción o la otra, la calle o las redes. Hay que encarar las dos. Porque esta gente es así: lo que ganaste en la pulseada analógica te lo dan vuelta —o empiojan, o esconden debajo de la alfombra— en la pulseada digital. Pocas cosas alteran más los nervios de los opositores a Trump, en estos días, que el reencuentro amoroso entre la Amenaza Naranja y Musk, que se habían distanciado en malos términos. (Musk llegó a confirmar que Trump era el personaje más ubícuo en los archivos del proxeneta Epstein.) Ahora, en la hora de la necesidad, vuelven a acercarse. El jueves 8, Trump le concedió a Musk la Medalla Nacional de la Ciencia, distinción que Musk merece tanto como Milei los premios a su excelencia como economista. El idilio renovado entre estos dos sólo puede significar una cosa: que Trump vuelve a contar con Musk para que haga trampas en las elecciones de medio término del inminente mes de noviembre, asegurándole el triunfo que todas las encuestas le niegan.

De lo que tampoco cabe duda es de que llegó la hora de pasar a la acción, en las calles físicas y en las digitales. No tendremos la tecnología de nuestro lado, pero tampoco vamos a dejarnos atropellar por los más pánfilos del curso.
En la crítica del New Yorker al documental Musk, Sheelah Kolhatkar dice que “todos los estadounidenses deberían verlo, como si sus vidas dependiesen de ello”. Suena a exageración, pero también puede que no lo sea. Durante el film, el director Gibney dice que se lanzó a la tarea de realizarlo con la intención de responder dos preguntas: “¿Cómo fue posible que Musk obtuviese tanto poder, y por qué se lo dimos?” Todo indica que el film no las responde de forma concluyente, pero eso sería lo de menos. Si las cosas salen razonablemente bien, ya habrá tiempo para llegar a la claridad. Lo que no puede esperar es la acción popular que ponga límites al poder de estos tipos emocionalmente inestables que, como dice Kolhatkar, “tienen en sus manos las palancas del poder pero carecen de algo parecido a una brújula moral”.
“El día que el poder del amor venza al amor al poder —decía Gandhi—, el mundo conocerá la paz”.
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