Una artista visionaria

Documental sobre la fotógrafa Annemarie Heinrich

El film reconstruye cómo Evita conectaba con Anne de forma directa.

 

“De mi bisabuela recuerdo sus exposiciones llenas de gente”, es una de las primeras cosas que dice en voz en off Mariana Sanguinetti, directora de su ópera prima documental Annemarie, que tras su paso por el BAFICI sigue su curso en cines porteños. Con un foco desde adentro del magma familiar, siendo bisnieta de la fotógrafa Annemarie Heinrich, y buceando a través de su obra y su archivo personal, a los que suma testimonios de colegas y familiares, Sanguinetti es de las directoras que aparece en cámara y no oculta los vaivenes de su punto de vista, todo bajo una búsqueda tan postergada como entrañable: el retrato de una de las visionarias de la imagen, Annemarie Heinrich, una de las mejores fotógrafas argentinas de todos los tiempos.

La información básica dice que Annemarie Heinrich (1912-2005) fue una fotógrafa alemana radicada en la Argentina. Que su padre llegó sin nada a Entre Ríos, tuvieron una vida rural y luego se mudaron a Buenos Aires. Que allí, a los 17 años, estableció su primer estudio fotográfico, y que su práctica artística expandió los horizontes de experimentación y creación para las mujeres artistas en el campo de las artes visuales, una trayectoria fundamental en la historia del arte moderno latinoamericano. También que, en su formación, fue aprendiz en el atelier de Melitta Lang; que con Rita Branger se interiorizó en las técnicas de laboratorio, y con Sivul Wilenski descubrió los secretos del retoque.

 

 

A su estudio fotográfico, ubicado en las cercanías del Teatro Colón y de la emisora de radio El Mundo, acudieron estrellas del teatro, la radio, la ópera, el cine y otros ámbitos de la cultura, como la por entonces actriz Eva Duarte, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Mercedes Sosa y Astor Piazzolla. En el documental se cuenta que, junto con colegas, fundó la Asociación de Fotógrafos Profesionales y entre 1953 y 1959 formó parte de “Carpeta de los diez”, grupo de fotógrafas y fotógrafos profesionales que tenía un método de trabajo mediante carpetas temáticas y críticas escritas sobre sus fotografías. En 1979, además, participó de la creación del Consejo Argentino de Fotografía y de numerosos fotoclubes. Las exposiciones de sus obras siguen vivas: hoy integran colecciones nacionales e internacionales, entre ellas las del Museum of Modern Art, el Metropolitan Museum of Art, el Musée de la Photographie à Charleroi de Bélgica, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Tal como ocurre con documentales artísticos recientes, como el de C. Tangana sobre el joven guitarrista de flamenco Yerai Cortés, donde por encima de las cualidades musicales asomaba una reconstrucción del entramado de su linaje, en Annemarie no sólo se habla de una época de la fotografía, cuyo dominio masculino opacaba la singularidad de mujeres como Annemarie, sino del rompecabezas de la familia en la que surgió, se apoyó y legó su obra. Así, Annemarie se puede ver como una pieza sobre la conservación de la memoria y el paso del tiempo, reflexión íntima que Mariana Sanguinetti expone sobre sí misma en tanto cineasta, y en tanto eslabón y parte de la herencia. Con altos y bajos, algo irregular en la tensión de dichos contrastes –sobre todo cuando lo “casero” del pequeño universo parental no trasciende sus endogámicos enredos–, el film cobra ritmo cuando se posa sobre el archivo inmenso e inagotable de Annemarie Heinrich, el cual refleja una obra diversa, ciertamente ecléctica, y cuyo descubrimiento sorprende a propios y extraños. Y eso que muchas de sus imágenes aún permanecen sin desempolvar y catalogar.

Entre lo personal y lo público, lo privado y lo social, el estudio fotográfico se emplaza como una caja de Pandora. Annemarie vivía donde trabajaba, y del estudio hoy se ocupan sus hijos, que también son fotógrafos. En el sótano ella sacaba sus fotos, al lado había un laboratorio y en un cuartito cercano se conserva el archivo. Hay fotos de bebés, de Jorge Luis Borges, de Eva Duarte como actriz, de Eva Perón siendo Eva Perón; hay naturalezas muertas, publicidades, familia, viajes, bautismos, fiestas. Rodajes, desnudos, rostros de poetas, postales, danzas, amigos, retratos. “La vida de mi bisabuela estaba hecha de un pedacito de vida de todos los demás”, acota la directora, que halla sus rastros también en museos y en testimonios como los de Aldo Sessa y Sara Facio, que hablan de la generosidad y alegría de Annemarie, y su firmeza política en el vínculo, por ejemplo, con la obra de exiliados como David Siqueiros.

 

Mariana Sanguinetti, bisnieta de Annemarie y directora del documental.

 

Los testimonios dan cuenta del amor absoluto de ella por las imágenes: el querer saber cómo estaban hechas, si había nuevas lentes, si había nuevos formatos. “Una campeona del trabajo, se quedaba hasta las tres de la mañana retocando sus fotos. Mirtha Legrand o Libertad Lamarque se las pedían personalmente para que ella se las llevara al teatro”, dice uno de ellos. En un programa de Mirtha Legrand, en la televisión, cuenta que en su tiempo había hombres que iban a retratarse al estudio, creyendo que serían fotografiados por otro hombre, y al saber que ella haría el trabajo salían espantados.

Anne, que de joven revelaba rollos y asistía a otros como retocadora, aprendió de mujeres fotógrafas extranjeras que habían llegado como refugiadas tras la Segunda Guerra Mundial, como Rosa Cardoch y Rita Branger. En aquellos tiempos no existían las escuelas de fotografía y mayormente era un oficio de hombres. Su hermana, Úrsula Heinrich –uno de los hallazgos del documental, por su riqueza como personaje–, dice que Anne, cuando no quería a una persona, “no la nombraba nunca más”. Y que por eso, deduce, tenía tantos amigos.

Figuras del espectáculo se creaban a partir de la imagen fotográfica, como Luis Sandrini, Tita Merello, Zully Moreno, Palito Ortega. En el film se reconstruye cómo Evita conectaba con Anne de forma directa, por caso un retrato de la por entonces joven actriz echada en un sillón de su pensión con una cortina que había conseguido la fotógrafa para sostenerle el vestido. Mariana Sanguinetti, como directora, se muestra indagando el archivo, llama a sus entrevistados. Piensa, pregunta, duda, observa, avanza y retrocede. Entre los familiares, un nieto confiesa que se colaba en el estudio y la espiaba mientras ella jugaba con títeres para sacarle sonrisas a los bebés. Esa cosa lúdica, amable, contrastaba con su retrato familiar: “Era más juguetona como fotógrafa que como abuela”.

 

Graciela Borges.

 

En otro momento bisagra, Graciela Borges aparece viendo sus fotos de joven, retratada por Annemarie. “Era alguien que te hacía sentir alguien. Y eso no hay cómo pagarlo”, dice la actriz, mientras se seca las lágrimas de su cara. “Ella sabía dónde apuntaba. Su mirada era la de una artista”, la describe Julie Weisz, amiga y colega. Fotógrafa de firma, Annemarie Heinrich solía decir cosas como “los premios nunca me importaron. Yo siempre me mantuve con las patitas en el suelo, porque eso de volar, uno se lleva un porrazo si el avión se viene abajo”, “hay que querer y odiar a los que uno retrata, pero nunca ser indiferentes”, “cuando empecé fue muy difícil, porque este país es desgraciadamente muy machista”, y “siempre hay que trabajar en conjunto y en compañía, es la única manera de llegar a los lugares que corresponden”.

 

Veraneando en la ciudad (1959).

 

Entre imágenes de archivo se luce el retrato de Mercedes Sosa y la famosa foto de una mujer estirando su cuerpo en una terraza titulada Veraneando en la ciudad, exhibida en el Malba. Muchos coinciden que, más allá de sus ensayos y trabajos surrealistas y experimentales, su maestría estaba en los retratos y la fotografía callejera, actualmente en boga. El ocio y el trabajo, en Annemarie, parecían entrelazados. Una gata deambula hoy por las habitaciones del estudio de la fotógrafa, mientras otros la recuerdan con su amplia sonrisa, su nobleza a cuestas, su simpleza ante la celebridad de turno.

“Mientras te sacaba una foto, te hablaba”, cuenta Mirtha Legrand, que surge hacia el final como testimonio telefónico. “Su mirada distintiva la puso en los retratos, modernos y audaces. Sus fotos tienen vigencia como uno de las grandes fotógrafas de la historia”, desliza Sara Facio.

 

* Annemarie puede verse los viernes de octubre, a las 20, en Malba Cine; hoy a las 15.40 y el miércoles 21 de octubre a las 19.10 en el Atlas Patio Bullrich.

 

 

 

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