La quimera de los justos

Luis Arias, el juez que asumió causas populares

Foto: diario Contexto, 2018.

 

Es 15 de agosto de 2018. El juez está a punto de escuchar al jurado leer el veredicto. Tras un largo juicio político que duró más de medio año, se pondrá punto final al caso que resuena en los medios como el proceso contra el juez de La Plata que hizo lugar a las demandas contra el tarifazo y los ajustes del gobierno de Cambiemos; el que tiempo atrás también determinó la cifra de muertos que dejó la terrible inundación en 2003, y que el gobernador peronista de entonces se negó a reconocer.

Después de no haber podido pegar un ojo en toda la noche, el juez tenía el cuerpo cansado, su mente iba y venía pensando en cada una de las situaciones de las que querían acusarlo. Era un día de sudestada, por lo que había amanecido lluvioso y soplaban ráfagas de viento. Ese clima no presagiaba buenos augurios, al menos eso sintió el juez en su interior. Como cada mañana desde hacía quince años, cuando juró cumplir la ley colocando la mano sobre una Biblia, se puso el traje y la corbata. Desayunó, abrazó a su esposa y a sus hijos y, después de tomar el paraguas inglés que le hacía juego con el sobretodo, salió volando para el juzgado. Había quedado en verse con sus compañeros al mediodía, antes de entrar a lo que él, a esa altura, consideraba una suerte de edificio patibulario; porque algo le decía que sería una despedida, esa sensación de última vez, el presentimiento que traía del insomnio.

Por eso, antes de dirigirse a la Legislatura a escuchar el veredicto pasó a saludar a los miembros de su equipo, los trabajadores del juzgado que le profesaban profunda admiración y respeto, que se habían mostrado en todo momento incondicionales a su causa. Ninguno de ellos podía entender cómo su jefe –esta vez– estaba en aprietos. Había zafado de muchas, pero de esta no. Por esta lo habían suspendido y hasta le habían quitado la mitad de su sueldo, eso ya era mucho. Y ahora, encima le iban a sacar el cargo.

En su historial, el juez había sufrido persecuciones de todo tipo y de parte de gobiernos de diferentes signos políticos que lo consideraban un estorbo. Emitía sentencias que incomodaban por el contenido de lo que resolvía, siempre en favor de los derechos de la gente. Como la vez que se atrevió a embargar el salario del gobernador por no depositar los aguinaldos a tiempo en pleno diciembre, y los medios adictos al poder de turno lo trataron como juez temerario. Pero el tiempo terminaba despejando esas injurias. Las denuncias en su contra se caían porque el juez actuaba con apego a la ley; y si bien su estilo era frontal (algunos dirían “controversial”), había fundamentos en lo que decía. Por lo que, a la larga, las acusaciones se diluían.

Pero esta vez no. Esta vez las cosas eran distintas. Esta vez alguien las había sacado del cajón del olvido. Cuando los trabajadores del juzgado lo vieron llegar, percibieron que algo no andaba bien. Que los resultados del proceso de remoción no serían favorables. La cara del juez que siempre iba risueño y se mostraba confiado, esta vez demostraba preocupación. En esos días había recibido el apoyo de muchísima gente, llamados de distintas partes, una solicitada publicada en los diarios rechazaba el juicio político y llevaba la firma de cientos de organizaciones sociales y personalidades del ámbito público. Pero aun así estaba preocupado, sabía que era difícil torcer el brazo del poder en esas circunstancias, cuando se habían ensañado tanto con su caso.

Le prometieron que lo iban a estar esperando afuera de la Legislatura, que pasara lo que pasara ellos iban a estar de su lado. Pero en el fondo sabían que, si sacaban al juez, pronto llegaría otro que haría las cosas muy distintas. Se despidieron con un abrazo.

Cuando llegó a la puerta del Palacio Legislativo, eran las 12 del mediodía. Dado que el clima no acompañaba, los que fueron llegando lo hicieron enfundados en pilotos y con paraguas, portando pancartas en las que se leía “No a la destitución del juez”. Había medios en la puerta y ya se agolpaban algunos grupos de vecinos, amigos y familiares que vitoreaban su nombre. Habló con una radio y después ingresó al edificio. Adentro lo esperaban sus abogados. Muchos aguardaban sentados en sus lugares y reinaba un silencio sepulcral. El presidente había ordenado que el público no ingresara a la sala y ya eso le generaba al juez mucha suspicacia, signo de que las cosas no iban bien.

De pronto alguien llamó a silencio, pidió a los presentes que se sentaran y dio inicio a la lectura del veredicto: “Siendo las 12.45 del día 15 de agosto de 2018, reunido el jurado de enjuiciamiento de Magistrados de la provincia de Buenos Aires, se ha resuelto por nueve votos contra dos, remover al doctor Luis Federico Arias como Juez…”.

 

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La tapa del libro de John Berger.

Durante mucho tiempo tuve en la cabeza Un hombre afortunado, el libro que John Berger escribió en 1967 junto con el fotógrafo Jean Mohr sobre John Sassall, un médico rural inglés. Berger hace algo que siempre me fascinó: sigue a un hombre en el ejercicio cotidiano de su profesión y, al contar esa vida aparentemente particular, termina interrogando una institución, una comunidad, una forma de estar en el mundo. Cuando terminé de leerlo pensé: quiero hacer algo parecido, pero con un juez. Quería saber quiénes son esas personas a las que una sociedad les entrega un poder enorme sobre la vida de los demás. ¿De dónde vienen? ¿Cómo llegan ahí? ¿Qué relación existe entre su biografía y sus sentencias? ¿Qué hacen cuando el derecho que deben aplicar entra en conflicto con el poder que los rodea? Pero me demoré demasiado. No me daba el tiempo ni la fuerza para escribirlo. Pasaba el tiempo y nada. ¿Existía ese juez sobre el que yo quería escribir o era tan solo producto de mi imaginación y deseo?

En mi paso por la Justicia conocí a muchísimos jueces, de todas las variedades y pelajes, pero sus vidas eran más bien grises, tediosas, muy contrarias a las que pasaban cotidianamente por sus manos en los rutinarios expedientes: vidas urgentes, tragedias, peripecias sobre las que debían decidir bajo un parámetro de lo que consideraban justo. En las sentencias que me tocaba leer todos los días sólo encontraba frases barrocas y léxico distanciado de aquello de lo que estaban hablando. Los jueces burocráticos no me generaban nada. Hacían su trabajo y ya, volvían a sus casas como si nada les hubiera sucedido. Quizás había debajo de aquellas togas invisibles otra cosa, no lo sé, pero en ese entonces yo era incapaz de captarlo. Acaso un rastro de empatía, el sentido profundo de lo humano que debían juzgar. ¿A qué de ellos mismos renunciaban por poner a funcionar esa maquinaria de la que formaban parte?

Me sentía atribulado en semejantes disquisiciones hasta que un día me tocó iniciar una acción judicial y pedí tener una entrevista con el titular del juzgado. Ese no era mi ámbito natural de actuación, dado que yo era defensor público penal y me había cruzado al ámbito contencioso por circunstancias azarosas. Por lo tanto, como funcionario público que era, debía dar una mínima explicación al magistrado de esa breve intromisión. Los trabajadores de la mesa de entradas me invitaron a pasar al despacho de “Su Señoría”. Y así conocí a Luis Federico Arias.

Sentados frente a frente en la oficina platense de calle 11 entre 49 y 50, me presenté con todas las formalidades de ley cuando él estiró el brazo y me alcanzó un mate. En ese breve gesto se rompía todo protocolo. Tras pasar por alto mis explicaciones y como si nos conociéramos desde hacía mucho, se puso a hablar de su vida y de cómo había llegado a juez. Confieso que más allá de la impresión que me causó entonces, tardé en dilucidar si podía haber allí cierta fachada populista, una estrategia con la que pretendiera empatizar de entrada. Pero a medida que fue pasando el tiempo me di cuenta que no. Arias era un tipo genuino, sencillo, convencido de prestar un servicio sin ornamentos ni florituras, atravesado por las historias que pasaban por los expedientes, que conocía a fondo en cada detalle y en las que ponía a prueba sus convicciones.

Al ser juez contencioso administrativo y no penal, le tocaba decidir situaciones donde el Estado era siempre el protagonista; ya sea haciendo o dejando de hacer cosas que generaban efectos trascendentes: contrataciones, licitaciones, cobro de impuestos, servicios públicos, control de actos administrativos, etcétera. Todos asuntos de gran relevancia en términos económicos y políticos, con incidencia en la vida de la gente. Esto hacía que Luis Arias ocupara un lugar central y de atención en los medios de comunicación, porque sus decisiones causaban impacto, especialmente desde que el asiento de su juzgado en La Plata tenía jurisdicción sobre todo lo que hacía o dejaba de hacer el Estado provincial.

Si ocupando ese lugar elegía ser un burócrata y convalidaba permanentemente las acciones estatales injustas, seguramente a la larga pasaría desapercibido como tantos otros jueces. Pero Luis Arias subía la apuesta, estaba dispuesto a darse a conocer por los fallos que dictaba. Esa elección lo colocaba ante mucha exposición pública, y eso exigía cierto temple, equilibrio para mantenerse a flote frente a todo tipo de embates. Un tipo de inteligencia con capacidad de sortear situaciones incómodas, y así sobrevivir frente a un poder que le podía hacer zancadillas para correrlo todo el tiempo. Cuánto podían durar sus estrategias para permanecer y cuánto el poder iba a tolerar su presencia en su sitial fue la tensión que me inquietaba desde entonces y quizás mi punto de partida para comenzar a escribir.

Vuelvo al momento en que lo conocí. La semblanza de la toga gris se desmoronó y en adelante pasó a ser simplemente “Luis”. Porque todos lo llamaban así. Y de alguna manera esa forma de nombrarlo vino a romper con todos los moldes que yo tenía en la cabeza de lo que hasta entonces implicaba ser un juez. O, mejor dicho, de la imagen que yo me había hecho de aquellos a los que había conocido en ese mismo rol. Aquel día comenzó una amistad y también a escribirse este libro, que no es –acaso– la sola historia de un hombre que ocupa un cargo, sino la de todos aquellos que se le parecen un poco y que también integran la justicia argentina, pero son opacados por la conducta de otros jueces, los grises, venales, amanuenses del poder de turno, tan cobardes y cómplices que logran perdurar mientras gozan del privilegio de ser vitalicios, si no es que terminan cayendo por algún escándalo.

 

 

El lector encontrará que en este libro desfilan todo tipo de personajes que pueblan los pasillos del mundo tribunalicio. Arias también es uno de esos personajes. Pero distinto al resto. Y eso tuvo un costo bien elevado. Porque el poder no tolera a los jueces que asumen causas populares. A esos los considera díscolos, rebeldes e imprevisibles. Y un juez imprevisible es y será considerado peligroso.

Con el paso del tiempo entendí los procesos de trabajo del Juzgado Contencioso 1 de La Plata, las maneras de pensar el derecho de Arias bajo aquello que él llama “rango de racionalidades posibles”. Pero también el tipo de presiones que recibía a diario, la gente que giraba a su alrededor para adularlo, los que lo apoyaban sinceramente y también los que se acercaron y después lo dejaron solo. Mi curiosidad por esa tarea se convirtió en obsesión. Así fue como comenzaron las entrevistas a lo largo de distintos momentos de estos años, un ida y vuelta que he tratado de transcribir en este libro y que busca ser fiel reflejo de los diálogos que tuvimos en su casa de Villa Elisa, cuando le quitaron la investidura de juez.

 

Solicitada de apoyo al Juez Arias. Diario Hoy, 1-11-2018.

 

 

Luis Arias fue despojado de su cargo en 2018, pero ese es sólo el final del lento proceso con que el poder cinceló durante 14 años su destitución. Porque desde que prestó juramento, allá en 2003, hubo momentos en los que el poder político se las ingenió de todas las formas posibles para disciplinarlo, sancionarlo, apuntarlo, silenciarlo; pero cuando se dio cuenta de que nada de eso modificaba su conducta, entonces subió la apuesta, montando una acusación basada en excusas, causas amañadas y con poco sustento. Y lo hizo en un momento en que gobernaba el país Mauricio Macri, donde gran parte de la Justicia era manipulada por el poder político. De paso, se exhibía a otros jueces que el destino de Arias también podía ser el de ellos, si acaso se atrevían a emularlo.

En este libro partimos por preguntar sobre el lado humano de la magistratura, preguntar por aquello que subyace al “ser judicial” que habita dentro de la “familia” o corporación a la que pertenece un juez por tradición de ingreso y permanencia, como parte de los trabajadores que tuvieron una trayectoria dentro de esa estructura de poder. Nadie a esta altura puede dudar que el Poder Judicial se compone y nutre de acomodos, amiguismos e influencia política. En eso la historia de Luis Arias se evidencia anómala, porque anidan en ella motivos que le van a hacer más cuesta arriba sostenerse en el cargo, y hasta tejer ciertas alianzas para no quedarse solo frente al poder.

Arias rompe de entrada con una regla básica de la tradición judiciaria: no proviene de esos mismos sectores. No posee familia judicial. No hizo carrera dentro de ese Poder antes de llegar a juez. Por eso cuando sus padrinos políticos evaluaron los méritos con los que contaba y lo colocaron en ese lugar tuvieron que justificar fuertemente lo que hacían, fundamentar la razón por la que no se eligió a otro, alguien “de carrera”. Esas excepciones existen algunas veces, y Luis era una de ellas. Como ya veremos, los nuevos aires que corrían al momento de su designación allá por 2003 fueron determinantes; aires de cambio de un nuevo gobierno, que permitieron sean designados algunos jueces que oxigenaron la estructura judicial sin provenir de ella.

Lo que el poder de turno suele esperar de un juez es que no se entrometa en política, que no haga política; y si pretende hacerlo, que no se note, que no moleste y lo disfrace en rituales más o menos silenciosos, sutiles, en casos individuales sin efectos generales. Sin embargo, hoy los jueces tienen mucha capacidad de incidencia en nuestra democracia, por lo que seguir con aquella vieja idea de que no deben inmiscuirse en la política resulta un tanto ridículo, por no decir hipócrita.

Este libro nació de la pregunta general por el proceder del Poder Judicial, pero específicamente de muchos interrogantes derivados: ¿qué son los jueces? ¿Quiénes son? ¿Cómo piensan? ¿De qué material humano están hechos? ¿Qué relación hay entre las decisiones que adoptan y sus vidas privadas, su concepción del mundo? ¿Hasta dónde puede llegar un juez en la defensa de sus ideales? ¿Qué posiciones debe asumir ante el poder que en algún momento lo puso en ese lugar? ¿Cómo tolera un juez las presiones? ¿Qué es para él la valentía y la cobardía?

En definitiva, las preguntas siguen y siguen y se desarrollan a lo largo de esta investigación, que es en el fondo la historia de un juez con nombre y apellido, pero también algo más, es la historia de otros hombres y mujeres, de lo que son o podrían llegar a ser cuando la palabra justicia forma parte de sus sueños.

 

 

Historia de un Juez. Un relato sobre justicia, memoria y democracia.

390 págs.

Edit. VV

Preventa y envío escribiendo a [email protected]

 

 

 

 

 

 

 

 

Acerca del libro:

La función de juez se cumple en el seno de una burocracia que, por lo general, entrena para evitar problemas. El confort burocrático se mantiene conforme a la regla de que todo se hace de cierta manera, no porque lo imponga la ley, sino porque siempre se hizo así. Como quien innova incumple la regla, se vuelve sospechoso, pero si lo hace para impulsar la eficacia del Derecho en beneficio de los más desfavorecidos, pasa a ser directamente disfuncional y peligroso. Las cúpulas, con su extrema sensibilidad al poder de turno, para que nada altere su pacífica –o compleja– cohabitación, se encargan de disciplinarlo y, en último caso, de excluirlo. De este modo, nada cambia ni llama la atención del público, al tiempo que sirve de sanción ejemplarizante para quienes puedan tener la ocurrencia de imitarlo. La historia que se relata en este libro encuadra a la perfección en este esquema.

Eugenio Raúl Zaffaroni, en la contratapa.

 

* El libro se presenta el jueves 22 de octubre a las 18 en el Centro Cultural Malvinas, calle 19 y 51, La Plata.

 

 

 

 

 

 

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