Hace un par de meses volví a disponer de una bandeja para escuchar vinilos, después de décadas de abstinencia. Desde entonces repaso mi vieja colección de discos, como niño con juguete nuevo. (Eso es la bandeja, por cierto: un juguete para adultos.) La tarea conlleva un inevitable efecto de viaje en el tiempo. Reconecta con mis versiones pasadas, en particular con el adolescente que dedicaba horas a escuchar música. (En soledad, y sin distracciones. En los ’70 no existían los celulares ni las redes sociales.) Debe ser por eso que todavía recuerdo la letra de canciones que canté por última vez hace 40 años.
Un vinilo que se resiste a alejarse de la púa es Tea for the Tillerman, de Cat Stevens, que es de 1970. ¿Alguien se acuerda de Cat Stevens? Era muy popular por aquel entonces. En 1977 se convirtió al Islam, adoptó el nombre de Yousuf Islam y abandonó la industria musical, para dedicarse a la educación y las causas filantrópicas dentro de la comunidad musulmana. A consecuencia de ese retiro voluntario, mucha gente lo olvidó. (Recién volvió a cantar en 2006, ahora se presenta con un nombre compuesto: Yousuf/Cat Stevens.) Nunca fui un fan desmelenado, pero el tipo tenía canciones bellísimas, y Tea for the Tillerman está lleno de joyas: entre ellas Sad Lisa, Wild World y ese clásico que sigue siendo Father and Son, Padre e Hijo.

El disco se abre con una canción que también fue muy difundida, y que se llama Where Do the Children Play, ¿Dónde juegan los niños? La letra celebra el poder imaginativo de la infancia: Bueno, está muy bien / eso de construir aviones jumbo, / viajar en trenes cósmicos / y encender el verano desde una maquinita tragamonedas. / Hacé lo que quieras, si lo querés / porque vos podés conseguirlo todo. Pero sobre el final pega un giro y alerta sobre ciertos aspectos de lo que suele confundirse con la madurez: Bueno, ya rompiste el cielo / Los edificios están por todas partes / Pero vos seguirás construyendo todavía más alto / Hasta que no quede más lugar ahí arriba / ¿…Vas a decirnos cuándo vivir? / ¿Vas a decirnos cuándo morir? Y por eso se pregunta, en el estribillo, dónde habría que ir para recuperar la pureza original — o sea, dónde es que los niños siguen jugando.
La canción resonaba en mi cabeza cuando le eché un ojo al New York Times del sábado 10. Específicamente, a la entrevista a una mujer de la que nunca había oído hablar, y que detenta un cargo que no sabía que existía.
Ella es Mirjana Spoljaric, y está al frente de una organización que se llama Comité Internacional de la Cruz Roja. (Se la identifica por su sigla en inglés, ICRC). Este comité es una organización creada en 1863, “neutral, imparcial e independiente”, según se presenta en su página, cuya función es velar por los Convenios de Ginebra, y por ende se concentra en zonas afectadas por guerras en curso. Spoljaric, pues, viaja sistemáticamente a lugares como Gaza, Ucrania e Irán, donde visita a las víctimas y parlamenta tanto con representantes del Poder Ejecutivo como con facciones armadas, es decir, con todos los bandos involucrados en cada disputa.

Según la periodista del Times Lulu García-Navarro, Spoljaric no es de conceder entrevistas, por la delicada naturaleza de su oficio como diplomática. Pero aceptó hablar con ella después de la última asamblea de las Naciones Unidas, preocupada por la cantidad y complejidad de los focos bélicos que hoy existen. (De hecho, otro artículo reciente del Times se preguntaba desde el título si no estaremos ya en medio de la Tercera Guerra Mundial, sin haberlo entendido aún. Según la clasificación del ICRC, en este momento hay 130 conflictos armados, la cifra más alta desde —adivinen— la Segunda Guerra.)
El ICRC es una de las contadas organizaciones a las que el Estado de Israel todavía deja entrar en Gaza, a pesar de que Spoljaric fue clarísima en 2025, cuando declaró que lo que ocurría allí era —textualmente— “peor que el infierno en la Tierra”. “Veo niños sin padres. Veo niños sin brazos ni piernas”, dice. Y continúa así: “¿No sentís que el mundo carece de sentido cuando te enfrentás a cosas como esas? Cuando acudís a los tipos que detentan el poder y te dicen que no hay nada que puedan hacer, uno se desconcierta. Me suele pasar eso de no encontrar conexión lógica entre lo que veo y lo que oigo”.
Spoljaric es suiza, de ascendencia croata. Lo cual significa que los conflictos bélicos —en particular, los que desgarraron el territorio de la ex Yugoslavia entre 1991 y 2001— no le fueron ajenos nunca. Y antes que a ella marcaron a sus padres, sobrevivientes de la Segunda Guerra. Su padre le contó que, cuando tenía 5 años, trabajaba 12 horas al sol a cambio de un vaso de leche. Para el señor Spoljaric, recordar la infancia es recordar el hambre. La madre de Mirjana recuerda que, cada vez que moría una criatura en el barrio, pensaba lo siguiente: “Qué suerte para la familia. Una boca menos que alimentar”.
Mirjana misma se pregunta, y le pregunta a la periodista del Times: “¿Te imaginás siendo una niña, y pensando que alguien puede estar feliz de haber perdido a un hijo, porque no tenía suficiente comida para el resto de la familia?”

El horrendo dilema me retrotrajo a una historia que alguien me contó, cuando me preparaba para escribir Kamchatka. Para hacerlo bien —por si no lo saben o recuerdan, Kamchatka es una historia que transcurre en la Argentina del ‘76—, me había aplicado a investigar cómo atravesaron la dictadura las familias que eran perseguidas y vivían en la clandestinidad. No hace falta que diga ahora quién compartió la historia conmigo, porque no viene el caso. Lo único que importa es que resulta pertinente. Esta persona a la que entrevisté, que en los ‘70 era una criatura, tenía una mamá que estaba en la mira del gobierno militar. Y ella lo sabía a grandes rasgos, aunque no entendiese del todo la situación en términos políticos. Pero sí entendía algo esencial que estaba en juego. Por esa razón, cada vez que advertía que su madre estaba a punto de salir de la casa, se apresuraba a recordarle algo que le parecía innegociable: “Llevás tu pastilla de cianuro, ¿no, mamá?”
Desde entonces no he dejado de formularme una pregunta no muy diferente a la que Mirjana Spoljaric le planteó a la periodista del Times: ¿se imaginan siendo criaturas, y teniendo conciencia de que es mejor que mamá o papá se suiciden, antes de caer en manos de los milicos o de la policía? ¿Se imaginan ustedes, de niños, dirigiéndose a alguno de sus mayores y diciéndole: “Por favor, mamá, papá, si te están por agarrar, matate”?

No puede haber duda al respecto. Circunstancias como las que atravesaron los padres de Mirjana Spoljaric, la que atravesó esta sobreviviente de nuestra dictadura y las que atraviesan hoy las criaturas de Gaza, son aberrantes. No deberían existir, no admiten ser justificadas de ningún modo, ni político, ni histórico. Son estrictamente in-humanas, en tanto involucran situaciones que no deberían formar parte de la experiencia de nadie.
Si no han dejado de producirse, ya entrado el segundo cuarto del siglo XXI, es porque hay algo podrido en los cimientos de nuestra civilización. Y esa corrosión está cada vez más expuesta, a pesar de lo cual seguimos viviendo como si el edificio de la sociedad estuviese en condiciones.
Horario de (des)protección al menor
La infancia —lo sabemos— es un concepto relativamente nuevo. Durante milenios, los niños fueron humanos a medio cocer, y gracias: demasiado pequeños, demasiado débiles. Hubo culturas en las cuales se establecía que no los criase su familia, siquiera; se los dejaba al cuidado de una institución que además debía formarlos. Que muriesen antes de alcanzar la juventud era tan habitual como sacrificar ganado. Apenas se los juzgaba aptos, los incorporaban a las fuerzas de trabajo, aunque fuese en tareas menores. Los niños eran un instrumento más entre las posesiones de sus padres, como una pala o un arado. Esa fue una época que, por cierto, los Benegas Lynch de este mundo no dejan de añorar.

Así se vivió hasta el siglo XV, aproximadamente: tratando a los niños como adultos en miniatura, con ropas como las de todos pero más pequeñitas y responsabilidades acordes a su tamaño y fuerza física. A partir de la Revolución Industrial, que incrementó la demanda de trabajo barato (¿suena familiar?), la explotación de los niños como fuerza laboral se convirtió en franco abuso. Recién en 1833 la ley de Gran Bretaña conocida como Factory Act estableció protecciones y la obligatoriedad de media jornada escolar.
La caracterización de la infancia como un período que reclama especial cuidado y formación sostenida es signo de la evolución de la especie. Muy lentamente (demasiado, habría que decir), entendimos que velar por los pibes no era un capricho ni un rasgo de debilidad, y mucho menos una irresponsabilidad en términos económicos, sino una medida que denotaba empatía e inteligencia en partes iguales. Porque del modo en que se los proteje, ama y educa depende su derrotero como adultos, tanto en lo que hace a su desarrollo profesional como a su capacidad de ser felices.
Invertir en los pibes (tiempo, afecto, dinero) es lo más parecido a una apuesta segura que existe, en lo que concierne a una sociedad. Y consecuentemente, lo contrario —retacearles tiempo, afecto, condiciones socio-económicas para su formación— equivale a un rumbo suicida. Tendemos a juzgar el éxito actual de China a partir de variables que apestan a prejuicio ideológico, y en el proceso soslayamos un dato obvio: tiene más posibilidad de prosperar una sociedad con niños que no padecen necesidades materiales, que otra en la que andan jugando a la escondida con el morfi, la salud y la educación.

Esa es una de las razones por las cuales angustia esta temporada de reflujo que experimentamos en Occidente, por obra de poderes que, en su infinita voracidad, desmontan protecciones que veníamos estableciendo durante siglos. Y hoy estamos así: a pesar de los avances tecnológicos y científicos, nuestros pibes y pibas —y no digo nuestros porque sí, lo digo porque son nuestra responsabilidad como adultos, los hayamos concebido o no— están más desvalidos de lo que lo estaban a fines del siglo pasado.
Se crian en hogares con padres que no tienen tiempo ni energía que dedicarles. Se los arrumba en escuelas condenadas a funcionar como aguantaderos, antes que centros de formación. Viven con la ñata pegada al celular o la interfase tecnológica con la que cuenten y, por eso mismo, su noción de realidad y el horizonte de su imaginación dependen del input que por allí reciben. Existe gente cuyos críos son más hijos de Mark Zuckerberg —el director ejecutivo de la mega-empresa Meta, matriz de Instagram y WhatsApp— que propios.
Lo cual deja a la vista los buracos que la carcoma produjo en los cimientos de la sociedad. Es un escándalo, sinceramente. Trabajamos durante siglos para construir un sistema que velase por los más pequeños y los ayudase a desarrollar su potencial, mejorando en el proceso las perspectivas de la especie toda. Pero el capitalismo fue más fuerte, y lo que prima hoy es el interés de un puñado por encima del bienestar de las mayorías. Este es un mundo donde un poder casi omnímodo está en manos de tipos que no tienen mayor calificación, en materia humana, que su capacidad de ganar plata.

Si pasan cosas como las que les pasan a los pibes de Gaza pero también —menos extremas, pero no menos insidiosas— las que experimentan los pibes de América Latina, es porque el sistema no está hecho para responder a las necesidades de los más chicos, y por ende los más vulnerables, sino cortado a medida de los más poderosos. Como este Elon Musk que se permite gastar 300 palos verdes para incidir sobre las elecciones de medio término de los Estados Unidos —158 en Texas, nomás, donde tiene grandes intereses comerciales—, pero es incapaz de dedicar un mango a paliar el dolor de una sola persona real.
Juguemos a otra cosa
Un mundo donde puede ocurrir algo como Gaza —la pulverización sistemática de una población de civiles indefensos, o sea un genocidio—, sin que los responsables sean castigados, es un mundo donde cualquier monstruosidad es posible, sin consecuencia alguna. Netanyahu sigue siendo primer ministro de Israel, y todavía está en condiciones de ganar las próximas elecciones. “(Este tipo de líderes) Ha construido un entorno político donde la guerra se convierte en la condición que les permite seguir gobernando”, dice Spoljaric en la nota del Times, sin necesidad de hacer nombres. “Los conflictos actuales —añade— no se limitan a una situación puntual. Se están convirtiendo en sistemas (de poder)”.
No satisfechos con su impunidad, estos tipos están haciendo lo que está a su alcance para acabar con la más mínima posibilidad de que alguien los emplace a responsabilizarse por sus actos. Horas después de que se le concediese el Nobel de la Paz a Navy Pillay, ex jueza de la Corte Penal Internacional (CPI), ese sepulcro blanqueado que es Narco Rubio, secretario de Estado de Donald Trump, anunció nuevas sanciones contra la misma Corte. Ya no les alcanza con que las condenas de organismos como la CPI no impliquen consecuencias concretas para ellos. Netanyahu sigue paseándose por el mundo —esta semana anunció que podría visitar Brasil, al que calificó de “paisito”, si ganase Bolsonaro Jr.—, sin que nadie se anime a arrestarlo. Pero es obvio que se sentirían más tranquilos aún si eliminasen a la Corte Penal y las Naciones Unidas, a las que de momento sólo desfinancian.

La pregunta es: ¿tiene remedio este sistema? Una vez que lograste que la población de Occidente descrea de la política, por considerarla una herramienta inútil, y de la justicia, que sólo es ineficaz o corrupta, ¿qué queda por hacer? La gente entiende que está más indefensa de lo que estaba hace 30 años, a merced de los mega-millonarios que, además, son los dueños de la comunicación y de lo que pasa por entretenimiento. Y si los adultos están indefensos, ¿qué podemos decir de los niños? Un mayor de edad que hoy se ve forzado a vivir en la calle pero conoció circunstancias mejores, puede revertir su situación. Con un poco de suerte será un traspié, no un sistema de vida. Pero para alguien que quedó sin techo desde niño, vivir en la calle se convierte en una experiencia incapacitante, de la que difícilmente se vuelve.
Un docente de la City University de Londres que se llama Subhabrata Bobby Banerjee hablaba ya en 2008 —me lo recordó Alejandro Kaufman, involuntariamente, a través de una serie de posteos— de lo que bautizó necrocapitalismo. ¿Y qué sería el necrocapitalismo? Un sistema donde la acumulación de riqueza y capital se produce a través de la mercantilización, la desposesión, el sufrimiento, la marginación o la destrucción de la vida humana. Lo que está haciendo el Estado de Israel con Gaza y en el sur del Líbano es necrocapitalismo: vaciando territorios ajenos a bombazos y mediante coerción, para después anexarlos al propio. Lo que está haciendo Trump con América Latina es necrocapitalismo de manual: interfiriendo en las elecciones democráticas para colocar gobiernos-títere en cada país, explotar nuestras riquezas naturales como si fuesen propias —piensen en el petróleo venezolano— y compartir tecnología y labores de Inteligencia que ayuden a perseguir a los disidentes.

Está claro que hay que ponerles freno, porque nos va la vida en ello. Pero, aun si tuviésemos éxito y retrocediesen a regañadientes, aceptando nuevas regulaciones y sometiéndose a leyes de las que se creían eximidos en razón de su poder —volviendo, en suma, a límites que reconocían hasta no hace tanto—: ¿tendría sentido el esfuerzo de recauchutar, de emparchar el sistema que hicieron mierda hasta su raíz? ¿O convendría más canalizar la energía en limpiar las ruinas y colocar cimientos nuevos, encima de los cuales construir otra cosa, muy diferente?
Mi intuición es que la totalidad de Occidente se argentinizó en el peor de los sentidos, esto es: cayendo en una rutina mortífera que alterna veinte años de razonable prosperidad, con veinte años de destrucción total de todo lo obtenido, con otros veinte de acarrear nuevamente la piedra hacia arriba a lo Sísifo, para que sobrevengan otros veinte de derrumbe, y así. Cuando esa rutina se convierte en un sistema del que no lográs zafar y salir, estás frito. Si lo sabremos nosotros...
Es obvio que hay que retornar a algunos consensos básicos. “Todo lo que está escrito en las Convenios de Ginebra —dice Spoljaric, en relación a los cuatro tratados internacionales adoptados en 1949, junto con tres protocolos adicionales, que forman la base del derecho internacional humanitario—, sigue siendo tan válido hoy como entonces. Si hubiese que reescribirlos, nos encontraríamos con los mismos principios, porque son tan intuitivos como lógicos. En cualquier sociedad, religión, cultura, nadie puede pretender que está bien torturar a un niño”.
Pero en la realidad cotidiana del mundo actual, toleramos que se mate y torture a millones de críos —a bombazos, de hambre, de enfermedades no tratadas, y hasta por su propia mano—, sin que haya a la vista referí alguno que cumpla con el reglamento, saque la roja y expulse a los violentos del juego, ante el beneplácito de la popular.
La formación académica de Spoljaric —primera mujer en dirigir el ICRC en 160 años, algo significativo— es de cuño filosófico, pero aun a pesar de eso se siente tan perpleja y falta de explicaciones como muchos de nosotros. “Me niego a creer que los humanos somos esencialmente malos”, dice. “Somos buena gente, queremos vivir con los que amamos, queremos tener hijos que prosperen, queremos ser capaces de construir una casa y saber que nuestros nietos estarán mejor que nosotros. Esa es una motivación humana normal. No estamos motivados para vivir entre ruinas. ¿Cómo puede ser, entonces?”

Puede ser, me digo yo, porque permitimos en simultáneo que se le bajara el precio a ciertos valores que creíamos indiscutibles —aquel de la vida, para empezar—, mientras consentíamos que el dinero aumentase su cotización, hasta convertirse en el único valor del mercado. Hasta no hace tanto en términos de la historia humana, el dinero servía esencialmente para comprar casa, servicios y alimentos. Después se dedicó el excedente a comprar placeres. Y entonces comenzó la acelereta, y el dinero empezó a comprar también voluntades ajenas, territorios ajenos (provincias enteras, como cacarea nuestro Canciller), poder e impunidad totales. Hoy en día, tener mucho dinero significa la oportunidad de hacer cualquier cosa —y cuando digo cualquier cosa, me refiero a lo más aberrante que se les ocurra: masacrar niños, por ejemplo—, sin sufrir represalia alguna.
¿Es este el sistema que deseamos defender y perpetuar? ¿O no sería conveniente, dado lo jodida que ya está la cosa, pensar nuevamente en términos utópicos, e imaginar las severas correcciones de rumbo que necesitamos — de ser posible, antes de que los mega-millonarios destruyan el planeta por completo, cosa que hoy está a su alcance?
No dejemos que la palabra utopía nos asuste. Porque hoy utopía no es una expresión que se refiera a sueños delirantes y proyectos imposibles. En la actualidad forman parte del pensamiento utópico los deseos más moderados, que hasta ayer considerábamos lógicos y asequibles. Por ejemplo, el de garantizar a los niños la posibilidad de ser niños, lo cual incluye, entre otras cosas, margen para jugar donde y como corresponde. (Lo cual también ameritará una corrección de rumbo grossa. En la actualidad, el 90% de los juegos en formato digital que enganchan a nuestros pibes consisten en matar, cada vez más y con mayor eficacia. Antes que jugar, los pibes de hoy se entrenan. Los están formando para que sirvan como soldaditos desde temprano, como en la Antigüedad y la Edad Media. Va a haber que reeducarlos, hasta que entiendan que jugar de verdad es otra cosa.)

“Cuando hablo con mis hijos —dice Spoljaric—, me doy cuenta de que la paz no es algo totalmente ajeno y ausente para ellos. Así es como imaginan su futuro. Y creo que debemos escucharlos. Hay que empezar a alejarse del foco obsesivo sobre las armas, los sistemas de agresión, las tecnologías de defensa. Y al mismo tiempo hay que recrear una narrativa positiva respecto de la humanidad, la paz, la posibilidad de encuentro con los otros, de trabajar juntos, de vivir juntos. Tenemos que volver a reconocer que lo que nos sostiene y une es esa conciencia que llamamos humanidad. Algo que es prioritario defender hoy, porque estamos degradando prácticamente todo”.
Recrear una narrativa supone contarnos una nueva historia. Esa es la tarea a la que deberíamos estar abocados: imaginar otro futuro, uno distinto al que pinta en el horizonte, donde los niños sigan siendo niños y ninguno de nosotros, incluyendo a los grandes, pierda noción de lo importante que es jugar de verdad y atravesar esta existencia con una sonrisa en los labios.
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