Museos del exterminio

La exhibición triunfalista del genocidio en los cuarteles

Guerrilleros en cera, a metros de los centros clandestinos que la dictadura negaba.

 

Buenos Aires, octubre de 1985. “Por primera vez en la historia, durante un gobierno democrático, se enjuicia por crímenes de lesa humanidad a las juntas militares que usurparon el poder y aterrorizaron al país”, anuncia en una de sus placas de apertura el documental Museo de la subversión, dirigido por Francisco D'Eufemia. Un grupo de periodistas extranjeros, que cubrían esas audiencias, decidieron en sus tiempos muertos visitar el Museo de la Subversión, como la dictadura había llamado a su siniestra creación pedagógica que escondía botines de guerra en diversos puntos del país. Fue una tarde en los cuarteles de Palermo, con visita guiada y exclusiva. “Es material en bruto, lo mostramos como se registró en cámara”, dice la voz en off de la actriz Belén Blanco, y entonces se ve la grabación casera, algo borrosa y granulada, de unos maniquíes con armas largas en la mano, pasamontañas, boinas y gorras al estilo del Che, con banderas de fondo: “Montoneros o muerte” o “Patria socialista”. La sensación es la de estar en un antiguo y desagradable museo de cera descubierto por un curioso, evocando largos pasillos con figuras fantasmagóricas que irrumpen de improviso.

Cuadro a cuadro, y a partir del hallazgo del material inédito de aquella visita de los periodistas extranjeros, el documental entra en un universo desconocido por el gran público: la red de museos que los militares fundaron para conmemorar lo que llamaron “victoria contra la subversión” sobre militantes, disidentes y guerrilleros. La crudeza de las imágenes se acompaña no sólo de la voz en off de Belén Blanco sino de pequeños y reveladores aportes de Pablo Llonto, Mariana Sirimarco, Rafael Calviño, Alejo Ponce de León, Yanina Toledo y Julia Risler, los cuales ponen el foco en la construcción discursiva que la dictadura hizo sobre la represión ilegal.

El primer “Museo de la Subversión” se inauguró en 1978, en Buenos Aires. El segundo en Córdoba, en 1980. Y hubo más por otras provincias, pero ninguno sobrevivió largo tiempo. Caído el gobierno de facto, fueron presa de una destrucción y un olvido programados, desmantelados y hasta negados. El que encontraron los periodistas extranjeros, en Palermo, era uno de los pocos que todavía permanecía en pie a mediados de los ‘80, y el de Campo de Mayo se cerró definitivamente en 1994. Como se explica paulatinamente en el film, mientras el espectador vive la experiencia de entrar a un clima enrarecido en un túnel del tiempo, los museos formaban parte de las operaciones psicológicas del Proceso bajo un doble objetivo: hacerle creer al pueblo que se libraba una “guerra santa” contra lo que denunciaban como la “infiltración marxista” y, a su vez, generar cohesión en la propia tropa.

 

 

El ideólogo de los museos había sido ni más ni menos que Antonio Domingo Bussi, quien evocaba la épica del Operativo Independencia en Tucumán como la gesta triunfal inicial contra la subversión, en el preludio del golpe. La investigadora Mariana Sirimarco explica que los museos tuvieron relación directa con la represión ilegal: funcionaban en predios de los Comandos del Ejército que albergaban también a centros clandestinos de detención, como el de La Perla en Córdoba. De un lado el museo, del otro la represión. “Por un lado, lo que se empeñaban en hacer conocer, ya que los museos eran visitados hasta por contingentes escolares; por otro, lo que se esforzaban en negar. Lugares formalmente distintos, pero semánticamente conexos, habitando lógicas que podían presentarse como aisladas aunque dialogaban entre sí en un espacio unificado”, dice Sirimarco. El museo como punta del iceberg del centro clandestino.

En la imaginación desatada del régimen, se dividía a los museos por partes: “Sector Montoneros”, “Sector ERP”, y así a lo largo de carteles que explicaban ciertos detalles: “BDT-Montoneros. Estandartes, insignias, armamento y equipos utilizados en la lucha urbana”. Los líderes de las guerrillas, en rigor, tenían un lugar destacado. Madera y bronce: Mario Santucho, Roberto Quieto, Mario Firmenich, Rodolfo Galimberti. “La construcción de un enemigo fuerte y peligroso era clave para sostener el discurso represivo”, dice la voz en off. Había reconstrucciones de “cárceles del pueblo” tanto como de atentados a sedes policiales o a empresarios como Francisco Soldati. Todo bajo una estética sensacionalista, entre escombros, pintura roja y muñecos desmembrados.

En un fragmento del documental, los periodistas extranjeros indagan a los guías del museo sobre el juicio a las juntas y obtienen rechazo e indiferencia. Estos les sugieren entrevistar a sus superiores, se piden los permisos burocráticos pero las entrevistas nunca se hacen. La inventiva del museo no deja de sorprender: hay otra parte conocida como “facciones”, con cabezas de cera que expresaban los cambios de fisonomía de los militantes. Nadie supo el destino de las colecciones de los museos. Los interrogantes abren paso a la especulación. ¿Se habrán quemado? ¿Se habrán vendido? ¿Los tendrá algún coleccionista?

Habían exhibidos mapas, organigramas, planos. Las granadas y las imprentas en un mismo estante, los libros y las armas en un sector contiguo. Algunas prendas de los maniquíes parecen falsas, otras verdaderas. Se hacían inventarios y clasificaciones, como el ítem “delincuentes terroristas”. En octubre de 1980, Jorge Rafael Videla visitó Córdoba y pasó por el Museo de la Subversión. El fotógrafo Rafael Calviño lo cubrió para la revista Gente. En una de las imágenes, Videla mira en calma los “asesinatos selectivos” junto a Bussi. A su lado, un maniquí vestido del Che Guevara, tan bizarro como fatídico.

 

Foto: Rafael Calviño.

 

“La Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez fue uno de los primeros subversivos”, se lee en una placa, y otra sugiere: “Instrucción de lucha contra elementos subversivos”. Se exponían ante el público los manuales militares que daban indicaciones de cómo cortar una calle, de cómo cercar una zona. O cómo asaltar una casa. Así, sin miramientos. La prédica oficial era directa: “Recuerdo de presencia, coraje y martirologio. Este museo perpetuará la victoria sobre el enemigo apátrida y traidor. Y para que no se olvide jamás, quede en Campo de Mayo la prueba de su escarmiento. Sí, este museo se hizo para no olvidar. Aquí vienen los niños de los colegios para saber cómo fue esa guerra”.

Junto a un vidrio de exhibición, las siguientes palabras: “Mochila color arena, tipo militar, con un paquete de fideos y otro de arroz, dos paquetes de polenta, una bolsa de azúcar, una sartén, otra bolsa de yerba”. Pablo Llonto argumenta: “Los museos mostraban, por un lado, el componente militar de las organizaciones bajo el impacto de ‘este es el enemigo de esta guerra y acá están sus elementos de combate’. Y otra parte apuntaba a registrar lo intelectual, sus imprentas, sus revistas, sus músicas, sus panfletos. Hubo objetos de los museos que provenían de los saqueos y los allanamientos policiales, parte de los miles de secuestros ilegales que organizaron los grupos de tareas”. En ese sentido, circulaba un documento militar de la época con propósito archivístico: “Se invita a los comandos, organismos, unidades y personal del Ejército que tengan elementos relacionados con las operaciones contra la subversión a remitirlos al Comando de Institutos Militares para su custodia”.

Lo que se secuestraba se convertía rápidamente en exhibición. Se armaba la escenografía. Patentes adulteradas de autos, maniquíes como cadáveres. En un museo, se oye un discurso de Fidel Castro defendiendo la lucha armada. Banderines, armas de todo tipo y calibre, fotografías de la Unión Soviética. Una placa reza: “ERP. Estandartes, insignias, armamento y equipo utilizados en la lucha en la selva”. Y otra: “Una bomba lanzapanfletos y una bomba común de tiempo. Las fabricaban en arsenales clandestinos a cargo de técnicos en explosivos”. Se buscaba una carga testimonial potente, el relato de un Estado dictatorial cargado de engaños, manipulaciones y todo tipo de artilugios. “Conseguir que el espectador no se llevara tanto un tipo de información como la experiencia de una emoción. Esa impresión de que la violencia era monopolizada por la guerrilla, y que las armas, si no estaban en manos de las fuerzas militares, era políticamente peligrosas”, opina Alejo Ponce de León.

En otra escena del documental se dice que “detrás de toda exhibición, hay un exterminio y también un saqueo”. El diseño de una estrategia represiva vinculada a los asesinatos, torturas, desapariciones y enfrentamientos fraguados. Y otra estrategia hacia una dimensión “productiva”, marcada en regular, conducir y regir actitudes, comportamientos y valores de la sociedad en general. “En esa tarea de influenciar las subjetividades y los esquemas de percepción, los museos de la subversión funcionaron como uno de los tantos engranajes de la narrativa del horror”, enfatiza la investigadora Julia Risler.

En aquel tiempo ciertamente luminoso de los ‘80, con la vuelta de la democracia y los jerarcas militares en el banquillo como nunca antes, los vestigios de los años oscuros seguían de pie.

 

 

 

El documental podrá verse en las funciones programadas en la Sala Lugones, Av. Corrientes 1530, piso 10, ciudad de Buenos Aires:
Jueves 5, viernes 6 y sábado 7 de noviembre a las 21.
Domingo 8 y jueves 12 de noviembre a las 18.
Viernes 13 de noviembre a las 15.
Martes 17 de noviembre a las 21.

 

 

 

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