La calesita judicial

La justicia argentina parece una reescritura kafkiana

Ilustración: Kalondi.

 

La trastienda judicial es una investigación de Fernando Gauna Alsina basada en un estudio de caso sobre los juicios que le tocó vivir a un padre (Juan Carlos Aguirre) y un hijo (Juan Manuel Aguirre Taborda) por la muerte violenta de la pareja de Juan Carlos (la bioquímica Ana Zerdán), ocurrida en la ciudad de Cipolletti en septiembre de 1999. El primer juicio comenzó el 6 de febrero de 2008 y finalizó el 13 de mayo. El segundo tuvo lugar en 2016. Durante esos largos dieciocho años, ambos acusados estuvieron encarcelados en diferentes momentos del proceso por un período de tres años, se llevaron a cabo dos juicios orales con veredicto absolutorio hasta que, en agosto de 2017, el Superior Tribunal de Justicia de Río Negro ratificó la segunda absolución por el beneficio de la duda. Una acusación que se sostuvo en los rumores recogidos por los fiscales, en una huella digital encontrada en el baño que después resultó no ser del acusado y un juego de llaves del auto de la bioquímica en posesión de Juan Manuel. No había nada, salvo un relato construido con prejuicios y mucha impericia. No tenían nada, salvo la gimnasia de estirar un procedimiento lo más que se pueda, cueste lo que cueste, es decir, llevándose puestas las garantías constitucionales de las personas imputadas.

El caso se inscribe en una larga serie que incluye a Fernando Carrera, Carlos Carrascosa, Jorge González Nievas, Cristina Vázquez, Facundo y Marcelo Macarrón, para nombrar solo algunos de los más conocidos. En todos ellos las personas se midieron con una justicia que avanzó en cámara lenta, haciendo mucho fulbito para la hinchada.

La investigación de Gauna Alsina está hecha con una metodología que conocemos como “investigación acción participación”, es decir, no se trata de leer expedientes, observar las audiencias y entrevistar a algunos de los protagonistas, sino de participar en la investigación que estaba llevándose a cabo. Esto es así porque Gauna Alsina estuvo presente durante el segundo juicio como militante de la Asociación Pensamiento Penal (APP) a través de un amicus curiae presentado por la organización para ofrecer al tribunal una opinión sobre el caso.

 

 

El Lado B de la justicia: cruzar los dedos

Solemos pensar la justicia como un bloque, un aparato homogéneo, unidimensional. Sin embargo, cuando abordamos la administración de justicia con las vivencias de sus operadores nos damos cuenta que la justicia no está exenta de luchas invisibles y cotidianas. Los jueces no tienen la misma biblioteca en sus despachos, por tanto, no escriben las mismas sentencias. Y lo mismos se puede decir de fiscales y defensores. Estos no trabajan con el mismo celo, la misma sensibilidad y compromiso, no invierten la misma cantidad de tiempo y dedicación. Cuando se piensa la gestión judicial desde adentro, puede decirse que la justicia no siempre será la misma, que la resolución de un caso dependerá también del azar, del juzgado donde haya caído la causa.

Ahora bien, el destino que corrieron casos como el que cuenta Gauna Alsina en el libro La trastienda judicial provoca indignación y por momentos hasta odio. Es imposible evitar la bronca o la rabia. Después uno recuerda amigos y conocidos jueces, fiscales y defensores, le pone rostros al aparato, y entonces recobra la prudencia y las cosas se vuelven contradictorias. Pero ¿qué sucedería si el capital social que tenemos fuera otro? ¿Qué le sucede a la gente que no le puede poner un rostro a la justicia?

Por suerte existen libros como el que estamos reseñando y podemos desactivar el odio y evitar convertirnos en personas horribles como todas aquellas que fueron alcanzadas por el resentimiento.

 

Condiciones de posibilidad y cultura organizacional

Lo que aquí se cuenta y analiza no toma desprevenido a ningún lector de Kafka. De hecho, es como estar leyendo otra vez El Proceso, porque convengamos que la justicia argentina, además de ser profundamente antidemocrática, parece una reescritura kafkiana. Cuando digo “kafkiana” hablo de una justicia gris, opaca, hermética, perezosa y aburrida, discrecional, ininteligible, ritualista y arribista, pedante o soberbia, ignorante y anti-intelectual, tilinga o clasista. De hecho, cuando miramos los laberintos de la justicia con el libro de Gauna Alsina podemos certificar la vigencia que tienen las tesis que Kafka escribió hace un siglo. En efecto, Fernando corrobora que la justicia es algo absurdo, contrario al sentido común, por lo menos para el resto de los mortales que no están comprometidos con estas instituciones y miran desde la popular. Pero cuando se piensa la justicia con sus costumbres en común, todo adquiere otro sentido, se vuelve súper lógico y coherente.

La pregunta que se hace Gauna Alsina es la siguiente: ¿Dónde se dirime la justicia?, esto es, ¿dónde se construye la culpabilidad o la inocencia en la justicia penal? Sabemos que en las últimas décadas la justicia ha perdido el monopolio de la verdad, una tarea que ahora comparte –mal que les pese a sus operadores– con el periodismo televisivo. Por lo menos en aquellos casos que ganaron la tapa de los diarios, que llegaron hasta los zócalos de la televisión. Sin embargo, la realidad resulta ser muy distinta en la mayoría de los casos que se tramitan lejos de la opinión pública.

Detrás de la justicia hay otra justicia, es decir, detrás de toda aquella coreografía circular y el vestuario vetusto pero ostentoso, están las condiciones de posibilidad; detrás del espectáculo que alguna vez Blaise Pascal analizó con ironía y precisión, se esconden otras prácticas donde las cosas adquieren ese-otro-sentido. La justicia tiene su lado B hecha de inercias institucionales y redes de relaciones.

Por un lado, los vínculos personales promueven instancias de cooperación, demandas de solidaridad donde entran en juego los rangos, los estatus y la jerarquía, los favores y obligaciones mutuas. Pero también el espíritu de autopreservación, porque los operadores judiciales suelen mantener las acusaciones o dictar condenas para evitar la exposición pública que puede costarles instancias disciplinarias y derivar en su remoción. Es raro, acá la cooperación se confunde con la obsecuencia y el temor. Fernando la llamó fair play, juego limpio: los planteos de la defensa no pueden sorprender e incomodar a su señoría, tampoco a la procuración. Pertenecer a la familia judicial implica guardar las formas, pero también no jugar en posición adelantada. Porque, como se encarga de aclararnos el autor, la carrera judicial está siempre por encima de la administración de justicia y la búsqueda de la verdad. Y, como dice el refrán, entre bomberos no se pisan la manguera.

Detrás de las soporíferas escenas públicas que organizan el ballet judicial, de toda esa mímica judicial que recuerda a una fiesta de casamientos con toda su hipocresía, pompa y banalidad, están las bambalinas. Dicho de otra manera: detrás del discurso hay un doble discurso donde se cuecen la prisión preventiva y las sentencias. Pero que nadie se confunda: la cocina judicial no está hecha solamente de contubernios, de causas que se compran y se venden, sino de rutinas e inercias.

Stuart Mill llamó a estas condiciones “la tiranía de la costumbre”. Los protagonistas son objeto de inercias institucionales que preservan las cosas como son. La justicia es una institución tomada por las estatuas. Gauna Alsina lo dice con Howard Becker: el poder de las inercias pone de relieve que los acuerdos sociales no cambian todo el tiempo. Que las instituciones están hechas para durar, tienden a ser estables. Por eso sus actores deciden hacer las cosas como se han hecho hasta ahora y como siguen haciendo casi todos, porque cualquier intento de innovación tiene costos altísimos. A la justicia no le gustan los excéntricos, esto es, está mal visto que los actores se salgan de su rol, no sigan la partitura burocrática, no respeten los formalismos y su dogma.

Además, como nos cuenta el autor, los operadores judiciales suelen enamorarse de las versiones que pergeñaron, y estas tienden a volverse inamovibles. Los jueces y fiscales se sienten infalibles. Los lazos de solidaridad los lleva a actuar en bloque. No hay VAR que puede retrotraer las jugadas y revisar las decisiones. Siempre encontrarán un subterfugio para que las cosas sigan agarradas a su cuerda.

Y digo “cuerda” y señalo otra de las marcas registradas de la justicia local que Gauna Alsina destaca: el fetichismo del expediente, la centralidad del expediente, la resistencia del expediente judicial. La burocracia ama el papel y los juristas se convierten en los cartoneros del Estado. Toda la justicia gira en torno a una jerga pensada para ser escrita. Nadie habla como se escribe en los expedientes. A no ser que uno quiera pasar por un perfecto idiota. Hablamos de una escritura decimonónica reproducida para encriptar a la justicia de cara al resto de la sociedad, para que nadie se entrometa en sus asuntos y entienda la trastienda judicial. La escritura es la llave para guardar el secreto que administran sus privilegiados actores.

Un procedimiento tomado por una lengua llena de clisés o “frases vacías y carentes de sentido” que no solo tienen la capacidad de descontextualizar los hechos sino de expropiar las emociones, de freezar los acontecimientos y deshumanizar a los actores, hasta convertir en letra muerta cualquier garantía procesal. Si uno quiere saber más o menos de qué va la cosa, lo que allí se escribe, deberá contar con los servicios de un traductor y lobista que conocemos con el nombre de abogado.

 

Hacer la plancha y desconfianza social

Si detrás de una ley hay una interpretación de la ley, esta se juega en la trastienda judicial. Cuando Fernando Gauna Alsina habla de la trastienda no está apostando a una interpretación conspirativa de la justicia, sino más bien durkheminiana. Me explico, los jueces son objetos de modos de actuar, de hablar y sentir que no eligieron, y ejercen una presión para que adecuen las palabras a las cosas, es decir, para reproducir papeles que llegan con cada rol. Prácticas que no eligieron, como hacer la plancha; que no eligieron pero optan por reproducir al tiempo que se autopostulan como la medida de todas las cosas, para luego ponerse por encima de la realidad.

El lenguaje y sus prácticas actúan sobre el mundo a pesar de su incapacidad de representarlo, debilitando la realidad, poniendo la verdad más allá de la realidad.

No es casual que los tribunales del Estado se hayan ido ganando la desconfianza de la ciudadanía hasta perder su autoridad y legitimidad, no es fortuito que la justicia sea la institución que más desconfianza genera, la menos creíble, en este país. Una justicia, como señala el investigador Ezequiel Kostenwein, cada vez más desconectada de los reclamos de la ciudadanía, enredada en disputas corporativas. De allí que sus decisiones sean experimentadas como injustas y arbitrarias. Está visto que la crisis de representación no es patrimonio de la política. Si hay una institución abroquelada en sus privilegios, tapada de actividades muy “poco gloriosas” esa es la justicia.

Termino con Kafka, pues como ya se dijo, las vinculaciones son inevitables. Se preguntaba el Señor K.: ¿Y cuál es el sentido de esta organización? “Consiste en arrestar a personas inocentes e instruir contra ellos un procedimiento judicial carente de sentido, y la mayoría de las veces, carente de resultado”. Frente a ello, recomendaba Kafka: “¡Lo único que cabe hacer es no llamar la atención! ¡Comportarse con tranquilidad, incluso cuando a uno le vaya en contra de sus ideas! Intentar comprender que este gran organismo judicial, en cierto modo permanece eternamente en suspenso y que si uno cambia algo en su puesto por cuenta propia se está quitando a sí mismo el suelo bajo sus pies e incluso puede sufrir una caída”.

Para decirlo con las palabras de Juan Manuel Aguirre Taboada, en la declaración indagatoria del segundo juicio, recogidas por Gauna Alsina: “Llevo 17 años en esto (…) Yo viví este juicio más allá de lo que se dice, llegue con 24 años y hoy tengo 40. Fue un juicio muy largo, y estuve preso. (…) Quiero seguir adelante, escribo, leo, tengo una librería, tengo una huerta. Quiero vivir, nada más, no hay nada más atrás de ello. Quería a Ana, rescatábamos perros con ella. Ella me hacía estudiar. Me truncaron a los 24 años. Simplemente vivo de la mejor manera que puedo, ya pasé por el proceso, escuché cuando me declararon inocente, fue real, entiendo los puntos jurídicos, pero ya está (…) Nunca más me devolverán lo que me quitaron. Quiero paz, nada más, vivir. (…) Estoy cansado, nadie me va a escuchar a mí, soy el acusado. Me estoy poniendo grande, quiero correr por la playa con mis perros, pedalear, nada más”.

 

* Esteban Rodríguez Alzueta es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de sociología del delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil, Prudencialismo: el gobierno de la prevención; y Desarmar al pibe chorro.

 

 

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