Brasil oxigena al mundo

De la victoria de Lula a la contraofensiva popular global

 

Tras el revés en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva logró obtener diez millones de votos más para ganar la segunda vuelta con una diferencia de cuatro millones sobre la coalición de derecha y ultraderecha bolsonarista. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado y golpista Jair Bolsonaro, había mantenido una cómoda ventaja sobre el Presidente Lula durante toda la campaña, hasta la primera vuelta. Fue confirmada la manipulación de las Big Tech al no permitir la creación gráfica de Lula en WhatsApp, impulsar las publicaciones de Bolsonaro y atrasar o bloquear los intentos del Partido de los Trabajadores (PT). Sobraron dudas sobre la imparcialidad del Tribunal Supremo Electoral, presidido por un juez de la Supremo Tribunal Federal declarado bolsonarista. La ultraderecha también contaba con el apoyo externo del Presidente Trump, quien necesitaba la joya de la corona sudamericana para consolidar el Escudo de las Américas, que, más que un escudo, es una pinza lista para cerrarse sobre aquellos países que no se sometan a su imperio en el continente. En el centro del interés de Estados Unidos por tener un gobierno sumiso se encuentran las importantes reservas de tierras raras en territorio brasileño, fundamentales para garantizar la libertad de acción estratégica de discutir, desde la hegemonía continental, el rediseño del sistema internacional con las potencias emergentes en un sistema de esferas de poder. Pero el hechizo se volvió el hechicero. La injerencia de Estados Unidos en el proceso electoral brasileño se convirtió en una nueva arma en manos de los demócratas para ganar las elecciones de mitad de mandato y, con la ola azul, obtener el control de la Cámara de Diputados y también del Senado.

Es necesario retroceder un poco en el tiempo para contextualizar etiológicamente estos rotundos éxitos. Existe un fenómeno sociopolítico que ha acechado a Latinoamérica como un fantasma en las últimas décadas y que debe ser destacado, analizado y discutido para comprender lo que está sucediendo en Brasil y en buena parte del mundo. El movimiento popular, históricamente dueño de las calles como su máxima expresión política, se ha vuelto complaciente con los gobiernos que ayudó a llevar al poder, con una sensación de “deber cumplido”. Creyendo en la democracia y confiando en que esos gobiernos satisfarían sus justas demandas, guardaron sus banderas y abandonaron las calles. Hay que reconocer que hubo avances sociales y algunas demandas fueron atendidas, lo que llevó a muchos a creer que la historia era ahora irreversible. Pero pocas cosas, aparte de la muerte, son irreversibles, y las relaciones de poder entre clases constituyen un campo de batalla eternamente ígneo, donde quienes duermen pierden.

El tiempo transcurre implacablemente y, aunque no haya votado, la abstracción del “mercado”, que irónicamente responde a pocos nombres y apellidos, se ha apropiado de la objetividad de los indicadores económicos y ha impuesto la matriz neoliberal frente a estos gobiernos populares, apoyada por los medios de comunicación corporativos. Los vientos neoliberales regresaron destruyendo la cooperación regional y debilitando las estructuras institucionales y sociales que aún no se habían consolidado. Las clases medias que surgieron con los gobiernos populares, sumidas en una amnesia social, crecieron aspirando ideológicamente a las clases altas y mirando con aprensión a la clase a la que temporalmente habían dejado de pertenecer. Emulando a las clases altas, comenzaron a desacreditar a los gobiernos que posibilitaron su acenso social. Las clases pobres se volvieron aún más pobres y desorientadas ideológicamente.

El marketing político sustituyó gradualmente a la doctrina partidaria y los líderes políticos, forjados en las luchas estudiantiles, partidarias o sindicales, fueron desplazados por emergentes figuras histriónicas, mediáticas y sensacionalistas. Así, los partidos políticos se fueron disolviendo en convenientes agrupaciones electorales en torno de aquellas figuras, con el único objetivo de ganar elecciones, tomar el poder y repartir prebendas. La priorización del mercado en las decisiones políticas fue desmantelando el Estado de bienestar, dejando a la mayor parte de la población desamparada. Desilusionada con una democracia que no consiguió satisfacer sus justas demandas y sin expectativas respecto a los partidos políticos que prometían mejorar sus vidas, el movimiento popular se ha desorganizado y desvanecido, abandonando las calles y dejando el uso político de las redes sociales en manos de la extrema derecha.

Sin embargo, la situación económica que hace que los empleos sean más precarios, aumente la desocupación, las clases medias se empobrezcan y arrastren a los pobres a la miseria, también provoca oleadas de indignación. Frustradas con la democracia y sin expectativas respecto a los partidos políticos, las sociedades de América Latina pero también de gran parte de Europa y Asia vuelven a plantear sus demandas en las calles, aunque sin perspectivas políticas y desorientadas ideológicamente.

En Latinoamérica, aprovechando el declive del movimiento popular, el Imperio extendió sus tentáculos para financiar, organizar y agitar organizaciones sociales que desestabilizaban regímenes democráticamente elegidos. Con mensajes simplistas, adaptados al vertiginoso ritmo que las tecnologías de la comunicación imponían al discurso político, la ultraderecha logró construir narrativas organizadas en átomos sintácticos (un problema, una causa-enemigo, una solución fácil: eliminar al enemigo) que requerían menos de un minuto de atención para alcanzar su objetivo. Difundieron desinformación y odio, llegando a las mentes y, sobre todo, a los corazones de sociedades desconcertadas. La ultraderecha había salido a la luz y, sin pudor alguno, se apoderó de todo, desde las redes sociales hasta las calles, orgullosa de su ignorancia, brutalidad e inhumanidad. Los movimientos populares, que siempre habían dominado las calles, retrocedieron, avergonzados por los fracasos de la democracia y traicionados por los partidos políticos que no habían satisfecho demandas sociales largamente postergadas. Manipuladas en su percepción por la acción insidiosa de la aplicación del algoritmo, las clases medias recién surgidas, elevadas a este estatus por gobiernos populares y en declive económico debido a los castigos neoliberales, salieron a las calles en una muestra de participación sin precedentes. Activadas en su individualidad por el algoritmo específico, ocuparon las calles, no como una masa con alma, como diría Byung-Chul Han, sino como enjambres, exhalando un odio ultraderechista que se creía enterrado. Así, por ejemplo, orquestaron el golpe de Estado en Brasil que derrocó injustamente a la Presidenta democráticamente electa Dilma Rousseff.

Esto subraya la importancia de las elecciones presidenciales en Brasil en un momento histórico en el que la ultraderecha internacional domina cibernéticamente las redes sociales para moldear percepciones y anticipar comportamientos que la favorezcan. La mayoría de los movimientos sociales, que ocuparon caóticamente las calles del mundo, vieron en la elección del Presidente Lula la posibilidad de asestar un revés a Trump, así como una oposición pacífica a los intereses estadounidenses y un freno decisivo a la organización de la ultraderecha internacional. Si el ultraderechista Flávio Bolsonaro hubiera ganado las elecciones, Brasil se habría convertido en el punto arquimédico para la palanca estratégica de la ultraderecha internacional. Pero entre la primera vuelta, en la que Bolsonaro obtuvo clara ventaja sobre Lula, y la segunda, desde el momento en que se encendió la alarma, la sociedad brasileña comenzó a considerar las implicaciones de esta victoria para el empleo, las pensiones, la educación, la ciencia y la tecnología, la democracia y la soberanía nacional, y cundió el pánico. El resultado de la primera vuelta fue el inicio de la contraofensiva democrática y popular contra el fascismo.

 

El Presidente con su estratega digital André Janones, creador del “Ejército de Lula”.

 

Coordinado en lo que se denominó el “Ejército de Lula”, con órdenes claras y unificadoras para las publicaciones en redes sociales, el movimiento popular comenzó a utilizar el algoritmo, creado en contra de las fuerzas democráticas, en su propio beneficio. Millones de personas se adueñaron de las redes, replicando memes, videos, explicaciones y aclaraciones que ocuparon el espacio previamente dominado por las publicaciones y noticias falsas de la ultraderecha. Con mensajes entusiastas, lograron movilizar a la sociedad para recuperar las calles mediante llamamientos coordinados a la acción, demostrando la existencia del vínculo causal entre la virtualidad de las redes y la materialidad de las manifestaciones callejeras. Así, llenaron las ciudades con millones de jóvenes y mayores, enérgicos, pacíficos y alegres, seguros de la victoria, con los dedos índices y pulgares formando la letra L de Lula. Los memes, vídeos, fotos y mensajes se difundieron por las redes más allá de las fronteras, apoderándose de todas las manifestaciones alrededor del mundo, incluso, irónicamente, de las de los votantes estadounidenses que, en silencio, derrotaron a Trump y dieron una cómoda victoria a los demócratas tanto en ambas cámaras.

Aquellos movimientos europeos, que expresaron su justa indignación en las calles de España, Italia, Francia y Serbia, vieron en el caso brasileño una luz que los guiaba, una orientación, pero sobre todo, vislumbraron que quienes llenaban las calles de las principales ciudades brasileñas habían logrado algo que pocos creían posible. Consiguieron movilizar diez millones de votos más que en la primera vuelta, superando en más de cuatro millones la diferencia con respecto al candidato de extrema derecha derrotado. La L de Lula se convirtió en la L de Lucha, la L de Libertad para los movimientos sociales. Lula se proyectó como una luz que iluminaba al mundo con el brillo de la esperanza y el Brasil como símbolo de resistencia al fascismo.

El mundo respiró aliviado al saber que el fascismo podía ser derrotado una vez más, llevándose consigo la tóxica injerencia de las grandes tecnológicas que compromete la plena y libre expresión de la voluntad popular. Hoy, los movimientos populares que sacuden las capitales del mundo se sienten más empoderados; la experiencia ha demostrado que la lucha es dura, pero saben que no están solos. Brasil ha demostrado que el camino de la insurgencia consiste en organizar, guiar y movilizar al sector popular de la sociedad en línea para tomar las calles. La organización de la contraofensiva popular internacional comenzó en Brasil, demostrando que la victoria es posible y que se fortalece con la cooperación internacional.

 

 

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