DE la VALUACIÓN

O se tiene precio, sugería Kant, o se tiene dignidad

 

“Es lo que vale”, dijo Macri confirmando sin pensarlo una vez, lo confirmado por Iguacel en su crucigrama de preguntas sin respuestas. Hablaban del gas. No el de los globos amarillos sino el del cocinar, el agua caliente y la calefacción. O sea: no el de los festejos de catarsis eufóricas y obnubilantes, sino el de las comidas, el estar limpios y no pasar frío. Mientras, los cada vez más que menos tienen, mascullaban bronca, tristeza o desesperación (la vía directa para el pago del aumento retroactivo compensatorio de las empresas sería cancelada pero el pago sería indirecto por el Tesoro).

 

Salió la nueva ley

En la escuela secundaria estudiábamos las cuatro propiedades de un gas y sus tres leyes. Ahora se propuso una “nueva propiedad” en el marco de una Ley del gas de Menem que entonces no nos enseñaban porque todavía no había sido “descubierta”. En aquella época sólo sabíamos de las de Boyle-Mariotte, Charles y Gay-Lussac, esos nombres que sonaban a fantásticos alquimistas de laboratorio. Pero estos con sus leyes nada insinuaban de esta nueva propiedad que es el valor de mercado corregido por el ajuste a un peso devaluado frente al dólar, que hace que al hablar del gas que usamos como energía de consumo, las propiedades de presión, temperatura, cantidad y volumen nos resulten hoy, frente al padecer social, una ridícula ingenuidad para adolescentes.

Hay que cambiar la educación, sí. Porque está bien conocer las leyes de la naturaleza, y viva la Física, pero estas leyes hablan de lo que ocurre “por necesidad”, es decir, de lo que no puede ocurrir de otro modo. En un gas ideal, a presión constante, el volumen es directamente proporcional a la temperatura absoluta. Y no hay nada que hacer. Siempre ocurre lo mismo. Pero en el mundo de la economía política y de otras ciencias sociales los hechos no ocurren porque haya un modo inevitable en el que deban ocurrir. Estos hechos se sujetan a otras determinaciones que ocurren en un mundo de diversas alternativas y posibles elecciones que son la política misma. Es el mundo de la libertad y los fines ético-políticos y sus “leyes”. El valor de “lo que vale”, es parte de este mundo. Y esto aunque el neoliberalismo pretenda convertir a la irrestricta libertad de mercado en una ley de la naturaleza que “necesariamente” habrá de conducir al bien común. Por esto es que la educación secundaria debería enseñar las diferencias y el enlace entre ciencias naturales y ciencias políticas.

Y es que el mundo del libre mercado no es como el de un gas ideal. El crecimiento del país y la distribución de la riqueza para el bienestar general no son directamente proporcionales a la quita de retenciones agrícolas y mineras, la apertura comercial y la desregulación cambiaria y financiera. Muchos políticos y economistas y muchas personas bien informadas y pensantes ya sabían que en esa ecuación no había ninguna ley que mostrara la necesaria relación causa-efecto en dirección a la riqueza de la nación y el bienestar, sino que debía sospecharse lo contrario, que finalmente ocurrió aunque haya sido facilitado por muchas otras variables instrumentadas por una orquesta de malos músicos que sólo querían cobrar el bordereaux de una sinfonía financiera en espectáculo público nacional.

 

La inversión de todos los valores

Reducir al precio de mercado de las mercancías (“lo que vale”) todo valor del vivir, no es más que reducir todos los fines de la vida comunitaria a precio. Pero Kant ya marcó la distinción a tener en cuenta: “En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad”. Las personas tienen dignidad y no precio, porque cada persona es única e irremplazable, aunque esto es lo que la reducción insensible de las personas a cosa-número no reconoce. La dignidad tiene que ver con la justicia, que es un deber que se desprende del valor superior de la primera. Y una sociedad que reduce sus fines a precio es una sociedad sin dignidad y sin justicia.

 

 

 

 

¿Cómo puede lograrse políticamente la reducción de una sociedad digna a una sociedad mercantilizada? Operando para que todos los valores de orden superior sean reducidos a valores de orden inferior. En estos se observa una equivalencia entre valor y agrado, deseo o repugnancia, atracción o repulsión, que en cuanto actitudes están relacionadas con el valor pero no muestran su esencia. Un gobierno que promueva la estigmatización o negatividad de todos aquellos que se le oponen, puede lograr que muchos olviden los valores superiores (vida, dignidad, libertad, integridad, salud, educación, trabajo, igualdad, solidaridad, justicia…) y concentren su mirada y la interpretación de la vida comunitaria en los bajos instintos de los valores inferiores que culminan en el odio.

Eso es lo que señala el cura Francisco Paco Olveira cuando cuenta que en su capilla de la Isla Maciel aumenta la cantidad de personas que van a buscar comida, aunque: “Si te dedicás a abrir comedores dicen ‘Qué bueno que es el padrecito’. Pero cuando preguntás por qué en dos años y medio toda nuestra gente tiene hambre en los barrios, por qué aumentó la desigualdad y por qué unos se llenan los bolsillos mientras la gente no tiene lo indispensable, te dicen ‘vos sos comunista, te metés en política, sos kirchnerista”’. Es la disociación entre el disvalor del hambre y los gobernantes de turno que son responsables de hacerlos realidad en el mundo, disociación mediada por la estigmatización de todo político opositor y de toda oposición política. Es la disociación entre el valor de la justicia y la política.

 

El mercado de las palabras

“No podemos vivir de prestado” dice el Presidente del gobierno que más endeudó a la Argentina en menos tiempo. “No más mentiras, no más decirnos que las cosas pueden ser gratis y después encontrarnos que tenemos que levantar una deuda tremenda, de años”, dice quien dejará una deuda que costará gobiernos para levantarla. “No más mentiras” dice quien prometió “pobreza cero” pero la aumentó mientras afirmaba que había descendido; “unir a los argentinos” pero se dedicó a perseguir y encarcelar opositores; “conmigo no pagarán impuesto a las ganancias” pero multiplicó el número de quienes lo pagan; “proteger a los vulnerables” pero les quitó su pensión a los discapacitados, los medicamentos a los jubilados y las vacunas a los chicos; “no habrá devaluación” pero devaluó el peso un trescientos por ciento en su gestión; “generar empleo privado de calidad” pero expandió el cierre de fábricas, el desempleo y el aumento de la precariedad laboral de los micro-emprendedores como los delivery que con una bicicleta y un celular propios y una gorra como único “medio de trabajo” provisto por el empleador recorren kilómetros para alcanzar un ingreso menor al que les permita no caer en la pobreza. Ese es el cambio. Es la inversión de todos los valores en una prestidigitación que pasa del “les hicieron creer” (durante el presente del gobierno anterior) al “no me eligieron para que les mienta, sino para que los guíe hacia el futuro”.

 

 

La ley de leyes del gobierno actual es el mercado, que poco tiene que ver con el mercado del liberalismo en su origen. El de hoy resulta ser como el que en su crítica a la economía de Proudhon describe Marx en Miseria de la filosofía (1847): “Llegó por fin un tiempo en el cual todo lo que los hombres habían considerado inalienable llegó a ser objeto de cambio, de tráfico, y podía enajenarse. (...) virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc.; todo, en fin, pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal, o hablando en términos de economía política, el tiempo en el cual toda cosa, moral o física, al convertirse en valor venal, se lleva al mercado para apreciarla en su más justo valor”. Ese es el mercado universal que disuelve los valores políticos de la democracia. Es el que en La caverna de Saramago leen Cipriano Algor y su hija Marta en el cartel del Centro Comercial: “Venderíamos todo cuanto usted necesitara, si no prefiriésemos que usted necesitase lo que tenemos para venderle”.

Espero mi turno para hacer una de mis compras y veo, por la vidriera del negocio, que un hombre joven deja a un costado el carro lleno de cartones que iba llevando, cruza la calle, y entra. Se queda esperando a que terminen de atender al cliente que estaba delante, y después susurra: “¿Te quedó algo?”. El dueño responde, amable: “Ahora no”. El cartonero se retira en silencio. Yo había visto al dueño, días antes, darle un sándwich a otro muchacho que pedía. Me animo a preguntarle: “¿Vienen mucho?”. La respuesta es rotunda: “Cada diez minutos, máximo quince. Cuando tengo algo preparado para darles, no pasan más de cinco minutos en llevárselo”. Hambre. Es lo que vale.

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