Gran Bretaña en el Caribe

Para Gran Bretaña la doctrina Monroe tiene lugar en la vecindad de Venezuela

 

Mientras sobrevuela el Caribe la posibilidad de una intervención en Venezuela con la bendición de Estados Unidos, hay variables sin mayor difusión que se vienen gestando y que suman a Gran Bretaña como interesada en la apropiación de recursos del área. Así, ExxonMobil (empresa de Estados Unidos) descubre y empieza a explotar en mayo de 2015 un reservorio petrolífero en aguas disputadas entre Guyana y Venezuela cuya abundancia le da el mote de “cuento de hadas”. Venezuela había retomado formalmente el reclamo de su soberanía en 1962, pero era un tema académico hasta que la exploración petrolera iniciada en 2008 en el bloque geológico Stabrock, a poco más de mil metros de profundidad, muestra resultados. Para diciembre 3 último, la décima exploración exitosa de ExxonMobil en la zona eleva el potencial del yacimiento a 5.000 millones de barriles.

Poco antes de la navidad pasada, Venezuela intercepta un barco que trabajaba para ExxonMobil “en un área indudablemente bajo soberanía venezolana”, afirma Caracas, que intenta aterrizar un helicóptero en él. El barco se aleja y el incidente queda por eso. No así el interés de Gran Bretaña por la flamante riqueza de su ex colonia: su secretario de defensa Garin Williamson anuncia en declaraciones en el Sunday Telegraph la intención británica de poner una segunda base militar en el Caribe; no precisa el lugar, y se maneja la propia Guyana, pero también el territorio de ultramar británico de la isla Montserrat, en las Antillas Menores y frente a Venezuela. En desmedro de esta última opción, hay allí actividad volcánica que puede ser muy intensa: en 1995 arrasó su capital Plymouth obligando a la evacuación total de la isla.

El entusiasmo bélico del secretario de Defensa Williamson no se quedó en esos planes: en la base británica de Belize, los Royal Marines —fuerza militar británica designada para la primera intervención en cualquier situación que su gobierno defina como “crisis internacional”— se entrena actualmente para operar en el ambiente tropical del Caribe, informa la agencia Mercopress. Los efectivos proceden de cuatro unidades, lo que sugiere que se procura versatilidad en las operaciones.

Ellas son la compañía Alpha, basada en Taunton, el 24 Comando de Ingenieros Reales, los fusileros del Comando 29 del Regimiento de la Artillería Real, de Plymouth, y el 30 Comando de Inteligencia. El medioambiente tropical se caracteriza por una humedad nunca menor al 85° y los movimientos son a pie, ya que la jungla impide el uso de sus vehículos BV y Viking y deben abrirse paso a machetazos. Parte del entrenamiento es asimilar el largo tiempo que se demora en recorrer distancias cortas. El entrenamiento comprende la delimitación del objetivo, llegar a él, liquidarlo y retirarse sin dejar rastros, se informa. También, claro, evitar ser atacados, señala el despacho.

El cuerpo de Royal Marines obtuvo victorias importantes en un medio ambiente similar, el de Borneo, medio siglo atrás. El despacho cita al comandante de ese cuerpo conjunto, teniente coronel Paul Maynard, que considera imperativo el entrenamiento para operar en este medioambiente con aliados y miembros de distintas fuerzas, en tanto la región caribeña “renovó su importancia para Gran Bretaña”.

Hizo más la Defensa británica. Ya en julio de 2016 (siete meses después de localizado el petróleo y antes de que asumiera Garin Williamson en noviembre de 2017), la Real Marina británica empezó a impartir cursos intensivos a personal de Guyana sobre cómo proteger una Zona Económica Exclusiva, o sea, las 200 millas desde la costa de Guyana que comprenden el campo petrolífero en el lecho marino.

Williamson está entusiasmado con los planes de militarización del Caribe que desarrollaba la cartera que asumió. “Es nuestro mayor momento como nación desde la II Guerra Mundial, declaró en diciembre pasado al Sunday Telegraph, pues podemos proyectarnos de otra manera, jugando en el escenario mundial el papel que el mundo espera que tengamos”. Esa posibilidad, especificó, la abre el Brexit. “Australia, Canadá, Nueva Zelanda, los países del Caribe y naciones afines nos mirarán buscando liderazgo moral, militar y global”. Para despejar dudas, especificó: “Podemos obtener la mayor parte de nuestros recursos creando un elemento disuasivo y reafirmando la presencia británica. Buscamos esas oportunidades no sólo en el Lejano Oriente sino también en el Caribe”.

La tensión militar es real. Poco después del incidente con el barco de ExxonMobil, Venezuela autorizó a Rusia a basar sus bombarderos estratégicos en una de sus islas por diez años, en lo que es la primera base rusa en el Caribe. Actualmente Moscú advierte sobre represalias que no especifica ante “la creciente militarización de la política británica”, y considera reabrir la base en Cuba que tenía cuando era URSS, y otra en Vietnam. Sus focos geográficos coinciden con el discurso británico que suma Lejano Oriente a su interés por el Caribe, como zonas crecientemente conflictivas.

La militarización del Caribe por fuerzas ajenas a él puede ser considerada un oxímoron: las fuerzas armadas venezolanas redujeron 83% su importación de armas entre 2009 y 2018, según SIPRI (el segundo instituto del mundo en investigación sobre armamentismo, luego del británico IISS), en el continente que más decayó en la compra de armas, 36%. Pero además refiere al papel menguante de los gobiernos nacionales del continente y el papel, número y envergadura creciente de los asentamientos militares extra continentales en el concierto o desconcierto global.

Estados Unidos tiene unas 800 bases en el mundo, y entre ellas una base “temporaria” en Honduras, la de Soto Cano, desde 1982. También presencia militar en Perú, bases en Guantánamo y en el “estado libre asociado” de Puerto Rico. En la Argentina, los británicos tienen su base OTAN en Malvinas, en marzo de 2018 se informó de la base espacial y satelital china en Patagonia con tecnología de uso militar —“parte de un esfuerzo de largo aliento de Beijing para transformar América Latina e incidir en futuras generaciones; muchas veces de manera de minar el poder político, económico y estratégico de Estados Unidos en la región”, según The New York Times, y Estados Unidos se vio favorecido en sus apetencias por el gobierno de Mauricio Macri apenas éste asumió. Puso una base “humanitaria” en Neuquén, área del yacimiento destacadamente rico en petróleo y gas de Vaca Muerta; otra en Salta “con el pretexto de combatir el tráfico de drogas”, señaló Global Research; otra en Misiones, “posición estratégica cerca de la Triple Frontera de Argentina con Paraguay y Brasil” y finalmente una en Ushuaia, aparentemente justificada en el acceso allí a recursos de agua potable pero también en cercanías de las Malvinas y particularmente de la Antártida. Nada de esto tiene aprobación del Congreso de la Nación, como establece la Constitución, pero el entusiasmo del gobierno de Macri, y en particular el de su ministra Patricia Bullrich, sostiene que eso no es necesario.

Esto se agrega, informa el doctor Birsan Filip en Global Research, a la custodia por personal militar estadounidense y mercenarios de 400 km² comprados por George W. Bush en el Chaco paraguayo en 2006 cerca de la triple Frontera y sobre el Acuífero Guaraní.

En cuanto a la base británica en Malvinas, su nuevo comandante brigadier Nick Sawyer también tiene planes expansivos: operaciones humanitarias conjuntas con efectivos argentinos, incluso en aguas y hasta territorio argentinos, en nombre de “valores humanitarios comunes aun durante la guerra de 1982 que él espera puedan ampliarse”, dice la página oficial de los militares británicos Forces Network.

La participación británica no cuestiona la esencia de la política de Estados Unidos para América Latina, sino que la reafirma, y tiene su argumento en la Doctrina Monroe. Esta tiene su punto de partida en una declaración del presidente norteamericano James Monroe en 1823, en la coyuntura de la ola de independencia colonial de los países de América Latina, e inicialmente planteaba la separación de Europa de la esfera de influencia que quería sólo para sí en este continente. Aunque carecía del poder naval para concretarlo (Gran Bretaña toma las Malvinas en 1833, y en 1845, junto a Francia, imponen un bloqueo marítimo a la Argentina), en 1904 el presidente Theodore Roosevelt expandió su alcance con el corolario de que Estados Unidos ejercería el poder de policía internacional. Para 1930 había anexado Puerto Rico y ocupado Cuba (por primera vez en 1902), y hace incluir en la Constitución un apéndice justificando lo que Roosevelt llamó la Política del Gran Garrote, que definiría su política internacional.

Con esa política (el nombre es tomado de un dicho de Africa Occidental: Habla suave y lleva un gran garrote; llegarás lejos) es que impone la construcción del Canal de Panamá, a costa de partir el territorio de la Gran Colombia, que se disgrega en las actuales Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela y la Guyana Esequiba, territorio y aguas jurisdiccionales con 159.000 km², casi la superficie del Uruguay, que hoy Venezuela reclama como propias y donde se localiza la explotación de ExxonMobil. En la Guerra Fría, Estados Unidos usó la Doctrina Monroe para proteger sus intereses en lo que llamó su “patio trasero”. En 1962, John F. Kennedy justificó con ella el embargo a Cuba, y con argumentos similares apoyó al menos 18 cambios de régimen en América Latina y suministró armas y apoyo a guerras civiles en Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

La vigencia de la Doctrina Monroe hoy no necesita ser deducida. El primer secretario de Estado del gobierno de Donald Trump, Rex Tillerson, declaró que “es tan relevante hoy como cuando se enunció”. ¿Qué hacía Tillerson antes de ocupar ese puesto? Fue entre 2006 y 2016 el máximo ejecutivo de ExxonMobil, la firma operando en la zona en disputa de las aguas caribeñas que la Doctrina Monroe parece dispuesta a que la explotación de tanto petróleo pueda concretarse.

La confluencia de los intereses militares entre Gran Bretaña y Estados Unidos se da también en el plano económico, defendiendo ambos los intereses de ExxonMobil. En noviembre, el embajador de Guyana en Gran Bretaña, Frederick Hamley Case, asistió a una reunión de trabajo de cinco días en Aberdeen junto al habitual enviado de Gran Bretaña a Guyana, embajador Greg Quinn. Hay planes para hermanar a esa ciudad inglesa con la capital de Guyana, pero eso no lleva cinco días. La ciudad escocesa de Aberdeen es el centro del Mar del Norte británico para las industrias extractivas de petróleo y gas, y los interesados sostienen que Guyana quiere emularla.

En consecuencia, la firma Stena Drilling, basada en Aberdeen, ya está trabajando para ExxonMobil en Guyana, y la londinense Tullow Oil está haciendo exploraciones marítimas en las aguas disputadas del Caribe. Por su parte, el embajador Quinn dedica buena parte de su tiempo a apoyar a compañías de Gran Bretaña que quieran hacer negocios en Guyana, según Energy Voice, portal web de la industria. Al parecer no son pocas las firmas interesadas: “Desde 2015, el número de firmas que llegó a Guyana se ha disparado por las nubes”. El “disparar” es una imagen congruente.

 

 

 

 

 

 

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