Braun & Joy y la demanda tan temida

Malentendidos en torno a la obra púbica y el stop & go

 

La salida de la crisis ya ha comenzado a acicatear a los que, con la idea de permanecer fieles al libreto de prudentes y serios, enuncien que si bien hay que recomponer el consumo eso no puede hacerse en lo inmediato, dado para entonces el previsible grandísimo desbarajuste. A cambio proponen concentrarse en el lado de la oferta, en este caso sinónimo de las empresas y la producción. Hay variantes en ese abordaje ofertista no necesariamente divergentes. Entre ellas, por su alcance y mayor densidad, medidas por el cúmulo de trabajos académicos y la historia que arrastran, están las que ponen el acento en el impulso a lo que llaman a guisa de síntesis: las capacidades tecnológicas. La invocación al folklore PyMe suele ser parte del menú, como si en aras del desarrollo en aquellos pocos lugares que es posible en el capitalismo periférico, se pudiera prescindir de negociar seriamente con las corporaciones multinacionales.

Buscan el milagro de que haya más empresas y más eficientes mientras languidece la demanda. No se resignan a que la primera condición para invertir es que haya mercado, es decir: demanda. Esta es una de las causas, sino la principal de que cuando en la política argentina se discursea sobre desarrollo se hace hincapié en todo tipo de planes productivos referidos a los diversos sectores. En gran medida, además, eso se debe al objetivo subyacente, en el mejor de los casos, de tomar una posición agnóstica y escéptica respecto del posicionamiento en la lucha de clases y en el peor a convalidar la baja generalizada de los ingresos de los argentinos invocando la necesidad de ser competitivos. Estos últimos están afirmando la enormidad de que son los precios mundiales de nuestras exportaciones los que determinan el salario de los argentinos.

Como bien lo sabía Lord Keynes, toda asunción de una postura política tiene guardado en el ropero el esqueleto de un economista finado o el bagaje de uno vivito y coleando. En este caso es el óbito de Joseph Alois Schumpeter el espectro que les habla del más allá. Schumpeter argumentaba que la caída de la actividad económica se debía a que las innovaciones tecnológicas en producto y procesos que años antes impulsaban al alza las ganancias se habían ido difundiendo y al volverse comunes bajaban el nivel general de precios y las ganancias. Pagar la tasa de interés hace el resto. De ahí el nadir. Era menester aguardar a que aparezcan las nuevas innovaciones, las que por vaya a saber por cuáles razones se presentan en racimos, para que el ciclo retome su senda alcista. Aquí y ahora sería cuestión de forzar la innovación mediante la política científico tecnológica y una serie de incentivos y subsidios a las empresas para que reaccionara la producción. De la demanda, en ambos casos, bien gracias.

El final lastimoso de la historia de subsidios a las empresas sin atender la demanda o, mejor dicho, para no atender la demanda y engañarse y engañar que se opta por darle un fuerte impulso a la producción, es bien conocido en la Argentina. Aún para los que quieren convencer y convencerse de que esta vez será distinto, hay una serie de datos cotidianos globales que desmienten muy a las claras semejantes ensoñaciones sobre el funcionamiento del capitalismo. Las llamadas FAAGS (acrónimo en inglés de Facebook, Apple, Amazon, Google, Snapchat) vertebran la curiosa inobservancia de la manada de elefantes en el baño. Las llamadas tecnológicas están entre las 10 empresas más valiosas del mundo. No hay día que pase sin que traiga noticias de todos los asombrosos avances tecnológicos que se están operando con los robots y la inteligencia artificial a la cabeza. No hay día que pase desde que se desató la crisis de 2007-2008 que los temores a una recesión global no empeoren el panorama de una economía global que no levanta cabeza.

 

Buybacks

Es más, las empresas tecnológicas motejadas de unicornios como Lyft, Uber, Slack, Postmates, Pinterest, Palantir, Peloton, Airbnb, entre otras, están prestas a salir por primera vez a oferta pública en la bolsa de New York. Despiertan expectativas en una actividad bursátil alicaída desde la crisis y con menos corporaciones enlistadas cotizando. En reversa, Dion Rabouin consigna en el sito Axios (26/03/2019) que las corporaciones estadounidenses batieron récords para la recompra de acciones (buybacks) el año pasado. Las corporaciones recompraron 806.400 millones de dólares de sus propias acciones, de acuerdo a los índices de S&P y Dow Jones. El récord anterior fue de 589.100 millones de dólares, establecido en 2007. De 2008 a esta parte las empresas que más recompraron sus propias acciones fueron Apple por 260.400 millones de dólares y Microsoft por 118.500 millones de dólares.

Las empresas prefirieron usar sus fondos disponibles para recomprar acciones y reforzarle los precios, en lugar de distribuir dividendos o realizar nuevas inversiones. La distribución de dividendos fue de 27.000 millones de dólares por debajo de las recompras en el cuarto trimestre de 2017. En el cuarto trimestre de 2018, las empresas gastaron 103.000 millones más en recompras que en dividendos. De acuerdo a la lógica del sistema capitalista en el que la asignación de los factores se realiza siguiendo el principio de la rentabilidad diferencial del capital en los distintos sectores, lo ideal sería que las empresas distribuyeran en dividendos la totalidad de sus ganancias y que los accionistas, propietarios de esos dividendos, redistribuyeran soberanamente la fracción de esos dividendos que desean reinvertir entre las compañías existentes y las nuevas que se formen. No obstante, los cuerpos gerenciales de las empresas, por razones fiscales y para aumentar las bases de su propio poder, tienden a estirar al máximo la parte de las ganancias destinadas al autofinanciamiento y a distribuir lo menos posible los dividendos, y a continuar de esa forma la expansión de sus propias empresas, incluso cuando la renta marginal del capital en esa rama cae por debajo de la rentabilidad media, cada uno a la espera de que su empresa pueda alcanzar una rentabilidad satisfactoria pese a la disminución de la rentabilidad media en el sector.

De esta manera, los cuerpos gerenciales tienden a obstaculizar el mecanismo de libre transferencia del capital según las leyes del mercado. Esta seria contradicción entre el capital y sus propios administradores, en el caso de las empresas de Silicon Valley y otras tech interesadas ahora en la oferta pública de acciones, también se expresa en la emisión de especies con y sin derechos políticos. Tales estructuras de acciones han provocado una reacción negativa. Peter Eavis, en The New York Times (27/03/ 2019) señala que “los grandes inversionistas, los expertos en gobierno corporativo e incluso algunos ejecutivos de las tecnológicas advierten que la emisión de acciones de súper voto socava el sistema de control cruzado que desde siempre ha sido un pilar de los mercados de valores públicos”.

Volviendo al auge de buybacks, la opinión extendida es que fue motorizado por los recortes impositivos de Trump. Hay que considerar que, de acuerdo a datos oficiales, las corporaciones estadounidenses repatriaron el año pasado 665.000 millones de dólares de ganancias extraterritoriales, poco más del cuádruple que en 2017. Esto está bien por debajo de lo prometido por Trump, que reforma impositiva mediante se repatriarían 4 billones de dólares (trillions). La situación pone un matiz de duda a que como el efecto de los recortes llegó a su fin también lo haga el buyback en semejante nivel. Mientras tanto, los senadores Bernie Sanders (Demócrata) y Marco Rubio (Republicano) propusieron recortar la práctica de los buybacks esgrimiendo que falsea el mecanismo de acumulación a favor de los ingresos de los managers.

 

Pero el poncho no aparece

Buen ejemplo de lo que sucede cuando se subsidia a la oferta en detrimento de la demanda. Se cumplen todos los supuestos de los schumpeterianos en la economía más importante del mundo y el poncho no aparece por una insuficiencia de la demanda. ¿Qué queda para la Argentina entonces? Esto también da pie para reflexionar sobre la causa de los cuadernos en vista de que una variante del ofertismo vende la obra pública como un remedio anticíclico. El director del Cohete ha llamado la atención de que sería un retroceso que casi inevitablemente caiga, por las groseras violaciones procesales incurridas. Bien llevada hubiera significado amonestar a la cartelización de la obra pública que menoscaba los intereses generales de la sociedad. Roy Harrod y John Kenneth Galbraith, keynesianos emblemáticos si los hubo y hay, combatían fuerte el atavismo de recurrir en las crisis a la obra pública, por dos razones. Una, que la obra pública es un asunto estructural que debe seguir un plan trazado y no usarse contra la caída de la actividad porque además de alterar innecesariamente dicho plan, el bajón requiere soluciones inmediatas que significan poner plata en los bolsillos de los ciudadanos. Esa velocidad de respuesta está muy alejada de la tramitación y puesta en marcha de cualquier proyecto. La segunda relacionada con la primera, es que frente a la necesidad imperiosa planteada por del desempleo, puesto que los resultados nunca son los esperados, los gobiernos aflojan los controles y entran en componendas no muy católicas con las empresas. La experiencia argentina con la obra pública le hubiera escrito sin problemas El club de los negocios raros a Gilbert Keith Chesterton.

 

Braun & Joy

El ofertismo reinante es la respuesta al miedo de que incentivar la demanda estropee la balanza de pagos aún más de lo que está, por la incidencia –en tal caso— creciente de las importaciones en la balanza comercial. El proceso es conocido como stop & go. Esta historia comienza “en diciembre de 1968, [cuando] Oscar Braun y Len Joy publicaron en el Economic Journal un modelo sencillo de la macroeconomía argentina con el que trataban de explicar las relaciones entre el balance de pagos, los precios internos y el nivel de actividad económica”, señalan en un trabajo académico de 1989 los economistas Jorge Katz y Bernardo Kosacoff. Narran que Braun y Joy (B&J) formularon un modelo simple de dos sectores: “Uno industrial, que sólo trabaja para el mercado interno y tras una fuerte barrera de protección arancelaria, y otro agropecuario, que exporta y abastece la demanda interna, tanto de wage goods [bienes-salario] como de divisas”. Dichas divisas obtenidas por el agro se destinan, prosigue la descripción de Katz y Kosacoff sobre el modelo de B&J, a “cubrir las necesidades de importación de bienes intermedios y de capital que requiere el sector manufacturero.”

Ahí estaba el problema identificado por Braun y Joy, porque según demostraban a partir de las premisas que habían establecido “durante la faz expansiva del ciclo económico se genera una demanda creciente de importaciones cuyo costo en divisas no alcanza a ser cubierto por la oferta exportable de bienes primarios, gestándose así condiciones estructurales para una devaluación del peso.”, refieren Katz y Kosacoff. Pero, haciendo de necesidad virtud, “el alza del tipo de cambio se transmite a los precios, esto deprime el salario real y, como consecuencia, cae el gasto de los trabajadores”. El equilibrio se restablecía y todo viciosamente volvía a recomenzar a raíz de que “la recesión, por un lado, y la caída de demanda interna de wage goods, por otro, al liberar mayores saldos exportables, vuelven a cerrar la brecha en la cuenta corriente externa y a recrear una nueva situación de equilibrio macroeconómico”. Con este modelo estilizado de B&J, con sus variantes y matices “la profesión económica abordó el estudio de la industrialización argentina”, conforme la opinión de Katz y Kosacoff.

Así le fue a la industrialización argentina. El modelo de Braun y Joy es una racionalización del plan de Adalbert Krieger Vasena destinado a atacar el modelo de Frondizi y Frigerio (fase superior del que irrumpió el 17/10/1945) y fundamentar la importancia estratégica de las ventajas comparativas agropecuarias. Paradójica ironía para “el estudio de la industrialización argentina” que quedó plasmado en el sentido común hasta el día de hoy.

Al revisar los datos de la etapa a la que B&J dedican su análisis aparece la desmentida de su modelo. La simple inspección de la balanza de pagos y su componente la cuenta comercial entre 1958 y 1975 pone de manifiesto que las cosas sucedieron exactamente al revés de lo que pronosticaban Braun & Joy. Desde 1963 en adelante hubo superávit comercial hasta 1975. Encima la cuenta corriente es superavitaria entre 1963 y 1967. Cuando cae la participación de los salarios en el producto, la cuenta comercial presenta déficit como en el ’58, ’60, ’61, ’62 y ’75 o se contrae su resultado positivo. Casi funcionan como un mecanismo de relojería. La cuenta corriente se desequilibró durante la etapa desarrollista por su componente de invisibles y por los servicios financieros pero no, repetimos, por su componente comercial que permaneció positivo casi toda la etapa. El gran culpable es inocente. “Nada de lo que contiene hasta aquí nuestro modelo podría dar cuenta de un período de crecimiento […] los períodos de crecimiento después de las recesiones de 1958 y 1962/3 parecen haber sido diferentes”, dicen Braun & Joy. ¿Parecen, nada más? Claro que no. Deshacen los resultados a los que querían arribar.

 

Estatuto del subdesarrollo

Y esos déficits de cuenta corriente ocurrieron porque desde el golpe de marzo de 1962 las conducciones económicas que se sucedieron fueron acentuadamente anti-desarrollistas, tal como lo reflejo con sus más y sus menos Rogelio Frigerio (el abuelo) en el ensayo “Estatuto del subdesarrollo”. El déficit de cuenta corriente se generaba porque las empresas sacaban clandestinamente utilidades debido al freno que le imponían a los salarios y a la industrialización creciente los planes de estabilización gorilas hasta donde se lo permitían Navalmanzano 5, Bretton Woods y la Guerra Fría. En 1976 los dos primeros no corrían más y explican buena parte de la libertad de maniobra de la economía política de la masacre.

Los prejuicios sobre la demanda no deben hacer creer que no hay restricciones. Si las hay. La política de oferta es tan necesaria como imprescindible pero en tanto sea la que acompaña como una sombra al cuerpo, el crecimiento de la demanda para tornar factible su sostenibilidad. Pero la remanida restricción externa tal y como viene ahora indica que la pendiente del ascenso de los ingresos es muy suave y no empinada, bajo ningún aspecto troncha la dirección del proceso. Es esa dirección la que le da el punto de referencia para encarar la reestructuración de la deuda, alejando mitos gorilas como los invocados implícito o explícito con Braun & Joy.

 

 

 

 

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